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martes, 11 de noviembre de 2025

Requeteimpostor involuntario

Hay una película, quizá bastante "menor" y que solo he visto una vez y hace muchísimos años, pero que se me quedó bien grabada en la memoria. Su título original es Being There, que en España (¡ay!) se cambió por Bienvenido Mr. Chance). (Al vicio de traducir testicularmente unieron el de omitir la coma del vocativo).

El protagonista de la película -personaje que representa Peter Sellers- es un jardinero con escaso cociente intelectual que, por circunstancias casuales, da con alguien que interpreta sus simplezas como agudísimos comentarios llenos de dobles intenciones y significados sofisticados, y toma esos comentarios como consejos inteligentísimos y los sigue. Interpreta como alegorías o metáforas muy penetrantes lo que solo son bobadas.

Yo tuve la suerte de que me pasara lo mismo.

jueves, 18 de enero de 2024

Bonito (otra vez)

Me repito mucho. Ahora iba a ponerle a esta entrada el título "Bonito" y me ha dado la vaga sensación de que ya lo había usado. He buscado y sí: aquí. Por eso añado ahora "(otra vez)", y podría seguir con ("y las que hagan falta").

Ay, lo bonito; qué bonito.


Para empezar a aclarar los conceptos diré que no voy a hablar de pez teleósteo alguno, lo que deja la cuestión reducida a algo más bien "lindo, agraciado, de cierta proporción y belleza".

Los arquitectos, en general (yo diría que casi todos), odiamos la palabra "bonito" referida a la arquitectura porque no es un término que nos sirva para nada. ¿Qué es un edificio bonito, una ventana bonita, una bóveda bonita? Nada. Bonito no es un criterio arquitectónico ni un rango de valor. Por eso nos pone nerviosos que este adjetivo tenga tanto predicamento entre la población lega, y no digamos ya que nos pregunten si tal edificio nos parece bonito. A veces contestamos, un poco (bastante) indignados: "¡Este edificio no es bonito: es bueno!".

Eso, como digo, ya lo he contado y no quiero extenderme ni repetirme demasiado. Lo que pretendo contar ahora es que para todo hay alguna excepción, y para esto que acabo de decir, y que nos parece tan claro y tan evidente a (casi) todos los estirados arquitectos, está la del brillante Bernardo Angelini, del estudio zigzag arquitectura (con su socio David Casino).

lunes, 20 de noviembre de 2023

Saber enseñar

A todo el plantel de docentes y discentes
de todas las escuelas de arquitectura.


Siguiendo el alto estándar de calidad y rigor de este blog hoy voy a contaros una anécdota que me ha contado un amigo y para cuya comprobación no tengo ninguna otra fuente.

Mi amigo es persona seria, y él me asegura que se la oyó hace años a un profesor que a su vez se la había oído al protagonista, o al menos a alguien que sí se la había oído al protagonista. En definitiva, yo me fío completamente de su veracidad, sin otra salvedad que la de que tal vez adorne yo aquí un poquitín lo que me ha contado mi amigo, quien a su vez seguramente recuerde con alguna magnificación lo que le contó el profesor, quien por su parte tal vez exagerara un poquito lo que le contaron a él (y que ya venía de entrada ligeramente adornado) que había contado el sujeto (quizá un poco retocado y recompuesto por la memoria). Pero en todo caso quiero creer que es completamente cierto.

Mies van der Rohe dando clase

lunes, 3 de abril de 2023

Un recuerdo agazapado

Tengo un mal recuerdo agazapado en mi interior desde hace cuarenta y dos o cuarenta y tres años. Es un recuerdo de una situación ridícula y vergonzosa que viví, y que -qué puñetera es la memoria- no se me olvida. Se pasa meses o incluso algún año escondido, pero respira ahí dentro, y con cualquier asociación de ideas o de sentimientos sale de repente para volver a atormentarme.

Para colmo, después de todas estas décadas de paréntesis más o menos larvado, el protagonista de este episodio, mi acusador silencioso y tal vez involuntario, se ha vuelto a cruzar en mi camino y su presencia me llena de vergüenza.

Supongo que él se olvidaría de esto unos minutos (o tal vez unas horas) después de que ocurriera, allá por el año 1980, pero yo me imagino que no, que lo sigue guardando en su interior, que atesora un desprecio e incluso un odio (más que justificado) hacia mí y que muy pronto se vengará.

No quisiera dar muchas pistas, aunque por lo que digo tal vez alguien sea capaz de averiguar de quién voy a hablar. No tiene mayor importancia, porque soy yo y no él quien queda mal parado, pero aun así prefiero evitar mencionarlo por si le incomodara aún más.

En la escuela de arquitectura de Madrid teníamos en los primeros cursos unas asignaturas de dibujo de las que ya he hablado aquí alguna vez (dibujar el alma de las gallinas, pintar el miedo, pero también estatuas, ambiente y modelo desnudo; en definitiva dibujar y pintar bien, con expresividad y control).

Ya conté que esas asignaturas se me dieron mal y me costó aprobarlas. Por esa razón lo que para muchos era una ocupación divertida y muy agradable (y más si se la comparaba con el álgebra o con el cálculo diferencial) a mí se me hacía un calvario. Me gustaba mucho y me sigue gustando dibujar, pero ante los resultados y los comentarios de los profesores me sentía muy frustrado y muy decepcionado. (Sin embargo en álgebra y cálculo era muy competente).

Las aulas de dibujo eran muy grandes y estaban llenas de caballetes. Allí le dábamos sobre todo al carboncillo, a la sanguina, al pastel y a las témperas. Nos poníamos perdidos, como no podía ser de otra manera. Adjuntos a las aulas había unos grandes aseos-lavaderos con cabinas de inodoros y (más que lavabos) pilas llenas de chafarrinones de pintura donde nos lavábamos las manos y todos nuestros equipos.

domingo, 25 de diciembre de 2022

El Angulo (arqueología personal)

En la escuela de arquitectura de Madrid (supongo que como en todas) funcionaba muy bien el mercado de libros de texto de segunda mano. En el tablón del hall unos pinchaban papelitos diciendo que vendían uno y en seguida otros llamaban para comprarlo.

En cuanto uno de esos compradores conseguía aprobar la asignatura pasaba a ser vendedor del libro, que no le había suscitado cariño ni interés, pues solo se trataba de pasar por él como una enésima prueba más obligatoria para llegar a la lejana meta. (Antes he dicho que era un mercado de libros de segunda mano; por lo que acabo de escribir se entiende que más bien eran de quinta, sexta o séptima mano).

Uno de esos libros que se compraban y vendían indefinidamente era el Angulo, obligado para la asignatura de Historia del Arte de segundo. Aunque no se seguía especialmente (o al menos mi profesor no lo hacía), nos era indispensable.

Era un buen libro, pero al que entonces, como a todos los demás, no le tomábamos ningún aprecio. Una especie de guía telefónica llena de nombres que nos teníamos que aprender de memoria (aún me recuerdo recorriendo el pasillo de mi casa cien veces recitando escultores griegos o catedrales góticas francesas), y que una vez aprobada la asignatura nos quitábamos de encima por cuatro pesetas.

Sin embargo la edad es nostalgia, y ahora, a mis sesenta y dos años lo recordaba con cariño. (Lo que recordaba con cariño eran mis dieciocho o diecinueve años, no nos confundamos). El caso es que lo he visto en una plataforma de libros de viejo, a un precio ridículo, y me lo he comprado. Et voilà.

Aunque su texto no se seguía a rajatabla y nos manejábamos por apuntes tomados en clase, antes he dicho que era imprescindible, y lo era sobre todo por la gran cantidad de ilustraciones pequeñitas y en blanco y negro que traía. (Ahora que lo tengo miro y veo que el tomo I tiene 793 y el tomo II 1296. También leo algún párrafo al azar y veo que sigue siendo un buen libro. El tema es tan vasto que poco puede profundizar, pero lo que cuenta es claro y limpio, y parece muy bien fundamentado).

viernes, 22 de julio de 2022

Decadencia

Ahora que acaba de terminar el curso y que han salido nuevas hornadas de arquitectos en todas las escuelas de arquitectura me parece pertinente comentar el habitual mantra que salmodiamos los arquitectos mayores acerca de que cuando nosotros estudiábamos todo era más difícil y más exigente, que nuestros profesores nos hacían estudiar y trabajar mucho más y que salíamos mucho mejor preparados que los jóvenes de ahora.

Supongo que esto mismo lo dirán los médicos, los abogados, los geógrafos y los historiadores viejos de sus colegas recién titulados, pero yo lo oigo donde lo oigo y solo puedo referir mi experiencia. Y, precisamente hablando de mi experiencia, os cuento:

Cuando yo comencé a estudiar Arquitectura en Madrid la ETSAM estaba aún sin construir. La tuvimos que hacer nosotros, curso a curso, al estilo de los discípulos-esclavos de la alegre hermandad de Taliesin.

Ese año solo se daba primer curso. Nos dieron un pico y una pala y nos pusieron a hacer las zanjas de cimentación. Mientras sudábamos y teníamos la espalda y los brazos doloridos, un maestro nos recitaba en voz alta los fundamentos del álgebra y de las proporciones armónicas, que teníamos que retener en la memoria sin pizarra y sin tomar apuntes (teníamos las manos ocupadas con las herramientas de trabajo), y de los que éramos preguntados inesperadamente en cualquier momento.

¡Ay de ti como no supieras la respuesta correcta! Te llevaban a la picota y allí te daban diez azotes que no te eximían de hacer después los metros de zanja que tuvieras asignados para ese día. Te tocaba quedarte a cavar una vez terminada la jornada.

domingo, 19 de diciembre de 2021

Malas notas

A mi compañero y amigo Ignacio Vicente-Sandoval, como sólido
y brillante docente que es, comprometido con que la enseñanza de
la arquitectura tenga sentido (y también, ya de paso, porque fue un
excelente maquetista en el estudio de Richard Rogers). 


Ha muerto Richard Rogers(1), uno de los más brillantes arquitectos de las últimas décadas. Y todos, naturalmente, nos hemos puesto a glosar y celebrar sus magníficas obras. Pero alguien, muy oportuno, ha sacado un interesante documento: sus penosas calificaciones del cuarto curso de arquitectura:

Solo aprobó una asignatura (services, que sería algo así como "instalaciones"). En el informe que acompañaba a esas notas se decía que el chico tenía un genuino interés y sentimiento por la arquitectura, pero no estaba intelectualmente equipado para canalizarlos, y también que tenía un método de trabajo caótico y un juicio crítico inarticulado. Vamos, que sus profesores tenían lo que viene llamándose "ojo clínico". Y, claro, de ahí muchos tuiteros han inferido que la enseñanza es y ha sido siempre un desastre y nos han pedido a los docentes que nos lo miremos (o que dimitamos, o que nos demos un tripazo).

Bien: Aparte de que siempre es conveniente hacer examen de conciencia y de que me aterroriza ser injusto con alguien (llevo tres días pasándolo mal por una corrección que le hice a una alumna, e incluso le he escrito un correo para intentar puntualizar y suavizar algo), creo que no se puede achacar a fallos del sistema lo que pueden ser problemas de adaptación, de velocidad de maduración, de adiestramiento en rutinas, etc.

Rogers era disléxico, si bien en cuarto curso de arquitectura ya debía estar más o menos adiestrado en torear estas cosas. Pero, en efecto, hay gente que se desenvuelve muy bien durante sus estudios y que luego no tiene una gran carrera profesional, o científica, o artística, y otra a la que la etapa académica se le hace una árida, insoportable y dificilísima cuesta arriba, que salen de la facultad de perfil y por la puerta chica, pero que luego explotan con todo su brillo y su fulgor en el "mundo real", que es el que importa.

Creo que quienes deducen de las malas notas de Richard Rogers que el sistema falla, que siempre ha fallado y que los profesores somos nefastos seguro que aciertan en algún caso (ojalá no en demasiados), pero no deberían generalizar. A veces se hace el razonamiento al revés, y hay quien llega a considerar que fallar en las pruebas escolares es garantía de ser bueno. Según eso yo soy un magnífico pintor y un músico genial.


Los estudios académicos están pensados para dar una formación estándar a unos alumnos estándar, y a veces fallan con los muy geniales o con los muy no-geniales. Pero he tenido la oportunidad de poder asomarme un poco a la trastienda de quienes organizan los programas, las asignaturas, los créditos y las pruebas, y no hacen más que pensar e imaginar cómo pueden ser útiles. Cada uno desde nuestro puesto estamos dándole vueltas y vueltas a cómo exponer y proponer, cómo entusiasmar, cómo evaluar, de qué forma obtener los mejores resultados ayudando a la madurez y a la plenitud de los estudiantes.

Richard Rogers, como tantos grandísimos artistas, técnicos, filósofos y científicos, demostró que el sistema educativo a veces no se adapta a las personalidades "especiales" y "desequilibrantes", pero también supo hacer el esfuerzo de tragar ricino, pasar por el aro y salir -aparentemente- con una formación endeble y cogida con alfileres, con un título de mírame y no me toques, pero lo suficiente como para empezar a hacer lo que quería y podía, para crear y para asociarse con gente brillante que también tenía esa formación incipiente e incompleta que no sirve para solucionarte la vida, ni mucho menos, sino para ayudarte a formular preguntas y a tener dudas. Y luego, a partir de ahí, ojalá tengas suerte.



Añadido en frío al día siguiente: 20-12-2021
Lo que queda escrito más arriba no excluye la posibilidad de que los tutores tuvieran razón. Todos hemos conocido la obra de Rogers... después de haber salido de la escuela con su título bajo el brazo. A quien no hemos conocido es al Richard Rogers que cursaba penosamente el cuarto curso de la carrera de arquitectura suspendiéndolo casi todo.
Es obvio que tarde o temprano terminó por aprobar. A ver si fue eso. A ver si verdaderamente tenía muy buenas cualidades natas pero desordenadas y poco maduradas, y los estudios (y sus profesores) lo ayudaron a centrar y orientar sus aptitudes.
A ver si al final los estudios de arquitectura le sirvieron para algo.


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(1).- En el nombre de Richard Rogers he enlazado un estupendo artículo de Anatxu Zabalbeascoa que os pido que leáis.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

CC

(A los profesores buenos)


En la escuela de arquitectura fui un alumno aplicado, y como además siempre se me habían dado bastante bien las matemáticas y similares iba aprobando las asignaturas por curso, parcial a parcial.

Bueno: No todas. Igual que creía (con fundamento) que yo valía para las teóricas, también había pensado siempre (sin razón) que dibujaba bien. En el colegio sacaba muy buenas notas en dibujo, pero esto era otra cosa. Suspendí desde el primer año, y a partir de ahí llevé siempre retrasadas las gráficas. Como una rémora. Como una maldición.

Por fin en tercer curso teníamos Elementos de Composición, que era la asignatura de introducción a proyectos, y ahí me tocó intentar diseñar algo por primera vez en mi vida. Qué desastre. No lo había hecho nunca y no tenía ninguna aptitud.

Durante ese curso aciago me arrastré vergonzosamente por la infausta asignatura. Un día el profesor me preguntó en un aparte qué tal llevaba las demás, y yo le dije que muy bien y le expliqué lo que he dicho antes. Me aconsejó entonces, con un tono verdaderamente amistoso y paternal, que dejara esta carrera, para la que obviamente no estaba llamado, y me pasara a alguna ingeniería, donde me iba a ir mucho mejor.

Yo le creí. Creí de verdad que lo decía por mi bien. Me vine abajo.

Ille scit quis est(1)

Llegué a mi casa hecho polvo y se lo conté a mi padre. Se me saltaban las lágrimas. Mi padre me miraba con impotencia, y acabó diciéndome que si eso era lo que me aconsejaba el profesor debía hacerle caso. Yo le dije, deshecho: "Pero es que yo quiero ser arquitecto".

Qué impotencia. Lo que yo más quería no era para mí. Me estaba negado. ¿Por qué? ¿A santo de qué quería con tanta intensidad algo para lo que no estaba dotado en absoluto? Qué absurdo. Qué pena. Qué desastre.

Mi padre se había quedado con la frustración de estudiar una carrera universitaria, y siempre había querido que sus hijos la hiciéramos. Yo era el mayor y el que estaba abriendo el camino en casa. Él era un hombre bueno, honrado y decente, que creía profundamente en la preparación, la dignidad y la sabiduría de los profesores, y juzgaba (como yo) que si uno de esos seres sublimes se había dignado a prestarme la atención suficiente como para darme esos consejos, lo que yo tenía que hacer era seguirlos agradecidamente.

A esas alturas de curso lo único que podía hacer era terminarlo como mejor pudiera, intentando aprobar las teóricas para ver si me las convalidaban al año siguiente en teleco, que era la opción que mi padre siempre había deseado para mí y que yo ya asumía como segunda, una vez que renunciaba a la primera.

Terminé el curso, aprobé todas las demás y, no sé por qué, al siguiente, en vez de irme de allí, repetí la asignatura maldita con otro profesor. Aprobé en ese segundo intento con un cinco pelado: Seguía siendo un alumno bastante lamentable y que iba a rastras. Un perdedor.

Algunas décadas después dos amigos me contaron que habían cursado con ese mismo profesor, en dos años diferentes, y a los dos les había dicho lo mismo. Y ninguno le había hecho caso. Hoy son arquitectos más que decentes y presentables.

Así que era una estrategia, una pose, una escena ensayada. Así que se lo decía a todo aquel que no era lo suficientemente brillante. Y se lo decía en el curso previo a proyectos, en la primera intentona que había tenido el alumno de diseñar algo. O sea, que o eras estupendo ya a la primera o te decía que te largaras de allí. Desde luego él no te iba a animar a mejorar, ni a enseñarte nada, ni a proponerte un camino de aprendizaje.

viernes, 25 de septiembre de 2020

La esperanza

A todos los profesores y alumnos,

pero especialmente a los de arquitectura de la URJC



Aunque soy bastante bocazas y entre este blog y las redes sociales cuento casi todo lo que me ocurre y se me ocurre, llevo tiempo evitando este asunto porque me da pudor. Pero creo que ha llegado el momento de contároslo.

Y es que en este curso 2020-2021 voy a ser profesor asociado en la Universidad Rey Juan Carlos y estoy encantado e incluso entusiasmado (y también un poco muerto de miedo). En realidad ya lo fui durante el segundo cuatrimestre del curso pasado, pero me daba no sé qué decirlo porque tenía un cierto sentimiento de provisionalidad (excepto Jordi Hurtado todos somos provisionales en todas partes) y de inseguridad (también todos estamos siempre inseguros), como si aún no lo fuera plenamente. Ahora que me han renovado ya me veo más seguro.

En la clase de Introducción a Proyectos de Raquel Martínez,
en el edificio Pavía de Aranjuez, cuando aún no era profesor.
(Fui invitado a una sesión crítica y lo pasé muy bien).
(Fotografía del también profesor y amigo Enrique Parra).

En el curso pasado fue una pena que nos confinaran al poco de haber empezado mi misión después de las vacaciones de Navidad. Apenas disfruté de dos meses, y casi cuando empezaba a conocer a los alumnos me tuve que conformar con darles clase desde casa y ver las fotos de sus caras en pequeño. Ya hablé del enorme esfuerzo que han hecho y de la gran disciplina y espíritu de trabajo que han tenido para defenderse con sus medios y espacios disponibles. También he disfrutado mucho de esos meses de clases telemáticas desde casa, pero he echado de menos el trato directo y físico con los alumnos y con mis compañeros.

Este curso va a empezar igual, y quién sabe cómo va a terminar. Ante su inminente comienzo me asaltan todo tipo de dudas: ¿Sabré enseñar algo? O, al menos, ¿sabré no estorbar e incluso ayudar a que los alumnos vayan trazando su camino? ¿Sabré conseguir algo de cercanía y de buena comunicación por el sistema telemático y el "semipresencial"? Qué raro todo, qué difícil todo. Confieso que al pensar estas cosas me asusto un poco, y que mi talante y mi edad me llevan hacia una cierta desazón.

Pero no puedo. Mis compañeros no me dejan desazonarme. Al revés. Son todos entusiastas, creativos, trabajadores. Ante cualquier dificultad se vienen arriba y proponen estrategias, ideas, alternativas. No se amilanan. No se desaniman nunca. Y son contagiosos. Los veo tan entregados y tan concienzudos que no puedo permitirme ser flojo.

Son jóvenes, muy jóvenes, y como tales son muy optimistas. Pero no por ello son menos realistas y responsables. Lo que quiero decir con esto es que en ellos hay una esperanza, una luz que dice que todo va a salir bien, o al menos que va a salir lo mejor posible. Aunque soy el novato, soy con diferencia (con gran diferencia, a mi pesar) el más viejo del grupo. Me hace mucho bien este contacto contagioso. Yo, que, según el trayecto natural de la vida y también según mi carácter, me empezaba a sentir viejo y un tanto inane, he recuperado la vitalidad. Es como si esta gente me hubiera hecho una transfusión de vida.

Los alumnos también son la esperanza, y aún más que los profesores. Casi todos son algo más jóvenes que mis hijos y veo con enorme ternura su afán por salir adelante, por labrarse un porvenir y por trabajar y conocer. Así ha sido desde siempre, y es bueno comprobar lo obvio: que la rueda sigue girando y que el mundo tiene esperanza, tiene futuro, tiene solución.

Otro de los motivos por los que no me he atrevido hasta ahora a escribir esto es porque me conozco y sé que puedo ponerme de un meloso y de un ñoño asustador. (No sé si notáis que estoy haciendo un gran esfuerzo por ser comedido).

Hace ya unos años que fui entrando en contacto con algunos de los profesores de la URJC. Desde el principio han sido muy generosos conmigo. Me han invitado a algún que otro acto, me han honrado con todo tipo de gestos; se han hecho eco de este blog y me han hecho sentir siempre como miembro de su equipo, aunque fuera ajeno. He de decir que esto me ha pasado también con otros cuantos profesores de otras cuantas universidades, tanto españolas como americanas. Qué fácil y qué directa y cercana es la comunidad virtual y telemática, en la que, aunque no lo creáis, se forman extraños vínculos de amistad y de conocimiento.

No quiero decir el nombre de nadie porque son todos. Son personas fantásticas, muy formadas, muy brillantes y, sobre todo, muy generosas. He tenido una enorme suerte. Son gente que tiene una clara vocación de enseñar. He visto de todo en cuanto a inventiva para hacer las asignaturas más claras, las prácticas más formativas, las actividades más interesantes. Esta gente da vértigo, de verdad. Y a mí ahora me está dando muchísimo. Bendito vértigo.

Fui profesor en la ETSAM, durante un solo curso, el año que cumplí treinta de edad, y lo vuelvo a ser el año que cumplo sesenta. Espero que ahora no se acabe aquí y que no me tengan otros treinta años esperando. Dar una charla a los noventa no sé si podría tener algún interés para alguien.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Dedicatoria

Aquí, a la derecha, tenéis mi tesis doctoral, que os podéis descargar cuando queráis.

Pero, aunque sé que algunos lo habéis hecho y lo seguís haciendo, y os lo agradezco mucho, me apetece especialmente que quienes pasáis de ella (pase más que comprensible) leáis su dedicatoria y sus agradecimientos, y como sé que descargarla es un tostón os la pongo aquí.

Terminé y entregué mi tesis en el año 1991 y la leí en marzo de 1992. Cuando la rematé aún no tenía hijos, pero cuando meses después la leí mi mujer estaba embarazada de nuestro primogénito. Ahora se me hace raro habérsela dedicado a tanta gente y que mis hijos no aparezcan, que no existieran, que aún no fueran nada para mí.
Por el contrario, algunas personas a quienes se la dediqué y a las que estaba muy unido entonces hoy están ya muy alejadas de mí. Y, lo que es peor, otras han fallecido. Qué dolor.
Qué extraño: Uno cree que tiene una vida sólida y muy estable y sin embargo todo está siempre bullendo y cambiando.

Sin embargo, los grandes amigos permanecen y permanecerán siempre. Los grandes maestros también. Copio aquí aquella dedicatoria para homenajearlos.

Me llama mucho la atención verme a mis treinta y un años coqueteando ya de viejo, haciéndome el anciano evocando series de televisión y personajes de mi (entonces lo creía) lejana adolescencia y de mi remota infancia. Dónde estarán ahora. (Aunque, de alguna forma, muy a menudo vuelvo a verme niño con gran naturalidad).

Han pasado muchos años. Demasiados. Lo que os enseño ahora es en cierto modo un autorretrato que me hice entonces. Mirad qué ingenuo y qué tierno.


lunes, 22 de octubre de 2018

Oiza inconstitucional

Planteamiento:

Me sumo gozoso a la celebración del centenario de Oiza (1918-2000), arquitecto admirable por muchos motivos, y al que cada día voy descubriendo más y con más gozo.


Pero hoy aquí quiero hablar de su faceta como profesor y de cómo podía verlo y apreciarlo un alumno cualquiera, un alumno "del montón". Quiero escribir desde la perspectiva de ese alumno, que creo que no es tan lisonjera.

(Estoy seguro de que muchos dirán que fueron alumnos de Oiza, que lo celebran cada día y que no conocieron, ni siquiera conciben, a un profesor mejor. También lo entiendo perfectamente).

Empiezo diciendo que la carrera de arquitectura no es que sea para superdotados, ni muchísimo menos (la prueba es que hasta yo la superé), pero sí exige mucha dedicación y da mucha guerra. Es una carrera muy agobiante.

Cuando era alumno estaba enfrascado en mis estudios, loco por ir tachando una y otra asignatura, y otra, y otra más, e írmelas quitando de encima cuanto antes para acabar la carrera de una puñetera vez. (Supongo que me entendéis perfectamente). Hubo un largo tramo en mis estudios durante el cual me podrían haber dicho que Frank Lloyd Wright y Le Corbusier venían por la tarde a la escuela a pelearse en el barro ante el campo de rugby y yo me habría ido a casa a preparar una práctica de instalaciones que tenía para el día siguiente.

Con estas urgencias y esta saturación de tareas dejé pasar extraordinarias oportunidades de las que ahora me arrepiento mucho, pero cada día tiene su afán, y el mío en aquellos era ir aprobando las asignaturas.

Por ese motivo no disfruté de Oiza todo lo que podría haber disfrutado.

martes, 25 de septiembre de 2018

Arquitecto-arquitecto


En mi anterior entrada escribí que me parecía que Robert Venturi había sido un gran escritor, pensador y crítico de arquitectura, pero un mal arquitecto. Para colmo dije que como arquitecto-arquitecto dejaba mucho que desear.

El agudo polemista Hans Brinker me recriminó. Me preguntó qué entendía yo por arquitecto; es más: qué entendía por arquitecto-arquitecto. ¿Solo es arquitecto quien construye?, me preguntaba, ¿y solo quien lo hace bien?
Añadía que también es arquitecto quien escribe sobre arquitectura y quien hace muchas otras cosas, y que es muy reduccionista considerar arquitecto solamente a quien diseña y dirige las obras de edificios.

Le di apresuradamente la razón y le prometí que intentaría aclarar mi postura en el blog, ya que en twitter es imposible matizar con cierta extensión.
Confieso que mi primera intención fue contemporizar y templar gaitas, pero he estado mirándome por dentro, dándole vueltas y no puedo. Voy a exponer mi opinión sincera. Ojo: Mi opinión. Nada más que mi opinión, que no tiene valor alguno para nadie más que para mí. Y creo que voy a cabrearle aún más. (Es posible que cabree a más gente. Lo siento. No lo hago por pura maldad, sino por exponer sinceramente lo que creo).

¿Qué es un arquitecto1? y aún más: ¿Qué es un arquitecto-arquitecto?

La definición clásica de arquitecto-a en el DRAE era:


"Persona que profesa o ejerce la arquitectura". Bien. Parece obvio. Pero ahí mismo leemos qué entiende la RAE por arquitectura: "Arte de proyectar y construir edificios". Es decir, que el arquitecto es la persona que tiene por profesión proyectar y construir edificios.
Esto es lo que viene en mi edición en papel, que es la vigésima primera y data de 1992.
En el DRAE online vemos que esa definición ha cambiado:

Añaden (a mi juicio innecesaria y torpemente) el matiz de que esa persona esté legalmente autorizada, pero en lo que es su profesión y cometido no cambian nada.
Y arquitectura sigue siendo "arte de proyectar y construir edificios". Para más inri le añaden "diseño de una construcción", que creo que estaba más o menos incluido en la anterior acepción.


Las otras dos acepciones no aportan nada a lo que nos interesa, así que podemos decir que en este momento, según la RAE, un arquitecto es una persona que tiene el título académico adecuado, está colegiado, no se halla en situación de incompatibilidad, está al corriente de sus cuotas y demás obligaciones, no ha sido legalmente inhabilitado y yo qué sé qué más, y por todo ello tiene como profesión el arte de proyectar y construir edificios, y también diseñarlos (por si lo de proyectar no había quedado claro).

Este carácter ordenancista y circunspecto del diccionario de la RAE a mi juicio olvida el ámbito común de la lengua, al que debería pertenecer, y desvirtúa el significado amplio del término. Miro ya por curiosidad médico e ingeniero y lo mismo: han añadido la precaución legalista que a mi juicio estropea la definición y el significado común de esos términos.

Para huir de oficialismos y de similares plagas consultemos el María Moliner, que es tan solo un excelente diccionario, un diccionario DE USO del español. Allí leemos que el arquitecto es la persona que tiene como profesión la arquitectura. Casi lo mismo que en el primer DRAE que he puesto.


Y la arquitectura abandona la faceta de proyecto y se queda solo en construcción, pero incluye también a los monumentos: "Arte de la construcción de edificios y monumentos". Y también "esa actividad, considerada como una de las bellas artes".

Observo que, por la vía de los diccionarios, y recogiendo lo que se entiende comúnmente por el término, la profesión del arquitecto solo alcanza a proyectar y construir edificios (e incluso monumentos), aunque para ello tenga que cumplir unos determinados requisitos legales.

En principio, todo lo demás quedaría fuera.

lunes, 19 de febrero de 2018

Las ciudades imposibles

El otro día algunos amigos (arquitectos, naturalmente) han hecho en twitter una (enésima) evocación/recomendación del famoso libro Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y la espinita que llevo clavada desde hace treinta y tantos años ha vuelto a punzarme: Yo, que me terminaba todos los libros por arduos que fueran y que fui capaz de leer todo lo que cayera en mis manos, no terminé Las ciudades invisibles.

Subo al altillo a buscar el libro y lo encuentro a la primera. (Y eso que ha sufrido dos mudanzas en estas tres décadas). Chapeau por mi desorden ordenado. Es este:


Edición de Minotauro, Barcelona, mayo de 1983. Traducido por Aurora Bernárdez. En la guarda escribí "Septiembre 1983" y mi nombre. Suelo poner dónde compré cada libro, o quién me lo regaló, pero aquí no dice nada. Bueno, la fecha, que no es poco. Tenía veintitrés años y estaba en quinto curso de arquitectura. Sí: recuerdo con una media sonrisa que este era un libro obligado más o menos a esa altura de carrera.

Lo abro y veo, incrédulo, que la señal -un billete de metro del día seis de septiembre de 1983- está en la página 169, a solo siete del final. ¿Cómo pude dejar la lectura ahí, a diez minutos de terminar el libro?


La señal marca el comienzo del capítulo "Las ciudades ocultas. 4" (dos páginas). Luego viene "Las ciudades ocultas. 5" (tres páginas. Bueno, dos páginas y cinco líneas); y por último un colofón (dos páginas. Bueno, una y media).

Veo que el reverso del billete tiene algo escrito y no reconozco mi letra. Me recuerda más a la de mi hermano. Pero no: Es la mía. Era la mía a los veintitrés años.


Pone:

1.- Árbol para esperar a Godot y, si llega el caso, suicidarse.
2.- Paseo caleidoscópico.

Lo leo y me doy mucha vergüenza retrospectiva. Y también mucha ternura. (Pero sobre todo vergüenza. Ay, qué estupendito era yo entonces). ¿Qué querría decir? No tengo la menor idea. Alguna buena ocurrencia para un proyecto o para un cuento. ¿Quién sabe? Yo era muy sesudo en mis proyectos. Y escribía cuentos. Era todo muy yatúsabeh. En fin.

Leo las siete páginas que me faltaban y termino así una tarea que quedó interrumpida y pendiente hace treinta y cuatro años y medio. Me quito la espina. Ya era hora. Misión cumplida. Al fin terminé el libro.

¿Y?

lunes, 8 de enero de 2018

El último racionalista

Me acabo de enterar, gracias precisamente a un lector de este blog, de que ayer, día de los Reyes Magos, ha muerto uno de mis mejores amigos de la carrera: Juan Pablo de Bidegain Herrera. Bidegáin.


No sé nada más, no sé cómo ha sido, ni si estaba enfermo, ni nada. Me pongo a escribir sin saber qué voy a decir. Era mi amigo. Estoy consternado y desorientado. ¿Qué pasa? ¿Qué coño pasa? ¿Cómo se puede morir Bidegáin?

Ya conté que era el operador de cámara en clase de Fullaondo. Movía los grandes libros en sentido inverso bajo el visor del proyector de opacos y hacía unos travellings estupendos de aquellas grandes fotos que no cabían de una vez. Era insustituible en clase. No faltaba casi nunca, y las poquísimas veces que por enfermedad o por lo que fuera no podía venir Fullaondo se quedaba muy fastidiado sin poder dar la clase como él quería, porque ningún otro alumno era capaz de proyectar las imágenes en la pantalla.

(Inserto: Al principio todos los compañeros de clase le llamábamos Bidegáin. Supongo que por influencia de Fullaondo, que llamaba a todos los alumnos por el apellido, y el suyo era bastante fonético. Al cabo de un tiempo, ya muy amigos, le empecé a llamar Pablo, y aún después Juan Pablo, porque era así como él se reconocía mejor y se sentía más cómodo).

Juan Pablo era muy reposado hablando. Buscaba la palabra correcta y precisa para no generar malentendidos ni confusiones, y eso le hacía a veces ser lento y poco expresivo. Era todo lo contrario que yo: Todo lo que yo tengo de bocazas y de metepatas lo tenía él de elegante y discreto.

En sus proyectos siempre era correcto y preciso. Fullaondo una vez le llamó El último racionalista, y era verdad. Sus proyectos eran modernos canónicos, y todo era racional y todo estaba justificado.
Recuerdo que ayudándole a dibujar su fin de carrera veíamos que un alzado era poco expresivo y le dije que forzara un efecto de curvatura en un muro. En un proyecto en el que todo el mundo mentía o dibujaba cosas gratuitamente por lo bien que quedaban él no consintió en falsear (no digo mentir, sino sólo agudizar gráficamente) una curvatura para que en alzado quedara mejor. El alzado tenía que corresponderse escrupulosamente a la planta, y en planta esa curvatura era la idónea para lo que se pretendía, y si en alzado no quedaba muy fotogénica daba igual. Tenía que ser como tenía que ser.

Juan Pablo era de una honradez extrema. Al final le convencí de que, sin mentir, hiciera una especie de trompe-l'oeil que sería real si el edificio fuera construido. De alguna manera conseguí convencerle en parte y el alzado mejoró algo.

Le sugerí también que en alguna parte del proyecto rotulara "El último racionalista" y no coló. No era pertinente, tenía razón: No era el momento ni la ocasión. Pero al poco tiempo nos presentamos al concurso del conservatorio de Almería y ahí sí: Ahí nos pusimos como lema "El último racionalista".
Fueron unos días de trabajo intenso en su piso compartido de la Colonia Saconia, en Madrid, con la carrera recién terminada y antes de que se fuera a Santander, de donde era.

Después dejamos de vernos, aunque él vino algunas veces por Madrid y yo fui con mi familia otra a Santander. Durante estos treinta y dos años nos habremos visto unas seis o siete veces, no más, y habremos hablado por teléfono otras tantas (larguísimas conversaciones). Pero hemos mantenido la amistad y el cariño.

Juan Pablo de Bidegain Herrera era un hombre bueno.

Nuestra común amiga Aurora Herrera, santanderina como él, me contó una vez que en el colegio de arquitectos de Cantabria Bidegáin era una especie de tesorero perpetuo, ya que era tan honrado y tan cabal que elección tras elección ninguna candidatura presentaba alternativa a la tesorería. Todos estaban de acuerdo en que siguiera él. Sé que fue también de consejero de ASEMAS y que ahora estaba -de tesorero, cómo no- en la UAPFE. El tesorero ejemplar. El hombre más honrado del mundo.

Era muy buen fotógrafo (pero ahora me pesa mucho que no tengamos ninguna foto juntos1), y hasta una vez le publicó una fotografía EL PAÍS. Era que vino a Madrid una famosa atleta alemana y él fue al evento con su cámara. Con su perfecto alemán sin acento la saludó y ella le miró interesada, sorprendida y atenta, momento en que disparó su cámara y obtuvo una fotografía buenísima.
Tenía muchísimas fotos buenas. Miles y miles de contactos pequeñitos, de los cuales sólo conseguían pasar a ser ampliados unos pocos (el papel y los demás materiales eran caros y había que seleccionar muy bien).

Hasta aquí he escrito de corrido y aquí me he parado de golpe. Llevo unos minutos sin saber qué más escribir. Serían cientos de anécdotas, pero me he quedado sin fuerzas. Qué más da. Qué más da todo. Mierda.

Mi amigo Juan Pablo se ha muerto.

El último racionalista.

El último hombre honrado.


1.- He escrito que no teníamos ninguna foto juntos pensando en los tiempos de la escuela, pero luego he recordado que muchos años después sí nos la hicimos. En 2002, en nuestras vacaciones en Cantabria, quedamos en Santoña.
Aquí estamos las dos familias: Él con su mujer y su hija y yo con mi mujer y mis dos hijos.




Addenda 10 de enero de 2018. No pude ir al funeral que tuvo lugar en Santander ayer martes, 9 de enero, pero me acabo de enterar de que ASEMAS va a celebrar en Madrid una misa en memoria de Juan Pablo el próximo jueves 18 de enero a las 21:00 h, a la que espero ir. Será en la parroquia del Inmaculado Corazón de María, en C/. Ferraz 74, esquina a Marqués de Urquijo.
Enlazo aquí la nota de recuerdo a Juan Pablo que ha sido publicada en la web de ASEMAS.

viernes, 27 de octubre de 2017

Carne fresca

Es impresionante la fuerza, el talento y la capacidad de entusiasmo que tenéis los jóvenes. A veces dais hasta un poco de miedo. "Esta gente nos come. Nos come por los pies y no dejan de nosotros ni la coronilla", nos decimos los veteranos cuando os vemos salir de las escuelas.
A vuestra energía terrible unís vuestra preparación. Me pasma el dominio que los jóvenes arquitectos tenéis de las herramientas gráficas informáticas, la fluidez con la que habláis inglés y otros idiomas, el dominio de técnicas paralelas y complementarias a la arquitectura, como son la construcción de maquetas, el diseño gráfico, las animaciones y vídeos... Tenéis capacidad de sobra para quitarnos cualquier encargo con razón y con méritos.
Me dais mucho miedo, que lo sepáis.
Y sin embargo os veo trabajando gratis en estudios que no os merecen, regalando vuestros conocimientos, vuestras técnicas, vuestras horas de trabajo e incluso vuestras no-horas de sueño.
¿Por qué lo hacéis?


No lo termino de entender. Acabáis vuestra carrera y estáis deseando lanzaros a la profesión. Claro que sí. Pero en vez de buscar vuestros propios clientes preferís entrar a trabajar en un estudio ya consolidado, y mucho mejor si puede ser en el de un arquitecto de prestigio. Me parece muy bien. En principio se supone que cuanto mejor sea ese estudio más y mejores trabajos hará, y por lo tanto también ingresará más dinero y pagará mejor a su gente. Estupendo.

Ah, que al parecer eso no es exactamente así. Que al parecer muchos jóvenes trabajáis gratis por tener la oportunidad de aprender.
¿Y qué es lo que queréis aprender, que se trabaja gratis?
Sabéis de sobra. No necesitáis aprender. Y, desde luego, no tenéis que aprender a preparar cafés o a hacer fotocopias.
Y si os piden ya de entrada un nivel alto de 3D y os ponen a hacer renders como locos, ¿qué es exactamente lo que os enseñan?

Como os aprecio y os veo casi como un padre os voy a enseñar lo más importante, lo único que debéis saber para siempre: EL TRABAJO SE COBRA.
Eso es lo que diferencia a un profesional de un aficionado, y nosotros somos profesionales, coño. La arquitectura es un trabajo, y los trabajos son hechos por profesionales.

Por favor, copiádmelo cien veces con pluma de ganso y hermosa tinta roja de cochinilla, y también con la mejor caligrafía de la que seáis capaces:


Hala, por mí ya habéis aprendido todo lo que teníais que aprender. No olvidéis esto nunca. Y ahora a volar. Buena suerte.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Bien hallados en el paraíso

El pasado martes 12 de septiembre, para mi sorpresa y mi alegría, fui invitado a formar parte del tribunal de Proyectos Fin de Carrera de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Castilla-La Mancha, en Toledo.
(¿Por qué contaron conmigo? Pues parece ser que por culpa de este blog. Ya veis).


Me llamaron una semana antes y me quedé perplejo, pero encantado. Me explicaron que el tribunal lo forman dos profesores de la escuela (uno de los cuales suele ser el director) y dos arquitectos invitados. En principio me pareció mucho peso el de los invitados y, por lo tanto, mucha responsabilidad la mía. (Luego no fue tanta).
El lema de la convocatoria, tal como rezaba en el cartel, era "bienvenidos al paraíso". Primero me pareció entender que de alguna manera les íbamos a dar a los chavales(1) la bienvenida al paraíso de la profesión, lo que a estas alturas parece algo ciertamente sarcástico. Pero en cuanto entré al vestíbulo de la escuela vi que era al revés; eran ellos los que nos daban la bienvenida al paraíso de su juventud, de su trabajo y de su entusiasmo.

Cada alumno llevaba un año trabajando en su proyecto. (En mi época eran unos meses, pero esto ya se nos ha ido de las manos). La exposición de cada proyecto consistía en cuatro "sábanas", cada una de ellas formada por tres A1 en tira. Cada tira de tres A1 era un dibujo continuo; o sea, se empalmaba un A1 con el siguiente. Además de los doce A1 tenían que presentar una maqueta como mínimo, un vídeo de un minuto y pico y un "cofre del tesoro".
Lo del cofre me encantó. Consistía en una caja, recipiente, estantería... lo que fuera, que guardara todo lo que el alumno quisiera poner: Croquis de trabajo, cuadernos, libros que había leído durante su trabajo, recuerdos, juguetes, figuras... lo que quisiera. A su vez ese cofre podía ser una caja cilíndrica o paralelepípeda, o dos bloques que deslizaran uno sobre otro, o un carrito con perchas, o un... lo que fuera. Las cajas en sí mismas, como objetos, eran unas preciosidades.

Íbamos entrando sobre las nueve y media de la mañana y aún seguían los alumnos dando los últimos toques a la colocación de sus trabajos. Llenaban un largo y ancho pasillo y un vestíbulo. Eran veintiún puestos en un mercadillo de sueños y trabajo duro, muy duro. Los miembros del tribunal, pero también todos los profesores, alumnos, amigos y familiares, íbamos de puesto en puesto admirando los trabajos, intentando entender algún matiz (y a veces bastante más que un matiz). También aprovechábamos para saludar a quienes ya conocíamos o para ser presentados a quienes aún no. Los chicos hablaban, algunos reían y otros estaban dando el último toque a la presentación de una maqueta, o quitando por fin los papeles y plásticos protectores de algún objeto extraño.

Siempre he pensado que el proyecto fin de carrera es una fiesta y que no tiene sentido putear al alumno en ese último trance brillante de su carrera. Estaba dispuesto, llegado el caso, a defender con pasión este punto de vista. En seguida vi que no hacía falta. Los invitados estábamos impresionados por la calidad de los trabajos, y los profesores estaban orgullosos de sus alumnos. El ambiente, por tanto, era inmejorable.

lunes, 31 de octubre de 2016

Ridículo

Esta historia es verdadera. He disimulado y emborronado los
detalles porque implican a otras personas y las dejan en una posición
tal vez algo ridícula, o, al menos, poco brillante. Pero el peor
parado, con todo, fui yo, y por eso me atrevo a contarlo.

No tengo ningún pudor para hablar de mis ridiculeces, pero esta afecta sobre todo a otra persona y me da apuro. Se me ha pasado por la cabeza varias veces contar esta anécdota aquí, pero siempre me he arrugado al final por no poner en evidencia a nadie. Así que permitidme que la cuente sin contarla del todo.

El caso es que hace unos años el director de una escuela de arquitectura de entonces inminente inauguración estaba desesperado porque no encontraba profesores.
Un día se quejó a un arquitecto amigo suyo (y mío) de que había poquísimos doctores, y que los pocos que había y que cumplían el perfil ya estaban dando clase en alguna escuela consagrada y no querían dar un salto en el vacío para venir a la nueva.
Ese amigo común le habló de mí, y muy bien. Yo era doctor, yo había sido profesor (hacía mucho, eso sí) en la escuela de Madrid y estaba disponible. Y seguro que me haría ilusión.
El director de la escuela le pidió mi teléfono y me citó una tarde a tomar un café y a charlar.

Fue una tarde estupenda. Le conté en pocas palabras mi currículum y le di un CD que contenía mi tesis, otros escritos y material variado para que lo examinara. Le pareció todo muy bien. Tal como me habló yo di por hecho que prácticamente ya formaba parte del claustro de profesores. Me dijo incluso el sueldo (aproximado) que podría tener, y me dio ciertos detalles de organización, de enfoque del curso, de estructura académica, etc, que parecían un tanto excesivos para ese primer momento. Vamos, que lo vi hecho.

Nos despedimos cordialmente.
Se lo conté a mis padres y todo. Estaba muy contento.
Caí en la cuenta de que en los últimos años había descuidado mi perfil cultureta y respetable, y me notaba bastante obsoleto e incluso oxidado. Así que me aprovisioné de libros para releer (y algunos para leer por primera vez) para refrescar la memoria y ambientarme un poco.
Iba a empezar el verano.  Me hice la cuenta de que el director me llamaría en seguida.
No me llamó.
Tal vez me llamaría a mitad del verano, o a finales, para preparar el curso con mis compañeros.

He tecleado profesor arquitectura en las imágenes de google y esta es la primera
que ha salido. No intentéis reconocer a nadie ni relacionarlo con esta historia.

Pasaba el verano y a mí no me llamaba nadie. Incluso refrescaba ya un poquito a la puesta de sol, y nada. Ya iba a empezar el curso. ¿Cuándo vamos a reunirnos? ¡No pretenderá que me lance a mi aire, a contar a los alumnos lo que me dé la gana! ¿Cuándo prepararemos el curso?

El verano estaba casi acabado y yo no tenía noticia de nada. Me daba muchísimo reparo y muchísima vergüenza llamar al director (me había dado su teléfono y todo) para preguntarle qué tal iban las cosas y qué había de lo mío, así que llamé a una compañera con la que tenía confianza y que yo sabía que era la mano derecha del director. Este eminente señor estaba en otras cosas, y delegaba estas tareas en mi amiga.
Cuando la llamé la puse en un compromiso y en una situación incómoda. Me contó que ya estaba todo hecho y preparado para el curso inaugural, y que yo no estaba. La notaba incómoda y cohibida por tener que darme explicaciones a mí: un disparatado espontáneo que llamaba sin venir a cuento para preguntar por su hipotética plaza.
De alguna manera llegué a la conclusión de que tal vez el director me reservara para un curso más avanzado. La escuela nacía en ese momento y sólo iba a impartir el primer curso. El año siguiente daría primero y segundo, y después primero, segundo y tercero. Etcétera.
(Pues como me hayan elegido para dar el doctorado voy listo).

jueves, 26 de septiembre de 2013

Proyecto Fin de Carrera: Una opinión

Hay distintas formas de terminar una carrera universitaria. Algunas se terminan cuando se aprueba la última asignatura pendiente. ¿Algunas? Deberían ser todas, ¿no? Pues no: En algún momento a alguien debió de ocurrírsele que echar a la buchaca el último aprobado no era suficiente. ¿Por qué? No lo sé, pero el único motivo que se me ocurre es el del lucimiento personal, la celebración, la fiesta, la alegría, salir por la puerta grande vitoreado por los profesores, abrazarse a los catedráticos, saludar con la manita, encender la traca de fin de fiesta y pirarse. Si no es por eso, no le veo ningún sentido.
Uno aprueba su última asignatura (que ni siquiera tiene por qué ser del último curso; hay alguna asignatura-garrapata que se lleva colgando -no digo de dónde- durante años) y ya. Ya está. Ya debería estar. Pues no. Es necesario hacer una fiesta para celebrarlo.
De acuerdo: Como fiesta lo admito. Si es para hacer una fiesta me parece bien; pero para otra cosa no.


En muchas carreras se hace una tesis (que se suele llamar "tesina" para distinguirla de la tesis doctoral) y en otras (las técnicas) se hace un proyecto.
Es un proyecto con el que uno demuestra que ya sabe. Es el "mira, mamá, sin manos" del niño en bici ante su madre aterrorizada. Es (debería ser) un paseo militar, un desfile, un pasacalle. (Con banda de música y todo).
Eso debería ser nuestro PFC: Un miramamásinmanos, una exhibición, una fiesta, con nuestras madres (o en su caso nuestros tutores del proyecto) aplaudiendo y vitoreando.
El alumno, en ese momento trascendente, sonreiría con legítimo orgullo, saludaría a los asistentes y saldría al mundo exterior armado de valor y de confianza.


Hace una pila de años el PFC venía a ser eso: un trámite, una gestión que se daba por aprobada de antemano, y cuyo único incentivo era obtener alguna distinción: un sobresaliente, una matrícula de honor... tal vez el premio extraordinario... ¿Que no se conseguía? Bueno, pues se conformaba uno con su aprobado o su notable y se iba a casa tan tranquilo con su título de arquitecto (u orden supletoria) bajo el brazo.
Pero últimamente, por lo que me dicen, el PFC es un verdadero trago, una cuesta arriba muy dura, una prueba que ríete tú de las de Indiana Jones.
Yo sostengo que todo alumno que presente el PFC completo, con todo lo que le han pedido, debe ser aprobado por definición y por imperativo legal.
El tutor supervisa el proyecto, y si éste está incompleto, o alguna de sus partes ha sido hecha con desidia o con prisa, entonces debe exigirle al alumno que lo complete. Pero una vez que lo ha hecho y el tutor lo da por terminado y lo presenta, ¿qué más se requiere? Nada en absoluto. Ya está, y sólo falta saber si el alumno sale de la plaza (de una bendita vez) con ovación, vuelta al ruedo, orejas o rabo.
Vamos a ver: Imaginaos la increíble historia del alumno que ha aprobado Proyectos I, Proyectos II, Proyectos III... (¿cuántos hay ahora?) y que recibe del Tribunal del PFC la dura crítica de que no ha resuelto claramente, con la jerarquía adecuada, el espacio de entrada (por ejemplo). ¿Entonces cómo es que aprobó Proyectos I, Proyectos II, Proyectos III... (y los que sean)?
En ese caso, yo creo que si el tribunal del PFC necesita suspender a alguien para sentirse gonadalmente fuerte, al único que debe suspender es al tutor, y expulsarle.
El alumno ha estado durante meses mostrándole a su tutor los croquis del proyecto, recibiendo sus correcciones y modificándolos. Si no estaba bien resuelto el espacio de entrada el tutor ha tenido meses para decírselo.
Corrección a corrección los croquis se van perfeccionando, el proyecto va determinándose. La conclusión es (debe ser) un trabajo brillante. Y, si no es brillante, al menos será aseado y digno.
Me refiero, naturalmente, al alumno que se toma el PFC en serio y se lo curra. Porque si no es así, el tutor no le autorizará a presentarlo.

sábado, 22 de junio de 2013

¿Estudiar Arquitectura?

Creo que a estas alturas los lectores de este blog ya sabréis que el Gobierno de España prepara una ley (la de Servicios Profesionales, o LSP) que, entre otras cosas, permitirá a los ingenieros el ejercicio de la arquitectura.
(Acabamos de enterarnos de que aplazan su aprobación: Prolongan nuestra agonía).
El borrador de esa ley quiere hacer patente que no existe distinción entre edificación, construcción y arquitectura, y razona que si un ingeniero sabe hacer una nave tiene que saber hacer una casa.
Surge entonces una duda inmediata: Si un ingeniero va a poder hacer lo suyo y además lo del arquitecto, mientras que un arquitecto seguirá sin poder hacer lo del ingeniero, ¿para qué estudiar Arquitectura?


Se me ocurren muchas líneas de comentarios, pero todas ellas han sido mucho mejor desarrolladas por elocuentes compañeros. Así que tiro por otro sitio.
Tengo dos hijos, y ninguno de ellos está ni remotamente interesado en ser arquitecto. Pero, si les hubiera atraído la arquitectura, ¿qué les podría decir?, ¿cómo les aconsejaría? Uf, qué difícil.
El sentido común dice que estudiar arquitectura es inútil, es una auténtica pérdida de tiempo.

Pero recuerdo mi ya lejana carrera (la terminé en 1985) y me vienen a la mente unas cuantas imágenes, ideas y recuerdos deslavazados:

a) Fullaondo contándonos su viaje a Finlandia con Moneo, para visitar a Alvar Aalto. Le llevaron una caja de 12 botellas de Rioja. Se las bebieron de una sentada entre los tres. (O entre los cuatro. Aalto le servía vino al fantasma de su esposa fallecida hacía poco, que tenía su silla, su plato, sus cubiertos, etc).
b) Oíza subiéndose las gafas a la frente y contándonos por qué una casa tenía que ser caótica mientras que el Aeropuerto de Barajas tenía que ser ordenado, y representando su carrera con maletas y su suegra corriendo detrás de él.
c) Aroca contándonos que El Increíble Hombre Menguante no debería de tener miedo de la araña, puesto que la sección de sus piernas sólo había disminuido al cuadrado, mientras que su peso había disminuido al cubo, por lo que tenía una gran capacidad para saltar y escapar por las escaleras.
d) José María Rodríguez Ortiz, catedrático de Mecánica del Suelo, ingeniero de caminos, dolido porque su hijo había elegido estudiar arquitectura. Hombre de muy fino y mordaz humor y de una socarronería estupenda. Recuerdo que viendo en su clase unas diapositivas de un replanteo de zapatas en un terreno embarrado me entraron las mayores ganas de construir, de rebozarme en el barro, que he tenido en mi vida. Fue un momento epifánico. Años después he hecho muchos replanteos en barro, en polvo seco, en terragueros diversos, y no es tan apasionante.
e) Julián, el del bar, y sus sándwiches de escabeche (y naturalmente, sus pinchos de tortilla).
f) El juego de la peseta, en las mesas del mencionado bar, y el juego de la pocha, en alguna clase vacía de arriba.
g) Mi amigo Emilio García Alonso, y tantas discusiones. Una (mítica entre nosotros) sobre cuál iba a ser nuestro futuro. Yo lo veía muy fácil: Poner un rótulo en el portal de mi casa (la de mis padres) y empezar a recibir encargos. (Curiosamente fue así, pero sin rótulo).
h) Discusiones en el bar, con Emilio, Paco, Iván, etc, sobre la planta de la Casa Farnsworth. "Yo ahí no podría vivir". "Todo el mundo necesita intimidad". Etc.
i) Carvajal corrigiendo en público un proyecto de un alumno. (Me pareció muy cruel la paliza que le pegó, y que su profesor, que había propuesto el trabajo como digno de corrección magistral, no le echara una mano). También fue fantástico cómo desmenuzó la función de la casa y la ubicación del garaje respecto a la puerta principal.
j) Corrales y Molezún en el Johnny, explicando el Pabellón de Bruselas. "Y se nos ocurrió que la pieza resolvía la estructura, la cubierta y el desagüe al mismo tiempo. ¿Cómo es que se nos ocurrió esto, Ramón?" "¡Y yo qué sé!" (Risas de Molezún y de todo el público). "Creo que íbamos en el tren y dejaste el paraguas en el asiento". Y de nuevo, muchos años después, Corrales solo (Molezún estaba ya enfermo) nos lo volvió a explicar en la Escuela, con unas enormes diapositivas.


k) Un profesor de Elementos de Composición (era la asignatura que servía de introducción a Proyectos, y se me dio muy mal la primera vez) preguntándome qué tal iba en las teóricas (muy bien) y proponiéndome que dejara la carrera y cursara alguna ingeniería. Me recuerdo llorando en casa a mis veintipocos años.
l) Leon Krier (el mentor arquitectónico del Príncipe Carlos de Inglaterra) vino a Madrid y dijo que Alvar Aalto y Carlo Scarpa eran arquitectos mediocres. ¡La que se armó!
m) En la cátedra de Carvajal pusieron como ejercicio hacerle una casa a Cela, y vino Cela a explicar cómo la quería. Imposible asistir a su conferencia. Cientos y cientos de personas apretujándose.
n) El puesto de libros de Cristina, abajo, al pie de la escalera, ahí en medio, al paso.
ñ) Hablar de Le Corbusier y de Frank Lloyd Wright por los codos, hasta con mi novia, que estudiaba Medicina. Pasiones encontradas.
o) Moneo sujetándose la frente como si le doliera mucho la cabeza, y hablando del Éxtasis de Santa Teresa, de Bernini, con verdadero esfuerzo.
p) Oíza (otra vez) hablando de la cubertería danesa que se compró, y que no funcionaba (porque pretendía comer comida española con ella).
q) Gallinas sueltas en clase de Análisis de Formas, cagándose por todas partes, y los profesores diciéndonos que no las dibujáramos a ellas, sino a su espíritu. (Esto de "pintar el espíritu de la gallina" se ha dicho mucho en la escuela como si fuera una leyenda, pero yo certifico que es rigurosamente cierto). Pintar el miedo, pintar un concierto de rock. No entender nada.
r) Mi amigo Carlos González Tausz y yo, aburridos en la clase de Análisis. "¿Qué hacemos?" "¿Nos pegamos en el campo de rugby?" "Vale". Bajamos al campo, me dio un empujón y me tiró al suelo. Me dio la risa. Se echó sobre mí y nos dio más risa. "¿Te vale?" "Sí. Me rindo". (Qué bien dibujaba. Qué cabrón).
s) No tener dinero en una carrera cara. Calcar los árboles, coches, etc, de letraset para no gastarlos.
t) Ir al SIMO a echar la tarde como un idiota porque Rotring te regalaba un tubo de cartón y Roca una plantilla de aparatos sanitarios. No llegar a tiempo de la plantilla. Agotadas.
u) Adorar Blade Runner porque sale una casa de Frank Lloyd Wright.
v) Adorar la canción de Simón (con acento en la o) y Garfúnkel (con acento en la u) "So long, Frank Lloyd Wright". Buscar como una especie de trascendencia en cada cosa. Ser bobo. Ser completamente imbécil.
w) Mi primer día en la escuela, subir a las aulas de dibujo y soportar un discurso terrible de Helena Higlesias (yo es que siempre le pongo muchas haches) diciéndonos que había ya demasiados arquitectos, y que reconsideráramos nuestro error mientras estuviéramos a tiempo. (No sé qué pensará ahora).
x) Horas y horas, tardes y tardes, noches y noches dibujando en el tablero. Menuda vista tenía yo entonces. La radio puesta todo el día y toda la noche (Antena 3 Radio: Supergarcía en la hora cero, Polvo de estrellas, Gomaespuma). Fumando y fumando. El cenicero deslizándose peligrosamente sobre el tablero inclinado. El pelo calentándose en el flexo.
y) Quedarme sin tabaco a las dos de la madrugada. Fumarme las colillas. Quedarme sin colillas. Salir a la calle a las cuatro. No encontrar otra cosa que una sala de fiestas / puticlub. Comprar una cajetilla de ducados. Saber que todo era un error.
z) Sufrir intensamente y disfrutar aún más intensamente. (Y eso que, no sé por qué extraña chiripa, jamás me tocó hacer una maqueta).

Se me acabó el alfabeto. Vale. Me han ido saliendo de corrido, sin orden ni concierto, y si hubiera más letras seguiría contando batallitas. Pero, en definitiva, ¿qué le decimos a nuestros hijos? (O a nuestros hermanos: Este blog tiene lectores de una insultante juventud).

sábado, 7 de mayo de 2011

Nos seguimos viendo

El jueves pasado por la tarde la profesora María Teresa Muñoz, de la ETSAM, dio una conferencia en la Escuela de Arquitectura de Toledo. La conferencia, tan interesante y estimulante como todas las suyas, trató sobre dos edificios americanos, uno de Root y otro de Wright, pero no quiero hablar de eso, sino de temas personales (como casi siempre). (Además, la conferencia es digna de publicación, y supongo que la autora o la escuela la publicarán, por lo que no voy yo a "destriparla" aquí).
Quiero hablar de mis sensaciones al ir a la escuela a escuchar una conferencia, una clase.
Fui a Toledo, principalmente, a saludar a María Teresa Muñoz. La traté mucho hace muchos años (unos quince o veinte), y me temía que después de tanto tiempo le sonara mi cara pero ni siquiera recordara mi nombre. Llegué a imaginarme la escena en la que yo me acercaba a darle dos besos y ella se los dejaba dar con estupor, intentando recordar. (A veces se me ocurren cosas así).


Llegué diez minutos antes de la hora, y entré en el aula. La ponente estaba con un profesor, charlando, preparando las cosas (luces, diapositivas, etc). No quise molestar. Ya la saludaré luego, cuando esté libre, pensé; o después de la charla.
El aula era una sala diáfana con sillas dispuestas en arcos concéntricos, tipo auditorio. Las sillas tenían ruedecitas y se podían desplazar libremente, de forma que la disposición en arcos no era rígida, y los alumnos más afines podían juntarse más. Se supone que en una clase animada las sillas acabarían en masas informes. (Se me ocurrió que se podía hacer una película de animación que reflejara el movimiento de las sillas, mejor sólo las sillas, borrando a la gente, desde el sector de corona inicial hasta la tortilla a la francesa final. A veces se me ocurren tonterías así).
Me senté en un lugar discreto. Había muy pocos alumnos, seis o siete, todos muy jóvenes, todos de primero. (La escuela está recién creada y por ahora sólo se imparte primer curso; el año que viene habrá primero y segundo, y así año a año). Mi hijo mayor está en primero de ingeniería industrial. O sea, que esos muchachos tenían la edad de mi hijo. Pensé eso y pensé que acabé la carrera años antes de que ellos nacieran. Yo podría parecer un profesor de otra escuela, venido de incógnito. Claro, que también podría ser un jefe de obras prejubilado o despedido por culpa de la crisis, y que venía de oyente pensando en matricularme. (Ser arquitecto, el sueño de mi vida).
En medio de estas tonterías, María Teresa levantó los ojos y me vio.
-¡José Ramón! ¡Qué alegría!