Mostrando entradas con la etiqueta Leonardo Benevolo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Leonardo Benevolo. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de noviembre de 2019

Otro fracaso

Hace unos años me encargaron un proyecto modestísimo que consistía en una marquesina o porche junto a la puerta de un cementerio para que los dolientes de los entierros pudieran recibir el pésame de los vecinos.

Hasta ese momento se ponían de pie delante de la tapia, al sol o a la lluvia, y allí aguantaban estoicamente el desfile del pueblo, con sus besos, abrazos, o apretones de manos.

Lo único que tenía que hacer yo era pensar un techo bajo el que el rito continuara como siempre, solo que con algo menos de dureza.

Se trataba de resguardar de las inclemencias del tiempo, y de paso de dar una cierta connotación de acogida o protección.

Había un presupuesto ridículo, por suerte. Así no había tentaciones de "hacerlo bonito", que son las que siempre echan a perder estas cosas.

Naturalmente, fue pensar en una marquesina e irme de cabeza a la del patio de la Embajada de Suecia en Madrid.


Es una de las obras mínimas más atractivas que conozco, y solo la he entrevisto (mil veces: a diario durante años) desde la calle. Nunca la he contemplado entera ni a placer, sino escondida tras la tapia y los árboles (y eso que supongo que no habría tenido ningún problema en que los de la embajada me la enseñaran). Quizá, por eso mismo, por no haberla visto nunca bien del todo, de alguna forma la tengo idealizada.

Soñé -pero solo fue un momento- en hacer una estructura metálica desnuda. No: Ya sabía desde el primer instante que eso no podía ser. Fue -no había otra opción- un tejado de teja cerámica a un agua adosado a la tapia por un lado y con dos pilares de ladrillo por el otro. Bueno. Ni tan mal. Una cosita muy evidente.

viernes, 9 de marzo de 2018

El vulgar Pritzker

A todos estos amigos cultos e inteligentes:
por lo que más adelante digo.


El otro día se ha concedido, como cada año, el premio Pritzker. Y una vez más hemos oído cómo lo llamaban "el Nobel de la arquitectura". Y un año más algunos (los más "listos") hemos sonreído con suficiencia.

Pero tengo que reconocer que el año pasado me gustó mucho que se lo dieran a RCR, y que este me he quedado boquiabierto porque jamás había oído hablar de Balkrishna Doshi.

En seguida nos informó en twitter el siempre avisado y erudito Rodrigo Almonacid de que ya en el Benevolo y en el Curtis (dos de las biblias sobre la historia de la arquitectura moderna) aparece Doshi desde ediciones antiguas. Cotejo las mías (soy un antiguo) y viene. Inmediatamente David García-Asenjo, otro joven sabio, nos instruye con este artículo y Ekain Jiménez busca y publica en twitter las fotos con las que ilustro esta entrada, y las acompaña de muy serios y justos (y elogiosos) comentarios a la trayectoria de este arquitecto desconocido minuciosamente por mí hasta ahora




Pero quien me ha animado a escribir esta entrada ha sido Jaume Prat con este artículo en el blog de la Fundación Arquia.
Me ha dejado con el culo al aire. A mí, que me he reído siempre con desdén, como tantos arquitectos, del premio y de su banalidad y de su frivolidad.

Aparte de que el premio de marras haya acertado muchas veces a ser concedido a arquitectos magistrales y de que se haya equivocado (a mi juicio) otras muchas, es cierto que por un día la arquitectura sale en todos los noticiarios de la tele, en todos los periódicos y en todas las emisoras de radio, y, por un día, parece incluso una actividad decente y estimable, y los arquitectos, así, en general y como colectivo, parecemos seres dignos de respeto y aun de aprecio.