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jueves, 20 de noviembre de 2025

(Est)ética - Grandiosidad y chapuza

Hoy se cumplen cincuenta años. Yo tenía quince. Qué de cosas han pasado desde entonces.

En estos días hay mucha rememoración, y entre el material con el que he sido bombardeado ha estado esta imagen:

La cortinilla del NO-DO. Un diseño que quería ser grandioso, imperial, pero que se queda un poco (o bastante) pobre. Y eso que es solo la imagen, y os he ahorrado la sintonía (tiii, tiririti riti riti riti tááá. Titiri titiri ráá) y la voz aflautada del personajillo locutor. Qué ridículo parece ahora todo, pero qué importante era. Uf.

Esa portada palidece ante la de cualquier película de Hollywood. Qué esplendor tenía la Metro, la Columbia, la Paramount, la Universal... Esas sí eran formas impresionantes de empezar películas, y no esta tan triste.

De entre todo el impacto cutre de esa imagen no puedo evitar fijarme en lo que me parece más obvio: la cinta ondeando y enroscándose a las dos columnas. ¿Que hay en esa cinta entre "EL" y "MUNDO", pero, sobre todo, entre "ESPAÑO-" y "LES"? ¿Qué mensaje o qué universo paralelo se nos oculta en los pequeños tramos que quedan detrás de los fustes?

martes, 24 de septiembre de 2024

La función son los padres

Dedicado doblemente a Jaume Prat,
por su tuit y por su artículo


El otro día, un poco provocativo, un poco en broma (como siempre), pero muy en serio (como siempre), mi amigo y maestro Jaume Prat ha publicado el siguiente tuit: "El gran secreto es que por mucho que nos hablen de función solo cuenta la forma. Antes y ahora".

Yo me he enganchado a parasitar ese tuit (es lo que estoy haciendo ahora) para extenderme aquí y de paso para recordar el último artículo de Jaume publicado hasta el momento: "La arquitectura son los padres".

Maldita sea. No me libro ni una vez de las tildes
que me pone el autocorrector del teléfono

Los arquitectos tenemos una especie de mala conciencia que nos lleva a justificarnos siempre en el sentido de que la forma es caprichosa, poco ética y bastante vana, y que por el contrario lo que nos redime y nos hace ciudadanos de bien y útiles a la sociedad es la función.

jueves, 30 de noviembre de 2023

Objetos inconvenientes - El diseño de la crueldad

La artista provocadora e incomodísima Katerina Kamprani (katerina.kamprani en Instagram) ha diseñado unos cuantos objetos provocadores e incómodos a los que ha llamado Inconvenient Everyday Objets (Objetos Cotidianos Inconvenientes) que son tan bellos como insoportables, como dolorosos, como crueles.


jueves, 3 de marzo de 2022

El inventor

Al arquitecto madrileño Alberto Feito



Una de las facetas de las que más orgulloso estaba Miguel Fisac era de la de inventor. Todos recordamos y celebramos sus vigas-hueso pretensadas, sus encofrados blandos y sus ladrillos con ceja.

Estos últimos los empleó, entre otros, en el edificio del CSIC, en la proa de las calles de Velázquez y de Joaquín Costa, en Madrid.

De ese edificio me parecen muy atractivas las dos entradas, una por cada calle, que atraviesan las respectivas alas y llegan al jardín central, permeándolo y haciéndolo fluir. Esas dobles columnas en V, que sustentan unas vigas con grandes voladizos, hacen levitar los acogedores techos de esos dos enormes zaguanes.

Pero lo más llamativo del CSIC son los citados ladrillos con ceja. En mi opinión son el invento perfecto en el sentido de que, como pasa muy a menudo con los arquitectos, esos seres zalameros y embaucadores, nace supuestamente para solucionar un problema técnico y constructivo pero su alcance final y su fin último son plásticos.

Me refiero a que la ceja fue diseñada para echar fuera el agua de lluvia y que no se filtrara por los tendeles, pero lo que logra por encima de eso es resaltar las líneas horizontales de la fábrica de ladrillo y hacerla temblar sacándola de su plano, casi como si fuera un tejado de tejas planas puesto de pie, o la piel escamosa de un pez o de un reptil.

¿De verdad es un problema muy grave y frecuente que el agua de lluvia se filtre por los tendeles de las fábricas de ladrillo? Y si lo es, ¿por qué ningún otro arquitecto ha usado la patente de Fisac? (Es posible que alguien lo haya hecho, pero yo no lo conozco. En todo caso deben de ser escasísimos).

(Esto me recuerda que para un arquitecto que adoptó los bloques de hormigón de Frank Lloyd Wright le cayó la del pulpo).

martes, 27 de julio de 2021

Otro búnker (y II)

(NOTA PREVIA.- No preveía yo los comentarios de la entrada anterior. Pensé que era bastante suave y nada polémica. Es más, comentando que uno había dicho "es un búnker nuclear" no me puse fanático ni le dije nada feo. Por el contrario, escribí: "Eso es normal y hay que aceptarlo: El hormigón armado es intolerable para muchos". Creo que no me comporté como "un santurrón y sectario de cojones" ni "un sectario meapilas del hamparte". Pero, claro: Yo qué voy a decir sobre mí mismo. En todo caso continúo con lo que pensaba añadir a mi anterior entrada. Tengo las orejas escocidas, sí, pero sigo con lo mío).


Un compañero mío, Holoturio Quesofresco Camonbeibi, tenía un estudio pequeño pero muy efectivo. Hacía un montón de proyectos con solo tres empleados; pero qué tres empleados:

Benigna, la secretaria, le llevaba al día la contabilidad, las relaciones con los bancos, las bases de datos de los clientes y los trabajos realizados, la facturación, las nóminas, las declaraciones fiscales, el material de la oficina... Todo. Gracias a ella la empresa funcionaba como un reloj. Holoturio le podía preguntar por un proyecto que había hecho hacía muchos años, el nombre de cuyo cliente no recordaba, y del que solo podía dar una vaga pista sobre su ubicación, que Benigna le encontraba el expediente en segundos.

Hermógenes, el delineante, era el acróbata del Autocad, el sprinter de la polilínea, el rayo de la acotación. Manejaba simultáneamente el ratón con la mano derecha y el teclado con la izquierda. Se sabía todos los atajos del programa y además dibujaba con tal pulcritud y economía que resolvía los planos con enorme precisión y en un tiempo inconcebiblemente rápido.

Matilde, la aparejadora, que hacía las mediciones al milímetro cúbico, calculaba las ventilaciones, los diámetros de las tuberías, hacía todos los anexos de la memoria, las tablas, los pliegos de condiciones... Y encima conseguía que los distintos documentos fueran coherentes entre sí. Tenía una cabeza calculadora y exacta.

Los tres eran unos portentos. Holoturio tenía mucha suerte. Aunque los pagaba bien, siempre estábamos alguno de nosotros caracoleando por allí para tirarles los tejos como si fueran futbolistas. Quién los tuviera en su equipo.

Solo tenían una pega: Eran feos. No horriblemente feos, pero tenían unas caras y unos cuerpos sin gracia, como de empleados antiguos llenos de polvo y sabañones. Deslucidos. Algo raquíticos, encorvados, con los dientes torcidos, la mirada un tanto legañosa, la ropa descolgada de los hombros, la grupa más bien prominente y renqueante... La verdad es que eran un cuadro.

Pues bien: Holoturio tuvo una vez unos clientes fabulosos, de un grupo hotelero nacional, que le encargaron un proyecto de un hotel que tenía que ser el primero de unos cuantos. Los croquis iniciales les gustaron mucho, el presupuesto de sus honorarios, aunque era alto, les pareció aceptable, y le pidieron ir al estudio para terminar de concretar unos detalles, lanzar el proyecto y firmarle el contrato de un segundo hotel.

Holoturio había recibido a menudo a clientes en su estudio; estaría bueno. Era lo natural. Pero esta vez, con esta gente tan importante, se sintió muy avergonzado de Benigna, de Hermógenes y de Matilde. Estos clientes eran "otra cosa", y si veían a sus colaboradores se iban a desencantar.

Se inventó una excusa absurda y con suficiente antelación anunció a sus empleados que tal día lo tendrían libre, por supuesto que pagado y sin descontarlo de las vacaciones. Con ese mismo tiempo de margen acudió a una agencia de modelos y contrató los servicios de un chico y dos chicas, estipuló el tipo de ropa que debían llevar y los citó en su estudio a primera hora del día D para que se ambientaran y se familiarizaran antes de que vinieran los clientes.

Llegado el día les mostró sus puestos de trabajo, les encendió los ordenadores y les explicó una serie de gestos que tenían que hacer -como si trabajaran- cuando él entrara con los clientes y les enseñara el estudio. El resto del tiempo, cuando él estuviera reunido en la sala de juntas, ellos debían permanecer en sus puestos sin hacer nada y sin hablar, haciendo como si trabajaran. (Podían ir al servicio con naturalidad e incluso levantarse a hacerse un café cuando quisieran. Les enseñó el funcionamiento de la cafetera y les mostró el minifrigorífico).

Hermógenes por un día

Todo salió según lo previsto. Los clientes le encargaron el segundo hotel e incluso le hablaron de un tercero, con los que, a partir del día siguiente, se pondrían a trabajar los auténticos Benigna, Hermógenes y Matilde, quienes nunca supieron nada y, efectivamente, hicieron unos proyectos más que estimables en un tiempo récord.

¿Os ha gustado la historia de Benigna, Hermógenes y Matilde? Pues es la historia del hormigón armado. Tal cual.

(Hay que ver lo que me enrollo en los prólogos. A este paso ni en esta segunda parte termino lo que quería decir).

viernes, 20 de noviembre de 2020

El espacio trampa

A Nao Casanova (@NaoCasanova),
que nos contó esto en Twitter y que
cuenta muchísimas cosas interesantes.
Muchas gracias.


El día 11 de noviembre de 2020 Nao Casanova escribió este tuit:

No había oído hablar de un Eruv en mi vida, y me pareció una trampa bastante estúpida: ¿No creen los judíos que Yahveh es todopoderoso y omnisciente? ¿Y pretenden engañarlo con esa chorrada? No sé: No me cuadra. En mi escéptica sesera me llaman mucho la atención dos cosas: La primera es que alguien crea en un dios tan puñetero (con perdón) como para ser capaz de promulgar esos mandatos, capaz de prohibirte treinta y nueve cosas cotidianas en shabat (entre ellas atar poleas acanaladas, unir o separar dos hilos y transportar un objeto o a una persona de un lugar privado a uno público o viceversa), y la segunda es que piense que con un truco tan tonto como colocar un hilo delimitando un barrio lo va a engañar.

¿No creen que Yahveh es todopoderoso y omnisciente? ¿Y entonces cómo piensan que esa chorrada lo va a confundir? Estas cosas de las religiones siempre me han llamado la atención.


Pero, pasando por alto (que ya es pasar por alto) que ese mandato de no poder llevar ni un mechero, ni unas llaves, ni a un bebé en brazos cuando se entra a la sinagoga en shabat me resulta de todo punto incomprensible y no se me ocurre qué puede pretender Yahveh con ello, creo que -hecha la ley, hecha la trampa- una vez aceptada tal cosa está muy bien lo del Eruv: Es mucho más sutil y coherente de lo que parece a la primera. Con un hilo delimito un espacio, con una línea virtual señalo un lugar y lo hago mío. Mejor dicho: lo hago nuestro. Son todos los miembros de una comunidad judía quienes ceden parte de su privacidad al resto. Yo consiento en que mi casa quede dentro del Eruv y así te permito que entres y salgas de ella como tuya (simbólicamente, claro); y lo mismo haces tú con tu casa para que entre yo (simbólicamente, por supuesto). Y cada uno con la suya, y con la sinagoga, y con la calle, y con el parque.

Ese tonto hilo del Eruv tiene en sí toda la fuerza de la comunidad. No el hilo en sí como material, sino la delimitación que señala cuando se le tiende de poste a poste. (Es en cierto modo como lo de la princesa Dido fundando Cartago con una piel de buey).

Eruv en Seattle, WA, EE.UU.

Eruv en Nueva York, NY, EE.UU.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Ocho que ochenta

Hace unos días me han publicado este artículo en el blog de la Fundación Arquia. Trata un tema que ya toqué hace unos años aquí. Y ahora estoy escribiendo otra vez sobre lo mismo. No me gusta insistir, de verdad, pero es que "ellos" insisten e insisten, y yo me sigo enfadando como el primer día. Así que perdonadme, pero voy de nuevo con ello.

El arquitecto Miguel Fisac vivió noventa y dos años, y los vivió con lucidez. Quién pudiera. Pero por muy enérgico y muy vital que fuera (que lo fue), a los noventa, cuando unos jóvenes arquitectos (Fernando Sánchez-Mora, Sara González, Blanca Aleixandre y Leonardo Oro) fueron a verlo, ya estaba retirado. (¡Qué me dices!) Le pidieron que se presentara con ellos a un concurso y se animó; incluso se entusiasmó, y se presentaron a varios.

Ganaron el del Polideportivo de la Alhóndiga en Getafe (Madrid). Podemos considerarlo una "obra menor" en su historial, un proyecto nada espectacular, pero muy sereno y equilibrado (que era de lo que se trataba), e incluso muy elegante en su sencillez.




Fue, con una vivienda en Almagro (Ciudad Real), su última obra. Una discreta y muy decente y limpia despedida.

miércoles, 12 de agosto de 2020

La segunda muerte de Anaick Fisac (y II)

El otro día dejé en el aire dos preguntas (que en realidad es una) y desde entonces he recibido algunos mensajes en uno y otro sentido. Ya dije que me temía que esta entrada iba a ser polémica. No me preocupa que lo sea; sí ser capaz de expresar mi opinión con claridad.

Para empezar: La inmensa mayoría de los arquitectos (todos, salvo algún impresentable) ya sabemos que nuestro trabajo está al servicio de la sociedad, en general y en abstracto, y de quien nos lo encarga, en particular y en concreto.

He proyectado y dirigido las obras de muchas casas, seguro que de demasiadas, y casi nunca he sido capaz de plasmar el tipo de arquitectura que a mí más me interesa. Siempre he aconsejado con toda sinceridad a mis clientes, pero también me he adaptado a sus deseos. Por lo tanto, he agotado balaustradas, he extenuado canecillos, he hastiado arcos de ladrillo, he estragado mamposterías... Al menos he pretendido que bajo ese falso y postizo maquillaje que siempre me ha parecido impropio hubiera un organismo que funcionara, que fuera cómodo. Pero a menudo no he conseguido ni siquiera eso.

A los arquitectos siempre se nos acusa de chulos, de prepotentes, de jactanciosos, con nuestros absurdos diseños que nadie quiere y a nadie gustan. Pues yo os digo que al revés, que la inmensa mayoría pecamos de lo contrario, de aceptar sin apenas lucha las soluciones triviales que proponen los clientes. Ojalá hubiera sido yo un poco chulo, prepotente y jactancioso, para mayor placer de mi trabajo y, sobre todo, sí, sobre todo, para haber dado mejor servicio a sus dueños.
Quien se quiere hacer una casa se ve metido en un berenjenal en el que (naturalmente) no sabe orientarse, y sin embargo rara vez confía en el arquitecto que (por obligación legal) le va a hacer el proyecto. Parece hacer caso a cualquier otro antes que a quien va a pagar por diseñar su hogar.

Me atrevo a pensar que ese problema no es exclusivo mío, sino bastante común. No hay más que ver a derecha e izquierda los chalés, los bares, las tiendas, las naves industriales, los hoteles... todo. En todas partes vemos la misma banalidad, los mismos lugares comunes, la misma falta de intención, de ideas y de ganas.

Así que sí, lo reconozco: La mayoría de los arquitectos no somos petulantes, sino solo mediocres. En ese sentido no hay más que añadir. Los adosados lo certifican. "Es lo que quiere la gente", dicen los promotores. Lo dejamos ahí por ahora.

Abro otro melón: Hace veinticinco años leí con una honda emoción Mortal y rosa, de Francisco Umbral, un libro bellísimo, emocionante y muy doloroso. No pude entender cómo alguien puede escribir una cosa así, por lo exquisito de su forma y por lo desgarrador de su contenido. Umbral perdió a un hijo de corta edad y le escribió esta maravilla. ¿Cómo se puede hacer algo así? Yo supongo (y espero seguir nada más que suponiéndolo durante el resto de mi vida) que ante una tragedia tan horrible uno se vuelve loco, se hunde, es incapaz de hacer nada. Pero al parecer no es así. Cuando se le dedica la vida entera a la escritura, a la pintura, a la arquitectura, a la pasión que sea, todos los desgarros del corazón tienen su reflejo en el trabajo, en la obra. Al parecer es la única forma de intentar canalizar el dolor.

Mortal y rosa: Un sorprendente y emocionante monumento literario de Francisco Umbral
Claude Monet, Camille (su esposa) en su lecho de muerte. 1879

(Otro ejemplo emocionante pero a la vez siniestro: Camille Monet murió a los 32 años. Qué atrocidad. El pintor, destrozado de dolor, la pintó. ¿Qué otra cosa iba a hacer, si pintar era su única manera de expresarse, de mirar, de pensar, incluso de rezar?)

miércoles, 5 de agosto de 2020

La segunda muerte de Anaick Fisac (I)

A David García-Asenjo Llana y a
Carmen Martínez-Raposo Piedrafita

El libro de David García-Asenjo que cité la semana pasada tiene la virtud, como todos los libros buenos, de contener muchas capas de lectura y, sobre todo, muchas cosas que no tiene expresamente, pero que arraigan en cada uno de los lectores y allí (aquí) germinan como pueden.
Hacia el final se cuenta, con un tono y un ritmo excelentes, una historia emocionante que voy a glosar un poco a mi manera y que, a su vez, genera en mí una reflexión cuyo resultado final ya no está explícitamente en el libro, pero, al menos para mí, sí puede ser inferido de él. (Y luego de ahí tal vez pase a proferir algún exabrupto sobre el que ya el autor sí que no tendrá ninguna responsabilidad).

La iglesia de Santa Ana de Miguel Fisac, en el barrio de Moratalaz, en Madrid, es una de las obras maestras de este gran arquitecto, y una de las iglesias pioneras en responder a los cambios litúrgicos y a los nuevos tiempos propugnados por el Concilio Vaticano II.
No voy a entrar a describir ni a valorar esta magnífica iglesia (si para algo valiera este blog debería ser precisamente para eso, pero no paro de decepcionar a todo el mundo) porque ya lo hace espléndidamente David García-Asenjo en el libro mencionado: Manifiesto arquitectónico paso a paso y también lo han hecho otros autores, particularmente Eduardo Delgado Orusco(1).

No explicaré la iglesia. Para eso tenéis los dos libros que digo. Sí os contaré, en cambio, que una de las hijas de Fisac, Anaick, murió con seis años de edad a causa de una vacuna contra la polio en mal estado. (En aquella época eso fue, trágicamente, algo bastante frecuente).

Imaginaos el dolor de Fisac, de su esposa Ana María Badell, y de su otra hija, Taciana. Pero eran una familia cristiana, profundamente creyente, y sublimaron su pesar en su fe. En el caso del padre, Miguel, consagró todo su talento, todo su trabajo y todo su esfuerzo a diseñar esta iglesia y a dedicársela a su hija.

Fotografía de David García-Asenjo. (Todas las de
esta entrada son suyas y están tomadas de su libro).

Sobre el movimiento en el sentido transversal y la relación de los fieles con los distintos momentos de la celebración me vuelvo a remitir al libro de García-Asenjo. Solo diré aquí que las paredes y el techo son de hormigón, y que sobre el presbiterio hay un lucernario que hace entrar una luz redentora que resbala en el muro curvo del fondo, que a su vez presenta tres concavidades que son tres lugares de espacio salvador. De izquierda a derecha de los fieles, el lugar de la palabra, con el ambón y la sede, el lugar del sacrificio, con el altar, y el lugar del sagrario, con la reserva eucarística (el cuerpo de Cristo).

En ese espacio tembloroso, emocionante y desnudo, el arquitecto necesita al artista. Fisac le encomienda a José Luis Sánchez que esculpa las estatuas que han de dar cuerpo, carne y figura sensible a estos espacios abstractos. Las esculturas son también muy depuradas, muy descargadas, pero no abstractas: Son imágenes reconocibles y "adorables" que completan el espacio arquitectónico.

En principio el programa iconográfico debería tener el crucificado en la concavidad del altar


y Santa Ana con la Virgen María y el niño Jesús en la de la sede y la palabra.


(Ambas son de hormigón dorado, y la cruz es de pletinas metálicas).

Estas eran las únicas dos esculturas que estaban previstas en la iglesia. Ellas solas iban a poder dar un anclaje a la fe y a la tradición y a canalizar todas las necesidades de iconografía.
Pero en algún momento el arquitecto le pidió un gran favor al escultor:

-Quisiera que hicieras un retrato de mi hija Anaick, una imagen votiva que colocaremos junto al sagrario.

jueves, 20 de septiembre de 2018

En la muerte de Robert Venturi

Anteayer, 18 de septiembre de 2018, ha muerto Robert Venturi. Pero yo me acabo de enterar y es ahora cuando intento una necrológica muy apresurada.
(O, más que una necrológica, una excusa para decir algo lateral, como de costumbre).


En mi opinión, Venturi, más que arquitecto, es uno de los pensadores y escritores de arquitectura más inteligentes y agudos que ha habido. Su libro Complejidad y contradicción en la arquitectura es un texto obligado para cualquiera que quiera saber algo o pensar algo. De arquitectura y de todo.

Ese libro sigue siendo tremendo, pero hay que recordar que es nada menos que de 1966. Y reformular entonces, con Mies vivo, su famosa frase less is more (menos es más) como less is bore (menos es aburrido) denotaba una dosis notable de valor y de intrepidez. Y también de lucidez.

Con su esposa Denise Scott Brown y con Steven Izenour escribió en 1972 Aprendiendo de Las Vegas, un libro muy provocativo que, a mi juicio, a base de elogiar la confusión y la superposición, acaba por ayudar a la no valoración de nada y a la anulación de lo mejor. Pero esa es solo una opinión mía, que, sumido en mis oceánicas ignorancias, y carente de tantísimos conocimientos, nunca he querido perder mi escasísimo tiempo en aprender nada de Las Vegas.

martes, 16 de agosto de 2016

Maldita arquitectura

En 1957 una central lechera le encargó al arquitecto Alejandro de la Sota un complejo industrial destinado al tratamiento y embotellado de leche de vaca y a la elaboración de productos lácteos derivados. Se ubicaba en una gran parcela a las afueras de Madrid, al norte de la ciudad. Parecía un buen encargo, una cosa razonable, pero el maldito arquitecto, el muy cabrito, les hizo una obra maestra.


En 1965 una empresa farmacéutica le encargó al arquitecto Miguel Fisac un edificio en las afueras de Madrid, en la carretera de Barcelona, para alojar allí su producción, su almacenamiento, y sus dependencias administrativas. Pero el maldito arquitecto, el muy cabrito, les hizo una obra maestra.


Maldita arquitectura: Con los años (las décadas) esas parcelas que estaban alejadas del cogollo de la metrópoli fueron absorbidas por él (y se revalorizaron una barbaridad). Además, las empresas cambiaron -e incluso quebraron-, y aquellas obras maestras de la arquitectura española cambiaron de dueño y se quedaron sin uso efectivo. Para colmo de males, la normativa urbanística daba ahora mucho más aprovechamiento del que aquellos solares tenían entonces, y una "operación inmobiliaria" era una tentación irresistible.

De esta manera, teníamos ahí, tirados y maltrechos, unos complejos arquitectónicos fascinantes, pero ya obsoletos, en desuso, y cuyos dueños sólo aspiraban a derribar para poder aprovechar -legítimamente- las expectativas de lucro que les daba la normativa urbanística y las nuevas condiciones del mercado inmobiliario.
Ah, pero eso era una barbaridad. Todos los arquitectos de España y todos los no-arquitectos amantes de la arquitectura moderna (estos últimos se dice que pasaban de diez personas) se levantaron como un solo hombre y gritaron: "La Pagoda se queda", "La CLESA se queda".

Qué emocionante. Aún hoy, recordándolo, se me ponen los pelos como destornilladores.

Al final la pagoda no pudo ser salvada, y ante la consternación de todo el mundo fue derribada casi con chulería y provocación. No así el otro complejo industrial, que por ahora parece que se va a salvar. (Ya veremos).

¿Pero os imagináis qué habría pasado si las dos empresas hubieran encargado sus respectivos complejos industriales y administrativos a un arquitecto mediocre, a un José Ramón Hernández cualquiera? Pues que se habrían construido los anodinos edificios, se habrían utilizado mientras hubieran sido útiles, se habrían reformado, ampliado o modificado a voluntad cuando hubiera sido preciso y, llegado el caso, al finalizar su vida útil, se habrían derribado sin darle dos cuartos al pregonero. Y aquí paz y después gloria.
Ah, pero eran puñeteras obras maestras de la arquitectura.

viernes, 2 de enero de 2015

Fisac 451

Supongo que todos conocéis la terrible novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y la película homónima de François Truffaut.
En una sociedad sometida a unos gobernantes dictatoriales o, aun peor, absurdos, kafkianos e imbéciles, están prohibidos los libros. El pueblo es más dócil y está más idiotizado si no lee, así que se prohíbe leer y se queman todos los libros existentes. (Al parecer, Fahrenheit 451 es la temperatura a la que se quema el papel).
Un grupo de ciudadanos resistentes se juega la libertad y la vida aprendiéndose cada uno un libro de memoria. Durante el proceso de aprendizaje es muy peligrosa la tenencia del libro, que tras ser aprendido se destruye. Después, en corrillos, en pequeños grupos de iniciados, cada uno recita el libro que se sabe, jugándose de nuevo la libertad y la vida.
Así se forma un núcleo de apóstoles de la cultura y de la libertad, que van pasándose ese sagrado conocimiento unos a otros, extendiendo el círculo de memoriosos y atravesando las generaciones hasta que algún día alguien recapacite y acabe con la prohibición, y los poseedores de esos conocimientos dicten de nuevo a los impresores las obras maestras que atesoran. Y si ese día no llega nunca, se las seguirán contando unos a otros para siempre.

No sé a qué temperatura (ni Celsius ni Fahrenheit) se carboniza el hormigón. Bueno, en este caso (La Pagoda, de Miguel Fisac) no ardió, y sí podríamos calcular qué resistencia presentó a la piqueta y con qué fuerza fue derribada.


La conocida popularmente como "La Pagoda" era la torre de los Laboratorios Jorba, que Fisac proyectó en el año 1965, y que es una de las obras maestras de la arquitectura contemporánea española.
Pero esta obra cumbre sufrió dos circunstancias adversas: La primera es que los terrenos en que fue edificada, que en su momento estaban fuera de Madrid y no tenían mucho valor, fueron integrándose en la progresiva expansión de la ciudad y subieron enormemente de precio, y prometían unos pingües beneficios si se petaban de muriendas. La segunda es que el Ayuntamiento de Madrid, que cataloga cualquier cosa que tenga más de cien años (una reja de balcón, un roñoso paño de ladrillo, una ménsula de piedra), tenga o no tenga valor alguno, aunque ya hubiera sido una castaña desde el lejano día en que vio la luz y haya estado ofendiendo a los ciudadanos durante siglos, no cayó en catalogar esta obra maestra, y no pudo (ni quiso) hacer nada aunque miles de arquitectos de todo el mundo clamamos contra semejante barbaridad.


Los fotógrafos de prensa sacaban fotos, y los operarios de las máquinas le daban golpes. Cada uno cumplía su misión y la pagoda desaparecía. (Conste como broma macabra que en esas fechas en el Ayuntamiento de Madrid gobernaban unos que se llamaban a sí mismos "conservadores").


"'La Pagoda' de Fisac ya no existe", dice el recorte de prensa, y la foto lo demuestra. ¡Hala! ¡Misión cumplida!
De la pagoda ya no queda nada. Bueno; sí. Queda la memoria. Quedan las fotos, quedan los libros, los recuerdos, los planos... y queda una heroica iniciativa que aplaudo sin reservas.

viernes, 14 de marzo de 2014

Campo y La Clesa: llantos y lloriqueos

El arquitecto Alberto Campo Baeza ha sido nombrado nuevo académico de Bellas Artes. Que sea en hora buena. Con tal motivo ha sido entrevistado en RNE. Lo celebro. Me encanta que RNE se haga eco de estas cosas y preste atención a la arquitectura.
Lo malo viene nada más empezar. Campo dice que su edificio favorito es el Panteón de Roma. Correcto. Incluso plausible. Pero añade que cuando un alumno suyo va a Roma él le pide que le mande desde allí una postal diciéndole si ha llorado o no ha llorado ante el Panteón.
Amosnomejodas.
(Por instinto de conservación y de picardía escolar yo aconsejo al alumno que ponga que SÍ, que MUCHÍSIMO, e incluso que moje alguna esquina de la postal con agua, para que a Don Alberto le llegue arrugada y llorada).


Seguimos reconfortándonos y relamiéndonos mientras insistimos en el estúpido, inaguantable y chocho cliché de que los arquitectos somos sublimes.
Los ingenieros sí sirven para algo, sí resuelven problemas, sí hacen cosas. Nosotros, al parecer, sólo nos preocupamos de si llorar o no.
Bueno, serán los hiperchiripitifláuticos, porque aquí la peña bastante tenemos con que nos encarguen la legalización de un porche, y, desde luego, lloramos por otras cosas. Anda que no tenemos para elegir.
Stendhal era un moñas. Lo de su famoso síndrome en Florencia debió de ser por una bajada de azúcar o de tensión arterial, o algo.
El Panteón es un edificio soberbio, un espacio arquitectónico fantástico, pero la idea de que ante una obra genial debamos suspender nuestro juicio y nuestra capacidad crítica y analítica para dejarnos llevar por el sentimentalismo más histérico es una idea puramente kitsch. Cuando el sentimentalismo sustituye a la razón surgen los adornos de los cementerios, los souvenirs para turistas y los tatuajes dedicados a la madre o a la novia.
Esa idea de que la arquitectura ha de ser sublime, excelsa, espiritual, buy bodita y buy hedposa, hace un enorme daño a la arquitectura misma, porque mucha gente no sabe apreciar (ni quiere, ni le importa) muchísimas obras maestras, dignas de toda nuestra atención y admiración, pero que no despiertan esa meliflua tiritona ni ese mar de lágrimas.

domingo, 25 de agosto de 2013

Ocasiones perdidas

(Dedicado a Joan Carles Sánchez)

El mes pasado, el compañero Joan Carles Sánchez, como consecuencia de unos comentarios que hicimos en twitter sobre la humildad y la sencillez de trato de los grandes maestros, me sugirió que le dedicara una entrada de este blog a Alejandro de la Sota; no tanto para exponer un discurso académico como para contar mis vivencias personales con el genio.
Pues bien: No tuve vivencias personales con él. No lo conocí.


Alejandro de la Sota fue profesor de la Escuela de Madrid durante un breve período, que terminó en 1971 (si no estoy mal informado), y yo empecé la carrera en septiembre de 1977.
Es cierto que fue más de una vez a la escuela, llamado por algún profesor amigo, a dar alguna charla, pero la mayoría de estudiantes éramos tan bobos que no veíamos más allá de nuestras narices. Estábamos tan agobiados con nuestras asignaturas que si una figura de esas no iba a tu clase, llamado por tu profesor, para que tú hicieras algún ejercicio sobre lo que contara, no te afectaba. No era cosa tuya y no tenía nada que ver contigo.
Por ejemplo, una tarde Miguel Fisac vino a mi clase de Análisis II, y le escuchamos unos veinte alumnos. Nada más. Tuve la suerte de que me tocó, y nunca olvidaré lo que nos contó (ya lo he escrito en parte en este blog, y lo seguiré contando porque soy muy repetitivo). Pero los de la clase de al lado (y de todas las demás) se lo perdieron, como me lo habría perdido yo si él hubiera ido a hablar a la clase de al lado (o a cualquier otra).
A otra clase, la de un amigo mío, vino Pablo Palazuelo, que les contó que había empezado a estudiar arquitectura, pero que lo dejó. Lo dijo tímidamente; sólo le faltó añadir: "Yo no soy tan inteligente como ustedes". Y les habló de cuestiones que él tenía muy presentes en su pintura, y cómo entendía la escultura. Y, por lo visto, con esa seriedad que tenía y esa mirada tan acerada, fue muy amable y muy cariñoso con todos ellos. Los alumnos de esa clase tenían que hacer un trabajo sobre las esculturas de Palazuelo que se estaban exponiendo entonces en Madrid. Como yo no era de ese grupo y no tenía que hacer ese trabajo, pues no fui a la charla. Me la ahorré. (Dios, qué listo era).
Muchos años después (también lo he contado ya), en el curso en que fui profesor, José Antonio Corrales tuvo la amabilidad y la generosidad de venir a clase para explicar el Pabellón de Bruselas. Le escucharon mis alumnos, y no todos. Tampoco hubo una afluencia masiva de otras clases. (Creo recordar que vino un alumno que no era del grupo. Lo mismo fueron dos).
El compañero de Corrales y coautor del citado pabellón, Molezún, fue también profesor de la escuela de Madrid, y tampoco asistí a ninguna de sus clases (aunque afortunadamente sí le escuché en el Johnny). Ahí no tengo excusa: Fue profesor en los años en los que yo estudiaba allí. Él iba por la mañana, yo por la tarde... Excusas imperdonables.
Repito: Estábamos demasiado agobiados con nuestras clases como para ir a otras, sobre todo en los primeros cursos. Ahora lo recuerdo con rabia: Tantas ocasiones perdidas; tantos hombres de talento pasando a mi lado, y yo sin darme cuenta.

lunes, 25 de febrero de 2013

El no sé qué

El sábado 23 de febrero el magnífico programa Documentos, de RNE, estuvo dedicado a Miguel Fisac: "La arquitectura de Miguel Fisac: Hormigón de carne y hueso". (Clica sobre el título si lo quieres escuchar).
La buena arquitectura acaba triunfando, y Fisac, que estuvo en la cresta de la ola desde el principio de su carrera profesional hasta los años sesenta, y que en los setenta sufrió un injusto y vergonzoso olvido, vuelve a ser apreciado, y encuentra de nuevo sitio en la historia de la arquitectura española. Lo celebro, porque todos tenemos mucho que aprender de él. Todos los días.


Fisac, además de tener unas enormes dotes como arquitecto, era un honrado pensador sobre la arquitectura. Quería entender la arquitectura contemporánea para entenderse a sí mismo, y quería saber cómo tenía que ser un edificio y una ciudad, y, sobre todo, cómo tenía que ser un arquitecto para hacer bien su trabajo.
Transmitía sus pensamientos de una manera sencilla y directa. Se le entendía todo, y eso me gusta mucho. (Es lo que a mí me gustaría conseguir). Pero, a menudo, ese afán de sencillez le llevaba a simplificar en exceso la exposición de sus ideas. (Ojo: No digo que sus ideas fueran simples. Digo que es simple su exposición). Era muy didáctico. Yo tuve una vez la ocasión de escucharle en clase y me entusiasmó lo que contó y cómo lo contó.
El caso -y a lo que voy- es que él decía que su arquitectura se fundaba sobre cuatro pilares o cuatro premisas. (En el programa de RNE lo explica desde el minuto 34:45 hasta el 36:00):

1º.- El para qué.- Que resuelva los motivos por los que se ha hecho. (Programa de necesidades, condicionantes de partida...).
2º.- El dónde.- Que responda al lugar en que está, y a sus condiciones climáticas, paisajísticas, históricas, culturales...
3º.- El cómo.- Que se haya hecho con los medios técnicos más idóneos, más baratos... Que funcione bien... etc.
4º.- El no sé qué.- "Después viene... el nó sé qué. Y es cuando viene la parte de arte".

Queda muy clara la explicación, y cualquiera que no sea arquitecto entenderá con ella no sólo la importancia de la arquitectura, sino la importancia de hacerla bien y de ser honrado y coherente con ella. Pero a mi juicio sobra el cuarto pilar. O, mejor dicho, está incluido en los otros tres. Tiene que trabajar con ellos, en ellos (es ellos), y no está bien que aparezca luego, como un invitado caprichoso y a mesa puesta.
Creo percibir un cierto pudor en Fisac cuando enuncia ese punto. No sólo no sabe explicarlo (de ahí que lo llame el "no sé qué"), sino que parece como si le diera un poco de vergüenza que "después" tenga que venir "la parte de arte".
(Y la verdad es que sí que da un poco de vergüenza, y hasta un poco de fastidio, que tenga que venir esa parte. "Es cuando viene la parte de arte". Como cuando viene una visita, o un pariente pesado, o como cuando, tras una deliciosa comida, viene la cuenta).
Es injusto que el para qué, el dónde y el cómo actúen con sensatez, lógica, inteligencia y honradez para que luego venga el loco de la casa, el no sé qué, a echar las patas para lo alto. No. Eso es trampa.
El cómo, según Fisac, incluye el medio técnico, el económico, el funcional... ETCÉTERA. Pues en ese etcétera cabe todo, hasta cualquier no sé qué y cualquier sí sé qué.

jueves, 17 de febrero de 2011

La verdadera arquitectura funcional

Creo que soy un funcionalista (más o menos), porque siempre he pensado que las cosas diseñadas para que funcionen bien son por ende hermosas.
(Eso mismo pensaba Fisac, que una tarde en la escuela nos contó que las mujeres hermosas lo eran porque "funcionaban" bien, y nos explicó diversos problemas de salud de las muy chatas, o muy narigonas, etc).
Bueno, pues cada vez estoy más convencido de que todo eso no es cierto. La arquitectura funcional que tanto amamos es más plástica que funcional. Mies no es funcional en absoluto (hace auditorios paralelepipédicos, sin importarle la acústica, iguales a museos, aulas o fábricas). Corbu tampoco (siempre le importa más la plástica que la función).
Yo pensaba que las máquinas de afeitar eran bellas (que lo son) porque eran funcionales (que lo son), pero ahora reparo en que los bordes de goma rugosa, dispuestos funcionalmente para que la afeitadora no se resbale de la mano, hacen hexágonos, rombos, olas, espirales, círculos, etc, totalmente caprichosos, pensados para ser bellos, y también tienen bellas combinaciones de colores. La idea es que funcionen, y luego la belleza es una propina añadida. Me parece muy bien, pero entonces no es verdad mi anterior creencia (y la de Fisac) de que sólo por funcionar bien ya se es bello. (El propio Fisac hizo algunos edificios muy bellos, y algunas vigas muy poco funcionales).
Creo que la verdadera arquitectura funcional es el "aquí te pillo, aquí te mato" de resolver los problemas de uso que se plantean a cada momento: Se me cuela la gente por aquí; solución: tapo este paso. Me entra agua por aquí; solución: lo cubro. Necesito más sitio; solución: cojo más. Necesito más altura aquí; solución: subo el tejado. Cada decisión resuelve un problema concreto, y la solución no mira estéticas ni demás chorradas. Funcionalismo puro:

La arquitectura funcional se experimenta continuamente, y se adapta a las nuevas necesidades de cada día. Nada de cocinas funcionales donde al final no puedo ni abrir una sandía gorda: Tabla y cuchillo. Y así todo.

viernes, 3 de diciembre de 2010

La escalera torcida

Hace muchos años Miguel Fisac vino a la Escuela de Madrid a dar una charla. Fue una charla íntima, a última hora de la tarde, en un grupo perdido de Análisis de Formas, y no seríamos más de quince alumnos escuchándole. (¡Qué desperdicio!).
Era un hombre muy apasionado, nervioso, que hablaba muy bien. Quiero decir que transmitía entusiasmo. Se exaltaba y se cabreaba, y se le entendía todo.
Entre otras cosas, dijo que él había sido un lecorbuseriano convencido hasta que visitó el Pabellón Suizo en París. Allí probó la escalera y se le cayeron los palos del sombrajo.
¿Por qué había hecho Le Corbusier una escalera torcida, incómoda? ¿No era un funcionalista? ¿No era suya aquella famosa frase de que la casa era una máquina de habitar?
Pues había traicionado sus principios y se había traicionado a sí mismo, porque en vez de a los racionalistas designios de la máquina había sucumbido al capricho.


 (si pinchas el dibujo de las plantas lo verás más grande).

Muchos de nosotros hemos hecho a veces escaleras torcidas, y más que retorcidas. La forma del solar, su estrechez, etc, obligan a veces a hacer cosas raras. Pero Le Corbusier tenía todo el solar que quería, y la comodidad suficiente para hacer la escalera de otra manera.
El comienzo de la escalera en planta baja es una contracurva que está muy bien. Es un elemento de "enganche" desde el vestíbulo, y puede ser muy agradable esa suave y breve sinuosidad para empezar a subir o terminar de bajar. Pero es que, además de ese gracioso empiece -o final-, todos los tramos de escalera están oblicuos, y eso nos obliga a subir de media anqueta o a atrochar en diagonal. Esto último lo podremos hacer cuando estemos solos, pero cuando haya tráfico (y en este edificio lo hay a menudo) no podremos acortar y habrá un montón de gente trepando de lado como palomos cojos o como chiquitos de la calzada (sujetándose las lumbares y todo).