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miércoles, 23 de septiembre de 2026

La extrema fragilidad

En este blog suelo ser muy crítico con algunas obras de algunos creadores triunfantes, y no solo no me duelen prendas, sino que a veces incluso me regodeo en la suerte. Esto lo hago así por dos razones: la primera es que a un triunfador no le va a llegar ni un atisbo de lo que yo -este pobre imbécil- escriba aquí, y si le llegara le entraría por here y le saldría por there sin el menor problema ni disgusto(1), que para eso está en su nube de néctar y ambrosía; y la segunda y más importante es que cuando un arquitecto que lo tiene todo a favor -amplio presupuesto siempre ampliable, respeto e incluso veneración de los encargantes y libertad creadora- mete la pata, y especialmente cuando la mete por exceso de ego y afán de protagonismo, se merece cualquier crítica e incluso cualquier burla.

Sin embargo, con los arquitectos "mortales", y especialmente con los muy jóvenes, soy tan respetuoso y tan generoso como puedo, porque es dificilísimo proyectar nada y que los demás lo respeten y lo lleven a cabo como ha sido concebido. Las veces que eso ocurre me parecen un milagro, y entonces qué más me da tal o cual matiz ínfimo que puede estar algo peor que el resto. El mero hecho de haber llegado a puerto sin demasiadas mutilaciones ni adulteraciones me parece tan emocionante que quién soy yo para aguar la fiesta con una observación desagradable.

Y no digamos ya cuando la tierna juventud va acompañada de talento, de eso tan raro y tan evanescente que es el talento. Cualquier idea talentosa en arquitectura, concebida por alguien que tiene toda la auctoritas moral del mundo, pero ninguna hautoridaz(2) fáctica, es como una flor que nace y se abre camino en medio de un basurero. Es algo de una fragilidad tan extrema que duele. Y luchar por que esa flor resista, e incluso prospere con todos los elementos en contra es una aventura incomparable que tiene toda mi admiración y toda mi gratitud.

sábado, 13 de septiembre de 2025

Natalia

En septiembre de 2017, sin ser yo aún docente ni nada de eso, la Escuela de Arquitectura de Toledo me invitó a formar parte del tribunal de proyectos de fin de carrera de aquella convocatoria. Aparte de los profesores correspondientes, tenía que haber un arquitecto "de la calle" (iba a decir seglar), y se ve que como en Toledo tampoco somos tantos, era cuestión de tiempo que me tocara. Además yo tengo allí amigos y también se me conocía un poco porque hacía unos años había estado en la directiva del colegio de arquitectos. Aunque, por lo que me dijeron después, la circunstancia que les había decidido a invitarme había sido este blog. Ya veis qué tontería.

Cartel de la convocatoria

Me gustó mucho la experiencia. Echamos el día entero. Todos los proyectos eran de una calidad media bastante alta, y algunos eran verdaderamente buenos, y estaban trabajadísimos. Además yo, como no era docente, no tenía ninguna obligación de ponerme exquisito ni de hacer sesudas disquisiciones, ni ninguna responsabilidad de tipo ejemplarizante, así que me replegué en una postura inamovible: hacer elogios y celebrar el brillante final de carrera de todos los participantes en la fiesta. El ambiente fue excelente porque los profesores responsables también estaban con ánimo celebrativo(1).