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martes, 11 de noviembre de 2025

Requeteimpostor involuntario

Hay una película, quizá bastante "menor" y que solo he visto una vez y hace muchísimos años, pero que se me quedó bien grabada en la memoria. Su título original es Being There, que en España (¡ay!) se cambió por Bienvenido Mr. Chance). (Al vicio de traducir testicularmente unieron el de omitir la coma del vocativo).

El protagonista de la película -personaje que representa Peter Sellers- es un jardinero con escaso cociente intelectual que, por circunstancias casuales, da con alguien que interpreta sus simplezas como agudísimos comentarios llenos de dobles intenciones y significados sofisticados, y toma esos comentarios como consejos inteligentísimos y los sigue. Interpreta como alegorías o metáforas muy penetrantes lo que solo son bobadas.

Yo tuve la suerte de que me pasara lo mismo.

sábado, 3 de diciembre de 2022

El hombre del sombrero

Mi amigo y compañero Ekain Jiménez, extraordinario arquitecto, dibujante y pintor,
-Y mejor persona.
-¿Te quieres callar, que estoy intentando hilvanar algo coherente?
-Uy, sí. Perdona. Qué carácter.
Mi amigo Ekain, decía, ha dibujado y escrito (o escrito y dibujado) un libro muy curioso, que ahora mismo está en fase de captación de mecenas para ser publicado por crowdfunding (aquí) y que va estupendamente y alcanzará la meta incluso antes de plazo, porque es una creación sorprendente y muy valiosa.

El libro se titula El hombre del sombrero, y tiene como subtítulo Las desventuras, más que aventuras, del hombre del sombrero de copa. Y lo edita libros.com.

Hace ya tiempo empezaron a aparecer en su muro de Facebook unas curiosas ilustraciones de ambientes urbanos desérticos (de personas) y muy abigarrados (de edificios y "cosas") en los que se escondía (o no) un curioso personaje muy delgado, apenas una mancha, un hilo, con un sombrero de copa desproporcionado. Para mí (y para muchos más) buscarlo era un entretenido pasatiempo. A veces aparecía en unos segundos, pero otras me obligaban a estar un buen rato. Me parecía una distracción parecida a la del famoso ¿Dónde está Wally?, pero con la diferencia de que este se esconde entre muchísima gente, mientras que nuestro hombre del sombrero es el único habitante del dibujo, y se asoma entre los edificios, las plazas, los jardines, los rincones y su propia soledad.

lunes, 30 de agosto de 2021

Dámaso Alonso y el hurbanismo

Para el concepto de "hurbanismo" véanse las
dos entradas dedicadas a él en este blog:
"Hurbanismo (I)" y "Hurbanismo (y II)"


Me acaban de llamar para hacer un certificado de una casa. Al preguntar la dirección me han dicho que es la calle de Dámaso Alonso. "Dámaso Alonso", he pensado, y se me han venido a la mente las tres experiencias que tengo del poeta, que son:

1.- Durante mi infancia, adolescencia y primera juventud (desde mis ocho a mis veintidós años) fue el director de la Real Academia de la Lengua. En aquella época todos los cargos parecían eternos. Salía de vez en cuando en la tele y era un hombre pequeño, calvo, casi insignificante. Un vejete inofensivo.

2.- Hacia mis veinte o veinticinco años leí el Retrato del artista adolescente de Joyce traducido por él. Lo leí, cómo no, instado por la cita tan repetida por Oiza de que el artista permanece fuera de su obra, despreocupado, cortándose las uñas. Y me pareció que el vejete inofensivo había estado muy atento a la vanguardia en su juventud.

3.- Finalmente, entre mis veinticinco y mis treinta años leí su Hijos de la ira (que era el típico libro que tienes que citar en el bachillerato y que ni se te pasa por la cabeza que algún día vayas a acabar leyendo). ¡Joder con el vejete inofensivo! ¡Qué pedazo de libro! ¡Qué pegada!

sábado, 22 de diciembre de 2018

Bienaventurado el que lee

Bienaventurado el que lee.
Apocalipsis, 1, 3.


Alguien ha dicho esa frase en la radio y me ha encantado. Me ha encantado porque yo leo (sí, mucho menos que de adolescente y de joven, pero aún leo) y quisiera ser bienaventurado por ello. Mejor dicho: Me siento bienaventurado por ello.

En la radio han dicho que así empieza el Apocalipsis: "Bienaventurado el que lee", y me ha gustado tanto que un libro tan terrible empezara con esas bellísimas palabras que he ido a consultarlo por ese prurito tiquismiquis de atesorar la cita exacta.

Qué plancha: Lo primero es que el Apocalipsis no empieza así, sino que eso lo dice nada menos que en su versículo tercero, y, como diría Walter Burns, el director del Chicago Examiner en Primera Plana, ¿quién llega hasta el versículo tercero? Pero eso da igual. Lo peor peor es que ese versículo dice justo lo contrario de lo que me habían sugerido en la radio.

Lo que dice el versículo tercero del primer capítulo del Apocalipsis es: "Bienaventurado el que lee, y los que escuchan las palabras de esta profecía, y los que observan las cosas en ella escritas, pues el tiempo está próximo"(1). Es decir: Bienaventurado quien lee ESTE LIBRO, y quien escucha al que lo lee (en las asambleas), y quien observa (es decir: guarda y cumple escrupulosamente)(2) lo que hay escrito en él.

Y, naturalmente, eso es justo lo contrario que celebrar los libros y la lectura, porque muchísimo peor que no leer nunca nada es leer un solo libro en el que se considera que reside toda la verdad. Leer y releer un solo libro (el que sea) es estúpido y peligrosísimo.

No: Por el contrario, quienes leemos amontonamos libros, nos sumergimos en ellos caóticamente, sin orden, por mero impulso, por pura ansia. Y nunca tenemos bastante.

Libros en doble fila, libros horizontales haciendo cuña, libros
de canto, libros buenos y malos, baldas combadas... el paraíso.

sábado, 24 de septiembre de 2016

¡Que tiemble Eisenhower!

Hace unos días mi cirujano me mandó hacer unas pruebas médicas y un tratamiento y me recomendó una clínica madrileña donde hacérmelo. Como no la conocía y no sabía dónde estaba hice lo evidente: teclear su nombre en google para ver su dirección.
Para mi sorpresa, lo primero que me salió fue una retahíla de críticas. Llamadme ingenuo, pero yo pensaba que esas cosas se hacían con los restaurantes y los hoteles. Y con las películas. Pero no. Se hacen con todo.
Como digo, me quedé sorprendido ante ese tripadváisor de hospitales. Esa fue mi primera sorpresa. La segunda fue que TODAS las críticas eran malas.
* "Fui con mi padre el sábado a urgencias y tardaron horas en atenderle".
* "Pésimo servicio médico y pésima educación".
* "Todo muy sucio".
* "Estuve hospitalizado una semana. La comida horrible".
Etc, etc, etc.


Pero bueno: ¿Qué infecto tugurio me había recomendado mi cirujano? ¡Pues sí que estábamos apañados!
Entonces, ya picado por la curiosidad, busqué el hospital en el que fui operado, del que no tengo sino buenas palabras y mi mejor consideración. Y también salió lo primero la lista de improperios:
* "Fui con mi padre el sábado a urgencias y tardaron horas en atenderle".
* "Pésimo servicio médico y pésima educación".
* "Todo muy sucio".
* "Estuve hospitalizado una semana. La comida horrible".
Etc, etc, etc.
Ya. Ya caí en la cuenta: Estoy convencido de que todas esas críticas son sinceras. ¿Por qué no habrían de serlo? Pero seguro que quien es atendido con normalidad y corrección no pierde su tiempo ni gasta su esfuerzo en registrarse en una web para exponer que ha quedado satisfecho, mientras que quien ha sido maltratado sí que remueve Roma con Santiago, preso de indignación, para que conste su queja.
Así que digamos que si son bien tratados el noventa y cinco por ciento y mal el cinco restante, en los comentarios parecerá que el cien por cien ha sido humillado y escarnecido en ese antro de perdición. (Véase nota 1).

Otro caso de estos días: Estoy intentando regalarle un libro a mi prima Eli y dudo entre dos o tres que no he leído. (Mi prima y yo siempre nos regalamos libros que no hemos leído, para después poder prestárnoslos).
Ante las dudas, me voy a una conocida web y leo opiniones de los lectores. Para un mismo libro encuentro esto:
* "Imprescindible".
* "Una obra maestra. Profundiza en la esencia de los personajes y plantea un conflicto muy duro, que resuelve magistralmente".
* "Infumable. No pude acabar de leerlo".
* "Pretencioso y vacío".
Vale. Creo entender que se trata de un libro ambicioso y complejo pero que tal vez peque de ladrillosidad y de excesivo estupendismo. ¿O es una obra maestra sin tacha y ha habido dos lectores muy simplones e incapaces de entenderla? ¿O es un libro pretencioso y estúpido que ha tenido dos lectores pretenciosos y estúpidos investidos de trascendencia?
No termino de fiarme y opto por otro de mis seleccionados, mucho más divertido:
* "Ritmo trepidante. Te engancha y no puedes dejar de leerlo".
* "Me lo leí en un día. Lo terminé a las siete de la mañana".
* "Muy cinematográfico. Lo recomiendo".
* "Escrito con ligereza. Demasiada ligereza. Muy esquemático y previsible. Los personajes son de cartón".
* "¿Pero quién le ha dicho a este tío que sabe escribir? Tiene errores de sintaxis para no aprobar la ESO".
* "Muy divertido".
* "Pim pam, pim pam, pero no tiene nada".
Vale. En este caso sí parece claro que...
...que no tengo nada claro. Opiniones para todos los gustos y para todos los paladares.
Claro: Si busco opiniones sobre el Finnegans Wake un experto en Joyce hará una crítica en la que probablemente resalte sus diversos planos semánticos, su lejanía del Ulises, y también sus aspectos comunes. Pero el lector habitual de best-sellers que haya tomado por error esa madre de todos los retorcimientos hará una crítica muy diferente, y seguramente muy cítrica.
Y las dos opiniones reposarán en la web con el mismo peso y la misma importancia: ninguna.
Porque cuando todas las opiniones valen lo mismo ninguna vale nada. Porque cuando todo el mundo tiene el mismo derecho a opinar sin importar sus condiciones y circunstancias, su formación, su personalidad, su cabreo, su nada, su todo, entonces todas las opiniones forman un ruido blanco, un runrún de fondo que no significa nada.

Todos somos pensadores. Todos somos críticos. Todos emitimos. ¿Y el poso? ¿Se acaban posando nuestras opiniones? ¿Se acaban decantando, filtrando? ¿La gente acaba apreciando y degustando el pensamiento que más útil les resulta? ¿En medio de todo este ruido se hacen notar las opiniones más fundadas, más profundas, mejor cimentadas? ¿Sabemos valorar a nuestros mejores pensadores?

Eso no está claro. ¿Los mejores? ¿Quiénes son los mejores? Dejémoslo en que sabemos valorar a los pensadores que más confianza nos inspiran. Eso sí.

Naturalmente, son cientos y cientos los pensadores que inspiran
confianza a la gente y que forman y nutren la opinión pública.
Estos nueve que pongo son sólo un pálido ejemplo.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Manierismo, Mies, pop, Cantinflas, Chabeli...

Estos días veredes está republicando dos entradas que escribí en este blog sobre mis recuerdos de Juan Daniel Fullaondo. Y están gustando e interesando a muchos arquitectos que no le conocieron. Eso me emociona.
(La primera la puedes ver aquí, y la segunda aquí).
Dicen que lo cuento bien. Sólo cuento lo que pasó. Lo que vi. Ojalá supiera contarlo mejor y dar mejores detalles.
Todo eso ha hecho que relea los dos artículos, y, tontín tonteando, he estado miroteado entre sus libros, como tantas veces, recordando ideas, momentos... y he terminado (como tantas veces) en un libro fantástico y a menudo desesperante del que os voy a dar insuficiente noticia.


El libro es una edición casera, personal, cuidadosa, que hizo María Teresa Muñoz de los guiones del curso de doctorado 1993-94 que impartieron juntos: Manierismo, Mies van der Rohe, Arte Pop. (Juan Daniel Falleció el 26 de junio, cuando el curso llegaba al final). La edición consta de 99 ejemplares numerados, para amigos y alumnos, y tengo el honor de que ella me regalara, en su casa, el ejemplar nº 16.
Es un libro de 264 páginas más unas ochenta (sin numerar) de trabajos de los alumnos. El libro tiene formato A4 vertical y está encuadernado en tela azul.
Junto al ejemplar me regaló una fotocopia de la carta que Bruno Zevi le mandó tras haber recibido el suyo y habérselo leído en una noche entera sin dormir. (L´ho sfogliato lentamente per circa due ore. Poi ho dedicato la notte a leggerme pagine e capitoli). La verdad es que es una experiencia excitante.

Carta de Bruno Zevi a María Teresa Muñoz
(si clicáis cualquiera de estas imágenes la veréis más grande)

Non sono abituato a fare complimenti, anzi in genere sono un critico brutale e spietato anche e specialmente con gli amici. Ma debbo dirle che sono rimasto incantato, e che il mio entusiasmo e' cresciuto sempre piu' durante la notte, tanto che e' l'alba e le scrivo.

Entusiasmo. Sí. Y en mi caso, que soy tan tiquismiquis y tan puñeterito con estas cosas (a veces me veo como el bobo que explica los chistes y a veces como el bobo que necesita que se los expliquen), desorientación, desazón, ansiedad. Ese libro es un agua que no sacia, que da más sed, más curiosidad, más ganas. Es una insinuación de ideas, un torbellino, una cascada copiosísima, pero que me pasa por encima.
Porque el libro consta de los guiones de las clases sin desarrollar. Ideas, ocurrencias, relaciones... Algunas son bastante claras. Otras son oscuras, pero ya se las escuché alguna vez en clase, en su casa, en un restaurante...
Por ejemplo:
- El episodio del Vizcaíno.
Así, tal cual. Sin más. (Está tratando del Quijote). Yo recuerdo que él se burlaba de sí mismo como vizcaíno contándonos una noche mientras cenábamos que en todo el libro, en las dos partes, sólo hay un personaje que se toma en serio a Don Quijote: el Vizcaíno. Y no sólo es el único que se lo cree, sino que es el único que pierde contra él. El personaje más ridículo de toda la novela. (Sin embargo, también es el único que ve lo que los demás no ven; el único que reconoce ese mundo maravilloso y no lo considera una impostura).
Pero si alguien no le escuchó esa disertación es muy difícil que adivine su intención leyendo sólo eso: El episodio del Vizcaíno.
Así me pasa con:
- Borges y el Persiles y Segismunda.
Esa no me la sé. ¿Qué quiere decir? ¿A qué se refiere? Probablemente a alguna entrevista en la que Borges cuenta su interpretación de la obra cervantina. Sería interesantísimo conocer la opinión de Borges y la reopinión de Fullaondo sobre ella. Pero me tengo que resignar a no enterarme.
Tampoco me entero de:
- El "pollo frito" del Alcalde de Atlanta.
[En un contexto en que se está hablando de las Meninas].
Y tampoco me entero de:
- La filosofía de Chabeli.
                              Los hombres son historiadores, las mujeres filósofas.
                              El Ser y la Nada.
Chabeli sale más veces. Se menciona su vídeo. Recuerdo que una revista regalaba el vídeo de la boda de Chabeli con Ricardo Bofill jr. Busco por internet y... ¡justo! Se casaron en 1993. O sea, que era un tema candente en ese momento. Fullaondo debió de poner el vídeo de la boda en clase, y comentarlo como sólo él sabía hacerlo. Qué envidia. Qué rabia.
Fullaondo te ponía en su casa una película experimental sobre el Ulises de Joyce y remataba con el juicio de El Supersabio, de Cantinflas o con las empanadillas de Encanna, de Martes y Trece. Y lo ligaba todo con su inagotable cultura, su inagotable talento y su inagotable sentido del humor.


Bueno, esta creo que me la sé. El discurso como disolución del lenguaje. El discurso vacío, el significado vacío, la oratoria cromlech. Fullaondo era tartamudo; supongo que por eso pondría en clase fragmentos de la serie Yo, Claudio. A su lado, el brillantísimo discurso de Marco Antonio en la película Julio César, de Mankiewicz, maravillosamente dicho por Marlon Brando. También inmediatamente los discursos rotos y disueltos de Jerry Lewis y Cantinflas, y el brillante alegato de Gary Cooper en El Manantial. Todo junto, explicando unos discursos con los otros, enriqueciendo estos con aquellos. En su casa participé de algún show parecido y certifico que eran divertidísimos. Pero además eran una fuente inagotable de aprendizaje: arquitectura, semiótica, arte, comunicación..., con ejemplos siempre brillantes, que no dudaban en ir de lo trágico a lo trivial, de lo exquisito a lo intrascendente, de lo sublime a lo ridículo.

lunes, 12 de noviembre de 2012

En clase de Juan Daniel Fullaondo (I)

Juan Daniel Fullaondo Errazu nació en Bilbao el 4 de marzo de 1936 y murió en Madrid el 26 de junio de 1994, domingo, con cincuenta y ocho años de edad. Ese día yo había salido en la tele por la mañana, y cuando mi amigo Juan Carlos Castillo Ochandiano me llamó por teléfono creí que era para felicitarme por ello y bromear un poco (porque había estado todo el tiempo muy arrinconado y apenas había salido por pantalla). Recuerdo perfectamente lo que me dijo: una frase como de película, que no se dice en la vida real.
-¿Estás sentado? Siéntate.
Pero me estoy desviando. No es eso.
He empezando por escribir los datos objetivos de su nacimiento y de su muerte, pero en esta entrada no voy a dar datos objetivos. Juan Daniel Fullaondo no tiene (aún) entrada en la wikipedia, y yo sería incapaz de redactarla. Sí que me atrevo a hablar de él a través de mis recuerdos.

Dibujo de Luis García Gil

Desde que murió, hace ya dieciocho años, creo que no ha pasado ni un solo día en que no haya pensado en él, siquiera un instante. Un gesto, un recuerdo, una palabra, una broma... Tanto marcó mi vida. Y, sin embargo, llevo ya 193 entradas en este blog y hasta ahora no he sido capaz de dedicarle una. No sé expresar todo lo que siento, y supongo que me enredaré en anécdotas secundarias, pero tengo que hacerlo.
Perdonad que hable de mí más que de él.
Yo era un buen estudiante en las asignaturas teóricas de la carrera de arquitectura, que me iba sacando por curso, pero tropezaba con las gráficas. Sin ninguna formación plástica previa, el Análisis de Formas de primero se me atragantó, y necesité ir a una academia (como alumno repetidor) para poder con él. Eso me desfasó, y llevaba las gráficas (columna vertebral de la carrera y eje de lo que es ser arquitecto) a rastras.
En tercero teníamos Elementos de Composición, la asignatura que por fin preparaba para Proyectos, y un profesor infame de cuyo nombre no quiero acordarme estuvo a punto de convencerme para que dejara la carrera. Viendo mis patosidades me preguntó por mis otras asignaturas, las teóricas, y, como le dije que iban muy bien, me animó a hacer alguna ingeniería y a abandonar mi desaforado intento de ser arquitecto. Me lo dijo con tono comprensivo, casi con cariño. Creí que me lo decía por mi bien, y recuerdo perfectamente cómo se lo conté a mi padre, saltándoseme las lágrimas.
(Décadas después supe que esta charlita era una táctica suya habitual, porque algún compañero, hablando de aquel mismo profesor, me contó que le había dicho lo mismo que a mí).
Yo estaba muy acomplejado. Era muy malo. No sabía cómo afrontar los ejercicios que nos ponían y no hacía más que torpezas tristes y anodinas. Suspendí Elementos. Al año siguiente conseguí salir del trance de mala manera, con otro profesor, a trompicones, con un cinco pelado y muy cutremente. Cuando en cuarto curso tuve que buscar grupo para cursar Proyectos I, un compañero me habló del de Fullaondo.
¡Fullaondo! ¡Ni que estuviera loco! Era fama que en su grupo se hacían locuras y virguerías brillantes. Era el más divertido, pero solo apto para geniecillos explosivos y juguetones. No. Yo era un estudiante gris y concienzudo, y buscaba un profesor de esos que te miran con escalímetro el descansillo de la escalera. No podía ni soñar con la efervescencia de los fullaonditos. Pero mi amigo, que no era nada brillante, había terminado Nivel I con un aprobadillo, pero lo había pasado francamente bien y había aprendido mucho. Así que me animé.

sábado, 16 de junio de 2012

Gutiérrez Soto o la arquitectura intrascendente

Quiero escribir demasiadas cosas en el blog, y no me cuaja ninguna. En estos tiempos de zozobra y de angustia me gustaría tocar muchos asuntos, pero no tengo la suficiente serenidad como para estructurarlos en un discurso coherente. Barajo varios y no me decido por ninguno, y me digo que ojalá tuviera el suficiente oficio de escritor como para rellenar una entrada porque sí, sin más, con la pura profesionalidad y con el dominio y el aparente desinterés del que nos habla Joyce en el Retrato del Artista Adolescente.

El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro, o detrás, o más allá, o por encima de su obra, trasfundido, evaporado de la existencia... indiferente... entrenetido en arreglarse las uñas.

Y me viene a la mente el gran artista que fue Luis Gutiérrez Soto. Con él siempre da esa sensación que dice Joyce, de un dios que contempla cómo fluyen sus obras por sí mismas, sin mayores problemas existenciales.


No es que Don Luis no trabajara como un titán; es que parece como si no se interesara por el aspecto "cultural", "trascendente" de la arquitectura. Hacía las obras como churros, y cuando las vemos no podemos entender que fueran de una misma persona.
¿Qué tiene que ver esto:
con esto:
o con esto?

La vida de Luis Gutiérrez Soto es una larga cadena de éxitos. De joven, mientras estudiaba arquitectura, le gustaba el football, y, naturalmente, jugó en el Real Madrid (no en un filial, ni en un juvenil, ni nada de eso: en el primer equipo); y, naturalmente, era el máximo goleador. Tanto que le apodaban Pichichi, como al mítico delantero del Athletic que sigue dando su apodo y su trofeo cada año a los máximos goleadores de la liga.
Acabó su carrera brillantemente en 1923, con un PFC que hoy nos hace sonrojar, pero era lo que había que hacer. Y salió a la calle, a construir, con un cacao mental de pronóstico.
Se preguntó: "¿qué estilo se lleva?", y se fue repitiendo esa pregunta durante toda su vida. (Yo le pondría esa frase como epitafio).
En los años treinta adoptó un tipo de arquitectura moderna, racionalista, pero muy influida por el expresionismo de Mendelsohn, con una plástica deliciosa. (Este estilo tuvo mucho éxito, y se puede disfrutar en muchas ciudades españolas. A mí me parece especialmente bueno en las obras de Pedro Ispizua y de Manuel Galíndez en Bilbao).

En la Guerra Civil se alistó en el bando adecuado, y venció. Los encargos se amontonaron. Había una nación por reconstruir, y él se puso a la cabeza. Surgió entonces de nuevo la pregunta: "¿qué estilo se lleva?", y se respondió a sí mismo con una cosa rara: Entre moderno y castizo, entre racionalista y espiritual (entendiendo por espiritual el sentimiento católico-español). ¿Pero eso cómo se concreta plásticamente?
Optó por reconstruir los barrios más ricos de Madrid (es lo que pasa cuando uno puede elegir). Su Barrio de Salamanca natal está hoy plagado de obras suyas. Y el de Chamberí, y el de Argüelles...

Ese bloque madrileño de pisos de ladrillo visto, con esquinas y/o cornisas de piedra caliza, y terrazas, o miradores panzones... Vamos, el bloque de pisos típico de Madrid, es en gran parte obra suya, y una cantidad insólita de ellos son directamente obras suyas. (También los hizo en otras ciudades de España).