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lunes, 18 de febrero de 2019

Todo ese vértigo

Siempre he sido una persona de orden (quiero decir de orden mental y de orden "programático", no del otro: Ya habéis visto en la entrada anterior una de mis libretas y mi mesa). Y siento mucho haber llegado tarde a este mundo al que ya se le ha pasado hasta el calificativo de "postmoderno".

Yo habría sido muy feliz en pleno estructuralismo, en la época dura de la modernidad. Yo habría hecho muy buenas migas con quienes pretendían sentar las bases, marcar los hitos y establecer manifiestos clarividentes, llenos de imperativos incluso categóricos. (Yo soy de los de tenerlo muy claro).

Por eso me vuelve loco este tiempo tan incierto y tan escurridizo. Ya cuando Umberto Eco publicó Obra abierta el suelo se me abrió bajo los pies sin que yo lo supiera (tenía entonces dos años). Es decir, que antes de que yo tuviera la menor noción de lo que habían hecho las vanguardias artísticas del siglo XX ya todo eso había muerto y no valía para nada.

Desde entonces tengo vértigo, y ansia, y necesidad de enterarme de algo; y cada vez que apreso una idea, un dato, una propuesta, se me escapa de entre los dedos y me quedo tan bobo como antes; tan bobo como siempre.

Que nuestro saber no sea una pirámide ordenada, sino una red de ramas y raíces que se traban, se ayudan, se estorban y se contradicen es algo que me desasosiega. Sé que es esa la única forma de que viva, de que no se acartone y rigidice. Sé que una estructura ordenada y kantiana estaría muerta, pero, ah, sería tan confortable. Yo soy aplicado y obediente. Yo estudiaría con verdadera aplicación lo que se me indicara y finalmente conocería la verdad. LA VERDAD.

Ya digo que intento enterarme de algo, y que sé que esta pretensión mía es imposible. Sé que las cosas se traban y se enredan, y me resigno a buscar, a pensar, a escribir (para ver si escribiendo me entero de algo). Repito: ME RESIGNO.

Por eso me lleno de pasmo, de admiración, pero también de indignada desazón y de desaliento con gran dosis de envidia cuando alguien como Agustín Fernández Mallo disfruta con todo esto. Pero, hombre de Dios, ¿no ve usted que todo se está yendo a la mierda? No se lo pase tan bien, coño, que es muy triste.

El muy cabrito nada en este lodazal con placer evidente y con inteligencia desbordante. Hay que ser muy canalla para mantener esa lucidez y para expresarla con tan descojonante seriedad.

Hace años un señorón de nuestras letras le afeó mucho su ensayo Postpoesía, pero aquello era un ligero caldito de pollo comparado con lo de ahora, con lo de la basura. ¡Qué barbaridad! ¡Qué cosa tan tremenda!


Un libro para leer con el lápiz entre los dientes. Pero cuidado: El lápiz se me cae muchas veces, tantas como abro la boca con sorpresa.

Este es uno de los pocos libros en los que subrayar no tiene demasiado sentido, porque al final quedan muchas más líneas subrayadas que no, y no llaman la atención para futuras búsquedas.

Es un libro de poesía. Todos los de Fernández Mallo lo son. Siempre es poeta y siempre lo ha sido, por encima de cualquier otra cosa. Incluso se hizo físico para ser poeta. Porque busca en la física los rincones y los límites más habitados por la poesía, porque hace poesía con las vibraciones, con las indeterminaciones, con las contradicciones de la "realidad" y porque sus teorías (físicas, filosóficas, culturales e intelectuales) son, antes que nada, visiones e intuiciones poéticas. Y además, y sobre todo eso, es un cachondo. Es un hombre serio, muy inteligente, lúcido, que hace unas construcciones lógico-ilógicas y dice unas cosas que te lanzan en varias direcciones a la vez, riéndote a carcajadas y muerto de miedo, y disfrutando y sufriendo de todo ese vértigo. Todo ese vértigo gozoso y terrible.

viernes, 22 de abril de 2016

Ruido

Dedicado a Carlos Pardo y a Agustín Fernández Mallo,
a quienes espero no haber tergiversado demasiado.

Estamos en la segunda quincena de abril, y ya sólo en estos tres meses y medio que llevamos de año me he comprado más libros de los que podré leer en los meses que le quedan. Y eso que me los he comprado porque tengo verdaderas ganas de leerlos. ¿Pero cuándo lo haré? Imposible. Y si a esto le sumamos todos los que he ido comprando a lo largo de mi vida y que (hasta ahora) no he leído nos pondremos en... ¡uf!
Además, cada vez leo menos. Me paso la vida en el blog, en las redes, en las pantallas...
He escuchado en la radio al poeta Carlos Pardo, que además es librero, y ha dicho que en su librería devuelve libros malos, devuelve libros buenos, devuelve los que no se venden, y también devuelve los que se han vendido mucho pero ya no se venden más, porque cada vez los libros duran menos. Ha hablado de lo fugaz que es todo, del exceso que nos abruma, de las modas, de la saturación de información, del ruido.


Ha dicho que los escritores ya no escriben para la posteridad, porque la posteridad ya se ha pasado.
Me ha gustado mucho esa idea. Y también me ha causado una honda inquietud: La posteridad ya se ha pasado.
Todo pasa muy rápido, y ya nada deja huella, porque cada segundo se nos vienen encima miles de cosas nuevas.

Os cuento dos batallitas de señor mayor:
Primera: Cuando yo era adolescente un elepé costaba unas trescientas o trescientas cincuenta pesetas. Había que pensárselo mucho para comprar uno en los sótanos de la Gran Vía. Revolvía discos una y otra vez para acabar saliendo con uno y, en algunas ocasiones, pasadas dos o tres manzanas, daba la vuelta, volvía a bajar y pedía que me lo cambiaran por otro. Qué incertidumbre. Qué difícil era elegir.
En un año podía comprarme un par de elepés; no más. Cada vez que me compraba uno se lo decía a todos mis amigos, para que no repitieran y compraran otros, que luego intercambiábamos y -sí- grabábamos en cassettes. En aquella época el pirateo no era una amenaza para nadie.
Incluso nuestros propios discos los grabábamos en cassettes para no estropearlos demasiado (y porque yo sólo tenía tocadiscos en el salón de mi casa -de la de mis padres-, mientras que las cintas las podía escuchar en mi cuarto).
Escuchábamos cientos y cientos de veces el poco material que teníamos.

Segunda: Hace algunos años busqué en internet una canción de los Beatles para poner el enlace y me encontré una página que invitaba a bajarse la discografía completa. Confieso que no pude resistirme y cliqué el botón. Al cabo de unas horas (mi velocidad de descarga era muy lenta) tenía todos los discos de The Beatles. Todos. Todos. Sólo escuché un par de canciones (la que buscaba y otra al azar, para comprobar) y no he escuchado ninguna más. Por ahí debe de estar la carpeta llena de ficheros en emepetrés. O tal vez la he perdido en algún cambio de ordenador. Si la he perdido ni me he dado cuenta. Ni me he enterado. Como vino se fue, y no dejó ninguna huella en mí.

En alguna ocasión he comentado las penurias y aventuras que pasaban los arquitectos de los años cuarenta, cincuenta y sesenta para intentar conocer qué arquitectura se hacía por ahí. No había información, no había nada. No se conocía nada. Había que echarse al mundo y descubrirlo todo. Y volvían a España armados ya para toda la vida.
Nosotros, por el contrario, estamos acribillados de información. Recibimos cientos de estímulos diarios y no los podemos atender. Es agotador. Nos resbala por encima sin mojarnos. Todos los días veo en facebook y en twitter docenas de fotos de arquitectura, avisos de charlas y conferencias, glosas de libros... Arquitectos húngaros, guatemaltecos o belgas que no conozco reclaman mi atención durante unos segundos, miro distraídamente alguna de sus creaciones, suelto tal vez alguna exclamación y los olvido antes de haberlos conocido.
A otra cosa, mariposa.
Nunca hemos tenido más libros, más fotos, más películas, más noticias, más canciones, más comentarios, más dibujos, y nunca hemos reflexionado menos ni sabido menos.
Toda esa información es ruido.