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martes, 5 de noviembre de 2024

El becerro de barro

Como todo el mundo, estoy consternado con la catástrofe de Valencia. Como todo el mundo, no puedo quitármela de la cabeza. Pienso que desde aquí podría opinar sobre el cambio climático, sobre el tipo de urbanismo en el que hemos degenerado, sobre infraestructuras... Pero no sé lo suficiente. No me atrevo a opinar. Apenas tengo dos o tres nociones confusas de todo eso. Y no digamos del sistema económico y social que ha generado el tipo de vida que llevamos: de eso no tengo ni idea. Sí que me sorprende que nuestra forma de vida habitual sea, desde hace ya mucho tiempo, trabajar a muchos kilómetros de donde vivimos y necesitar el automóvil constantemente y para todo. Eso genera unos despilfarros de energía y unos colapsos circulatorios inhumanos, pero es lo que hay, y la verdad es que no sé qué decir al respecto.

Por otra parte quiero desahogarme, escribir sobre algo (este blog es la purga de mi corazón), y me viene de forma tangencial y muy casual un tema del que ya escribí muy al principio de este blog: el símbolo del becerro de oro, Moisés y Aarón, y su relación con el diseño arquitectónico. Así que escurro el bulto, soslayo el problema con el que no me atrevo y salgo por peteneras.

lunes, 20 de abril de 2020

Un soneto cortito

Hace unas semanas la revista ICON Design, de EL PAÍS ha hecho un reportaje preguntando a varios arquitectos sobre la transformación del recinto de IFEMA en hospital de urgencia, sobre qué carencias ven en nuestras viviendas y en nuestras ciudades y, en definitiva, sobre su visión "arquitectónica" de la gestión de la crisis del COVID-19. Y, naturalmente, todo está mal. (Los arquitectos somos así).

La mayor parte de las intervenciones tienen algún punto discutible (y cuando digo discutible no quiero decir ni incorrecto ni flojo, sino que merece la pena discutir sobre ello y que yo sería feliz haciéndolo con una cerveza en la mano), pero entre ellas están las de un autor inapelable, ontológicamente indiscutible, que es quien dice:

La arquitectura contemporánea trabaja para trasladar a los espacios digitales las garantías políticas con las que ya contaba el espacio público.

Y añade:

Es imperativo dar importancia al desarrollo de estrategias de solidaridad simétricas a la transversalidad de esta pandemia.

Glups. ¿Qué podemos hacer ante esto? No se me ocurre. Le están preguntando a un arquitecto su opinión "como arquitecto" y suelta eso. Lo primero es que contesta con vaguedades supuestamente políticas y no con propuestas concretas de arquitectura, y lo segundo es que lo que dice tampoco es política ni sociología, sino que utiliza un lenguaje infame, pomposo y confuso para expresar unos deseos muy primarios y elementales. Un lenguaje que actúa como hojarasca de camuflaje para ocultar unas ideas paupérrimas (si es que hay alguna).

El fondo, si tenemos la paciencia de analizarlo, es tan inane como el deseo sempiterno de la paz en el mundo y de la bondad universal que expresan las misses cuando se les pregunta en el certamen.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Baroja, Valle Inclán y la Almudena

A David, a Agustín y a Alberto.
Es siempre un placer hablar con
ellos y escucharlos.


Hace unas semanas formé parte, con David García-Asenjo Llana, Agustín Ferrer Casas y Alberto Ruiz Colmenar, todos ellos muy buenos amigos y personas de muy fundamentado criterio, de una mesa de debate sobre "Comunicación de arquitectura en medios no especializados" dentro del Máster en Arquitectura de la Universidad Rey Juan Carlos.


No voy a haceros aquí un resumen de lo que hablamos, pero sí que lo voy a usar como base para lo que hoy quiero contar.

En la introducción, Alberto Ruiz puso un pasmoso ejemplo de la jerga que usan ciertos arquitectos (muchos, por desgracia demasiados) para hablar de sus cosas. Consistía en unas páginas de una revista de arquitectura en las que aparecía un muy buen edificio: limpio, elegante, inteligente, bien resuelto... pero con unos textos infumables, incomprensibles, estúpidos y muy groseros de los mismos arquitectos, que con esa faramalla de absurdeces pretendían explicarlo.

Hay arquitectos muy buenos, que en sus proyectos hacen alarde de tacto, potencia, talento y claridad, pero que cuando los explican lo llenan todo de farfolla, chorradas y frontoncitos. No comprendo por qué no escriben como proyectan. No entiendo que tengan dos personalidades tan diferentes. ¿En sus edificios ponen canecillos falsos, pilastras de mentira, arcos de cartón-piedra? No. ¿Entonces por qué todo su discurso está lleno de ridiculeces similares?

Siempre he creído que cuando se escribe así es porque no se tienen las ideas claras. También dijimos en aquella mesa de debate (y todos estuvimos de acuerdo) que hay una idea preestablecida de que es necesario escribir así para hacerse respetar o admitir en el círculo selecto.

En definitiva, todos los presentes propugnamos la sencillez y la claridad en la comunicación. (De hecho a mí me invitaron por cómo escribo en este blog, siempre intentando que se me entienda, en vez de querer epatar con palabrerío aparentemente culto, pero lamentable. Y sí: volvió a salir mi tabla, y no la saqué yo. En cuanto a mis ilustres compañeros, estaban allí porque siempre han dado muestras de que se explican divinamente y son grandes comunicadores y divulgadores de la arquitectura, y porque el rigor no solo no está reñido con el aburrimiento, sino que es todo lo contrario)(1).

Lo que sigue, aunque se inspira en lo que hablamos allí, son opiniones mías, y, aunque seguramente mis compañeros compartan más de una, no quiero embarcarlos ni hacerlos solidarios.

Para empezar, yo diría que cuando uno no es un brillante artista del lenguaje más le vale ser sencillo y escribir como Baroja. Pero hay algunos elegidos que tienen unas fantásticas cualidades y son exuberantes, y deben serlo, como Valle Inclán.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Redundancia

El otro día he visto este rótulo en una furgoneta y me ha llamado mucho la atención. A ver si sois capaces de entender qué pone en la luna trasera:


¿Alguno no ha leído "solución10"? Por favor, quien no lo haya podido leer porque le faltan signos, o haya leído otra cosa, que lo diga en un comentario. Pero me sorprendería mucho. Estoy seguro de que todos habéis leído sin problema la palabra solución.

Hay dos letras que han sido sustituidas por dos signos arbitrarios: dos manos abiertas con parte de sus correspondientes antebrazos. Se ha aprovechado su forma alargada y vertical porque puede recordar vagamente a las letras sustituidas, pero lo más curioso es que se ha empleado el mismo icono para dos letras diferentes: la ele y la i. (Uno un poco más grande que otro, para adaptarse a la diferencia de altura de esas dos letras).

En la máquina de escribir de mi padre la ele minúscula era exactamente igual que el uno. Es más: es que no traía uno, había que usar la ele. En algunas tipografías la i mayúscula es igual que la ele minúscula, y al escribir "Illescas" se ven tres palotes verticales y luego "escas". En otras tipografías los ceros son iguales que las oes mayúsculas. Pero no suele haber confusión. Y cuando la hay (por ejemplo, alguien con mala ortografía que quiere escribir "sábana" pero omite la tilde y en vez de la ropa de cama menciona la llanura africana), el contexto de la frase corrige el error.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué a pesar de errores de tecleo, mala letra o pérdida de algún signo seguimos entendiendo casi todos los mensajes? La lengua resiste ruidos, interferencias, alteraciones, mutilaciones, etc. porque está más que reforzada con redundancias,
con insistencias,
con repeticiones,
con reiteraciones,
con prolijidades,
con excesos,
con demasías,
con sobreabundancias,
con...
-¡Ya, ya! ¡Cállate! Te hemos entendido.
-Lo hacía para que quedara claro. Lo hacía para ser redundante. Lo hacía para insistir. Lo hacía para...
-¡Que sí! ¡Que te calles!

Las pocas veces que realmente se puede producir un error de interpretación, un cortocircuito, un doble sentido, son tan llamativas que nos sorprenden mucho y nos hacen reír. Grandes humoristas como Les Luthiers triunfan buscando contextos en los que estos patinazos sí puedan inducir a error. Y es difícil.

Porque, aparte de la propia estructura sobrerredundante de las palabras y de las frases, el contexto en el que se dicen aporta aún más redundancia.

Por ejemplo, este texto,

Visto en varios sitios de internet. No dicen su autoría. Siento no poder mencionarla.

aunque para hacernos los interesantes nos dicen que solo pocas personas lo logran, creo que es entendible por todos nosotros.
Se basa en que ciertas cifras recuerdan por su forma a ciertas letras. Sin embargo, aun con ese leve parecido gráfico, yo no sabría leer la primera palabra "3573" si me la encontrara aislada, pero cogiendo carrerilla para leerlo todo, y anticipando las siguientes palabras, veo que 3573 es ESTE.

Sí: El cerebro es muy ágil y muy plástico, y se adapta a leer lo que pone en el mensaje por muchos tropezones y faltas que tenga. Pero es que además de lo listo que sea, la lengua está saturada de pistas insistentes y machaconas.

(Vamos, que el asesino ha dejado huellas dactilares, restos biológicos, notas manuscritas... y hasta su documento de identidad. Como para no pillarlo).