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miércoles, 11 de diciembre de 2013

La cabañita y la higiene sexual

El otro día vi en el blog de stepien y barno una reseña sobre el famosísimo cabanon de Le Corbusier, que a su vez enviaba a una entrada del blog de arqui-ideas sobre aquella curiosa obra.
Estupendo. Y aquí llego yo para decir que ya está bien de tanto cabanon y de tanto cabanon.
Vale, tiene el encanto y la sabiduría de la sencillez. Es una obra limpia, optimista y muy agradable. Pero a los estudiantes de arquitectura os propongo que en uno de los ejercicios que os ponga vuestro profesor de proyectos hagáis este alzado:


Ya veréis qué risa. Menuda notaza os va a poner.
Si los profesores no supieran que ese diseño es del grandísimo Le Corbusier le suspenderían sin remisión, pero como es del maestro hay que babear y arrodillarse.

Cucú. Me asomo por la ventana.
¡Celébritiiiiiiiis!

Esto es lo más importante de la cabaña: El personaje que está dentro,
los dibujos de la pared, la presencia del genio.

Sin él, sin su presencia, ¿qué queda?

El gran poeta y editor Carlos Barral desestimó el manuscrito de Cien años de soledad de García Márquez. Le pareció una novela confusa y floja. ¿Por qué cometió un error tan garrafal un editor tan fino, tan culto y tan inteligente? Yo creo que por un solo motivo: porque no pudo prever que esa novela Cien años de soledad iba a acabar siendo Cien años de soledad, ni que su autor, aquel Gabriel García Márquez, iba a terminar siendo Gabriel García Márquez.
Nosotros jamás podremos leer esa novela como la leyó Carlos Barral, porque para nosotros ya es Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, desde antes de empezar a leer la primera página.
Con el cabanon pasa lo mismo: Antes de mirarlo con cuidado ya sabemos que es de Le Corbusier, pero si fuera de un autor desconocido no le haríamos ningún caso.


Pero, aparte de la fascinación que produce saber que el autor es un personaje muy importante, la cabaña no tiene mucho que ver con la novela: La cabaña es una obrita muy muy menor, mientras que la novela es uno de los pilares de la historia de la literatura.
Más que con Cien años de soledad, yo al cabanon le buscaría un paralelismo con la higiene sexual.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Coletilla: el impuesto de valor añadido

Cien años de soledad es uno de los libros imprescindibles de la historia de la humanidad. Es una delicia pasmosa, una obra que construye un universo. Sin embargo, cuando García Márquez le llevó el manuscrito a Carlos Barral, éste lo rechazó.
¿Cómo es posible?, nos preguntamos. Carlos Barral era un poeta y un editor sensible, y un hombre muy culto y muy informado de las nuevas corrientes narrativas. ¿Por qué rechazó esa obra maestra? ¿Por qué renunció a la maravillosa posibilidad de editarla?
Yo creo que, principalmente, por una razón. Porque Barral recibió un denso manuscrito de manos de un joven desconocido, arruinado y desesperado, y no se dio cuenta de que aquel libro titulado Cien años de soledad de ese tal Gabriel García Márquez iba a acabar siendo Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
En cambio, cuando nosotros tomamos el libro lo hacemos ya con todo lo que ese libro tiene encima, con todo su prestigio, y nos disponemos a leer “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota etc” con unción mística. Y, claro, no tiene más remedio que encantarnos.
Por la misma razón, la escalera de la que hablamos ayer nos emociona porque es de Le Corbusier, y porque lo sabemos. Así que asumimos con gusto la –tampoco tanta, al fin y al cabo– incomodidad de subirla y bajarla a cambio de la emoción que nos produce.