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martes, 19 de marzo de 2024

Castañuelas

A Millán, y por extensión otra
vez a Eduardo y a Santiago.


Mis mejores amigos me han regañado mucho por la última entrada: Nevermore. Me dicen que lo que digo no es verdad, que juego a hacerme la víctima, que esta profesión me ha dado muchas alegrías y muchos éxitos, que he dado servicio a muchos clientes satisfechos, que he creado una red de afectos y que no tengo ningún derecho a hacerme la víctima ni a intentar dar penita.

Bueno, vale; si lo dicen ellos, que tienen un criterio probado y aquilatado, será verdad, pero os aseguro que no fue un relato triste ni quise dar penita. Al revés: Estaba contento y muy tranquilo al asumir mi realidad, y dispuesto a disfrutar mi apagamiento profesional.

Y justo entonces, estando así, me llega un motivo de celebración e incluso de envanecimiento. Estoy más contento que unas castañuelas, y lo voy a contar, si queréis, para compensar lo del otro día.

-Tampoco te vengas arriba, que no tienes medida y eres capaz de saltar de la miseria a la prepotencia; so bipolar.
-No, nada de eso. Si lo del otro día mencionaba de alguna manera el fracaso, era un fracaso muy liviano, así que ahora, del mismo modo, toca hablar de un éxito modestísimo. Esa es mi escala para mal y para bien.

Bueno, pues se trata de que he recibido un correo de Millán Garrido, un arquitecto fiel lector de este blog que me dice que comenta pocas veces, pero que lo lee siempre, y también que ahora anda de paseo por Helsinki y se ha acordado de mí y de ¿Arquitectamos locos? Me cuenta una historia y me adjunta cuatro fotos:

miércoles, 5 de agosto de 2020

La segunda muerte de Anaick Fisac (I)

A David García-Asenjo Llana y a
Carmen Martínez-Raposo Piedrafita

El libro de David García-Asenjo que cité la semana pasada tiene la virtud, como todos los libros buenos, de contener muchas capas de lectura y, sobre todo, muchas cosas que no tiene expresamente, pero que arraigan en cada uno de los lectores y allí (aquí) germinan como pueden.
Hacia el final se cuenta, con un tono y un ritmo excelentes, una historia emocionante que voy a glosar un poco a mi manera y que, a su vez, genera en mí una reflexión cuyo resultado final ya no está explícitamente en el libro, pero, al menos para mí, sí puede ser inferido de él. (Y luego de ahí tal vez pase a proferir algún exabrupto sobre el que ya el autor sí que no tendrá ninguna responsabilidad).

La iglesia de Santa Ana de Miguel Fisac, en el barrio de Moratalaz, en Madrid, es una de las obras maestras de este gran arquitecto, y una de las iglesias pioneras en responder a los cambios litúrgicos y a los nuevos tiempos propugnados por el Concilio Vaticano II.
No voy a entrar a describir ni a valorar esta magnífica iglesia (si para algo valiera este blog debería ser precisamente para eso, pero no paro de decepcionar a todo el mundo) porque ya lo hace espléndidamente David García-Asenjo en el libro mencionado: Manifiesto arquitectónico paso a paso y también lo han hecho otros autores, particularmente Eduardo Delgado Orusco(1).

No explicaré la iglesia. Para eso tenéis los dos libros que digo. Sí os contaré, en cambio, que una de las hijas de Fisac, Anaick, murió con seis años de edad a causa de una vacuna contra la polio en mal estado. (En aquella época eso fue, trágicamente, algo bastante frecuente).

Imaginaos el dolor de Fisac, de su esposa Ana María Badell, y de su otra hija, Taciana. Pero eran una familia cristiana, profundamente creyente, y sublimaron su pesar en su fe. En el caso del padre, Miguel, consagró todo su talento, todo su trabajo y todo su esfuerzo a diseñar esta iglesia y a dedicársela a su hija.

Fotografía de David García-Asenjo. (Todas las de
esta entrada son suyas y están tomadas de su libro).

Sobre el movimiento en el sentido transversal y la relación de los fieles con los distintos momentos de la celebración me vuelvo a remitir al libro de García-Asenjo. Solo diré aquí que las paredes y el techo son de hormigón, y que sobre el presbiterio hay un lucernario que hace entrar una luz redentora que resbala en el muro curvo del fondo, que a su vez presenta tres concavidades que son tres lugares de espacio salvador. De izquierda a derecha de los fieles, el lugar de la palabra, con el ambón y la sede, el lugar del sacrificio, con el altar, y el lugar del sagrario, con la reserva eucarística (el cuerpo de Cristo).

En ese espacio tembloroso, emocionante y desnudo, el arquitecto necesita al artista. Fisac le encomienda a José Luis Sánchez que esculpa las estatuas que han de dar cuerpo, carne y figura sensible a estos espacios abstractos. Las esculturas son también muy depuradas, muy descargadas, pero no abstractas: Son imágenes reconocibles y "adorables" que completan el espacio arquitectónico.

En principio el programa iconográfico debería tener el crucificado en la concavidad del altar


y Santa Ana con la Virgen María y el niño Jesús en la de la sede y la palabra.


(Ambas son de hormigón dorado, y la cruz es de pletinas metálicas).

Estas eran las únicas dos esculturas que estaban previstas en la iglesia. Ellas solas iban a poder dar un anclaje a la fe y a la tradición y a canalizar todas las necesidades de iconografía.
Pero en algún momento el arquitecto le pidió un gran favor al escultor:

-Quisiera que hicieras un retrato de mi hija Anaick, una imagen votiva que colocaremos junto al sagrario.

martes, 28 de julio de 2020

Manifiestamente arquitectónico (y aristotélico)

He recibido el esperadísimo libro Manifiesto arquitectónico paso a paso, de David García-Asenjo Llana y me he lanzado a devorarlo.


El libro debía de haber salido en abril. Ya estaba todo listo, y hasta la presentación preparada, cuando la pandemia lo aplazó todo. Pero da igual: Nunca es tarde si la dicha es buena, y esta sí que lo es.

David García-Asenjo leyó su brillante tesis doctoral en octubre de 2016, y uno de los miembros del tribunal, el autor del prólogo de este libro, Eduardo Delgado Orusco, le aconsejó que publicara, si no toda ella (las tesis son muy ásperas y muy difíciles de publicar fuera de los ámbitos académicos), al menos una de sus partes, que es la que, reconstruida, redactada de nuevo y completamente reconfigurada para ser leída por un público más amplio, tenemos en la mano.

La tesis iba de "estrategias de proyecto" en la arquitectura sacra contemporánea, y de esto va este libro, pero me atrevo a decir que va de mucho más, como voy a intentar explicar.

En primer lugar quiero señalar por qué es un "manifiesto". Según el DRAE, un manifiesto es un "escrito en que se hace pública declaración de doctrinas, propósitos y programas", y yo me atrevo a añadir que suele hacerse en un tono autoritario y perentorio. Los manifiestos suelen tener bastante de ladrido e incluso de arrogancia, descaro y desabrimiento. Pero este tono le es completamente ajeno a García-Asenjo. Esa gesticulación rabiosa y seca no es propia de él. A él le va más un tono aristotélico, como luego diré.

Este es un manifiesto (intentaba decir) porque en efecto es una declaración pública de propósitos y de programas (las dos últimas facetas de la definición de la academia). En cuanto a la doctrina (la primera de las tres facetas), ya la lleva incorporada el tema elegido: las iglesias. (Es broma: No va de doctrina religiosa, sino arquitectónica).

¿Por qué precisamente iglesias? El tema es perfecto para hablar de arquitectura por -al menos- tres razones:
La primera, como señala el autor, es que en cualquier barrio que elijamos es muy probable que el edificio más provocador, más evocador, más moderno y más interesante sea la iglesia; y si no es el más será sin duda de los que más.
La segunda, también señalada por García-Asenjo como frontispicio de su libro, es una cita de Bolaño según la cual parecería que la historia de la literatura no es solo la de sus obras maestras, sino también la de los libros "menores", pero eso no es cierto porque toda obra "menor" tiene un autor secreto, que es, por definición, autor de obras maestras, y así David García-Asenjo se entrega con pasión tanto a los edificios que todos veneramos como a algunos otros de "segunda fila", que o bien ignorábamos o bien no habíamos sabido apreciar hasta que él nos los ha mostrado y ponderado, y con todos ellos hace un discurso coherente y aleccionador, y de todos ellos fabrica una "trama de iglesias" (el tema lo permite e incluso lo pide estratégica y programáticamente) que configuran una obra maestra total, continua y ubicua.
Y la tercera es que, al ser el programa de necesidades y usos siempre el mismo, y relativamente sencillo, al cotejarlo con las tan diferentes soluciones en los ejemplos seleccionados nos hace reflexionar mucho sobre la enorme importancia que tienen los condicionantes externos (topografía del solar, limitaciones del entorno, condiciones económicas...) y los deseos e intenciones de los autores, que son muy elocuentes porque nos muestran las diversas estrategias de la arquitectura.

Contaba una vez el autor que uno de sus hijos, comprendiendo finalmente su profesión, le dijo: "Papá, pero entonces tú no haces casas. Tú haces libros de instrucciones sobre cómo hacer casas". Fantástica definición del oficio de arquitecto.
Tan en serio se tomó David García-Asenjo esta lúcida visión de su hijo que se ha concentrado en hacer libros de instrucciones. Libros de instrucciones son sus proyectos de edificación, pero también sus artículos, sus clases, sus charlas, sus intervenciones en la radio y este manifiesto. Desde luego, si alguno de ustedes tiene el encargo de proyectar una iglesia debería leerlo y estudiarlo. Pero si no lo tiene también le interesará.

sábado, 17 de marzo de 2012

Un finlandés en El Escorial (I)

He conocido la disparatada historia de un viaje de Alvar Aalto a Madrid, gracias a Eduardo Delgado Orusco y (una vez más) a Juan Daniel Fullaondo. La interpretaré muy libremente, a mi manera. No esperéis una gran fidelidad histórica. O sí. Tal vez esta delirante narración sea absolutamente cierta. Tal vez haya restituido lo que la exquisita educación de los narradores había corregido y omitido.

En el invierno de 1951 el Colegio de Arquitectos de Cataluña invitó a Alvar Aalto a dar dos conferencias en Barcelona y, como la rivalidad entre Barça y Madrid no es de ahora, Carlos de Miguel -director de la Revista Nacional de Arquitectura, del Colegio de Arquitectos de Madrid, (y coautor de la magnífica tribuna del Estadio de San Mamés)- corrió a invitarle también.
Alvar Aalto llegó a Madrid y se encontró a unos cuantos arquitectos calvos y con bigotito. (Carlos de Miguel, Alejandro de la Sota, Luis Gutiérrez Soto, Miguel Fisac, etc), que le estrecharon la mano, le metieron en un coche y le llevaron a El Escorial.
En Madrid era costumbre: A cada arquitecto extranjero que venía (Le Corbusier, Van Doesburg...) se le llevaba a El Escorial, para que aprendiera lo que valía un peine. El Escorial era la esencia de España y la cumbre de la arquitectura.
Fueron en varios automóviles, en una loca carrera por las carreteras adoquinadas de la España de los cincuenta. A veces llegaban a los ochenta kilómetros por hora, un disparate, y los ocupantes saltaban en los asientos y perdían sus sombreros.
Alvar Aalto estaba fascinado, disfrutando de cada curva de la carretera, que trepaba trabajosamente por la sierra. Celebraba las formaciones graníticas como un niño. Daba suspiros o jadeos de admiración. Al pasar cerca de Galapagar pidió por favor que pararan. El conductor, naturalmente, obedeció, y los demás coches hicieron lo mismo. El finlandés se apeó, sacó un cuaderno y se puso a dibujar una casucha con gran pasión.

Los allí presentes eran todos arquitectos, y todos dibujaban muy bien (algunos extraordinariamente bien). Se sintieron un poco violentos ante el entusiasmo gráfico de ese arquitecto de fama mundial. El boceto era corrientucho, de una casa corrientucha. Vaya decepción.
El forastero, completamente ajeno al sentir de sus anfitriones, terminó el croquis esbozando una higuera que asomaba al fondo, a la izquierda. Pero no se contentó con esto para guardar el cuaderno y ordenar que siguiera la excursión, sino que, por el contrario, invadió la propiedad para llegar hasta aquella higuera. Y toda la comitiva le siguió.
-Vaya compromiso en el que nos está metiendo este señor.
-Verás como salgan los dueños.
-No te preocupes. Les explicamos el caso y les damos un duro por las molestias.
Alvar Aalto, a lo suyo, se puso a emborronar la higuera.


Y, ya puestos, se enfrascó en el detalle de unos higos que brotaban de una rama.


Y hasta firmó el dibujo. Seguramente esperaba que alguno de los arquitectos españoles se lo pidiera. Él ya estaba dispuesto a regalarlo. Pero nadie dijo nada.
Así que, finalmente, Don Alvar guardó el cuaderno.
-¡Hala, a los coches!
-¡Venga, que ya estamos al lado!