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lunes, 9 de abril de 2018

Para una nueva crítica

[Nota previa.- Todos los ejemplos de Trip Advisor han sido tomados de El Barroquista, a quien agradezco mucho su labor de selección (tiene bastantes más) y su llamada de atención].


El otro día escribí que el Panteón de Roma es (para mí) uno de los motivos por los que merece la pena vivir.
No hace falta decir que otras personas tendrán otros motivos, y también que a la mayoría les gustará pero no será para tanto como para justificar su vida. Y finalmente, sí, amigos, he de reconocer que a algunos no les gusta nada.


Claro, que uno se pregunta, como siempre, cuánto vale el mero "me gusta" y el mero "no me gusta", y si no habrá algún criterio más objetivo.
Pues parece que no. Parece que de lo que se trata es, precisamente, de dar opiniones subjetivas, que son las que valen porque la opinión de cada uno es soberana y, lo que es más importante, es libre e insobornable.
Tanto es así que la Nueva Escuela Epistemológica (Trip Advisor), que empezó ofreciéndonos críticas sinceras y valientes sobre hoteles y restaurantes, ha ampliado su campo (era necesario) y se ha extendido a museos, monumentos y obras de arte en general siguiendo su aclamado y afamado estilo amítúnomeengañas, puesmenudosoyyo, y veteareírtedetupasteleramadre.

¿El Panteón de Roma? Deprimente. No vale la pena visitarlo. Está muy a mal traer (¿?) oscuro y poco referente. Esperaba algo más bonito.

(Clicad esta y las siguientes capturas para verlas más grandes y poder leerlas)

No me extraña que de 1 a 5 le pongan un 1. (Cero no se pude poner. Lo mínimo es uno. Uno. O sea, lo peor de lo peor. Peor que ir de turismo a un desguace o a un basurero).
¿Poco referente? Ahí la llevas.
Y sí. Es oscuro. Y eso que se han dejado un bujero en to lo alto.


Un agujero porque la gente antigua llevaba mohair bajo la ropa y los pies llenos de hongos fermentados, y eso hacía que no sintieran el frío y qué sé yo qué más. Pero ahora la gente se moja cuando llueve y eso no está ni medio bien. ¿Qué mierda de edificio es ese que deja pasar el agua de lluvia? Podéis ahorraros el sofocón de ir a verlo si hacéis un agujero en un cartón negro y miráis el cielo a través de él. Y además así no os mojáis.

sábado, 4 de marzo de 2017

Necio chinchorrero

No quiero escribir esta entrada. No quiero reaccionar airadamente cada vez que un tonto del haba se mete con la arquitectura y con los arquitectos porque sí, sin dar una razón, sin un fundamento, sin conocimiento de causa. No quiero darle a esa gente boba y autocomplaciente una importancia que no tiene. No quiero ensuciar este blog con mi cabreo y mi desprecio.
Pero es que hacen mucho daño. Es que es un bombardeo continuo desde la tele y desde la radio, una gota malaya inmisericorde. Es que es el insulto gratuito y constante sin que nadie haga nada por frenarlo, y calando un día tras otro en la opinión pública.
Es un lugar común: Nadie lo niega, ni siquiera la gente supuestamente culta. (Esos menos que nadie). Una panda de opinadores indocumentados, bobos y chinchorreros dicen que la arquitectura moderna es una desgracia para la humanidad y que los arquitectos somos los enemigos. Y nadie les calla la boca, nadie les pide que se retracten, que pidan perdón. Es una ofensa gratuita y estúpida, sin el menor fundamento ni la menor base, y que sigue cundiendo.
Uno de estos personajillos patéticos que aletean y cacarean con estas falacias es un tal Adriansens, que se tiene por artista, por hombre muy culto y sensible, que no sabe nada de nada más allá de tres datos inanes y de tres nombres alemanes del siglo diecisiete o dieciocho, que babea sus orgasmos stendhalianos y jadea sus suspiritos y sus exabruptos escupiendo alabanzas a los castillos del Loira y a los orinales del Rey Sol mientras despotrica contra todo lo moderno. Habla con rotundidad, con exaltación, con cabreo, y loa sus bibelots y sus chuminadas grasientas a toda hora. Ah, y además pinta.

Cosita de Adriansens

Ayer, en el programa de radio Julia en la Onda, que dirige Julia Otero en Onda Cero, este mamarracho se ha permitido eructar que no puede perdonar a los arquitectos modernos porque han afeado el mundo. Y nadie le ha mandado callar. Ni siquiera nadie ha mediado o ha intentado terciar, matizar nada. Así, tal cual: Los arquitectos modernos no merecen perdón porque han afeado el mundo.
¿Pero por qué nos tiene usted que perdonar? ¿De qué? ¿Pero quién se ha creído usted que es?
Imaginaos que alguien hiciera una afirmación tan genérica sobre los médicos, los charcuteros o los taxidermistas. Tal vez alguien se sintiera molesto y le pidiera que matizara algo, que puntualizara algún detalle o suavizara alguna expresión. Pero con los arquitectos no hay matices. No pasa nada. Somos el pimpampum, los enemigos de la humanidad.
El otro día un eurodiputado polaco ha dicho que las mujeres deben cobrar menos que los hombres porque son más bajitas y más tontas y se ha liado buena, con toda la razón. Si hubiera dicho que los arquitectos debemos cobrar aún menos de lo que cobramos porque somos la pura maldad nadie se habría sentido molesto.

Cosita de Adriansens

Por otra parte, este odiador de la arquitectura moderna (y de la arquitectura en general, pues diga lo que diga no entiende ni sabe nada de arquitectura, ni le interesa lo arquitectónico) va a Florencia o a Venecia y se despiporra. Le da un stendhalazo que se cae al suelo. Levita y palmotea, y se le cae la baba. Pero habría que haberlo visto allí, en la Florencia del quattrocento, cuando el moderno Brunelleschi se lio la manta a la cabeza y acometió aquella tremenda barbaridad del cupulón.

Cosita de Adriansens

martes, 31 de marzo de 2015

Decálogo provisional para viajes de arquitectura

Después de la entrada anterior me he quedado con ganas de exponer algunos principios a tener en cuenta en los viajes de arquitectura. Quería hacer un decálogo, pero sólo me han salido nueve puntos. No se me ocurren más, y no quiero buscar el décimo a base de ser repetitivo o de añadir algo superfluo.
Vaya por delante que yo he viajado poco, pero creo que en ese poco he cometido todos los errores posibles, y por eso me atrevo a pediros que no los cometáis vosotros.
Allá van mis sugerencias.

1.- No seáis turistas. No hay nada más triste y vituperable que ser turista. El turista ya sabe de antemano lo que va a ver, y ya tiene previsto cómo va a reaccionar ante ello. El turista quiere ver muchas cosas, pero no quiere sorpresas: Se va a la otra punta del mundo pero quiere que le den de comer lo mismo que come en su casa.
El turista ya tiene subrayada en la guía y en el mapa los puntos en los que va a decir: ¡Ohhhhhh! ¡Ahhhhhh! ¡Halaaaaaa!
No seáis turistas. Sed viajeros. El viajero es transformado por el viaje. Crece con el viaje. El viajero se implica en el viaje, se deja jirones de piel en el viaje, quiere saber, va con la mente abierta y absorbe todo lo que ve, y aprovecha todas las ocasiones que se presentan fuera de programa.

Los turistas buscan estímulos precocinados y predigeridos. No tienen criterio, y desde
la estupidez y la incultura son capaces de lo peor. Un viajero haría esa foto con otra intención.
Estos turistas, al no tener ninguna, son (de forma involuntaria) profundamente inmorales y malvados.
No seáis turistas con la arquitectura, por favor.
(Fotografía de www.fotoshumor.com. A mí no me hace ninguna gracia)

2.- Planificad la visita. (O no, pero sed conscientes de ello). En casi todos los casos es mejor no planificar excesivamente, y, como ya he dicho, dejarse llevar, dejarse arrastrar. Pero si queréis ver Fallingwater, o Ronchamp, o la Villa Mairea, y vais a cruzar medio mundo para ello, conviene que sepáis si están abiertas al público, y en qué fechas, y a qué horas, y si hay que reservar, o incluso si se puede pagar la entrada previamente. Teniendo internet es imperdonable no hacer esto. (Cuando yo vi la casa Schröder no había internet, y fui a lo que saliera, pero hoy eso es un disparate).
Eso es si queréis ver alguna de estas obras míticas. Pero si lo que queréis es empaparos de los bloques de ladrillo de la Escuela de Ámsterdam o de los rascacielos de Chicago, no llevéis las cosas demasiado programadas. Sumergíos en el ambiente urbano, comprad un cucurucho de patatas fritas en un puesto ambulante y callejead. Y no perdáis detalle de lo que vaya surgiendo mientras tanto.

3.- No hagáis fotos. A no ser que seáis amantes de la fotografía como medio de expresión, y ésta os interese en sí misma como actividad creativa, no hagáis fotos.
Yo entré en la Casa de la Cultura de Helsinki con la cámara pegada a la cara, disparando, disparando y disparando. Disparé tanto que me perdí la experiencia espacial porque me había impuesto unos deberes absurdos: Hacer un reportaje fotográfico del edificio.
¿Para qué?
En los libros hay fotos mil veces mejores que las que yo pueda hacer. Lo que tengo que hacer es disfrutar el momento, vivir el espacio. A la porra la cámara.
También hice dos carretes de treinta y seis diapositivas cada uno en el Guggenheim de Nueva York. Ahí están, muertos de risa. Teniendo en cuenta que entonces había que comprar la película y luego había que pagar el revelado (más barato en diapositivas que en papel), tenía que pensar si merecía la pena cada foto que disparaba. Y aun así hice setenta y dos fotografías.
Pues imaginaos ahora en el mundo digital, con la gratuidad de las fotos. Podemos hacer miles. Nos decimos que ya seleccionaremos en casa y borraremos muchas. Mentira. Acumulamos basura en discos duros. Y lo peor es que habremos perdido la oportunidad (tal vez única en nuestra vida) de ver el edificio, de experimentarlo y de sentirlo sin obligaciones ni tareas absurdas: Sólo disfrutar.
Si acaso, haced un par de fotos de recuerdo, en plan "esta la hice yo" o "yo estuve aquí", y punto. También podéis fotografiar algún detalle curioso o gracioso que os haga tilín, pero nada más. La promenade architecturale de la Villa Saboya ya está fotografiada de maravilla, y a vosotros no os va a salir mejor. Lo que tenéis que hacer es promenadear a gusto y dejaros de fotos.
En la cúpula de Florencia hay un punto, en lo alto del tambor, justo antes de empezar a subir la cúpula propiamente dicha, en el que uno se asoma al interior del templo y siente un vértigo doble: hacia abajo (no lo parece, pero uno ya está bastante alto) y hacia arriba. Ese vértigo cóncavo hacia arriba es una sensación indescriptible. ¿Quién puede fotografiarla? Yo no tomé ni una foto: ¿Para qué?

4.- Dibujad. El dibujo tampoco puede estorbaros de disfrutar la arquitectura, y tampoco debéis imponeroslo como obligación ni como castigo. Vivid el edificio, disfrutad, estad atentos. Y, si acaso tenéis tiempo y ganas, haced algún dibujo. Es mucho mejor que tomar fotos.
El acto de dibujar (incluso si no lo hacéis muy bien) os obligará a intentar entender, a captar, a prestar atención, a ver relaciones, a descubrir cosas.
No hace falta que hagáis dibujos primorosos ni virtuosos, sino meros apuntes, meras notas de trabajo y de observación. Trabajo de campo. Toma de datos.
Podéis dibujar un ambiente general, intentando captar la sensación espacial, o bien detalles de estructura, de carpintería, de lo que sea que necesitéis descubrir.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Maldita belleza

El arquitecto Alberto Campo Baeza ha ingresado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y ha leído un discurso que ha titulado "Buscar denodadamente la belleza".

(Nota mía que no viene a cuento. Son sólo mis neuras: No me gusta nada ese adverbio. "Denodadamente". Está admitido por la RAE, y Don Alberto lo ha empleado con propiedad, pero... no. No me gustan quienes Juanmanueldepradean. No mola nada. Me parece un estupendismo innecesario y... vamos, que no. Además, con ese título no puedo dejar de imaginarme a Don Alberto buscando la belleza en plan gñññññññññññññ).

¡La belleza! ¡Ay, la belleza!
Este considerable arquitecto español ha dicho en alguna otra ocasión que cuando algún alumno le dice que ha ido a Roma él le pregunta si ha llorado al ver el Panteón. (Sólo los mejores alumnos -léase los más pelotas- le confiesan que sí, que han llorado bastante).
Belleza, sublimidad, goce celestial, síndrome de Stendhal... Idos por ahí. Idos a tomar por conducto reglamentario de una maldita vez.
Belleza. Belleza. Belleza. Ya está bien.

Quentin Matsys, A Grotesque Old Woman (La Duquesa Fea), 1513.
National Gallery, Londres

En su discurso Don Alberto dice que, como arquitecto, lo que de verdad busca es la belleza. No estoy de acuerdo en absoluto. En mi modesta (pero firme) opinión un arquitecto no debe buscar la belleza. Todos haríamos mucha mejor arquitectura si no la buscáramos (y, desde luego, si no la buscara el promotor). A todos nos hace mucho daño la maldita belleza. La arquitectura que busca la belleza (denodadamente o no) pierde mucho.
El arquitecto debe buscar (incluso denodadamente) la idoneidad, la bondad, la eficacia, la adecuación... pero no la belleza. La belleza, si viene, viene sola. Viene por su cuenta, sin que nadie la invite ni la busque. La belleza se cuela en la fiesta, pero si la invitas no viene, sino que manda en su lugar a sus primas la horterada y la cursilada. Eso si no viene su tío abuelo el kitsch.

Francisco de Goya, Saturno devorando a un hijo, 1819-1823.
Museo del Prado, Madrid

Ni bellezas ni chorradas. La arquitectura (como la literatura, la música, la pintura, etc) no tiene que ser bella; tiene que ser buena. Todo lo demás sobra.

-¿Don Joserramoncito, y qué es la arquitectura buena?
-Yo qué sé, Arturo Arístides Artemio. Yo qué narices sé. (Pero me entiendo).
-Pues yo no le entiendo.
-Te callas.

El Bosco, Cristo con la cruz a cuestas, (detalle), 1510-1535.
Museo de Bellas Artes, Gante

Don Alberto dice que hay que conseguir la Venustas tras el cumplimiento perfecto de la Utilitas y de la Firmitas. ¡Oh, no!
¡Coño, Don Alberto! ¡Que estamos en el siglo veintiuno! ¡Que han pasado muchas cosas desde Vitruvio! Y, siguiendo con ese principio inmarcesible y tan viejuno de la tríada belleza-utilidad-firmeza (ya está bien, hombre), abunda además en el pensamiento retrógrado de que primero hay que garantizar la utilidad y la firmeza, y ya si eso, después le ponemos la venustas. O sea, que el arquitecto primero se comporta como alguien responsable y eficiente, y decente, y una vez que ha cumplido con su deber cívico y ha conseguido rematar la faena con éxito, ya tiene licencia para volverse locaza y hacer cosas bonitas. Santo cielo.
Esa era la frase de Sullivan: "La forma sigue a la función". En su caso incluso cronológicamente: Su socio Dankmar Adler hacía "la parte ingenieril", "la caja" y luego él la revestía "de arte".
Todo esto consolida la imagen (que tanto me repugna) de que el acto edificatorio tiene dos facetas: la de ingeniero y la de arquitecto. Una vez escindida absurda, injusta y esquizofrénicamente esa realidad edificatoria, a la supuesta "parte ingenieril" le tocan la sensatez, la profesionalidad, la lógica, la razón y la eficacia, mientras que a la supuesta "parte arquitectónica" le tocan el delirio, la melifluidad, el capricho, la verborrea, los ojos en blanco, el estupendismo y la superfluidad. Me niego a eso. Soy arquitecto, no un caprichoso disparatado ni un loco estúpido.

Dicho lo cual, puntualizo y matizo:
En realidad, finalmente es una cuestión de léxico. ¿A qué llamamos belleza? Lo que he escrito antes es completamente así si la belleza es "buscar lo bonito", "hacer filigranas", "mariposear". Pero un poco más adelante Don Alberto dice: "A la belleza en arquitectura se llega de la mano de la Razón". ¿A ver, a ver? Esto ya me va gustando más.

viernes, 14 de marzo de 2014

Campo y La Clesa: llantos y lloriqueos

El arquitecto Alberto Campo Baeza ha sido nombrado nuevo académico de Bellas Artes. Que sea en hora buena. Con tal motivo ha sido entrevistado en RNE. Lo celebro. Me encanta que RNE se haga eco de estas cosas y preste atención a la arquitectura.
Lo malo viene nada más empezar. Campo dice que su edificio favorito es el Panteón de Roma. Correcto. Incluso plausible. Pero añade que cuando un alumno suyo va a Roma él le pide que le mande desde allí una postal diciéndole si ha llorado o no ha llorado ante el Panteón.
Amosnomejodas.
(Por instinto de conservación y de picardía escolar yo aconsejo al alumno que ponga que SÍ, que MUCHÍSIMO, e incluso que moje alguna esquina de la postal con agua, para que a Don Alberto le llegue arrugada y llorada).


Seguimos reconfortándonos y relamiéndonos mientras insistimos en el estúpido, inaguantable y chocho cliché de que los arquitectos somos sublimes.
Los ingenieros sí sirven para algo, sí resuelven problemas, sí hacen cosas. Nosotros, al parecer, sólo nos preocupamos de si llorar o no.
Bueno, serán los hiperchiripitifláuticos, porque aquí la peña bastante tenemos con que nos encarguen la legalización de un porche, y, desde luego, lloramos por otras cosas. Anda que no tenemos para elegir.
Stendhal era un moñas. Lo de su famoso síndrome en Florencia debió de ser por una bajada de azúcar o de tensión arterial, o algo.
El Panteón es un edificio soberbio, un espacio arquitectónico fantástico, pero la idea de que ante una obra genial debamos suspender nuestro juicio y nuestra capacidad crítica y analítica para dejarnos llevar por el sentimentalismo más histérico es una idea puramente kitsch. Cuando el sentimentalismo sustituye a la razón surgen los adornos de los cementerios, los souvenirs para turistas y los tatuajes dedicados a la madre o a la novia.
Esa idea de que la arquitectura ha de ser sublime, excelsa, espiritual, buy bodita y buy hedposa, hace un enorme daño a la arquitectura misma, porque mucha gente no sabe apreciar (ni quiere, ni le importa) muchísimas obras maestras, dignas de toda nuestra atención y admiración, pero que no despiertan esa meliflua tiritona ni ese mar de lágrimas.

sábado, 17 de marzo de 2012

Un finlandés en El Escorial (I)

He conocido la disparatada historia de un viaje de Alvar Aalto a Madrid, gracias a Eduardo Delgado Orusco y (una vez más) a Juan Daniel Fullaondo. La interpretaré muy libremente, a mi manera. No esperéis una gran fidelidad histórica. O sí. Tal vez esta delirante narración sea absolutamente cierta. Tal vez haya restituido lo que la exquisita educación de los narradores había corregido y omitido.

En el invierno de 1951 el Colegio de Arquitectos de Cataluña invitó a Alvar Aalto a dar dos conferencias en Barcelona y, como la rivalidad entre Barça y Madrid no es de ahora, Carlos de Miguel -director de la Revista Nacional de Arquitectura, del Colegio de Arquitectos de Madrid, (y coautor de la magnífica tribuna del Estadio de San Mamés)- corrió a invitarle también.
Alvar Aalto llegó a Madrid y se encontró a unos cuantos arquitectos calvos y con bigotito. (Carlos de Miguel, Alejandro de la Sota, Luis Gutiérrez Soto, Miguel Fisac, etc), que le estrecharon la mano, le metieron en un coche y le llevaron a El Escorial.
En Madrid era costumbre: A cada arquitecto extranjero que venía (Le Corbusier, Van Doesburg...) se le llevaba a El Escorial, para que aprendiera lo que valía un peine. El Escorial era la esencia de España y la cumbre de la arquitectura.
Fueron en varios automóviles, en una loca carrera por las carreteras adoquinadas de la España de los cincuenta. A veces llegaban a los ochenta kilómetros por hora, un disparate, y los ocupantes saltaban en los asientos y perdían sus sombreros.
Alvar Aalto estaba fascinado, disfrutando de cada curva de la carretera, que trepaba trabajosamente por la sierra. Celebraba las formaciones graníticas como un niño. Daba suspiros o jadeos de admiración. Al pasar cerca de Galapagar pidió por favor que pararan. El conductor, naturalmente, obedeció, y los demás coches hicieron lo mismo. El finlandés se apeó, sacó un cuaderno y se puso a dibujar una casucha con gran pasión.

Los allí presentes eran todos arquitectos, y todos dibujaban muy bien (algunos extraordinariamente bien). Se sintieron un poco violentos ante el entusiasmo gráfico de ese arquitecto de fama mundial. El boceto era corrientucho, de una casa corrientucha. Vaya decepción.
El forastero, completamente ajeno al sentir de sus anfitriones, terminó el croquis esbozando una higuera que asomaba al fondo, a la izquierda. Pero no se contentó con esto para guardar el cuaderno y ordenar que siguiera la excursión, sino que, por el contrario, invadió la propiedad para llegar hasta aquella higuera. Y toda la comitiva le siguió.
-Vaya compromiso en el que nos está metiendo este señor.
-Verás como salgan los dueños.
-No te preocupes. Les explicamos el caso y les damos un duro por las molestias.
Alvar Aalto, a lo suyo, se puso a emborronar la higuera.


Y, ya puestos, se enfrascó en el detalle de unos higos que brotaban de una rama.


Y hasta firmó el dibujo. Seguramente esperaba que alguno de los arquitectos españoles se lo pidiera. Él ya estaba dispuesto a regalarlo. Pero nadie dijo nada.
Así que, finalmente, Don Alvar guardó el cuaderno.
-¡Hala, a los coches!
-¡Venga, que ya estamos al lado!

viernes, 4 de marzo de 2011

Una joya de amigo

Sigo dándole vueltas a la funcionalidad inmediata y a su corolario, el chabolismo, y llevo unos días queriendo hacer una entrada sobre la cabaña de Le Corbusier, que tan sabiamente mencionó Pablo el otro día. Pero, no sé por qué, al final acabo hablando de otra "cabaña". (Quizá otro día hablemos de la del Corbu).
Se trata de un pabellón de invitados, una casita, un estuche, un joyero exquisito, que proyectó y construyó el arquitecto danés Wilhelm Wohlert en 1957 en la isla Seeland.
Es, a mi juicio, un ejemplo de elegancia casi insoportable, algo por lo que sufrir el Síndrome de Stendhal con más motivo que por aquellas antiguallas florentinas.
Una cabaña de madera, de cinco habitaciones pequeñas y austeras.
Este pabellón de invitados está en un bosque, separado de la casa de los anfitriones. Demuestra que éstos aman a sus amigos y los alojan como joyas: en un joyero. (Pero también que los colocan alejados de su casa para que no molesten). Es decir: Son los anfitriones perfectos. A esa casa puedes ir sin vergüenza ni timidez. Sabes que siempre serás bien acogido porque no molestas.