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viernes, 16 de julio de 2021

Arenga a las graduadas

El otro día, a raíz de la graduación de alumnos y alumnas en Fundamentos de la Arquitectura de la URJC me salí del tema principal y divagué sobre el lenguaje inclusivo. Me calenté y os dije que escribiría un mensaje a las graduadas. Me pongo a ello. A ver qué me sale: Qué les podría decir si me hubiera tocado el embolado de dirigirles la palabra.

(He tardado tanto que en estos días han terminado el máster cinco chicas y dos chicos, así que aprovecho para incluirlas también).


Queridas y flamantes graduadas:

(Mirando a algunos de los chicos: "Me vais a permitir que me dirija a vosotras en femenino. Hoy hay aquí más chicas y creo que, dentro de lo inexacto, hay menos error haciéndolo así").

Hace muchos años -aún no habíais nacido- pusieron en la televisión una serie excelente titulada Hill Street Blues que en España se conoció como Canción Triste de Hill Street (cosa que no entiendo, porque, ya puestos a traducir, debería haber sido Canción Triste de la Calle de la Colina. Pero eso da igual ahora). Trataba sobre una comisaría de policía en Estados Unidos. Cada mañana empezaba con una reunión en una sala grande tipo aula, en la que el sargento Esterhaus explicaba las novedades y asignaba a cada agente el caso en el que se tenía que ocupar y los compañeros con quienes tenía que trabajar en ello.

Al final de la charla decía siempre la misma frase, que ya era una seña de identidad: "Tengan cuidado ahí fuera".

"Tengan cuidado ahí fuera"

Para mí este es un momento muy gozoso, pero confieso que tengo ese mismo sentimiento de precaución e incluso de temor. Salís a una nueva etapa de vuestra vida y os pido que tengáis cuidado ahí fuera.

Uno no puede evitar ver el mundo exterior como una fuente de oportunidades y de aventuras, sí, pero también de peligros, de egoísmos, de dificultades, de abusos... de yo qué sé.

Sabemos que salís a la vida bien armadas, bien formadas y dotadas. Hemos intentado (y vosotras lo habéis logrado) que tuvierais conocimientos de cálculo de estructuras, de diseño, de valoraciones, de tasaciones, de urbanismo, de economía, de normativa, de historia del arte, de instalaciones, de eficiencia energética, de aprovechamiento de recursos y tratamiento de residuos, de crítica, de marketing... de yo qué sé qué más. Y sois capaces de afrontar cualquiera de los trabajos que tradicionalmente se han entendido como propios de las arquitectas y muchos más que surgen en su entorno más o menos próximo, e incluso otros que están apenas empezando a atisbarse.

Porque lo que hemos intentado vuestras profesoras ha sido abrir vuestra mente y multiplicar vuestras curiosidades, y habéis dado suficientes pruebas de aptitud como para que todas estemos razonablemente tranquilas e incluso esperanzadas sobre vuestra trayectoria y vuestro futuro. Os van a ocurrir muchas cosas buenas.

Porque, además de formaros académicamente, en todos estos años, como es lógico, habéis madurado y crecido como personas.

A este acto han asistido vuestras madres, hermanas, novias, amigas, alguna abuela... Veo cómo se les cae la baba de justo y legítimo orgullo, y me las imagino durante años soportando vuestras neuras, vuestras angustias y, sobre todo, vuestras maquetas. ¿Es tolerable que las profesoras tengamos este inagotable vicio maquetil y os hayamos pedido maquetas hasta de una bajante de un inodoro? ¡Qué horror! ¡Qué barbaridad!

Durante todos estos años nadie de vuestra casa se ha atrevido a entrar en vuestro cuarto. "Aquí no hay quien pase. Está todo lleno de trastos. Vives entre cartón pluma y planchas de metacrilato. Es que no se ve ni tu cama. ¿Desde cuándo no te la haces?" Y no digamos si compartís la habitación con una hermana. Una locura. Estoy segura de que vuestros(1) familiares aquí presentes por lo que más se alegran de vuestra graduación es porque por fin vais a despejar y a limpiar vuestro cuarto, a pasar la aspiradora y a dejarlo, por fin, como los chorros del oro. Veo cómo se les saltan las lágrimas. Sí: Quizá incluso durante unos meses vais a parecer personas civilizadas viviendo en un ambiente civilizado.

Ah, y vais a dormir unas cuantas horas cada noche. Hinchaos a dormir. Os lo habéis ganado. Y a reír, y a divertiros. Y a seguir trabajando.

Os deseo lo mejor. Desde luego, os repito, estáis preparadas para ello. Os doy de corazón mi mayor aplauso, al que pido que se sumen todas las presentes, y que den gritos, silbidos y vivas, que están deseando.


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(1).- Es difícil mantener el tipo. Se me ha escapado "vuestros" en vez de "vuestras". Me lo ha señalado wallace97 en el primer comentario, con lo que además confirma lo que comentó en la entrada anterior y se carga aún más (si cabe) de razón. Vaya fallo. No lo corrijo porque entonces ese comentario quedaría sin sentido, pero añado esta nota para que conste que es difícil y que, aunque repasé el texto, no me di cuenta de esa incoherencia.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Baroja, Valle Inclán y la Almudena

A David, a Agustín y a Alberto.
Es siempre un placer hablar con
ellos y escucharlos.


Hace unas semanas formé parte, con David García-Asenjo Llana, Agustín Ferrer Casas y Alberto Ruiz Colmenar, todos ellos muy buenos amigos y personas de muy fundamentado criterio, de una mesa de debate sobre "Comunicación de arquitectura en medios no especializados" dentro del Máster en Arquitectura de la Universidad Rey Juan Carlos.


No voy a haceros aquí un resumen de lo que hablamos, pero sí que lo voy a usar como base para lo que hoy quiero contar.

En la introducción, Alberto Ruiz puso un pasmoso ejemplo de la jerga que usan ciertos arquitectos (muchos, por desgracia demasiados) para hablar de sus cosas. Consistía en unas páginas de una revista de arquitectura en las que aparecía un muy buen edificio: limpio, elegante, inteligente, bien resuelto... pero con unos textos infumables, incomprensibles, estúpidos y muy groseros de los mismos arquitectos, que con esa faramalla de absurdeces pretendían explicarlo.

Hay arquitectos muy buenos, que en sus proyectos hacen alarde de tacto, potencia, talento y claridad, pero que cuando los explican lo llenan todo de farfolla, chorradas y frontoncitos. No comprendo por qué no escriben como proyectan. No entiendo que tengan dos personalidades tan diferentes. ¿En sus edificios ponen canecillos falsos, pilastras de mentira, arcos de cartón-piedra? No. ¿Entonces por qué todo su discurso está lleno de ridiculeces similares?

Siempre he creído que cuando se escribe así es porque no se tienen las ideas claras. También dijimos en aquella mesa de debate (y todos estuvimos de acuerdo) que hay una idea preestablecida de que es necesario escribir así para hacerse respetar o admitir en el círculo selecto.

En definitiva, todos los presentes propugnamos la sencillez y la claridad en la comunicación. (De hecho a mí me invitaron por cómo escribo en este blog, siempre intentando que se me entienda, en vez de querer epatar con palabrerío aparentemente culto, pero lamentable. Y sí: volvió a salir mi tabla, y no la saqué yo. En cuanto a mis ilustres compañeros, estaban allí porque siempre han dado muestras de que se explican divinamente y son grandes comunicadores y divulgadores de la arquitectura, y porque el rigor no solo no está reñido con el aburrimiento, sino que es todo lo contrario)(1).

Lo que sigue, aunque se inspira en lo que hablamos allí, son opiniones mías, y, aunque seguramente mis compañeros compartan más de una, no quiero embarcarlos ni hacerlos solidarios.

Para empezar, yo diría que cuando uno no es un brillante artista del lenguaje más le vale ser sencillo y escribir como Baroja. Pero hay algunos elegidos que tienen unas fantásticas cualidades y son exuberantes, y deben serlo, como Valle Inclán.

jueves, 15 de junio de 2017

Adiós, doctor

Vanitas vanitatum et omnia vanitas(*)
Eclesiastés, 1,2.


Ya lo he contado en alguna ocasión: Para mí el doctorado fue una aventura apasionante, una fuente de alegría. Qué bien me lo pasé haciéndolo.
Lo de ser doctor fue, ya digo, un placer, pero nunca me lo tomé como un motivo de orgullo, y no digamos de ensoberbecimiento o de vanidad. (Al menos eso creía hasta ahora).
Monté un estudio con un amigo y funcionó estupendamente durante veinte años. Él no era doctor y, aunque me animaba a hacerlo, yo nunca puse "doctor" en mis tarjetas. Nos las encargábamos juntos, con el mismo diseño, y en las dos decía: ARQUITECTO. Bella palabra. Bella profesión. Ni quería aparentar ser más que él ni desde luego lo era en nada. De ahí que estuviera mucho tiempo sin mencionar en ningún sitio mi rimbombante (e inútil) título académico.
Al cabo de los años, en una reforma y remozamiento que hicimos en el estudio, él quiso que enmarcáramos nuestros títulos (él tenía varios cursos de urbanismo) y los pusiéramos en la sala de juntas del estudio, en la que recibíamos a los clientes, para que luciesen. Así lo hicimos. No sé si alguna vez algún cliente reparó en nuestros numerosos y variados marchamos y patentes, pero ahí estaban.
Cuando en 2010 la crisis se llevó por delante nuestro estudio y nos fuimos cada uno a nuestra casa a lamernos las heridas, mis títulos (de arquitecto y de doctor) fueron a un mueble y ahí siguen. (Eso sí: enmarcados).


Nunca he necesitado mi título de doctor arquitecto. Di clases durante el curso 1989-90, cuando aún no lo había obtenido, y cuando leí la tesis en 1992 ya no era profesor ni lo volví a ser nunca más.
Tampoco he formado parte de consejos o grupos de sabios ni de investigadores ni de nada parecido, y la única vez que me he presentado a un puesto no se valoraba el título de doctor.
De manera que mi título ha sido solamente lo mejor que podría ser: un motivo de satisfacción personal.
De la redacción de la tesis recuerdo la incansable lectura de libros -incluso en lenguas que desconocía(**)-, la apasionante relación con Fullaondo, con sus libros, con los datos que iba obteniendo, la búsqueda de relaciones entre eventos que no las tenían, pero que a veces hacían saltar alguna chispa, más voluntariosa que lógica, la estúpida pero intensa sensación de redescubrir la pólvora a cada momento. Todo valía. Todo sumaba y yo lo tomaba todo, y todo me parecía revelador.
Qué bien me lo pasé.
Leí la tesis poco antes de que naciera mi primer hijo, y meses después, con él ya nacido, fui investido doctor en la apertura del curso académico de la UPM, ceremonia a la que mi mujer no pudo venir porque no pudimos dejar al niño al cuidado de nadie y se quedó en casa con él, pero a la que vinieron mis padres, que debían de sentirse muy orgullosos de mí, ay, pardillos, y que cuando el decano me encasquetó el exiguo birrete alquilado (soy cabezón) y abrazó ceremonialmente mi cuerpo vestido de castañera galáctica tuvieron un nudo en la garganta y en los ojos. Benditos sean.

El día antes de la ceremonia, en mi casa, me vestí de
castañera galáctica y mi mujer me hizo esta foto. 

El día de la ceremonia, en el paraninfo de la UPM,
con mis padres. (Él hasta se había leído mi tesis).

Solo por eso ya mereció la pena ser doctor. Y nada más, ya digo. Nada más.

jueves, 19 de junio de 2014

El infierno de papeles

El otro día me mandaron una circular en la que venía, entre otros anuncios y avisos, una convocatoria de plazas de personal docente e investigador de universidad. La miré y me gustó un puesto de profesor asociado en una escuela de arquitectura. Por un momento me invadió la nostalgia (fui profesor asociado durante un curso, hace ya veinticinco años) y barajé la idea de presentarme. ¿Por qué no?
Vi la dedicación que requería el puesto, miré su retribución (tan escasa que no me dio pudor soñar con recibirla) y algunas otras condiciones y, ¡qué narices!, ¡el no ya lo tengo!, ¡vamos con ello!
Sólo había un pequeño problema: Había que rellenar una instancia-currículum multipaginada y adjuntar alguna documentación. ¡Horror!
Soy un inútil para la burocracia. Su sola proximidad hace que me brote urticaria, ampollas, rojeces e irritaciones varias por todo mi cuerpo, y me llena de picores y escoceduras.
He de confesar -por no salir del estricto ámbito de la enseñanza universitaria de la arquitectura- que de los seis cursos que tenía la carrera que yo hice en Madrid, ningún año conseguí matricularme correctamente a la primera. Ninguno. (Y eso que soy inteligente para otras cosas). Cuando no me había equivocado con el código del centro había cumplimentado mal la hoja de pago, o no llevaba el resguardo adecuado, o me había matriculado de asignaturas que ya había aprobado, o en vez del código postal de mi casa había puesto el del subgrupo pedagógico... subcutáneo (por decir algo). Un desastre.
Me tiré un día entero para reunir toda la (escasísima) documentación que podía aportar como prueba de mi éxito vital. (Qué amarga sensación de nostalgia. A mis veinticinco años terminé la carrera con un nivel interesante. Publiqué alguna cosa, hice el doctorado, etc. A los treinta tenía un cierto atisbo de que podría llegar a algo. Y ahí se quedó todo. De joven prometedor pasé a vieja gloria sin estadios intermedios. Ahora, a mis cincuenta y cuatro años, vuelvo a abrir una antigua carpeta donde hay papeles amarillos que demuestran que hace veinticinco años hice cosas atractivas y excitantes, tampoco muchas, que parecía que iban a ser las primeras de una larga serie que quedó abortada).
Con esa amarga sensación cumplimenté la instancia polipaginada, repasé mil veces la convocatoria (seguro que llevo algo mal) y llamé por teléfono a la universidad para despejar un par de resquemores.

Y ahí empieza ese mundo kafkiano que existe latente, normalmente apartado del nuestro cotidiano, pero con el que nos hemos de cruzar de vez en cuando. (Afortunadamente, en mi caso, muy pocas veces).
A Astérix y Obélix no les tumbaron veloces corredores, lanzadores de jabalina, judokas, sensuales mujeres, ojos hipnotizadores, cocodrilos, fantasmas..., pero estuvo a punto de tumbarles un inofensivo trámite burocrático. Así os podéis hacer idea de lo que es ese infierno de absurdos y despropósitos.

Fotogramas de la película Las doce pruebas de Astérix

Llamé para que me dijeran sólo dos cosas. La primera era si, como el rectorado está fuera de mi provincia, podía presentar todo esto en el vicerrectorado de aquí (que lo hay). La segunda era que según mis cuentas (contando con los dedos varias veces), el último día posible para presentarlo era el jueves 19 de junio, Corpus Christy, que es festivo en esta comunidad autónoma, y si por lo tanto podría hacerlo el viernes 20.
(Esa es otra: Dan diez días naturales y uno se entera de la convocatoria cuando ya han pasado cinco. Estas cosas siempre son así).
No obtuve respuesta a ninguna de las dos preguntas. Y fue porque había llamado al Vicerrectorado de Relaciones Internacionales y no tenían ni idea de lo que les estaba contando. Les dije que lo sentía mucho, pero que había llamado al teléfono que venía en internet. Me dijeron que ya lo sabían, que estaba mal y que recibían llamadas para todo tipo de cuestiones. Muy amable, la señorita que me atendió (y que imagino que estaba harta de desubicados despistados) me dijo que si le decía el departamento, sección o lo que fuera convocante me indicaría el teléfono al que llamar. Le contesté que el convocante era el rectorado... o sea... esto... ¿cómo que la sección convocante? Pues la universidad. O sea... quiicil... vamos, que no lo sabía, y que ya si eso pues eso.
No hizo falta: Llamé al rectorado directamente (según la web era prácticamente el teléfono personal del excelentísimo y preclaro señor rector) y me contestaron las dos preguntas: A la primera que sí, que podía ir al vicerrectorado de mi provincia, y a la segunda que no lo sabían, pero que lo normal era dar un día más cuando la fecha en cuestión caía en festivo.
Por si acaso me fui a la capital de mi provincia el miércoles 18, un día antes del Corpus. No fuera a ser que el viernes 20 ya fuera tarde.

Como de costumbre, dejé el coche en las afueras, en un punto en el que se puede aparcar bien y no es zona de aparcamiento restringido ni de consiguiente multa, y me dispuse a hacer una larga caminata cuesta arriba (decir cuesta arriba es poco) bajo el calor aplastante (decir calor aplastante es poco) hasta el centro histórico (decir centro histórico es poco).
Y, encima, con mis títulos enmarcados porque me tenían que compulsar las fotocopias.
(Una pequeña mochila en bandolera y una bolsa fuerte, grande, de plástico, con los títulos. Y un calor enorme, y un sudor enorme).