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jueves, 18 de enero de 2024

Bonito (otra vez)

Me repito mucho. Ahora iba a ponerle a esta entrada el título "Bonito" y me ha dado la vaga sensación de que ya lo había usado. He buscado y sí: aquí. Por eso añado ahora "(otra vez)", y podría seguir con ("y las que hagan falta").

Ay, lo bonito; qué bonito.


Para empezar a aclarar los conceptos diré que no voy a hablar de pez teleósteo alguno, lo que deja la cuestión reducida a algo más bien "lindo, agraciado, de cierta proporción y belleza".

Los arquitectos, en general (yo diría que casi todos), odiamos la palabra "bonito" referida a la arquitectura porque no es un término que nos sirva para nada. ¿Qué es un edificio bonito, una ventana bonita, una bóveda bonita? Nada. Bonito no es un criterio arquitectónico ni un rango de valor. Por eso nos pone nerviosos que este adjetivo tenga tanto predicamento entre la población lega, y no digamos ya que nos pregunten si tal edificio nos parece bonito. A veces contestamos, un poco (bastante) indignados: "¡Este edificio no es bonito: es bueno!".

Eso, como digo, ya lo he contado y no quiero extenderme ni repetirme demasiado. Lo que pretendo contar ahora es que para todo hay alguna excepción, y para esto que acabo de decir, y que nos parece tan claro y tan evidente a (casi) todos los estirados arquitectos, está la del brillante Bernardo Angelini, del estudio zigzag arquitectura (con su socio David Casino).

jueves, 8 de junio de 2023

... yo ya no sé qué es bonito (segunda parte)

El sábado 20 de mayo se presentó en la librería madrileña La Hora Azul el libro colectivo Arquitectura con arquitectas, coordinado y dirigido por mis compañeras y amigas profesoras de la URJC Fermina Garrido, Elena Escudero y Raquel Martínez.

El libro surge de un grupo de trabajo y de investigación de la Universidad Rey Juan Carlos y trata de un montón de aspectos, proyecciones y consecuencias del género en el ejercicio y el uso de la arquitectura y del urbanismo.

(Ni que decir tiene que la elaboración, coordinación y, sobre todo, financiación del libro ha sido una labor ardua, difícil, lenta y paciente, que ha acabado con este fruto tan hermoso y necesario editado con Ediciones Asimétricas).

No es "un libro de chicas sobre arquitectura" (de hecho en él escriben unos cuantos chicos), ni "un libro para chicas", ni un "ya estamos con la milonga del género por aquí y por allá", sino que aglutina unas cuantas investigaciones que nos interesan y nos importan a todos (y aquí uso el masculino genérico con toda intención).

No voy a desarrollar el contenido del libro (aunque merecería una entrada más que de sobra), sino que, egoístamente, voy a contar cómo vi la presentación y cómo la sentí.

miércoles, 29 de marzo de 2023

Edificios feos, bonito periodismo

(A David García-Asenjo
y a Carlos Polimón).


De este tema ya he escrito. Perdonad que me repita, pero es que los medios no paran. Ellos regurgitan esta murga cada cierto tiempo: LOS EDIFICIOS MÁS FEOS DE MADRID, y vuelvo a hacerme eco. Quizá no debería, porque es siempre lo mismo y ya aburre, pero es que esta vez el número uno es de mi maestro, mi querido Juan Daniel Fullaondo, con José Luis Íñiguez de Onzoño, y eso me ha llegado al corazón.

Al menos han puesto una buena foto. (La de la Wikipedia)

No conocí a Íñiguez, pero por las cosas que le he leído y por lo que Fullaondo contaba de él estoy seguro de que se habría reído. Desde luego Fullaondo sí sé que incluso se sentiría orgulloso de encabezar ese ranking. No es fácil. El listón está muy alto.

Creo que para alcanzar la meta les ha beneficiado mucho que el que se exhibe en cabecera, el famoso edificio de viviendas de Sanchinarro, no se mencione después en el texto, lo que por otra parte muestra una preocupante falta de atención y de continuidad discursiva en quien ha escrito el libelo. ¿Le parece feo lo de Sanchinarro o sí pero no? Me deja en ascuas. Lo pone como estandarte del feísmo pero luego no lo incluye en la lista. Qué poca seriedad.

domingo, 22 de enero de 2017

Bonito

Bonito,
todo me parece bonito.
Bonita mañana,
bonito lugar,
bonita la cama,
qué bien se ve el mar.
Bonito es el día
que acaba de empezar.
Bonita la vida.
Respira, respira, respira.

Bonito. Jarabe de Palo


Un grupo de amigos virtuales, frikis de la arquitectura, alimentamos un hastag en twitter que se llama #100x100masterhouses y que atendemos los sábados de una manera muy sencilla: Quien quiere usa esa etiqueta, pone cuatro imágenes de una casa (las que admite twitter), etiqueta a diez tuiteros como máximo (los que permite twitter) y la cuelga.
El sábado pasado el compañero Peter (@Speedmaster72) subió estas cuatro fotos:





Y escribió: "Leavengood House (St. Petesburg Florida 1950/51), by Ralph Twitchell & Paul Rudolph. #100x100masterhouses".


Como suele ocurrir en estos casos, algunos de quienes lo vieron lo comentaron, otros lo "retuitearon", lo "favoritearon", etcétera. Todo sirva para mantener enhiesto el pabellón y para celebrar la arquitectura a cada rato y con cualquier excusa, que hay muchas y muy valiosas.
Una tuitera no arquitecta (y por lo tanto no perteneciente a este cansino colectivo nuestro) opinó: "una casa fea". Naturalmente, con esa nítida afirmación revolvió el gallinero, y ante la consternación de los defensores insistió: "¿Dónde está lo bonito?"
Para qué queremos más. Como un solo hombre, los frikiarquitectos nos envolvimos en los mantos rituales y saltamos a la carga.
Pero yo me quedo pensando en la frase: "¿Dónde está lo bonito?"
Y me pregunto dos cosas: 1.- "¿Es bonita esta casa?" 2.- "¿Es necesario, o siquiera conveniente, que las casas sean bonitas?"

Ayer, más o menos cuando el amigo @Speedmaster72 estaba colgando esas fotos en twitter, yo me estaba comiendo unas patatas al ajillo de escándalo. Son unas patatas cortadas en rodajas planas, fritas en sartén con buen aceite de oliva, y aromatizadas con un mejunje de ajo, vinagre y perejil bien macerado en el almirez. Es un plato que me vuelve loco. Es la cosa más tonta del mundo, muy sencilla y barata, pero la antepongo a los jardines colgantes de Babilonia y a todos los campos de algodón de Louisiana.
El aspecto del contenido de la sartén es un pegote, una costra.
¿Es eso "bonito"? No. No es nada bonito. Es una especie de plasta, ya digo, pero ay de quien pase por este triste mundo sin haberla probado. Se pierde una de las razones por las que merece la pena vivir.
Bonito.
No es nada bonito. ¿Dónde está lo bonito? ¿Y por qué tendría que ser bonito?
Si la humilde pero gloriosa sartenaca de patatas al ajillo no es nada bonita, ¿por qué tendría que serlo una casa?

sábado, 14 de enero de 2017

Y coda

Ayer mismo escribí una entrada en este blog con un tono sarcástico y seguramente más estúpido de lo aconsejable, pero es que, comprendedme, ya estaba cansado de mesarme los cabellos, de indignarme, de rabiar y de gritar. ¿Para qué? ¿Qué más da todo?
El caso es que, como imaginaba, lo que escribí en tono de burla mucha gente lo piensa en serio.
Varios periódicos han dado la noticia de la ignominia, y, como todos ellos en sus ediciones digitales tienen abierta la posibilidad de que cualquier lector pueda opinar, aquello se ha puesto perdidito de opiniones.
Opiniones indignadas porque a los arquitectos nos gusten mierdas como la felizmente derribada y no nos gusten las casas buenas y bonitas de verdad como la que se está terminando de construir. Siempre lo mismo. No basta ya con la ignorancia, sino que hay un cabreo exaltado, un odio a quienes hemos consagrado nuestra vida a la arquitectura, porque actuamos como si conociéramos un arcano que a ellos les estuviera vedado y por ello nos sintiéramos superiores. (Y, por supuesto, no piensan hacer nada por estudiar, por escuchar, por aprender...)
-¡A mí ningún chulo me va a decir lo que está bien y lo que está mal!
Bueno, pues yo voy a osar decir un par de cosas.
Ya he dicho varias veces que todo es opinable, y que todo el mundo tiene derecho a opinar, pero que no todas las opiniones son respetables.
Esto en otros campos se entiende muy bien: Yo, que no sé exactamente por dónde queda el hígado, ni siquiera aproximadamente por dónde el páncreas, ni para qué sirven, puedo criticar la desobstrucción del colédoco que le han hecho a mi tío Recesvinto, puedo hablar -con un palillo entre los dientes- de la disparatada pancreatectomía parcial que le han practicado a mi colega Triboniano y puedo incluso proclamar que lo que tenían que haber hecho ambos era dejarse de médicos y tomar mucho zumo de limón. El zumo de limón es buenísimo. Y la homeopatía.
Pues sí. Pues estas cosas se dicen y ya está. Y no pasa nada. Todos sabemos de todo y todos opinamos de todo.
Lejos de mí pedir, sugerir siquiera, que quien no sepa no opine. Tan sólo opino -opinar es libre, ya digo- que quien opina de algo sin tener ni idea, sin haberse parado a pensar sobre ello, sin tener ninguna referencia ni ningún criterio salvo el de la ciencia infusa, es un bocachancla y un mascachapas. Pero, claro, esto es sólo una opinión mía.

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, o chorro,
generoso o estafador.
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.