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jueves, 18 de diciembre de 2014

Feliz Navidad

Os deseo una feliz Navidad a todos los lectores de este blog.
Os estoy muy agradecido a todos y os abrazo a todos.
Muchas gracias por visitarme con asiduidad. Es algo fantástico.

El año pasado me dejé llevar por mis más angustiosos sentimientos y os endiñé una muy dura y descorazonadora felicitación de Navidad. Las circunstancias no es que hayan cambiado sustancialmente, pero no es bueno andar quejándose siempre. Por el contrario, lo obligado es agradecer lo que tenemos, celebrar lo que somos y lo que conservamos, y añorar con ternura lo que hemos perdido.
Yo, por mi parte, tengo mucho que celebrar y que agradecer, y así lo hago. Deseo que vosotros también tengáis buenos motivos para disfrutar y para alegraros.

Un abrazo, de todo corazón.

Permitidme que os dedique esta especie de villancico laico, y acogedlo con el mismo cariño y la misma emoción con que os lo pongo.

Sí. De nuevo Ben Webster, el gran saxo tenor, con su pequeño sombrerito, sus ojos saltones y su babeo sucio. Es una de mis debilidades.


Esta vez hace una versión muy sui generis de la famosísima canción tradicional irlandesa Danny Boy.

Oh, Danny Boy, las gaitas están llamando
de valle a valle, y bajo la ladera de la montaña.
El verano se ha ido, y las rosas van cayendo.
Eres tú, debes irte y yo debo aguardar.
Pero regresa cuando el verano esté en la pradera
o cuando el valle esté silencioso y blanco con la nieve.
Yo estaré aquí haga sol o haga sombra.
Oh, Danny Boy, te quiero tanto.
Y cuando vengas y todas las hojas mueran,
si estoy muerta, como bien podría ser,
tú vendrás a encontrar el lugar donde yazgo
y de rodillas dirás un “Ave” para mí.
Y lo escucharé, por muy suave que pises sobre mí,
Y toda mi tumba será más cálida, más dulce.
Tú te inclinarás y me dirás que me amas
y yo dormiré en paz hasta que vengas a mí.
Bueno, muy navideña no es que sea la canción, pero os aseguro que en estos días siento que me acerco suavemente a mis seres queridos que ya no están y les digo un "Ave".
Feliz Navidad.

lunes, 4 de febrero de 2013

Gone with the wind

En estos tiempos todos estamos en un ambiente muy malo, pero los arquitectos especialmente.
En mis últimas entradas me he traicionado a mí mismo: He sido llorica y he ofrecido un espectáculo lamentable. Y eso es algo que nunca nadie se debe permitir. (Bueno, un ratito sí, y sólo ante gente muy querida, pero sólo eso). Nunca hemos sido llorones. Ya está bien.

Antes de retomar el ritmo hablando de arquitectura hago hoy un corte para limpiar los establos y dejar este blog reluciente, listo para nuevas entradas.

Así que, tras curarme el escozor refugiándome en una tableta de chocolate cuyas consecuencias no se puede permitir mi oronda silueta, busco un disco infalible e intemporal, una bomba del sentimiento y de la técnica. (Qué bárbaro es emocionarse con un sentimiento que no está fabricado por el sentimentalismo traicionero y manipulador, sino por el dominio de la técnica. Eso es un auténtico placer de dioses).

Tengo unos cuantos discos de jazz, que visito con concienzuda irregularidad, pero a menudo recalo en el mismo, que, como he dicho antes, es infalible. No es un jazz duro, intelectual, frío (que en otros momentos me interesa mucho), sino caliente y emocionante, que sale de las tripas de los músicos y que llega hasta las tripas del oyente. Es una debilidad mía, y vuelvo a él como a un viejo amigo siempre comprensivo y generoso.

Se trata del milagro que grabaron en septiembre de 1956 el genial pianista ciego (¡cuántos pianistas ciegos!) Art Tatum -para muchos el mejor pianista del jazz desde sus primeras grabaciones de los años treinta- y el no menos genial, poderoso, tremendo saxo tenor Ben Webster, para mí el número uno de todos los saxos tenores de la historia (y los hay mejores técnicamente, y los hay tremendamente poéticos, evocadores, expresivos, y tengo muchos discos de todos ellos, pero siempre acabo con Ben Webster y sus soplidos desbocados).
El disco se titula The Tatum Group Masterpieces: Art Tatum & Ben Webster, y no es que ellos formaran grupo o algo así, sino que es una grabación ocasional y circunstancial, pero muy oportuna. Ambos habían nacido en 1909. Tenían, pues, cuarenta y siete años, y estaban en plena madurez creadora y técnica, en el mayor dominio de su profesión, de su arte y de su oficio. Tatum murió menos de dos meses después de esta grabación.
(Acompañan a la pareja el contrabajo Red Callender y el batería Bill Douglass, muy buenos profesionales que saben que ellos no son las estrellas y que se limitan a ser competentemente discretos).


El disco, como digo, es una de las cumbres del jazz, y no tiene desperdicio. Os pongo su primera pista, que es la del descubrimiento de esta pareja insólita: Gone With the Wind.

Dura cuatro minutos con cuarenta segundos, y Ben Webster se hace esperar; pero, cuando al fin llega, aaahhh. Por favor, escuchadla sin pensar en nada. Sólo escuchadla, y luego os comento un par de cosas.



Lo primero que me sorprende es que son dos músicos muy diferentes. Art Tatum es un virtuoso del piano, y da muchas notas pequeñitas, mucho parloteo, mucho adorno, escalas para arriba, escalas para abajo... Lo que hace es una preciosidad. Parece un colibrí aleteando. Se acompaña él solo: Usa la perfecta mano izquierda para llevar el ritmo, el acorde, la base, que le permite a la derecha colibrear, jugar, corretear de aquí para allá.
Art Tatum es capaz de tocar la pieza él solo. ¿Para qué necesita a Webster? En el segundo 16 parece que le ha puesto en suerte para que empiece, pero no aparece. Vale; es normal que Tatum, como músico principal, presente el tema y hasta se haga un coro él solito. De acuerdo.
Lo hace estupendamente bien, y lo deja todo listo para que el saxofonista entre en 0:48. No lo hace. Parece que ahora sí, en 1:21. Pues tampoco. Art Tatum sigue esperando a Webster. Parece suficientemente capaz de pasarse sin él, pero es que había quedado en venir y no viene. Y Tatum le llama. (¿Lo notáis?: "Venga, Ben; te toca"), y hasta, una vez expuesto el tema por enésima vez, le hace un caracoleo desde 1:40 hasta 1:56 para que entre cuando quiera. Pues no lo hace. Por lo que Tatum tiene que volver a enunciar el asunto para volver a invitarle a entrar en 2:27. Y por fin entra. ¡Y cómo entra!
Se ha hecho de rogar más de la mitad de la pieza (dura 4:40 y los primeros 2:27 han pasado sin él).
Cuando al fin suena tiene un timbre tremendo. Qué bestia.

martes, 3 de agosto de 2010

La emoción de lo imperfecto

(Dije que me iba a relajar, pero es que tengo más tiempo que nunca para escribir, y veo que seguís visitando el blog; así que sigo lanzado).

Os presento un vídeo de mi saxofonista favorito: Ben Webster. Por favor, vedlo y escuchadlo completo antes de seguir leyendo.




A Ben Webster siempre le suenan mucho las cañas, le babea la embocadura, y seguramente cualquier profesor de conservatorio (menos el catedrático del de Madrid Pedro Iturralde) le suspendería continua e irremisiblemente, convocatoria tras convocatoria.
Aquí le vemos en una actuación en un pequeño club europeo en mayo de 1970, con el pianista Teddy Wilson (y Hugo Rasmussen al contrabajo y Ole Streenberg a la batería).
Toca Old Folks (Viejos Amigos).
Ben Webster está sentado porque se rompió el tobillo hace ocho meses y aún se resiente. (Está ya mayor). Está incómodo. Está solo. No conoce demasiado a sus compañeros ni tampoco esa extraña ciudad europea, donde se gana la vida como un exiliado.
Marca un tempo lento (0:03), más lento del que quería darle el pianista. Empieza a tocar, y parece como si no le fuera bien la boquilla. Este hombre sobrio, que no gesticulaba ni hacía aspavientos, se pasa el tiempo revolviéndose en la silla (ej. 0:56) ajustándose la boquilla a la boca con un giro de cabeza (1:04), sacándosela y negando (1:20). Incómodo, termina su primer solo y recibe un aplauso un tanto desganado e inoportuno (2:18). En el jazz se aplauden siempre los solos, pero éste no es uno de esos de lucimiento y desafío. Éste ha sido una cosa muy íntima y muy sentida, y los espectadores se sienten intrusos en esa intimidad y aplauden con miedo. Efectivamente, los aplausos sobran.
Como mandan los cánones, ahora toma el mando el pianista. Es su turno. Tiene la mano derecha cansada y dolorida (2:48), seguramente después de un buen rato de tocar y tocar. Pero sigue. Conoce su oficio divinamente.
Mientras tanto, Ben Webster está como reconcentrado (3:01). ¿Qué piensa? ¿Qué siente? Parece abrumado (3:07).
En 3:26, parece que Ben Webster da por terminado el solo del piano y se acerca el saxo, pero mira hacia su izquierda. ¿Le han hecho alguna seña? El piano sigue.
Me da la sensación de que Teddy Wilson comete un pequeño error hacia el final de su solo (3:54). Más que fallar una nota me parece como si desmayara o desmadejara un poco el tema. No sé. En cualquier caso, tiene oficio y talento de sobra para que quede bien y no se note nada. Pero me da una vaga sensación de despiste o de cansancio.
En 4:09 vemos un primer plano de Ben Webster. Frog (la Rana), con sus ojos saltones y su sombrerito de costumbre no tiene la cara de hormigón armado de siempre: Está llorando.
Aplauden también desganada e innecesariamente a Teddy Wilson (4:16) y Ben Webster le felicita con un gesto y emprende su solo definitivo. Antes de salir le han dicho que su gran amigo Johnny Hodges acaba de morir en Nueva York. Es toda una vida de recuerdos, desde sus comienzos en la banda de Duke Ellington, en la que Hodges era el primer saxo, irreempazable, el auténtico sonido de la banda. Aprendió todo de él, y años después, cuando se fue, le tocó reemplazarlo.
Ha tocado su primer solo como ha podido, y en el descanso central, mientras tocaba el suyo el pianista, ha rememorado toda su vida, y su inexplicable supervivencia en clubes de Escandinavia, y su soledad allí perdido. Y toca el último solo de esa canción que precisamente se titula Viejos Amigos. Y él ya sólo tiene viejos amigos: viejos amigos muertos, viejos amigos alejados en los pliegues de su casi olvidada juventud y de su casi olvidada Texas. Y llora.
Ben Webster se va a morir tres años después en Copenhague, donde siempre le apreciaron y respetaron más que en su país. Pero no hay derecho a eso. No hay derecho a morirse tan lejos y tan solo.
Y toca llorando para su amigo Johnny Hodges y para sí mismo, y para su propia soledad. Quedan dos minutos de sufrimiento y de gozo.
La boquilla parece que le sigue molestando, y algún chirrido (5:22) no sólo no es inoportuno, sino que oportunísimamente nos dice que el saxo de verdad se toca con las tripas.


(Le cae un enorme lagrimón en 6:25. Es una actuación deficiente técnicamente. Los músicos no se han entendido muy bien, y el propio Webster no ha exhibido su mejor técnica. Pero decidme si no es emocionante y si no está toda la actuación llena de vida, y de talento, y de sabiduría. Lo relaciono (erre que erre) con el virtuosismo vacuo del post-manierismo, con los oropeles del high-tech y del tardobarroco, y, como siempre, os lo pongo como ejemplo de imperfección).