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domingo, 25 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad

Me encanta Manuel Vicent. El otro día escribió un estupendo cuento en EL PAÍS, que os animo a que leáis (clicad aquí).
Resumo por si no habéis clicado: Fue al Museo Oteiza de Alzuza (Navarra) y vio una caja metafísica de la que salía un hilo vertical delicadísimo, hasta el techo. Un hilo sutil minimalista que en realidad era una telaraña.
La trampa le habría encantado a Oteiza: una verdadera trampa metafísica.
Un mosquito quedó prendido del hilo, y la araña salió presta a matarlo y a comérselo.


Pero en el último momento el mosquito logró escapar y se refugió en el interior de la caja de Oteiza.
La araña, seguramente heredera de la sensibilidad cromlech del alma vasca, no osó entrar en la caja. Recorrió estupefacta el hilo y, al no hallar al mosquito, volvió a subir hasta el techo. Desistió.
El mosquito halló la salvación (en este caso no solo espiritual, sino también física) en el interior del espacio vacío, del espacio sagrado.

domingo, 20 de marzo de 2011

Vejez, cabreo, saturación

Uno de mis placeres de cada domingo, después de desayunarme con unas porras que me hacen llorar de gratitud, es leer el artículo de Manuel Vicent en EL PAÍS. El de hoy se titula "Rechazar" y, como de costumbre, parece dirigirse a mí personalmente.
Dice que estamos saturados de información, y que a cierta edad no admitimos más. Tenemos los chips del cerebro saturados o tal vez oxidados, y no queremos ya más historias, y nos sorprendemos a nosotros mismos cabreados sin un motivo concreto.
¡Exacto! El mero título de mi blog,  "¿Arquitectamos locos?", es un grito de indignación. "¿Estamos locos o qué?" "¡Qué barbaridad!" "¿Qué más idioteces tenemos que seguir soportando?" "Quosque tandem, Catilina...!", etc. Ya he dicho en más de una ocasión que me considero un apocalíptico, un abuelo Cebolleta, un cascarrabias, un viejo huraño y cabreado.
Manuel Vicent me señala lo obvio: Que recibo demasiados estímulos y ya no los sé procesar, que a los jóvenes tanto estímulo les excita, pero a los viejos nos agota.
Creo que no sería capaz de adivinar el talento en algo novedoso, rompedor, sino tan sólo de confirmar el de quien se mueve dentro del paradigma que conozco. Es decir, llegado a una cierta edad sé repetir cosas, y sé apreciar las cosas que otros repiten, pero no sabría darme cuenta de algo verdaderamente nuevo. Si me pusieran delante un tesoro no lo sabría ver.
Estoy seguro de que si se me pusiera ante las narices un nuevo Picasso y me mostraran un nuevo cuadro de similar potencia revolucionaria que el de Les Demoiselles d'Avignon, no lo sabría ver.