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lunes, 29 de junio de 2026

Muchos millones

He visto un vídeo en Facebook, pero no lo sé poner aquí, así que os lo contaré mientras muestro algunos pantallazos.

Se trata de la subasta que hace Sotheby's del cuadro Brown and Blacks in Red de Mark Rothko.

Mark Rothko, Brown and Blacks in Red

El subastador empieza presentando el cuadro y anunciando que sale por 65 millones de dólares. A partir de ahí, en segundos, dice que 66 millones, 67 millones, 68 millones... Eso sin despeinarse. Los millones vuelan.

viernes, 20 de febrero de 2026

Supermanes con caspa

Me acaban de llamar del ayuntamiento de Tabardillo para decirme que tienen un PHH (Programa de Hactuación Hurbanizadora(1)) de hace veinte años, cuyo autor soy yo, y que yace en una especie de armarito-estantería sin que nunca nadie haya hecho nada con él, así que quieren proceder a su archivo.

Tabardillo. Sector A3. Año 2006. A nombre de Promociones Penegordo. Uf. Ni idea. No recuerdo nada. Me van dando pistas y poco a poco, muy vagamente, voy evocando aquellos años en que todos éramos supermanes con caspa. 

(La caspa entonces no nos la veíamos, pero
ahora, con la perspectiva de los años,
comprobamos que estábamos sepultados en ella)

Cuando he consultado mi archivo y he ido recordando, me ha dado incluso vergüenza retrospectiva. Tanta que, como en muchas otras ocasiones, voy a usar este blog para hacer un enésimo ejercicio de catarsis.

lunes, 12 de mayo de 2025

Valor = Precio

Solo el necio
confunde valor y precio.


Abro con estos versos de Quevedo para decirle que no, que no tiene razón. Pretendo demostrar (o al menos defender) que en esta dinerocracia, o, mejor dicho, dinerolatría en que vivimos valor y precio son exactamente iguales.

Acabo de leer este titular de BBC:


-Unos niños han causado daños en un cuadro de Rothko.
-¿Y eso es grave?
-¡Ya me dirás! ¡Está valorado en cincuenta millones de euros!
-Ah, entonces sí.

miércoles, 22 de mayo de 2024

¡Será por dinero!

-¿Qué más ha pintado después de esta capilla?
-Pues... no mucho...
-¿Cómo, si estaba tan orgulloso de haber perfeccionado un nuevo método?
-Cuando el papa Clemente VII me designó Guardián de los Sellos, ya no necesité trabajar. Tenía todo el dinero que deseaba.
-¿Así que el dinero era la única razón de su pintura?
Sebastiano miró a Miguel Ángel con asombro, como si creyese que su benefactor había perdido repentinamente la razón.
-¿Y qué otra razón podía haber?

En esta escena de la novela La agonía y el éxtasis, de Irving Stone, vemos a Miguel Ángel hablando con su amigo y protegido Sebastiano Luciani, más conocido como Sebastiano del Piombo precisamente por lo que ahí cuenta: porque el papa le nombró guardián de los sellos (de plomo) de la Santa Sede. Un cargazo.

Sebastiano del Piombo, La resurrección de Lázaro

Sebastiano fue un magnífico pintor, con influencias cruzadas de los opuestos estilos veneciano (color) y florentino (dibujo) -perdón por la excesiva simplificación-, que siempre admiró a Miguel Ángel y fue ayudado por este (aunque al parecer la cosa no acabó muy bien. Ya sabéis: los artistas).

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Blanquear dinero

El cartero acaba de traerme estas acuarelas de Ekain Jiménez, amigo, arquitecto y dibujante-pintor.


Ekain Jiménez Valencia, Niu Yor, acuarelas

Pensando en hacer un regalo de Reyes Magos le pedí que me mostrara qué tenía por ahí disponible y que me dijera precios.

Me mandó algunas imágenes por WhatsApp y un enlace a su Instagram, y mi mujer y yo nos pasamos un rato diciendo: "Qué buena esta". "Mira esta otra". "Qué bonita esa".

Al final preseleccionamos unas cuantas, y en una segunda vuelta nos quedamos con dos: una para el regalo "externo" que teníamos pensado y otra para autorregalo nuestro.

Luego empezó la parte más difícil: Los precios. Ekain sabe lo que es vender dibujos y acuarelas; no es un novato en esto, pero le queda una especie de pudor de pedir dinero por algo que hace como un desahogo, como un capricho y con una facilidad pasmosa. (Algunos de sus dibujos son elaboradísimos y muy muy minuciosos, pero otros son un pis-pas). Y ya empezamos: "¿Cuánto te cobro?" "Es que no sé qué decirte". Etcétera.

(Ahí hay un momento delicado, entre el "pero si yo hago esto sin ninguna intención económica" y "una buena acuarela hay que valorarla; no es ninguna tontería". Y de ahí podríamos pasar a la posible situación incómoda de que finalmente me dijera un precio mucho mayor que cualquiera que yo hubiera previsto, y en un punto en el que ya no habría una marcha atrás cómoda. En definitiva, una negligencia por su parte; con lo fácil que es hacer una web y tenerla actualizada con las cosas que tienes y sus precios. Así podría mirar quien quisiera, sin compromiso alguno, y comprar lo que le apeteciera. Tengo más amigos arquitectos-artistas y todos son un poco así. Y mira que me ofrezco a ser su marchante y a tenerles trabajando a base de látigo y con unos precios bien claros, pero no hay manera. Entre que de lo que ya les va quedando más "bonito" se cansan para empezar nuevos caminos, que no se ponen a ello con constancia y que cuando tienen algo bueno no saben ni cuánto dinero pedir por ello no hago carrera de ellos. Es que son muy tontos).

martes, 24 de diciembre de 2019

Banana

Perdonadme que vuelva a sacar el tema del que ya he escrito en varias ocasiones, pero es que vuelve a estar ahí delante, y seguirá saliendo una otra vez, y volverá a haber los mismos comentarios y las mismas indignaciones. (Y yo volveré a decir lo mismo, poco más o menos).

Esta vez es que un artista ha pegado una banana a la pared con cinta americana.


Pues muy bien. Pues vale. Bueno. ¿Y qué? ¿Os ha molestado? ¿Os ha perjudicado en algo? ¿Os ha insultado? Ah, que ha insultado vuestra inteligencia, y eso sí que no vais a tolerarlo.

En mi opinión, el único problema que hay, y que es lo que da sentido tanto a la obra como a la noticia, es que LO HA VENDIDO POR 120.000 DÓLARES. Ahí está la gracia. Si no lo hubiera vendido no le habría parecido mal a nadie, pero tampoco habría llamado la atención. Todos hacemos tonterías parecidas o incluso peores, pero la diferencia es que nuestras idioteces no nos hacen ricos.

Por lo tanto, si me permitís un análisis, yo diría dos cosas: La primera es que lo que caracteriza a esa obra de arte es que la puede hacer cualquiera. Exacto. Ese es el quid: "Eso lo hago yo". Precisamente. Esa es su razón de ser y su justificación. A todos nos parece un mundo pintar Las Meninas o esculpir el David, y por eso respetamos y veneramos esas obras, y las admiramos con toda nuestra capacidad de admirar. Pero pegar una banana en la pared lo hace cualquiera. Eso es. Y el que lo haga cualquiera es, precisamente, su mejor cualidad. (En realidad es su única cualidad).

Y la segunda es que esa chorrada se pone a la venta por un precio astronómico ¡y se vende!

Pues creo que no hay más que hablar. El paradigma del arte ha cambiado, y en esta sociedad y en este momento lo único que cuenta es la venta. Fijaos en la noticia que han publicado todos los medios: La mera existencia de esta obra de arte va íntimamente asociada a su precio. Sin este, aquella no tiene sentido. En ninguna reseña se soslaya el precio. Es imposible hablar de la ocurrencia de la banana sin decirlo, porque la obra de arte consiste en la tasación. ¿Por qué ciento veinte mil dólares en vez de uno con veinte, o de un millón doscientos mil? El precio es más importante que la obra. El precio es lo único que cuenta. El precio justifica la obra. El precio ES la obra.

Cuando lo leí pensé inmediatamente que lo único sensato que podría hacer un coleccionista, un rico amante del arte, sería comprar la banana y comérsela. (Entre otras cosas porque ahí pegada no puede durar mucho sin pudrirse). Esa sería la completitud de la obra de arte: Un artista tiene una idea provocativa que consiste en fijar una banana a la pared con cinta adhesiva; esa idea se enriquece al ponerle a la chorrada un precio disparatado. Hasta ahí lo que puede hacer el autor y su galería; pero la action queda incompleta; tan solo está planteada.
Entonces llega la segunda parte (obra abierta, participación del receptor, etc), que consiste en que un coleccionista con una ingente cantidad de dinero disponible para gilipolleces (los hay) compra la obra, la saca de su contexto como objeto expuesto y venerable y se la come.

Se rompen así dos veces las estructuras semánticas. Se produce dos veces la ansiada fisión: En un primer camino, de ida, provocador, el artista saca la banana de su campo semántico de fruta alimenticia y la eleva al sagrado altar de la exposición artística. Así la descarga de su significado original y la carga de uno nuevo inesperado y dignísimo de "obra de arte". Pero después el comprador, en el camino de vuelta, la despega de la pared, la pela y se la come, restituyendo así su primer significado.
Me parece fantástico.
¿Qué ha ocurrido en todo el proceso de sacralización y desacralización? Nada. Solo han ocurrido ciento veinte mil dólares.

miércoles, 7 de julio de 2010

Sin ganas de rebelarnos

No entiendo por qué, con la que está cayendo, con la cantidad de dramas personales y colectivos que nos rodean, proliferan ahora en las televisiones los programas sobre ricachones. (Mejor dicho, sobre ricachonas).
Todo empezó con un interesante programa de La Sexta, ¿Quién vive ahí?, en el que algunas personas afortunadas nos enseñan sus magníficas casas. (Uno de ellos es mi amigo Luis Moreno).
En este programa se ven casas que están muy bien. En general son caras, pero la carestía no es su cualidad principal, ni, desde luego, el motivo por el que aparecen aquí. Cuenta más su originalidad y, sobre todo, el placer y la alegría que sienten sus habitantes. Chapó. Algunas de esas casas son "de arquitecto", de buen arquitecto. Otras no lo son, pero no por eso son de arquitectura más deleznable. Son de arquitecto sin título. En general me parecen muy interesantes. Hay algunos excesos y patinazos, pero tan sentidos y tan vividos que me parecen válidos, estupendos.
Pero de ahí la cosa ha degenerado, y, como en este mundo televisivo cuando un programa tiene más de cien espectadores en seguida lo copian, ahora hay programas de esos por todas partes. Ayer, en uno, creo que en Antena 3, vi cómo una reportera acudía a un lujosísimo piso del barrio de Chamberí de Madrid. El dueño, decorador, tenía la casa percudida de oteizas, palazuelos, almireces, armaduras, tapices, piedras, tapies, angelotes policromados, manolosvaldeses, campanas, etc. La reportera sólo sabía preguntar: "¿Y esto cuánto cuesta?". "¿Y esto cuánto cuesta?". "¿Y esto cuánto cuesta?". "¿Y esto cuánto cuesta?". "¿Y esto cuánto cuesta?". (Como dijo Machado, el necio confunde valor y precio).
La arquitectura (sus sucedáneos) tiene esa untuosa cualidad de oler a pasta, de barnizar a sus dueños con una dignidad pegajosa. Los arquitectos tenemos todavía ese sambenito glamuroso de que somos capaces de hacer ricos mausoleos amontonando el dinero de nuestros clientes. Los decoradores todavía nos ganan, pero estamos en ello.
A todo esto se une (y es a lo que iba) que nos restriegan que, en medio de la crisis, del paro y del pasmo, hay mucha gente que está podrida de passsstaaaa. Y nos quedamos viendo la tele, babeando, sin ganas de rebelarnos, sin preguntarnos nada, sin pensar y sin criticar.
Hay también un programa que se titula "mujeres ricas". Ninguna es una empresaria, ni una tiburona de las finanzas o del comercio. Son esposas de ricos. Sus maridos son los tiburones. Ellas no tienen nada que hacer, salvo ir de compras y pasar por el gimnasio y la clínica. Qué aburrimiento, qué vida de mierda. No nos ponen a sus maridos expropiando a una familia, embargando pisos, comprando y vendiendo opciones raras, de esas de muchas siglas y nombres en inglés. Ellos nos darían miedo. No. Los muy machistas de los programadores nos ponen a sus esposas idiotas, que nos dan asco y risa a partes iguales. Creo que el fin último de esos programas es que nos sintamos mejores que ellas y nos consolemos.
Y, sí, ellas también nos enseñan la estúpida arquitectura de sus casas horribles. En esas casas, todo cuesta mucho y nada vale nada.
Por favor, rebelaos.