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miércoles, 3 de enero de 2024

Tintinismos y otras filias

A mis ilustres compañeros Francisco
Gómez de Tejada
y Jaume Prat, porque
saben y están en el bando correcto. 


Estamos rodeados por grupos irreconciliables, fanáticos y terribles: concebollistas y sincebollistas, colacaístas y nesquikistas, paellistas y arrozconcosistas, solotildistas y solonotildistas... Se pertenece a uno o a otro con pasión y fiereza fundamentalistas, y, naturalmente, no solo con exclusión absoluta del otro, sino con la convencida negación de que en el otro pueda haber escondida ni siquiera alguna remota virtud.

Nos encanta pertenecer a un bando y restregárselo por la cara a los del otro, con la firme convicción de que están equivocados. Eso nos refuerza más en nuestra verdad. Ya lo he dicho: es puro fundamentalismo.

Yo me reconozco concebollista (perdón, Pumares), colacaísta ("hace grumos"; "pues que los haga"), arrozconcosista (la auténtica paella valenciana está de muerte, pero por aquí le ponemos chorizo y ohlàlà ohmygod) y empecé siendo solotildista pero me estoy quitando poco a poco (y eso es raro, porque uno pertenece irreductiblemente a un bando hasta su muerte).

Pero también hay grupos más tolerantes y enfrentamientos más amistosos, o al menos menos cruentos. De entre estos casos se me ocurre como el más claro y nítido el de los tintinistas y los asteriquistas.

domingo, 2 de junio de 2019

Nuestros padres

Donación de Carlos Santamarina-Macho. Ni siquiera
sé si está en su casa o si lo vio por ahí y lo fotografió.

La carrera de arquitectura no es que sea especialmente difícil -la prueba es que incluso yo la pude terminar-, pero lo que sí es es muy cansina, muy exigente y a veces incluso angustiosa.

Es una carrera que tiene al alumno siempre ocupado: las veintiséis horas del día y los nueve días de la semana. Es un no parar: Prácticas de esto y de lo otro, parciales, entrega de proyectos... y muchas de esas cosas al mismo tiempo y en distintos sitios.

Uno, más que arquitectura, aprende bilocación, suplantación, falsificación, ardides varios, excusas, escurrebultismo y otras mañas que a la larga resultan bastante más útiles para desenvolverse en la vida que las materias regladas que se imparten.

Dormimos muy poco, escuchamos la radio (perdón, la escuchábamos entonces: La de horas que me he tirado yo con Pumares y con Gomaespuma en Antena 3 Radio. Ahora, con tanto espotifai y tantas historias ya ni sé cómo pasan las noches los estudiantes actuales), bebemos café, fumamos (eso, afortunadamente, cada vez menos) y hacemos cosas raras para estar trabajando noche tras noche sin caernos de bruces en la cama o sobre el tablero (que también nos caemos, y luego abrimos el ojo a las tantas y salimos corriendo a la escuela, vistiéndonos por la escalera, porque no llegamos a la entrega, o al parcial, o a la práctica, o a lo que sea).

Y así un año, y otro año, y otro año... Demasiados, hasta que podemos tachar por fin la última maldita casilla  del plan de estudios y salir de la escuela con la cabeza muy altBAJA.

Y nuestros padres (animalitos de Dios), también sufren y se angustian. Y quieren ayudar, y sienten a menudo que no pueden. Ayudan -y mucho- estando ahí, y haciéndonos la vida lo más fácil posible, pero sufren nuestros problemas y nuestras angustias y se ven impotentes.