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martes, 24 de octubre de 2017

Yo confieso

Cuando yo estudiaba arquitectura en la ETSAM se decía, seguramente con mucho chauvinismo, que las dos mejores torres de toda Europa estaban en Madrid, y que las dos eran del mismo arquitecto: Sáenz de Oiza.
Primero había deslumbrado al mundo con sus exuberantes Torres Blancas (que sólo es una torre y que además es gris), y más de diez años después con el sobrio y elegante Banco de Bilbao.
Las dos torres son soberbias, magníficas, pero yo confieso...


De acuerdo, no son comparables. No se puede decir cuál es la mejor torre de las dos. Sí. Sí se puede decir. Claro que se puede decir. Los críticos de arquitectura que más respeto (que me perdonen los demás) dicen que es mejor, pero mucho mejor, el Banco de Bilbao, y les entiendo. Sé por qué lo dicen y estoy a punto de decir que tienen razón. Pero yo confieso...

Yo iba a la escuela todos los días en el 12, que cruza el Paseo de la Castellana por delante del Museo de Ciencias Naturales, y entre los años 1978 y 1981 vi el Banco de Bilbao, un poco más allá, levantarse día a día. No me decía nada, y a fuerza de escuchar hablar de él en la escuela supe que era un edificio muy importante, pero la verdad es que no me terminaba de decir nada. Es demasiado seco, demasiado simple. (Si nos fijamos un poco más nos damos cuenta de que de simple no tiene nada, pero yo lo veía así).
De vuelta a casa el 12 giraba de María de Molina a Francisco Silvela muy cerca de Torres Blancas, pero no llegaba a verlas. Esas sí que me apasionaban. Con sus formas barrocas, complejas, macladas, con su riqueza escultórica, sus juegos de luces y sombras, sus curvas, sus secuencias de terrazas apiladas todas iguales pero de pronto una falla, cambia de sitio, desaparece de la serie. Series llenas de excepciones que las confirman, plantas desiguales, viviendas de tantos tipos diferentes. Todo tan complejo, todo tan difícil.
Y sin embargo el Banco de Bilbao es un tubo, un perfil extrusionado, un churro. Plof. Ya está.

La riqueza y complejidad formal de Torres Blancas y la (aparente) simplicidad del BBVA

Bueno, la cosa no es exactamente así.
Torres Blancas es un edificio magnífico, y no necesita que yo ni nadie lo defienda porque la complejidad formal, la sensualidad exuberante y la variación sobre un tema siempre son muy agradecidas.

Torres Blancas tuvo una larga gestación, durante la cual Oiza se dejó influir por variadas corrientes, estilos y arquitectos.

Laboriosos croquis buscando el camino.
Influencias de distintos arquitectos.

Vale; sí: Reconozco que el BBVA es "mejor" que Torres Blancas, más intelectual, más sofisticado, más elegante, más "limpio". Pero Torres Blancas... Ay, Torres Blancas.

martes, 29 de noviembre de 2016

Sobrevalorado, absurdo, snob, casposo, gilipollas

El otro día (el 25 de noviembre) al consultar las estadísticas de mi blog me quedé patidifuso viendo que había habido un tsunami de visitas.


En un momento había habido tres mil simultáneas. (Y en un par de días sumaron ocho mil y pico).
Busqué con inquietud más datos, y resultó que la entrada objeto de aquel "ataque" era una de agosto que ya dormía el sueño de los justos: "Piso en venta", y que aquel desaforado tráfico de visitantes procedía de "menéame".
¿Que qué es eso de menéame? Pues no lo sé muy bien. Un sitio web que tiene muchísimos seguidores y comentaristas (y un buen puñado de brothers-in-law) que cuando se fijan en una noticia, en una entrada de un blog o en lo que sea, lo "menean". Y vaya si lo menean. A mi entrada la han meneado pero bien. Demasiado.
Un sitio web pequeño y modesto como es este blog se ve de pronto petado a visitas, colapsado, y roza por un  par días la gloria de... ¿la gloria de? ¡qué narices! Este blog ni tiene publicidad ni vive de las visitas ni ingresa ni un céntimo por ellas, pero reconozco que yo sí vivo (moralmente) de vuestros comentarios y de vuestro más que demostrado aprecio. (Ah, vanitas vanitatis).

Pues, hablando de vanidad, cuando vi esto fui a menéame (os he puesto el link más arriba) y comprobé con alegría (vale, y también con babosa autosatisfacción) que había muchos comentarios elogiosos. Creo que me hinché más de lo que me convenía. Qué tonto y qué ingenuo fui.
Porque los comentarios seguían apareciendo sin parar, hasta que entró el primer ¡zasca!: "El autor es un snob, pero los que comentan en el blog se llevan la palma". (Sí, amigos: os incluyen).


También había bastantes consideraciones de que el fin último de las viviendas es que sus usuarios vivan en ellas, de que cada uno es libre de decorar su casa como le parezca, etcétera. Pues naturalmente que sí; estaría bueno. Hasta ahí podríamos llegar. Yo nunca he pedido penas ni multas de ningún tipo para ninguno de estos propietarios. Lo que no me va a quitar nadie es mi afán de bocazas, de opinador, incluso de crítico. Pues también eso estaría bueno y también hasta ahí podríamos llegar. Eso sí: suelo ser educado, e incluso suelo tirar de sentido del humor, enfangarme lo menos posible e insultar muy poco.

Y ya, claro está, como no podría ser de otra manera, por fin apareció la palabra que todos estábamos esperando: gilipollas.

Soy un purista, prefiero la versión original con mención a Alfredo Kraus
en vez de a Luz Casal, pero dejo esta por el clarinete. Qué bueno.

"Un gilipollas se hace el graciosillo guay porque la gente tiene su casa como le viene en gana.
Esa casposa superioridad moral, bastante más casposa que cualquiera de esos muebles o decoración".


Bueno: se ve que esto es el precio de la fama. Lo asumo. No pasa nada. Keep calm and lo que sea. "Menéame me lo dio y menéame me lo quitó. Bendito sea su santo nombre".

martes, 9 de agosto de 2016

Piso en venta

Que yo sepa, en el mundo hay (al menos) dos porteros infranqueables, imbatibles. No hablo de fútbol. Me refiero al del Chrysler Building, en Nueva York, y al de Torres Blancas, en Madrid. El primero es un hombre de raza negra, de unos dos metros de estatura y unos ciento cincuenta kilos de peso, probablemente un antiguo jugador de la NBA ya algo bajo de forma y un poco pasado de años, pero que mantiene una presencia física temible y una autoridad incuestionable. Te deja mirar el vestíbulo, pero en cuanto te acercas a un ascensor o a una escalera enarca una ceja y te sientes morir.
-Aiam sorri. Aiam an espanis árquitec -te atreves a decir con una sonrisa conejil y con la esperanza de conservar tu integridad física. Pero él te sigue mirando con la ceja enarcada y tú reculas, incluso de rodillas, hasta obtener la calle y huir cobarde y miserablemente de allí.
El segundo es bajito, regordete. Pero que no os engañe su aspecto físico. Es tan temible como el neoyorquino. Has rodeado la torre, la has fotografiado en contrapicado desde todos los ángulos posibles. Has hecho fotos (que tú crees muy originales y elocuentes) de la hierba entre los discos. Y te dispones a entrar. Ves el famoso vestíbulo que dicen que diseñó Sáenz de Oiza cegado por un dolor de muelas, y que por eso sugiere encías hinchadas y muelas doloridas. Haces amago de sacar el móvil o la cámara y entonces salta el portero, desde su mesita del fondo.
Si el del Chrysler era minimalista en su expresión, conceptual, casi miesiano ("menos es más"), este es lópezvazquista, rococó, expresionista.
-¿Dóndevausté? ¡Nosepuedenhacerfotos! ¡Otroarquitecto! ¡Vayaplagadearqui-tectos! ¡Váyase! ¡Alacalle, alacalle! ¡Vaustéalacalle!
Y sales corriendo, de otra forma que en el Chrysler, pero corriendo. Y con el mismo susto en el cuerpo.

El otro día unos amigos hemos estado comentando en twitter la dureza y el pundonor torero de este conserje de Torres Blancas. Hay que reconocer que el probo empleado cumple su trabajo escrupulosamente, y cierra cualquier vía de acceso a las decenas y decenas de mirones que nos acercamos todos los días hasta allí para turbar la paz de los habitantes del inmueble. Sí; hay que reconocer que somos muy molestos y que el portero hace lo que debe y lo hace estupendamente bien.

Comentando las dificultades que este concienzudo señor pone a cualquier intento de visita, uno de los amigos nos enlazó un anuncio en idealista.com de venta de uno de los pisos: Podíamos acercarnos a preguntar por esa vivienda, y así nos la enseñaría y de paso veríamos todo lo demás.
Buena idea. Pero, naturalmente, la conversación y el interés derivaron desde esa posible visita al anuncio en sí.
A nosotros, estúpidos viciosos de la arquitectura, la venta de un piso en Torres Blancas se nos antoja más o menos como la venta del Santo Grial. Pero no pensamos que para cualquier otra persona no deja de ser la venta de un piso. Sin más.
Aprovechando la coyuntura nos asomamos a la intimidad de una familia que ha vivido durante bastantes años (se supone) en lo que para nosotros es un templo. Y nos sorprende que para ellos haya sido su hogar. Nada más. Y nada menos.
El vendedor muestra fotos de su piso. Y nos sorprenden. Pero mucho:


¿Ese estampado de los sillones? ¿Esos cuadros? ¿Esa lámpara? ¿Esa mesita de mármol con las patas de madera arqueadas y terminadas en garras? ¿Ese terciopelo del sofá?

martes, 2 de agosto de 2011

Una ocurrencia potente

Hace muchos años me contaron una ocurrencia muy buena de Sáenz de Oiza. No estoy seguro de que fuera exactamente así, pero se non è vero, è ben trovato.
Juan Huarte, aquel mecenas, encargó a Oiza el proyecto de unas torres de viviendas en Madrid, que deberían ser el estandarte de la empresa Huarte, de Oiza y de la arquitectura moderna española, europea y mundial. (Y así fue: Al final quedó una sola torre, aunque mantuvo el plural: Torres Blancas, y es uno de los edificios más importantes de la arquitectura europea y mundial de la segunda mitad del S.XX).

El encargo era tremendo, y Oiza barajó cientos y cientos de ideas, de influencias, de esquemas... Creo que todos hemos visto la planta wrightiana, la lecorbuseriana (llamadas así para simplificar), y otro montón de soluciones con muy diversos enfoques. Oiza se tomó el trabajo muy en serio. Trabajó muchísimo. Quiso explorar todas las posibilidades, atender a todas las influencias, a todas las voces que tenía en su interior.
Tuve la suerte de escuchar a Oiza unas cuantas veces en la Escuela de Madrid. Tenía la palabra rápida, nerviosa, apasionada. Gesticulaba, subía la voz. Parecía que te estaba contando una aventura. Mejor dicho: cualquier reflexión arquitectónica suya era una aventura.
En el largo proceso de concebir este endiablado proyecto tuvo que lanzar millones de ideas, en un brain storming agotador e inacabable. Me lo imagino, subiéndose y bajándose las gafas, nervioso siempre, inteligente, brillante, desafiante, provocador.