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miércoles, 17 de octubre de 2018

Misión imposible

El otro día ha ocurrido una de esas cosas que nos hacen sonreír con excitación, darnos un codazo cómplice y decir: "¡Estos artistas!"
Ay, qué divertido.
Qué chispa tienen.

Y es que el supuesto artista callejero Banksy la ha liado parda: Se ha subastado un cuadro suyo en Sotheby's por un millón y pico de euros y nada más dar el martillazo final se ha autodestruido.

Así lo han dicho en todas las teles y radios: "Se ha autodestruido". Esa palabra me lleva, inevitablemente, a Misión Imposible: "Este mensaje se autodestruirá en cinco segundos". Qué bien me lo pasaba de niño con esa serie de televisión (y qué decepción y qué vergüenza ajena con las películas del guapito bajito, que la traiciona impúdicamente).

La admiración seguía en mi memoria muchos años después,
cuando entre las decenas de personajes a quienes dediqué mi
tesis doctoral estaba "el negro de Misión Imposible"

Hace años empecé a oír hablar de Banksy (y muy bien) en la radio. Contaban su anonimato voluntario y férreo, que en seguida me sedujo y me llevó al Coyote (sí, de acuerdo, soy más del Coyote que de Batman, podéis insultarme, podéis repudiarme), que el artista aprovechaba para criticar la sociedad, para lanzar un rápido mensaje de lucha y de esperanza y desaparecer. Eso me llenaba de curiosidad. Era como un superhéroe. ¿Le perseguía la policía? Por supuesto. Y además su arte era nuevo, revolucionario. ¿Cómo serían sus pintadas? No me las podía imaginar.

Así que cuando por fin vi una obra suya se me cayeron uno a uno todos los palos del sombrajo. El mensaje era bastante light, y en cuanto al estilo y al nivel de su arte pictórico cualquier dibujante de cómic es bastante mejor.
Sus supuestos dibujos reivindicativos y admonitorios no le llegan ni a la suela de la suela del zapato a Quino, a Schulz, a Watterson, a Chumy, a Mingote, a Forges... a nadie.

No lo entendí y no lo he entendido desde entonces. No le veo la gracia. Nunca se la he visto. Me parece un ilustrador correctito con un mensaje facilón. Nada más. Supongo que, como de lo que se trata es de quedarse con el público, de "contar una historia", su gracia es el anonimato, pero no lo usa para subvertir el orden, sino tan solo para decirnos: "Chicos, no seáis malos". Me parece el típico enfant terrible que engatusa a las marquesonas.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Gatos, liebres y monstruos

(Nota previa.- Una vez le preguntaron a Antonio Mingote qué pensaba de los franceses, y contestó: "No lo sé. No los conozco a todos". Desde entonces ese ha sido mi lema. No obstante, en esta entrada me permito generalizar y hablar de "los arquitectos" y de "los ingenieros". Lo hago siguiendo el perfil típico de nuestra formación, y su muy diferente enfoque, sin perjuicio de que muchísimos arquitectos tengan las virtudes y los defectos que achaco aquí a los ingenieros, y viceversa. Lamento la generalización. Espero que sirva para algo: para perfilar una idea o una sensación. Y nada más).


Decía Alejandro de la Sota que el arquitecto siempre da liebre por gato. ¿Qué quiere decir esto? Pues que, frente a los estafadores que dan de comer al confiado cliente un estofado de gato (bicho culinariamente despreciable) haciéndolo pasar por exquisita liebre, los arquitectos hacemos lo contrario. No somos capaces de dar gato.

Fotograma de la película Ay, Carmela

Muy bien. ¿Pero qué pasa cuando el cliente lo que quiere de verdad es gato? Pues que le damos liebre de todas formas. Quiera o no quiera. Nosotros a lo nuestro, con nuestras cosas y nuestras manías. Siempre igual. Aunque nos pidan gato les servimos liebre. ¡Qué buenos somos!

Últimamente no hago más que proyectos chorras, papeles que los interesados necesitan para que les den licencia de obras: cerrar un porche, acristalar una terraza, acondicionar una buhardilla, hacer una piscina...
En todos estos casos el cliente ya ha quedado con el albañil (o con el cerrajero, o con el carpintero) en lo que hay que hacer, y es algo perfectamente definido y acordado. Pero ha ido al ayuntamiento a pedir la licencia y le han dicho que necesita un proyecto de un "técnico competente". (Nadie sabe nunca qué o quién puede ser ese "técnico competente", pero a veces recurren incluso a un arquitecto. Error).
En muchas ocasiones el interesado ni siquiera ha ido al ayuntamiento a pedir la licencia, sino que se ha puesto a cerrar la terraza o lo que sea y le han pillado. Y cuando recurre al arquitecto la obra ya está a medias o casi terminada.
Sea como sea, la única pretensión del ciudadano es que, ya que le obligan, alguien le haga ese estúpido proyecto lo más rápido y lo más barato posible.
Si recurre a un ingeniero, o a un aparejador, seguro que le hacen un buen trabajo, rápido, barato y sin chorradas ni complicaciones. Se trata de resolver un trámite burocrático y punto. (En general, se trata de resolver un problema práctico sin andar mareando y sin elucubrar).
Pero si recurre a un arquitecto, y éste consigue dar un precio similar a los del aparejador y el ingeniero (cosa difícil, ya que en chorradas como visado y seguro solemos tener más gastos), se produce un efecto curioso: El arquitecto echa cuentas de lo que va a cobrar y de lo que le va a costar a él ese trabajo y descubre que se ha columpiado.
Entonces se propone hacer ese proyecto en un par de días como mucho. Si tarda más va a perder por todas partes. Se jura una y mil veces dibujar sin pensar, ser un autómata, aplicar la normativa sin más y no implicarse.
Pero cuando está dibujando el alzado se descubre a sí mismo pensando en el despiece de la carpintería. "Tío, que esto ya lo han decidido, que no lo van a hacer así. No pierdas más el tiempo", se dice, pero sigue dibujando, y dibujando, y bajando un poquito el techo del porche, y separando un poco más los soportes, y juntándolos ahora, buscando un módulo, un ritmo, algo. "Tío, eres tonto. Termina ya". Y se empieza a dar cuenta de que con este otro material quedaría mucho mejor, y hace, sólo para él, sólo para entretenerse, una prueba con color, y una perspectiva. Nada, un mero boceto rápido. Nada. Y en la sección cambia entonces dos cosillas. Nada.
En fin, qué os voy a contar. No sabemos hacer otra cosa.
Eso a menudo es bueno: Cuando un cliente quiere que le estudiemos un problema arquitectónico y le propongamos algunas soluciones. Pero a veces ni siquiera ahí somos prácticos. Le hacemos replantearse asuntos que ya daba por resueltos o que ni se había planteado. Le proponemos nuevos problemas para dar una solución orgánica, coherente y compleja.
Vale. Muy bien. Pero ante la sociedad, la imagen que tiene un ingeniero es la de alguien que resuelve problemas, y la que tiene un arquitecto es la de alguien que los crea.
Los arquitectos (siempre alabanciosos y ampulosos) decimos que nuestro planteamiento de problemas es más rico y más fértil que las soluciones inmediatas de los ingenieros, tan directas y poco profundas. ¡Sí! ¡Ya! ¡Por eso nos quiere tanto todo el mundo!
(Ahí dejo ese punto. Otro día le veré el lado bueno a esa labor de no conformarse con lo inmediato, de darle siempre otra vuelta, de profundizar, de dudar, de replantearse los problemas, de rehacer una solución porque hay otra mejor. Tiene su mérito, naturalmente que sí, pero hoy quiero hablar de otra cosa).