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miércoles, 20 de agosto de 2025

Una casa (3)

(No pensaba añadir ninguna entrada más a las dos anteriores, que di por concluidas, pero me he encontrado con esta historia y creo que tiene mucho que ver. Además, en las anteriores me refería a la importancia de los habitantes y a la muy poca de la arquitectura, y aquí, para compensar un poco, sí quiero señalar que la arquitectura puede tenerla, y mucha).


EL ÚLTIMO CLIENTE

A mi contacto de bluesky C6H4(CH3)(NO2),
@nitrotolueno.bsky.social, que me dio esta
preciosa información: el último cliente.


Roland Reisley ha cumplido ciento un años en mayo pasado y es el último cliente vivo de Frank Lloyd Wright.


Ahí lo tenéis, en la terraza, bajo el voladizo, de su casa de Pleasantville, NY, que la Frank Lloyd Mopnograph fecha en 1951(1).

Ronald no solo es el último cliente vivo de Wright, sino que además lleva viviendo setenta y cuatro años, ininterrumpidamente, en la casa que el arquitecto le diseñó.

jueves, 13 de marzo de 2025

Elegí un mal día

En la película Airplane! (en España Aterriza como puedas), de 1980, hay un Boeing 707 con muy serios problemas para aterrizar, lo que pone a prueba a todo el personal del aeropuerto, especialmente al supervisor de la torre de control, Steve McCroskey (interpretado por Lloyd Bridges). Es un hombre templado, pero aun así se preocupa porque va a soportar una terrible carga de estrés. Ante la que se le viene encima dice: "Elegí un mal día para dejar de fumar", y fuma pensando que ya encontrará un mejor momento para dejarlo de verdad cuando se pase todo esto. Las horas transcurren y la tensión crece; entonces aumenta su declaración: "Elegí un mal día para dejar de beber"; y bebe. Más adelante: "Elegí un mal día para dejar de tomar tranquilizantes"; y se toma uno. Y ya después: "Elegí un mal día para dejar de oler pegamento"; y lo esnifa.

Pues así estoy yo ahora: Elegí un mal día para jubilarme.

martes, 26 de noviembre de 2024

Cuernos

Ya lo he asumido y se me está pasando un poco, pero qué disgusto y qué ofensa más grande.

Sí, en ese sillón de mi estudio se sentó una chica muy joven (conozco a sus padres, y a ella la he visto corretear de niña) para pedirme que le hiciera el proyecto de su casa. Venía con el típico papel cuadriculado en el que, como tantos clientes, había dibujado en planta el croquis de su casa. Pero en este caso, a diferencia de los demás, tenía bastante buen criterio arquitectónico y además ella buscaba una "estética moderna".

Me puse muy contento ante esa rareza tan estupenda. Hablamos un rato con entusiasmo. La verdad es que esa casa tenía muchas posibilidades. Le dije que en ese momento no podía darle un presupuesto exacto, que me comprometía a cerrar en una próxima reunión, pero sí que le avancé una cifra aproximada de lo que podrían suponer los honorarios del arquitecto y del arquitecto técnico, y le insistí en que era una cosa muy grosera que habría que afinar, seguramente a la baja.

Aceptó lo que le dije y quedamos en que nos veríamos en seguida. Nunca más volvió a aparecer.

jueves, 18 de julio de 2024

Reseñas

Qué mal lo pasé cuando mi socio y yo cerramos el estudio y nos fuimos cada uno a nuestra casa: A la angustia de no tener nada de trabajo se sumó el desconcierto de tener que "reinventarme", como me exigía todo el mundo, sin saber hacer nada nuevo ni distinto ni tener ninguna idea de cómo reorientar mi trabajo.

De golpe abrí este blog (para desahogarme), me hice perfil en Facebook y (no tengo la menor idea de cómo) creé en Google el perfil de mi estudio. Vi que estaba asociado al Maps y confié en que cuando alguien buscara arquitecto por la zona me encontraría.

No sé si me encontró alguien, pero si lo hizo tuvo que ser para pedirme un certificado de eficiencia energética u otra chorrada similar (esto merece una entrada aparte), porque los pocos que me han llamado por teléfono desde entonces no me han solido decir cómo me han encontrado. Y, desde luego, las escasísimas casas que he proyectado y dirigido en estos años no me han venido por ahí.

Una cosa que sí he mirado de vez en cuando, con bastante temor, ha sido si alguien me había dejado alguna reseña en ese perfil. Sobre todo clientes antiguos, que sí he tenido bastantes. Tengo la idea de que, a diferencia de con los restaurantes, es difícil que en un trabajo como el mío alguien deje una reseña elogiosa, pues se supone que si todo sale bien era lo esperable y lo obligado, pero que cuando un cliente queda descontento por lo que sea (quizá esto merezca otra entrada) lo expresa por todos los canales posibles.

Además yo soy de los que ante un comentario amable se alegran (como todo el mundo), pero ante una queja se ponen malísimos y pierden el apetito y el sueño. Así que cada vez que veía esto

me quedaba muy tranquilo. Vale; ni para bien ni para mal. Estupendo.

Pero ahora, que, como ya os conté, me jubilo, y no sé cerrar ese perfil, ya me da igual ocho que ochenta (no es cierto: una mala cara me sigue haciendo mucho daño, pero al menos un comentario negativo ya no me va a quitar encargos futuros) y estoy pensando escribírmelas yo mismo desde un perfil ficticio.

lunes, 11 de marzo de 2024

Nevermore

And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
Shall be lifted - nevermore!
Edgar Alan Poe. The Raven

Y mi alma, de esa sombra que yace flotando en el suelo
no se levantará - ¡nunca más!
Edgar Alan Poe. El cuervo


Nunca más. Ya nunca más.

Como Dios nos cría y nosotros nos juntamos, en las redes estoy rodeado de viciosos de la arquitectura, que no hacen más que poner fotos y planos de edificios. Estoy viendo ahora más proyectos que en toda mi vida, de todas las partes del mundo y de arquitectos de quienes jamás había oído hablar.

Abundan más las obras tranquilas, sensatas y lúcidas que las espectaculares y extravagantes (sé elegir de quiénes me quiero rodear), hasta el punto de que en un primer vistazo a algunas de ellas llego a pensar: "Esto lo podría haber hecho yo". "Esto lo sabría hacer yo". (Pero llevo treinta y nueve años diseñando casas, varios cientos, y jamás he hecho nada ni remotamente parecido).

Una de las últimas casas que me han mostrado es esta:

Residencia Hawkins. Cheltenham, Sidney, Australia.
Philip Cox, arquitecto

Y ha desencadenado en mí una cascada de emociones(1), que es la que os voy a intentar contar aquí.

martes, 6 de febrero de 2024

El monje de la boina

He visto esta foto que me ha llamado muy poderosamente la atención: Le Corbusier visitando las obras del convento de La Tourette. Todos los monjes lo acompañan y lo escuchan.

¿Todos? ¡No! Un monje irreductible, tocado con una gran boina resiste todavía y siempre al arquitecto.

(Podéis clicar la foto para verla más grande, pero de todas formas os amplío al monje de la boina):

Está subido a un muro y mira desafiante a un punto, me da la impresión de que no tanto porque aquel punto le atraiga como para hacer ostentación de que no le interesan nada ni ese otro que todos miran ni el arquitecto a quien parecen respetar tantísimo. Ese monje solitario y testarudo, ágil y desafiante, parece decir: "Habla, chucho, que no te escucho" y "Ja; Lecorbusieritos a mí".

jueves, 11 de enero de 2024

No se me ocurre nada

Hay veces (incluso bastantes) en que tengo dos o tres temas bulléndome en la cabeza para escribirlos aquí, e incluso empiezo un par de entradas a la vez, cuyos borradores se estorban y se dan codazos para ser publicados antes que el otro, pero de repente (serán las fiestas, será el año nuevo) me he quedado sin nada que decir. El tan temido momento ya apareció: Adiós al blog. Se me acabó la mecha.

Pero la vida nunca para y en mi estúpida rutina ayer mismo vinieron a verme unos clientes para pedirme que les hiciera el certificado final de obra de una pequeñísima y modestísima intervención que les he hecho. Así que os voy a contar esa insignificante aventura.

Hace unos años les hice el proyecto de su casa y les dirigí la obra. Es una casa que jamás publicaré aquí ni en las redes sociales ni en ningún otro sitio, porque temo la feroz (y seguramente justa) aversión de mis adorados compañeros de profesión y de los amantes de la arquitectura en general.

La casa que me encargaron fue una versión reducida y más pobre (pero con el mismo espíritu optimista) de esas mansiones salvajes, empalagosas y agobiantes que aparecen en la revista ¡HOLA!(1).

viernes, 28 de julio de 2023

Papel cuadriculado

Me acabo de acordar de que hace unos años vino a mi estudio un profesional sanitario a pedirme presupuesto para hacerse su vivienda-consulta.

La traía ya dibujada en plantas sótano, baja y primera en unas hojas cuadriculadas.

¡Mierda! ¡Conocía la técnica del papel cuadriculado! Durante generaciones, durante siglos, los arquitectos hemos guardado celosamente ese, nuestro más preciado secreto profesional, y nos hemos juramentado para no contarlo jamás a los profanos, pero hace unas décadas algunos idiotas se fueron de la lengua y ya se ha extendido hasta un punto de no retorno y de pérdida absoluta de control, lo que ha devenido en el actual colapso de nuestra profesión.

Sí: nuestra otrora digna y respetable profesión está muerta. Ahora ya cualquiera puede dibujar los planos de un edificio, y por lo tanto ya no nos necesita para nada.

viernes, 20 de mayo de 2022

Un canto al trabajo

No sé por qué narices nos empeñamos en seguir siendo pobres, con lo bien que se tiene que estar siendo rico, por mucho que TitaThyssen diga que casi que no trae cuenta.

Yo confieso que sí que querría ser rico, y no para tener coches de lujo o varias mansiones. O un avión privado. No. Todo eso no me dice nada; es más, me agobia. Lo querría ser para llevar más o menos el mismo tipo de vida que llevo (con algunos caprichos y comodidades extra, claro que sí, pero eso es lo de menos, de verdad), pero SIN TENER QUE TRABAJAR.

Sí, ya sé: Que me gusta mi trabajo y todo eso. Claro que sí, guapis. Mencanta: Los informes, los certificados, ir a medir una casa una tarde de estas a cuarenta grados, los problemas, los requeridos... Todo. Mencanta. Por eso estoy ya decidido a jubilarme en poco tiempo. No seré rico de dinero, pero lo seré de tiempo y de libertad.

Claro, que cuando al fin me haya sacudido el yugo de la maldición bíblica de ganarme el pan con el sudor de mi frente me perderé escenas tan brillantes y emotivas como esta:

lunes, 28 de marzo de 2022

Querido Francisco

Un compañero me pasa una pregunta que ha hecho un usuario de una de esas granjas virtuales de técnicos que proliferan on line para regocijo y orgullo de la Humanidad.

Al parecer es un sitio en el que el honrado usuario busca profesionales para un trabajo determinado y les hace pelearse por bajadas de honorarios para servirle. También hay una sección en la que puede hacer preguntas y algunos voluntarios que se supone que saben del asunto le contestan (¡gratis!)

He visto que la gente pide consejos sobre cómo eliminar una humedad, pregunta por sistemas de calefacción, pide opiniones sobre tipos de persianas... De todo.

Pero la pregunta que me han pasado es esta:

Francisco quiere saber si obtendría la habitabilidad de la vivienda: "Hola me gustaría saber si podría construir y obtener mi habitabilidad de la vivienda con este boceto". Y adjunta este dibujo:

He ido a la web y en este momento ya tiene tres respuestas. Es emocionante asistir a la generosidad de quienes saben, siempre dispuestos a enseñar a quienes no saben. A veces, tanto o más que la generosidad, es la sensación de poderío y la satisfacción de exhibir la propia sabiduría (hablo por mí), así que me sumo a los contestones y le respondo aquí:

lunes, 21 de marzo de 2022

Mucho hierro

Querido Luis Ángel:

Quizá debería esperar unas horas antes de escribirte para estar más frío y más tranquilo, pero es que quiero contarte lo que sigue lo antes posible para ver si llego a tiempo de matizar lo que te acabo de decir en persona en mi estudio.

Reconozco que me has pillado por sorpresa. Además de las muchas reuniones que tuvimos cuando hicimos (sí: hicimos) el proyecto de tu casa, hemos tenido otras cuantas, algunas en mi estudio y otras en la parcela, tanto nosotros dos solos como con el arquitecto técnico, el maquinista, el estructurista y el albañil para comentar distintas circunstancias y ver la manera más eficaz de plantear la construcción.

A las dificultades que señalaba el estudio geotécnico se están sumando otras de tipo logístico y económico y estamos poniéndonos todos algo nerviosos. Las soluciones técnicas que yo creo necesarias a ti se te hacen caras. Entiendo que tienes un presupuesto muy limitado, y que el disparate de precios que estamos padeciendo te saca de tus casillas, pero es que está empezando a sacarme a mí de las mías. Estamos teniendo problemas "colaterales" bastante antipáticos y todo se está combinando para que esta obra se me esté haciendo muy cuesta arriba (aunque ya sé que no tanto como a ti) antes de empezarla.

Tú y yo somos conocidos de toda la vida, y creo que si indagara un poco hasta descubriría que somos algo parientes. Siempre nos hemos llevado muy bien, y no quisiera que esta obra envenenara nuestra relación. Me llamas por teléfono en fines de semana, te presentas en mi estudio a cualquier hora y sin avisar, últimamente tenemos conversaciones bizantinas que no llegan a ningún puerto... En fin, una juerga. Y no hemos empezado la obra.

Pero lo de hoy me ha tocado muy dentro. Te he contestado mal y todo. Lo siento. Pero es que te has presentado con un par de recaditos del albañil, a quien veo trabajando en la sombra contra el proyecto y a quien adivino minando nuestra confianza y nuestra paz durante toda la obra.

El primero ha sido la afirmación categórica de que la estructura tiene MUCHO HIERRO. Y el hierro se está poniendo carísimo. Sugiere que quitemos soportes de acero laminado y hagamos muros de carga. He sido tan idiota que te he contestado a bote pronto: "¡Ni de coña!", cuando lo más correcto habría sido decirte que sí, que lo podría hacer y que te prepararía lo antes posible un presupuesto de honorarios por la modificación del proyecto. Por mi parte habría sido mucho más profesional y sereno; desde luego mucho más que el espectáculo lamentable que he dado.

Mucho hierro

Según te lo decía ya me estaba arrepintiendo. Te he hablado de preocupaciones mías que a ti ni te van ni te vienen, del sexo de los ángeles y del perfume de las nubes, en vez de hablarte de euros, que es de lo único que deberíamos haber hablado. Te he dicho que una construcción a base de muros de carga entorpecería bastante la distribución de tu casa, y además las habitaciones te quedarían más pequeñas. Pero lo único que te debería haber dicho es que si el acero se está poniendo por las nubes qué diríamos de los ladrillos. Lo dicho: Tono tranquilo y euros.

sábado, 20 de noviembre de 2021

Chusma

No somos la chusma. Somos lo mejor y lo hacemos gratis.
Ernest Hemingway, Islas a la deriva(1)


Hace muchos años leí Islas a la deriva, de Hemingway, y me gustó. No la recuerdo muy bien, pero la frase que he puesto arriba no se me olvida. Esa escena me impresionó. Es al final (penúltima o antepenúltima página). El protagonista, Thomas Hudson, está en una situación muy difícil, tal vez definitiva, y se define: "No somos la chusma. Somos lo mejor y lo hacemos gratis". La frase me gustó muchísimo. Tiene orgullo, honradez, desfachatez y algo así como la conciencia limpia. (Me gustó tanto que ya digo que es prácticamente de lo único que me acuerdo de esa novela tantos años después).

Debía de estar muy tonto con esa frase porque, en pleno frenesí de un proyecto se la dije a Tomás, mi socio: "Somos lo mejor y lo hacemos gratis". Me miró con una expresión inolvidable. Creo que no hace falta que os la describa: Tenía, como siempre, toda la razón. Menos mal que trabajaba con él y que él tenía las ideas mucho más claras que yo. No somos estúpidos románticos ni soñadores melifluos: Somos profesionales y nuestro trabajo vale mucho. (Ah: Y vivimos de él).

Vuelve la frase a mi memoria porque acabo de ver algo que no debería haber visto y que me ha perturbado mucho: He tenido acceso a un proyecto de una vivienda redactado por un arquitecto de un pueblo cercano a quien conozco de referencia y de rebote. En su interior había (por error e indiscreción) la hoja de comunicación de encargo del arquitecto técnico a su colegio, con mención de sus honorarios como director de la ejecución de la obra y coordinador en materia de seguridad y salud.

El doble de esa cantidad me habría parecido aceptable con muchas objeciones: Baja, pero podría haberlo comprendido. Ojo: que estoy hablando del doble. Esto era la mitad.

¿Pero cómo es posible? ¿Pero dónde hemos ido a caer y cómo es que hemos caído tan bajo? La casa tiene garaje y piscina, y todo ello suma trescientos cincuenta metros cuadrados construidos. Es un verdadero casoplón, y el aparejador de la obra, el encargado de supervisar las certificaciones, velar porque sus clientes no paguen ni un céntimo más de lo justo, comprobar las calidades de los materiales y su correcta ejecución, y responsabilizarse (civil e incluso penalmente) de la seguridad de la obra, echándose a sus espaldas los accidentes que ocurran y los desperfectos de acabados, remates, piezas, etc., es quien menos va a cobrar de todos los que intervengan allí. Hasta el antenista, el instalador del wifi y el del videoportero van a cobrar más que él.

Este arquitecto técnico trabaja con el arquitecto; son equipo, y sé que el arquitecto va del mismo palo. No he visto sus honorarios, pero sé que también son ridículos. Menos que ridículos. Inconcebibles.

jueves, 22 de abril de 2021

Concurso arquiRELATO

Me ha vuelto a pasar. Y la de veces que me volverá a pasar. Y que nos volverá a pasar a todos. Sin embargo, a pesar de que se repite tanto, sigo sin saber cómo actuar.

Un cliente al que le has hecho un presupuesto de honorarios intentando ser lo más ajustado posible se escandaliza ante lo que le parece una barbaridad, y te pide que se lo expliques.

La mayoría lo hacen con educación e incluso con cierta ingenuidad: Sencillamente no se podían imaginar que ese trabajo que te pidieron fuera tan amplio, tan extenso, con tantas derivaciones y complejidades. Por supuesto que todos los profesionales entendemos la ignorancia de los clientes en estas cosas e intentamos ser didácticos y explicar lo que hacemos y para qué lo hacemos. Con algunos se crean unas situaciones surrealistas llenas de malentendidos divertidos por las dos partes. Todo esto es comprensible y natural. Pero finalmente hay otros que nos interpelan con grosería, incluso de una forma ofensiva, diciéndonos que nuestro trabajo es una chorrada, que nos lo hace el ordenador y que abusamos muchísimo.

El otro día estaba en una de estas. Tenía que escribirle un correo electrónico a un "ya no cliente" para al menos desahogarme explicándole que yo no era un asaltador de caminos ni un sinvergüenza, y que mis honorarios incluían trabajos y, sobre todo, responsabilidades, que él no podía ni imaginar. ¿Pero para qué? Me parecía que era un inútil recurso al pataleo.

No sabía qué hacer y se lo comenté a mi amigo Ekain. Nos contamos anécdotas (todos tenemos una buena colección de ellas) y barajamos distintas formas de contestar a estos clientes maleducados y desconsiderados (que los hay). Nos reímos, claro.

De ahí surgió la idea de convocar un concurso arquiliterario en el que pueda participar quien quiera escribiendo un correo electrónico a un cliente tóxico.

Aquí tenéis las bases. Animaos a participar, que hay premio y todo.

Imagen de recurso obtenida en klickpages.es



I CONCURSO ARQUILITERARIO DE RELATO CORTO “EMAIL DE UN ARQUITECTO A UN CLIENTE TÓXICO”

CONTEXTO Y TEMA DEL RELATO

Un cliente solicita a un arquitecto una oferta de honorarios para el proyecto de su casa. Al recibir los números (!!), el cliente, molesto, le exige de malos modos una explicación al arquitecto, pues el precio le parece una burrada; el arquitecto no sabe qué contestar, todos los días lo mismo, se le ocurren mil maneras… y ninguna.

El I CONCURSO ARQUILITERARIO DE RELATO CORTO que presentamos consiste precisamente en eso: una contestación vía e-mail, humorística, airada, sarcástica, lógica, amable… a ese cliente.

BASES

1.- El concurso está abierto a cualquier persona.

2.- El relato, en formato de email y con una extensión máxima de 300 palabras, se enviará por correo electrónico a la dirección arqui.relato@gmail.com antes de última hora del día 16 de mayo.

3.- El contenido del mensaje es libre, valorándose el humor, la ironía, la serenidad, la locura, la mala leche, el disparate, la coherencia, y un largo e inconcreto etcétera.

4.- El jurado, cuyo fallo será inapelable, estará compuesto por José Ramón Hernández Correa y Ekain Jiménez Valencia, que serán tan arbitrarios y subjetivos como cabe esperar de ellos.

5.- Se otorgará un único premio, consistente en:

- Una ilustración original, dedicada, del Arquitecto Hastalasnarices realizada por Ekain Jiménez Valencia.

- Un ejemplar del libro Necrotectónicas. Muertes de arquitectos, de Ediciones Asimétricas, dedicado por su autor, José Ramón Hernández Correa.

6.- La fecha del fallo será anunciada en redes sociales a la finalización del plazo de recepción de los relatos. El relato ganador, junto con una selección, serán publicados en las redes sociales y en el blog ¿Arquitectamos locos? Los mismos estarán libres de derechos para su libre uso como modelo de respuesta. Salvo petición expresa, serán anónimos.

En Vitoria-Seseña, a 21 de abril de 2021.

Nota: este pequeño certamen pretende subrayar la falta de comprensión de algunos clientes con las personas a las que se dirigen para contratar sus servicios, ya sean arquitectos, abogados, o podólogos. Un hecho bastante habitual en muchas profesiones. Pretendemos hacerlo a través de una convocatoria informal, en clave de humor, y abierta a todos. No se nos ofendan.

miércoles, 14 de abril de 2021

Salvar al arquitecto Ryan

He ido a un piso a hacer un certificado de eficiencia energética. Un desastre. Un barrio residual, semi industrial y semi residencial, todo revuelto, separado un par de kilómetros de un pequeño pueblo. Mal urbanizado, sin terminar, hecho con las prisas de los primeros años de este zurrado siglo, cuando todo el mundo pensaba que ataban los perros con longanizas y que nuestros disparatados actos no iban a tener consecuencias, o que daban absolutamente igual las que tuvieran.

Es un barrio absurdo llamado desde el primer día a ser un ghetto, con habitantes desarraigados que están ahí exclusivamente por su bajísimo nivel adquisitivo, habitando pocilgas con unas calidades constructivas pésimas, y con un diseño arquitectónico horrible (y encima con algunas ínfulas ridículas, que es lo que más rabia me da) y un urbanismo disparatado (que pasó en su momento la durísima cadena de controles y aprobaciones de la comunidad autónoma).

¿Qué hemos hecho? Os confieso que, aunque no tengo nada que ver con este barrio ni estos estúpidos minibloquecillos de viviendas, me siento vagamente culpable. ¿Qué hemos hecho?

En la película Salvar al soldado Ryan (atención: hay un destripe. Si no la has visto deja esta lectura aquí, vete a ver la película y luego vuelve) alguien muere por él para salvarle la vida. Muchos años después, ya anciano, se pregunta si mereció la pena ese sacrificio, y si su vida ha podido pagar aquella inmensa deuda, y le pregunta a su mujer: "¿He sido bueno?" "¿He sido una buena persona?"

De haberlo sido, todo aquel disparate quizá pudiera tener algún sentido, o al menos un consuelo. En caso contrario, aquellas muertes fueron en vano y él sería el ser más repugnante sobre la Tierra. "¿He sido bueno?" "¿He sido una buena persona?"

No se pregunta si ha hecho algo que haya merecido la pena, si deja en este mundo algún legado, alguna obra estimable, algún avance que justifique su vida, y sobre todo el sacrificio de la de quien murió por él. No; no pide excelencia. Solo (¡solo!) haber sido una buena persona.

martes, 30 de marzo de 2021

Profesional y artista

Hace treinta años en mi pueblo no había ninguna peluquería, así que empecé a ir a la de un municipio vecino, al que por entonces iba a casi todo porque aquí no había casi de nada.

Mi pueblo creció, creció mucho, y ya tiene varios peluqueros, pero yo sigo yendo al mío de siempre. Me acostumbré a él, me gusta y no he encontrado ningún motivo para cambiar.

Sin embargo, ahora, a causa del cierre perimetral por el COVID, no puedo ir a mi peluquería porque ese municipio, si bien lindante con el mío, está en otra comunidad autónoma. Así que me armo de valor y decido ir al peluquero al que va mi hijo menor, a cincuenta metros de casa.

Voy algo asustado, porque mi hijo, y sobre todo sus amigos, gustan de esa moda de no tener pelo al sur del ecuador de la cabeza, y de tenerlo abundante, fosco y saltarín al norte de dicha línea, y yo, la verdad, no me veo así.

Acudo a la peluquería ensayando todo tipo de argumentos, pensando negociaciones, estudiando incluso amenazas al desaforado criminal que va a subirme el centro de gravedad de mi cabeza al menos un par de centímetros. (También, por qué no confesarlo, voy con la resignación y el buen conformar de que un nefasto corte de pelo no es para siempre, y de que ya crecerá y algún día podré volver a mi peluquero a que deshaga el entuerto mientras yo derramaré lágrimas de gratitud porque la vida vuelva a su cauce).

Pero cuando entro veo que el peluquero es un señor de unos cuarenta años con un aspecto serio y decente y un corte irreprochable. (A lo mejor no tenía que haber venido aquí, sino a la peluquería donde se lo cortan a este hombre; pero en todo caso él es consentidor de este tipo de corte y lo asume para sí).

Entonces tengo un irrefrenable optimismo y una ciega esperanza en que a lo mejor no le tengo que explicar demasiado y me entiende a la primera. Así es: Apenas me salen las palabras. No nos conocemos y le tengo que aclarar toda mi vida, mis gustos, mis anhelos, mis convicciones. No sé muy bien qué decirle y lo resumo con:

-Así, como lo tengo, pero cortito.

Él me dirige a una bacía, me lava el pelo sin hablar, me pone el delantal, me protege el cuello con papeles engomados y corta.

Yo no digo una palabra. Que sea lo que Dios quiera.

miércoles, 10 de marzo de 2021

I sol tace

Mi estudio es un local en planta baja que da a un soportal. Tiene tres puertas de calle, una por cada módulo de la galería porticada. Un rollo, porque, aunque tengo una ligeramente resaltada por una placa, la gente que pretende entrar lo intenta hacer por cualquiera de las tres.

Están cerradas (esto no es una panadería), pero los visitantes pretenden que estén abiertas y empujan. Me levanto a abrir la puerta en cuestión, pero en ese momento el visitante se aburre de probarla y se va a otra de las tres. Todas tienen vidrio, y desde dentro lo veo forcejear. Intento seguirlo, pero vuelve a cambiar de puerta y estamos así un rato jugando al gato y al ratón.

Me digo siempre que lo que tengo que hacer es, esté el visitante donde esté, abrir la puerta principal (la que al parecer solo yo considero principal), que además -dado el amueblamiento interior- es la mejor para acceder, y esperarle en ella. Pero de pronto llaman a mi espalda y se me olvida. Mi instinto me lleva a acudir allí y de nuevo juego a las persecuciones.

Hoy ha venido uno en ese plan. Hemos estado un ratito fintando y driblando. Y encima me he liado con la mascarilla mientras le seguía. No; la cosa no ha empezado nada bien. Y a partir de ahí no ha hecho más que empeorar.

Al fin le he abierto, lo he hecho pasar y le he sonreído con mi mejor sonrisa mientras le brindaba asiento.

Se ha sentado y me ha empezado a contar una historia llena de sordidez.

-Yo vivo en la calle X -aquí al lado-, en un chalet adosado. El anterior propietario amplió el sótano e hizo un apartamento.

-¿En el sótano?

-Sí. Tengo alquilado mi sótano a una familia. En realidad son dos apartamentos en el sótano. Lo que pasa es que el anterior propietario los hizo sin licencia, y yo los quiero tener legales. Por eso quiero que me haga usted un proyecto.

-Pero vamos a ver... ¿Dos viviendas en sótano y otra sobre rasante? Pero eso ya no es una vivienda unifamiliar... Además la habitabilidad en sótano... Y las plazas obligatorias de aparcamiento... Y también...

(Ufff. ¿Por dónde empiezo? Me sentía como Marcos Mundstock desde el minuto 5:03 hasta el 5:33 de este vídeo:)

(Aprovechad de paso para verlo entero, por favor. Esther Píscore es uno de los hitos de la Humanidad)

-Tranquilícese...

-No, si yo estoy muy tranquilo.

Apenas me he atrevido a decirle, y muy suavemente, que en las normas de este municipio no se admite la habitabilidad bajo rasante. No me ha entendido (los malos veredictos nunca se entienden), pero como esa casa está a cinco minutos andando de mi estudio y como en el fondo tenía una enorme curiosidad por si iba a ver un rascainfiernos (uno siempre espera el milagro), he accedido a ir a ver aquello por la tarde.

A las cuatro y media me he plantado como se plantó Dante ante la puerta del infierno. En el comienzo de la Divina Comedia cuenta que se encuentra en una selva oscura. Unas fieras le amenazan y ve que está perdido. Cae a un profundo lugar en el que el sol calla (I sol tace). Es el infierno.

Divina Comedia. Grabado de Gustavo Doré

El dueño me estaba esperando en la entrada. Desde la calle hay una rampa que baja un metro aproximadamente hasta la puerta del garaje, y la planta baja de la casa está elevada un metro y medio más o menos. Es decir, el sótano es un semisótano. Me he imaginado las escasas ventanas de atrás y cuánto partido les habría tenido que sacar el intrépido zulista.

Confieso que tenía curiosidad. He accedido a la planta baja, he saludado a una mujer y a un niño que se ha escondido tímidamente. Me han hecho salir al patio trasero y me he quedado de piedra. La ampliación que había hecho el anterior propietario consistió en prolongar el semisótano original del garaje hasta ocupar toda la parcela. El patio completo de la casa era, por lo tanto, una terraza al nivel de la planta baja a un metro y medio por encima de los patios de las viviendas colindantes por los lados y por atrás. En el suelo de esa terraza no había ni siquiera una claraboya, ni un tragaluz, ni una baldosa translúcida. Nada. El sótano debía de ser verdaderamente el infierno dantesco.

sábado, 30 de enero de 2021

A cabezazos

He visto esta curiosa foto de 1912 en la que un "voluntario" se estampa de un cabezazo contra una pared para probar el casco de fútbol americano que han perpetrado quienes le miran desde el fondo, en sitio seguro y sin correr riesgos. "Pruébate este casco que hemos diseñado y sáltate tú los sesos, hermoso, que a nosotros no nos viene bien en este momento". Y va el intrépido y embiste con toda su alma.

El impetuoso, homérico joven, confiado y optimista, se lanza de cabeza contra la pared. Qué fe en la técnica, qué confianza en los sonrientes artífices del cacharro supuestamente protector.

(Por los atuendos capitales de los personajes que aparecen -nadie lleva la cabeza desnuda- aventuro que el del sombrero es el diseñador, los dos de las gorras los fabricantes, y desde luego el del casco es el del casco).

No puedo evitar la comparación de esta foto con el ejercicio de la arquitectura: El del sombrero es el arquitecto, los de las gorras son el constructor y el promotor y el del casco el usuario. (A menudo el usuario es también el promotor de su propia casa o de su propia nave, o restaurante, o lo que sea, y se genera una doble y compleja filiación de la que también hablaré).

El arquitecto piensa: "Aquí haré un gran ventanal. ¿Tal vez algo frío en invierno? No, seguro que no". "Este salón grande y diáfano quedará estupendo. ¿Quizá demasiada luz para esa viga? No; la calcularé bien y limitaré su flecha". "Esta meseta compensada se ajusta estupendamente a este rincón. ¿No es incómoda con tantos peldaños en cuña? No; en absoluto: Es puro Neufert".

Y después, durante años, durante siempre ya, los habitantes tendrán frío en invierno ante ese ventanal cuya pretendida paz y alegría visual jamás se ha dado, soportarán con paciencia las fisuras del techo del salón, no ruinógenas, pero sí molestísimas, y que por más que se arreglan y repintan vuelven a aparecer, y se caerán de vez en cuando por la escalera, sobre todo cuando vayan cargados de cajas o paquetes.

Y si protestan ante el arquitecto, este les contestará: "No puede ser. Estaba todo bien calculado". Y si es concienzudo exhibirá los cálculos que hizo en su día sobre la transmitancia térmica del vidrio, la flecha activa a plazo infinito de la viga y la huella del pie en cada peldaño compensado. "¿Veis? Está todo bien. No puede ser. Eso que decís que os sucede es porque no usáis bien vuestra casa. No la mantenéis bien ni la tenéis en buen estado de uso".

Y, mientras tanto, seguid dándoos cabezazos contra la pared, que no os va a pasar nada. ¿No veis que está todo calculado?

jueves, 5 de noviembre de 2020

El último mono

A Francis, que pasaba por ahí y sin
comerlo ni beberlo se ha encontrado
con esta entrada dedicada.
Y, naturalmente, a Karlos Garmendia.




Mi amigo Francis me ha mandado por WhatsApp el texto que pongo aquí debajo, capturado del periódico bilbaíno El Correo. Lo ha hecho porque le ha recordado a cosas que ya he contado otras veces.

(Si lo clicáis lo veréis más grande)

Le ha recordado concretamente lo que conté aquí. No debería repetir lo que ya dije (y menos después de haberos puesto el enlace a aquello, para que lo leáis si queréis), pero es que precisamente Carlos (¿o Karlos?)(1) Garmedia es amigo virtual mío de las redes y le sigo y le admiro desde hace tiempo. Primero lo admiré como fotógrafo (todas las fotos de esta entrada son suyas, y pueden verse, con otras cuantas más, en su web), y después, casi simultáneamente, por sus tremendas obras de arquitectura y por su formidable abuela.

Vi una reforma que hizo en una oficina de Bilbao que convirtió en vivienda y me quedé entusiasmado, y recuerdo perfectamente cuando me enseñó esta obra recién terminada y ya me maravilló. En ambos casos, muy audaces, no paraba de alabar a sus clientes. Parece que este no le ha pagado con la misma moneda.

(El dueño)

Carlos es un arquitecto brillante, lleno de talento y de valentía. Optimista, creativo, feliz. Creo que estas cualidades son buenas para todo el mundo, pero si eres arquitecto con más razón, porque siempre estás proponiendo cosas inciertas, dudosas, arriesgadas, y necesitas una enorme dosis de optimismo y de confianza para hacerlas realidad logrando el apoyo y concertando el entusiasmo de todos los demás, especialmente de los clientes.

Carlos Garmendia trabaja con Álvaro Cordero Iturregui, a quien no conozco, pero no es justo que no lo mencione. Ambos se meten en unos proyectazos que le dejan a uno sin aliento.

En esta ocasión se enfrentaron a la ardua tarea de meterle mano a una muy pequeña iglesia (muy poco más que una ermita) en ruinas, en el municipio de Sopuerta (Vizcaya). Fue construida a finales del siglo XVI y reformada y ampliada en el siglo XVIII. Cuando ellos llegaron allí no tenía tejado (bueno, sí lo tenía, pero todo caído en el suelo), estaba abandonada y sus muros se encontraban en una situación muy inestable. El edificio estaba desacralizado y completamente arruinado, y a su nuevo propietario le sedujo la idea de convertirlo en una vivienda de fin de semana y vacaciones.

Aquí hay que decir que bravo por el propietario, que olé por su visión -no a todo el mundo se le ocurriría hacerse una casa en las ruinas de una iglesia; da un poquito de repelús-, que Carlos siempre ha valorado y agradecido, y llamó a su amigo para que le hiciera el proyecto.

Por supuesto, en una cosa tan especial la colaboración entre arquitecto y cliente es fundamental, la confianza ha de ser ciega y el trabajo conjunto y muy fluido, pero cabe preguntarse qué habría logrado este ingrato sin Carlos. Dice que todo es suyo: "jefe de obra, planos, pisos, escaleras..." Ya, claro que sí, majete. Y añade: "Se me fueron ocurriendo a mí sobre la marcha". Los cojones.


-¡Hernández! ¡Esa boquita!
-Perdona, cariño. Me he cegado.
-¡Pues no se ciegue!

domingo, 1 de noviembre de 2020

Todo tan mal

Como continuación de la última entrada voy a contaros una de tantas situaciones ridículas y estúpidas por las que he pasado en mi impresentable trayectoria profesional y que aún me deja la boca amarga y la cara de tonto. (Modifico cualquier detalle que pudiera hacer sospechar a mis lectores más cercanos -o incluso a los protagonistas, si llegaran a leer esto- a quién me estoy refiriendo. Por otra parte, como ya conté la otra vez, podría ser cualquiera. Creo que esta historia la hemos sufrido todos muchas veces).

Esta vez me llamó un matrimonio y quedamos en un bar-restaurante al lado de la parcela que habían comprado y en la que se querían construir una casa. Me invitaron a la cerveza que me tomé mientras él sacaba con amor unos papeles, los ponía sobre la mesa y me los explicaba.

Estaban grapados y metidos en una subcarpeta de cartulina, muy ordenados y formando un dossier. (Todo, aunque demencial, estaba hecho con mucha meticulosidad. Eran una pareja de oficinistas aplicados y se les notaba).

El marido me dijo claramente, para empezar, que estaban pidiendo presupuesto a tres arquitectos (incluido yo), y que se decantarían por el más barato. La carpeta era para mí: Les habían dado otras iguales a los otros dos. (Yo era el último).

En ese momento debería haber apurado la cerveza, haber cogido un puñado de almendras, haberme levantado, haberles dado las gracias por la invitación y haberme ido, pero estaba visto que todos estábamos haciendo lo que no debíamos, y aguanté por el ansia de recibir el encargo. Así que acepté participar en un concurso de honorarios.

Ella apenas hablaba. Él se explayó mostrándome las primeras páginas, en las que habían insertado una colección de imágenes sacadas de aquí y de allá de cosas que les gustaban. Detalles neoclásicos a porrillo, pero con alguna inserción extraña como barandillas de pletinas de acero inoxidable o cocinas con isla. Era una colección de golpes dados a lo loco, de palos de ciego, de trivialidades y de vacuidades. ¿Qué tenían que ver esas imágenes con un hogar? ¿Qué tenían que ver con sus vidas? Nada. Eran unas imágenes estándar de revistas de decoración y de catálogos, que habían examinado exhaustivamente y habían escaneado. Eran trozos de decorados, de artificios, de no-lugares, de tierras de nadie. No eran casas. No eran sitios para vivir. Y, además, como siempre, eran una colección de aspiraciones frustradas, de tío Paco con la rebaja, de imitaciones, de quiero y no puedo.

Leches, si tenéis las santas gónadas de decantaros por el neoclasicismo ponedme fotos de cosas de Juan de Villanueva, de Karl Friedrich Schinkel, de John Soane, pero no de ese salón de Casayjardín con esa chimenea leroymerlinesa.

Pero aguanté. Estaba dispuesto a lo que fuera. Estaba abierto a cualquier cosa con tal de hacer ese proyecto. (Hay algo curioso en mi profesión. No sé si les pasará a mis compañeros, pero a mí hasta cierto punto me ha salvado. Y es que aunque el proyecto me parezca una lástima y una nueva ocasión perdida para la arquitectura, hay un momento en que estoy dibujando con el autocad, concentrado al máximo, y abro una puerta hacia donde la tengo que abrir, o coloco un armario empotrado en el mejor rincón, aprovechando perfectamente la mocheta que hace el tiro de la chimenea, o pongo la ducha en su sitio. Y de la misma manera calculo la estructura y disfruto porque el armado de las vigas es muy sensato y las cosas funcionan bien. Es el puro placer de hacer un proyecto, y luego pasa lo mismo dirigiendo la obra, aunque sea la de un pseudopalacete paleto: Veo que la cimentación está correctamente ejecutada, o que el solado está muy bien puesto y disfruto).
-Me encanta hacer edificios cutres.
-Querrás decir edificios buenos.
-Uf, eso ya debe de ser la leche. 

Tras el calentamiento estilístico de motores entramos en harina: Apareció la planta baja. Y qué planta baja. Era la típica planta baja que te hace cuestionarte por qué estudiaste arquitectura, por qué te dedicas a esta profesión, por qué has nacido.

Planta baja. Fragmento

Era simétrica, y había caído en todas las trampas de la simetría. No la quiero describir demasiado. Tampoco entonces dije apenas nada. Tan solo que la rampa del garaje rompía toda la composición, a lo que me contestaron: "Ya, pero hay que hacer una rampa para el coche", cosa que era absolutamente razonable.

También les pregunté qué era ese rectángulo que habían dibujado detrás de las únicas seis huellas que se veían de una escalera imperial, y me dijeron que el aseo. ¿El aseo ahí? Sí. Lo habían visto en muchos ejemplos: Se aprovechaba el espacio bajo el tiro de la escalera. Yo pensé en Sissi Emperatriz bajando ceremoniosamente con un vestido blanco de larga cola, y a Francisco José saliendo mientras tanto del uvedoblecé, agachado (porque seis peldaños no dan para más) y abotonándose la bragueta. No le vi el glamour ni a esa escena ni a la escalera.

Les pregunté si no había escalera para bajar al sótano, y me dijeron, poniendo cara de extrañeza ante mi estulticia, que sí, que naturalmente, que era esa misma. "Las escaleras suben y bajan varias plantas: Es lo normal" (sólo le falto añadir: "imbécil"). Se suponía que la línea que habían dibujado para marcar el primer peldaño que subía a la planta alta era la misma que la del último que venía desde el sótano. En el dossier no me habían puesto ninguna foto de ninguna escalera como esta:

(aparte de que a ver dónde ponemos entonces a defecar al emperador), pero decidí no hacer más preguntas. Se trataba solamente de dar un presupuesto de honorarios. En caso de ser el elegido ya intentaría paliar en algo todos esos despropósitos.

sábado, 24 de octubre de 2020

Una casa. Una vida

Soy arquitecto en ejercicio desde hace un montón de años. Hasta hace no tantos, eso de que vinieran a encargarme el proyecto de una casa era lo habitual. Demasiado habitual incluso. A menudo se superponían varios encargos y era angustioso atenderlos a todos en plazo.

Siempre había algún trabajo entre manos. Qué tiempos. Y si encima os digo que se cobraban unos honorarios bastante buenos ya os mato de envidia (y me mato a mí mismo de envidia retrospectiva y de nostalgia).

Todo aquello acabó hace tiempo. Ahora es muy raro que alguien quiera encargar una casa, y cuando eso ocurre es una fiesta y una gran emoción.

Pues bien, el otro día vinieron a mi estudio un chico y una chica a contarme que estaban pensando en hacerse una casa y que les habían hablado muy bien de mí.

¡Les habían hablado muy bien de mí! Tuve que carraspear para deshacerme el nudo de la garganta, y aun así con la primera palabra que dije me salió un gallo.

La magia de hacerse una casa. El extraño proceso por el que varias personas imaginan una casa y se ponen a construirla. Para mí es una experiencia muchas veces repetida, pero siempre emocionante. Para los interesados es, seguramente, la mayor aventura de su vida.

Todos son diferentes, todos se sienten diferentes, originales, únicos, y ciertamente lo son, pero también, de otra manera, todos son iguales.

Todos traen las contradicciones de costumbre. Pretenden cosas incompatibles entre sí, fruto de muchos anhelos desbocados, de muchas casas diferentes vistas, de muchos consejos de parientes y amigos y de muchas revistas de decoración. Ninguna de ellas es mala en sí misma, pero a menudo se juntan varias incompatibles entre sí.

Y ya si juntamos las cosas que tienen clarísimas con las que yo tengo clarísimas se forma un buen cacao. Hay un punto crítico en que todo parece imposible, pero al final, sigo sin saber muy bien cómo, sale.