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jueves, 23 de abril de 2026

La flecha del tiempo

Este concepto de "flecha del tiempo" es debido al físico británico Arthur Eddington, que dijo algo que nos parece muy evidente, pero que tiene mucha enjundia: que el tiempo solo va en una dirección, y que es irreversible. Jamás se para y jamás da la vuelta. Lo arrolla todo a su paso.

En esta misma línea, el filósofo Oswald Spengler ya había dicho en su célebre obra La decadencia de occidente que "lo trágico es el tiempo". En el espacio no hay tragedia. Yo puedo ir a tal sitio y perderme, y dar la vuelta, y meterme por otra calle, y volver a perderme, y volver a probar por otro ramal, y volver a equivocarme. Pero sea como sea, tan torpe como soy, si me lo propongo siempre conseguiré llegar. Haré el recorrido más enrevesado y más estúpido del mundo, pero acabaré llegando. Sin embargo, si la cita de mi vida era a las cuatro de la tarde y llego a las seis y ya se ha ido para siempre no hay nada que hacer. O, dicho con otro ejemplo, siempre acabaré llegando a la estación, e incluso siempre conseguiré aparcar, pero lo que no es seguro es que siempre sea capaz de coger el tren que tenía que coger.

En el espacio puedo maniobrar y corregir, pero en el tiempo no. ¡Demasiado tarde! Esta idea evidente de la flecha del tiempo se basa en la segunda ley de la termodinámica, que nos dice que la entropía (el desorden, el caos, la muerte...) siempre aumenta. Pues estamos apañados.

Bueno, ¿y a qué viene toda esta disquisición tan plasta y tan desasosegadora en un blog de arquitectura? (o casi principalmente de arquitectura). Pues a que acabo de estrenarme como abuelo. Acabo de tener una nietecita pequeñita pequeñita de la que estoy perdidamente enamorado.

-Ah, bueno. Entonces sí.

miércoles, 8 de marzo de 2023

La placa secreta

Nunca he asistido a la ceremonia de colocación de la primera piedra de un edificio. He hecho bastantes, e incluso algunos públicos, que son los que más se prestan a algo así, pero no se ha dado el caso.

En ese rito solemne se reúnen los agentes que van a llevar a cabo el milagro de la construcción, y en un hoyo practicado a tal efecto reciben con mortero o similar la supuesta primera piedra del edificio (es mentira: no tiene nada que ver con este y se quedará enterrada ahí, desvinculada de la obra)(1). La autoridad representante de la propiedad deposita junto a la piedra unas monedas, un periódico del día y algún otro objeto simbólico como testimonio del tiempo en que eso se construyó, para que se pueda saber en un futuro lejano, cuando a alguien le dé por hurgar en el hoyo.

En la novela La arquitectriz(2) Plautilla Bricci, su narradora y protagonista, cuenta la emoción, la responsabilidad y el miedo que sintió al poner la primera piedra de la Villa Benedetta ("El Bajel"), proyectada por ella en la colina del Janículo de Roma. Entre los objetos simbólicos que entierran se encuentra una placa de plomo grabada con un texto.

domingo, 11 de julio de 2010

Moholy-Nagy en Madrid

El Círculo de Bellas Artes de Madrid expone una serie de fotografías, pinturas, películas y objetos de uno de los grandes artistas de las vanguardias del siglo 20, László Moholy-Nagy.


Fue profesor de la Bauhaus, con Kandinsky, Klee, Gropius y tantos otros personajes apabullantes. Es un artista colosal. Su afán de trabajar con la materia, el movimiento y la luz le llevó de la pintura y la escultura a la fotografía, al cine, a la construcción de artefactos que se movían, producían reflejos y destellos, disolvían la forma en apariencias mutantes, etc.
No pretendo extenderme, ni dar una clase, ni nada de eso. Sólo quiero señalar un detalle: Hay un momento en que el arte de vanguardia descubre la íntima relación del tiempo y del espacio, del tiempo y la forma. Para explorar esto (la mal llamada dimensión temporal del espacio), algunos como Moholy-Nagy prueban a que los objetos artísticos se muevan, lancen destellos y reflejos, de modo que el espectador vea cómo la forma espacial evoluciona en el tiempo y queda condicionada y modificada por éste.
Otros dejan las formas quietas, y hacen que sea el espectador el que las recorra, empleando tiempo, y que ese tiempo de exploración y análisis modifique la percepción de la forma. (Pongamos por ejemplo al primer Frank Lloyd Wright y a De Stijl).
Y, por fin, otros liberan al espacio de su modificación temporal, y lo aíslan en un "cromlech" mágico, intemporal y antitrágico. Lo trágico es el tiempo, no el espacio. Aislando el espacio lo salvan. (Pongamos como ejemplo a Oteiza, al Wright del Museo Guggenheim de Nueva York y al último Mies van der Rohe).
En esta apresurada evolución, Moholy está en el primer estado. A Mies no le caía muy bien. No le gustaba nada Moholy. Pero a todos nosotros nos entusiasmará. Nos vemos en Madrid, en el calorazo de julio y agosto, sintiendo el frío sobrenatural de las fotografías y artefactos de Moholy. Una maravilla, superior incluso al aire acondicionado.