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martes, 9 de octubre de 2018

El faro y los calzoncillos (III)

En el año 1929, cuando se presentaron los trabajos para la primera fase del concurso del Faro de Colón, el joven y brillante arquitecto Ivan Leonidov estaba en la cresta de la ola. Dos años después, cuando se falló la segunda y definitiva fase, ya no era ni joven ni brillante: Había sido súbitamente hundido y anulado, y languidecía en Siberia(1).

Leonidov fue el alumno más brillante del VKhUTEMAS. Había terminado la carrera en 1927 bajo la tutela de Alexandr Vesnin, que inmediatamente lo acogió en su estudio y lo lanzó a dar clases, a escribir artículos, a presentarse a concursos y a irse labrando su carrera triunfal. En 1929, con solo veintisiete años de edad y dos de arquitecto, ya tenía seguidores. Ya se hablaba de la "escuela de Leonidov", del "leonidovismo".
Recién casado, con un montón de proyectos por delante y con mucho por contar y por hacer, todo le sonreía.
El concurso del faro de Colón le venía a la medida. A Leonidov se le acusaba a menudo de que no respetaba las bases de los concursos y se inventaba cosas. Pero en este, a pesar de la exhaustividad de datos y solicitaciones, las bases mencionaban explícitamente la necesidad de redefinir el concepto de "monumento" y de replantear su función, su profundidad, su repercusión. Para eso estaba él. Este era su concurso soñado.

En el pequeño apartamento de Moscú trabajaba en calzoncillos sobre el tablero. Vivía con austeridad, pero no parece que con tanta como para carecer de un pantalón y de una camisa de trabajo. Más bien lo hacía por comodidad. Con una rodilla en el taburete y las caderas y el torso abalanzados sobre el papel, parecía dibujar con todo el cuerpo. Y sin embargo lo hacía con una precisión insuperable.
Estaba frenético, inmerso en su trabajo, absorto. Llamaron a la puerta. Ni lo oyó. Volvieron a llamar.
-¡Nina!
Seguían llamando.
-¡Nina!
El apartamento era muy pequeño como para que su mujer no lo hubiera oído. Seguro que había salido a comprar pan. Le habría advertido de que se iba un momento y se habría despedido de él, que, embebido en el faro, ni se había enterado.
Ya estaba de vuelta. Se habría dejado la llave.

Saltó con agilidad y en tres zancadas llegó a la puerta y la abrió. Pero no era Nina, sino un caballero de edad madura, pulcramente vestido con traje, chaleco, corbata, pañuelo bien doblado asomando por el bolsillo y hasta sombrero, que lo miró con desaprobación. Él llevaba solo unas zapatillas viejas de andar por casa y los calzoncillos(2).

-¡Andrei Nikolaevich!
-Ivan Ilich.
-Pero pasa, pasa.

Al ingeniero Andrei Nikolaevich Koniaev no le había gustado nada que su hija se hubiera casado con ese animal. Sí, decían que tenía talento, y parecía listo, pero... Qué pena, su querida hija, tan culta, tan educada.

-Nina ha salido. Volverá en seguida. ¿Quieres tomar...? No sé qué tengo.
-Dame un vaso de agua, por favor.

Incapaz de hablar de otra cosa ni de tener una conversación familiar o social, Ivan le enseñó a su suegro lo que estaba haciendo. El ingeniero descreía minuciosamente de la arquitectura de vanguardia, pero tampoco tenía mejor cosa que hacer que asomarse a los planos de su yerno.

Leonidov le contó que se trataba de reconsiderar el concepto de monumento. Un monumento era algo que conmemoraba. Hasta ahora se había conmemorado con mármol, con granito, con estatuas que reproducían la faz y el cuerpo de un personaje o la imagen de un hecho histórico. Pero la verdadera conmemoración actual, en los tiempos del cine y de la radio, debía ser otra cosa.
Él proponía honrar y rememorar a Cristóbal Colón, el personaje y su papel histórico en el desarrollo de la cultura contemporánea, con un conjunto de elementos tecnológicos que proyectaran imágenes sobre el cielo y ondas de radio por el aire, un foco de conferencias, tertulias, música... También iba a ser un puerto aéreo y marítimo, un cine, un museo, e incluso un centro experimental de radiovisión a distancia.
Al ingeniero ese planteamiento le gustó, y la fe y la claridad con la que lo exponía el joven mucho más. Verdaderamente era un hombre de talento y tenía la energía y la convicción para llevarlo a cabo.




Calzoncillista Leonidov. Propuesta para el monumento a Colón.

viernes, 28 de septiembre de 2018

El faro y los calzoncillos (I)

A Rodrigo Almonacid, que me facilitó la crónica
de Joaquín Vaquero y Luis Moya sobre el concurso.

La Quinta Conferencia Internacional Americana, reunida en Santiago de Chile en 1923, recomendó honrar la memoria de Cristóbal Colón construyendo un faro monumental en la costa de la República Dominicana con la colaboración de todos los gobiernos y los pueblos de América y de todo aquel que quisiera soltar pasta.
Debería ser un faro, un monumento... y la tumba de Colón. (Eso si la catedral de Sevilla accedía a desprenderse del venerable cuerpo).

El Consejo Directivo de la Unión Panamericana tomó esta recomendación en 1927 y dijo que sí.
Se decidió, dada la importancia de esta obra, convocar un concurso internacional al que seguro que se presentarían los mejores arquitectos de todo el mundo.

El concurso se celebró en 1929, y constaba de dos etapas: A la primera se podría presentar todo el que quisiera, y de ahí se seleccionarían diez anteproyectos, a cuyos autores se les invitaría a participar en la segunda.

Las extensísimas y documentadísimas bases del concurso decían que no se trataba de diseñar un faro vulgar y corriente, sino un monumento a Cristóbal Colón, y se deshacían en exaltaciones simbólicas.

República Dominicana. Hoja bloque de 1953 mostrando
el proyecto ganador, de Joseph Lea Gleave.

En la primera fase compitieron 455 arquitectos de 48 países.
El jurado internacional, en el que estaban personalidades muy importantes, como Horacio Acosta y Lara, de Uruguay (presidente del jurado y representante de América Latina), Eliel Saarinen, de Finlandia (representante de Europa) y Raymond Hood, de Estados Unidos (representante de América del Norte), se reunió en Madrid en abril de 1929 y eligió a los diez finalistas, que pasarían a la segunda fase, pero también se despachó a gusto comentando los tremendos errores de muchos de los presentados, para que los diez seleccionados no los cometieran en la segunda y más madura elaboración de las propuestas.




(Antes de seguir, y para saber con quienes se jugaban los cuartos los concursantes, vemos lo que hacían los miembros del jurado: Una casa de Acosta y Lara -con el ingeniero Guerra Romero- en Montevideo, la estación de Helsinki, de Saarinen y el Chicago Tribune, de Hood, que ganó un concurso internacional famosísimo y ya sabía de que iban estas cosas).

Y, claro, conociéndolos, podemos imaginar lo que opinaron sobre algunos de los presentados impresentables. El secretario técnico del jurado, Mr. Albert Kelsey, escribió en el acta:

Albert Kesley. Edificio de la Unión Panamericana, Washington.