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lunes, 5 de mayo de 2025

Saltos mortales

Acabo de terminar de leer este libro:

Es de una jovencísima escritora belga, Charlotte Van den Broeck, que hasta ahora solo había escrito poesía. Esta es su primera obra en prosa y demuestra un dominio sorprendente para ser su debut.

Son trece relatos de suicidios de arquitectos, y me interesó en cuanto supe de su existencia porque lo asocié mentalmente con mi libro Necrotectrónicas, en el que contaba veintitrés muertes de arquitectos (aunque solo una por suicidio).

lunes, 2 de abril de 2018

El grano de Plutón

A Ekain Jiménez Valencia, que me ha contado
lo del grano de Plutón, me ha pasado las fotos
del grano y me ha hecho así más de media entrada.


Parece que mucha gente se ha puesto de acuerdo en elogiar el arte de Gian Lorenzo Bernini comentando esta foto:


Últimamente la veo por todas partes. La gente se hace cruces de la maravilla que supone hacer que el frío y duro mármol parezca carne. Mirad cómo presionan los dedos de Plutón en el muslo de Proserpina. La verdad es que es impresionante.
Sin embargo, a mí eso no me parece que sea la quintaesencia y la razón de ser del arte, como dicen todos. No le quito mérito, naturalmente que no -¿cómo se lo podría quitar?- pero me parece que eso se ha llamado siempre "oficio". No es fácil, claro que no, pero se aprende.
Ya hablé de eso aquí, así que no voy a repetirme ahora.

Esta escultura, El rapto de Proserpina, es muy buena. Está muy bien, naturalmente que por las texturas que logra su autor, pero tanto o más por la composición, por el movimiento contenido y vibrante, por las tensiones enfrentadas... En fin.


El arquitecto vitoriano Ekain Jiménez estaba hace poco en la Galería Borghese de Roma y se quedó mirando atentamente esta magnífica estatua. Siendo él un gran dibujante imagino que miraría detalles, proporciones... De pronto, por la parte trasera de la estatua, la menos vista, atendida y fotografiada, le pareció ver...




Ekain Jiménez. Serie Aproximación al grano, pixel sobre pantalla

¡Un grano! ¡Una verruga! ¡Un angioma  rubí (o beso de ángel)!

domingo, 17 de julio de 2011

Los tres davides

No quiero dar una clase sobre historia del arte, por lo que me permito la acostumbrada ligereza expositiva, rayana en la falta de rigor.
No voy a exponer las características del primer Renacimiento, del Manierismo y del Barroco ni a ejemplificarlas con los tres magníficos davides correspondientes. Ya hay un montón de libros buenos, y esto es sólo un blog. Tan sólo voy a haceros notar un detallito que me llama mucho la atención y que me parece muy importante. Y con ese detalle hablaremos de arquitectura un día de estos.
Veamos el genial David de Donatello. Donatello busca el equilibrio clásico, la forma perfecta, y elige el  momento de reposo final. Ya ha terminado todo.
David ha terminado su tarea. Tiene la cabeza de Goliath a sus pies y casi se contonea. Se apoya en la espada del gigante, que ha usado para cortarle la cabeza, y la otra mano se la apoya coquetonamente en la cadera. Tiene una pose poco heroica, incluso poco varonil, y ese sombrerito con flores no le ayuda nada.
Su cuerpo no tiene ninguna tensión. Es un adolescente sin terminar de formarse, pero ya se adivinan los músculos del que será un atleta en un futuro. Pero por ahora es poco más que un niño.
Bella imagen, equilibrio, tensión terminada, relajamiento.

Vamos ahora al extremo opuesto. Desde el incipiente Renacimiento damos un salto de dos siglos y nos vamos al Barroco de Bernini.
Si Donatello elegía el momento tranquilo en el que todo había terminado, Bernini nos lleva al instante en el que todo está ocurriendo. El momento decisivo, de tensión total, de desgarro.
David está lanzando la piedra. Su cuerpo está tenso, proyectándose al éxito o al fracaso. Se la está jugando.
La escultura es extraordinaria. Refleja perfectamente la acción, la violencia del gesto
y la cara de determinación y de fuerza tremenda. Se muerde los labios y su mirada da miedo.
Si Donatello nos mostraba un muchachito encantador que ya había terminado, que ya había pasado el mal trago, Bernini nos pone ante los ojos un hombre hecho y derecho, en plena violencia, en plena acción brutal.

Y en medio de los dos, entre Renacimiento y Barroco, el raro Manierismo, el sutil y alambicado estar en tierra de nadie, en la cuerda floja. El momento de transición, más flojo, más ambiguo, más indefinido, en el que no hay ideales tan rotundos ni tan fáciles de entender, en el que hay mucha ambigüedad y en el que los artistas suelen hacer juegos malabares, tonterías, ejercicios de estilo sin trascendencia y sin importancia alguna.
A no ser que uno sea un genio.
Porque precisamente el genio inclasificable se mueve como un pez en estas aguas revueltas. Miguel Ángel no se ciñe ni al Renacimiento ni al Barroco. Ni a nada ni a nadie.