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martes, 3 de marzo de 2026

En qué orden

En un famoso episodio de Los Simpson Marge le escribe una carta a Frank Gehry pidiéndole que diseñe un gran edificio para Springfield. El famoso arquitecto lee la carta con desinterés, la arruga y la tira al suelo. Pero cuando la ve hecha un burruño le gusta mucho su forma y decide hacer el proyecto que le piden. 


Es una broma, un chiste bastante ingenioso, ¿pero tiene algo de verdad? ¿Cómo proyectaba Gehry? ¿En qué orden iba tomando cada decisión y dando cada paso?

miércoles, 25 de octubre de 2023

El sentido de la arquitectura (y II)

El otro día corté mi discurso y la verdad es que no sabía exactamente cómo lo iba a terminar. Ahora, pasados unos días, ya no tengo ni idea.

Quizá tomé un mal ejemplo con las Torres de Colón. O, mejor dicho, esas torres son un magnífico ejemplo de muchas cosas, pero lo que hice mal fue poner ese título. ¿Qué sentido tiene la arquitectura? Muchos, muchos sentidos, pero precisamente en este caso no lo sé muy bien, porque, como dije, las riendas las ha tomado la ingeniería, y ha hecho (está haciendo) muy bien su trabajo.

En todo caso podría decir que la ingeniería hace muy bien lo suyo aunque todo el conjunto sea más que discutible. ¿No sería precisamente ese el papel de la arquitectura en este asunto: diseñar una buena solución, darle argumento y contenido a todo ello y pedirle a las ingenierías (estructuras, instalaciones) la ayuda necesaria para llevarlo a cabo? ¿Puede hacer algo la arquitectura, atrapada entre la normativa, la tecnología y los ambiciosos deseos de los propietarios?

viernes, 9 de diciembre de 2022

Un libro de arquitectura

El otro día una alumna ya de la segunda mitad del Grado de Fundamentos de la Arquitectura me dijo que hasta el momento había estado muy ocupada en ir aprobando las asignaturas y en ir avanzando con su carrera -lo que no es poco-, y que tenía la sensación de que no se había ocupado de pensar qué es la arquitectura, cómo la quiere entender, y no había reflexionado sobre las cuestiones principales.

Me pidió que le recomendara un libro de arquitectura -porque además ahora, con las vacaciones de Navidad y con los Reyes Magos, es un buen momento para comprar alguno e incluso para leerlo- y no le supe qué decir. Le di muchas vueltas evocando qué libros de arquitectura me habían sacudido a mí y en qué circunstancias.

Me hice una lista apresurada con la convicción de que eran libros que me gustaron mucho, pero no sé si a ella le interesarían, y me sentí perdido y desorientado. Si mi misión es dar alguna orientación o alguna idea soy (de nuevo) un fraude.

La foto que he puesto es un fragmento de mi biblioteca, formada por años de amor por los libros. ¿Pero en qué se podría resumir? ¿Qué tres o qué cinco libros podría seleccionar para pasárselos ahora a alguien que está empezando a leer y a mirar? ¿Cuál fue el primer libro de arquitectura que yo leí?

jueves, 25 de agosto de 2022

Criticones aficionados

Sigo de vacaciones, así que perdonadme esta entrada frívola y facilona sobre esta época del año en que casi todos viajamos y casi todos, arquitectos o no, acabamos viendo arquitectura. Y, naturalmente, opinamos, que para eso pagamos, y, a lo que se ve, demasiado dinero.

Estamos en una época en la que gracias a internet y a las redes nos podemos sentir importantes. Hace décadas podías enfadarte con un presentador de televisión y ladrarle desde el sofá de tu casa; muy poquísima gente se tomaba la molestia de escribirle una carta y dirigirla a la sede de la televisión. En general la protesta se quedaba en el cuello de tu camisa. Pero ahora se lo puedes decir en Twitter, e incluso puedes conseguir, para tu orgullo, que te acabe bloqueando por pesado. "Ja. Le he dicho cuatro cosas a Fulano de tal. Se ha cabreado conmigo y todo. Me ha bloqueado". Con el mismo descaro y la misma seguridad podemos decir en internet que tal obra, maestra para todo el mundo, es una porquería. No nos callamos. No le debemos nada a nadie y somos insobornables. Y nos sentimos estupendos.

Pero ya no son solo las obras de arte: En internet hay reseñas de cárceles, de misas, de todo.

Tonteando, se me ha ocurrido fisgar reseñas dadas por visitantes de obras incuestionables de arquitectura. De las que llevan siglos en nuestro acervo y tienen el beneplácito de todos. No me he querido aventurar en edificios polémicos, de gusto más difícil, que necesiten algún entrenamiento previo, sino que me he ido al consenso de los consensos, a lo que sale en cualquier guía turística general (y no las obras que solemos buscar los arquitectos, que no las conocen ni los taxistas de la ciudad). 

Y, en efecto, en estas pocas obras seleccionadas, no ya la mayoría, sino la casi totalidad de las reseñas son muy buenas. (También hay que decir que a estas obras vas con el puro espíritu del turista, que consiste en saber de antemano cuánto te va a gustar y qué cara de delectación vas a poner, y hasta sabes ya qué fotos vas a hacer y desde dónde). Pero me ha picado un poco (bastante) el morbo de ver las poquísimas malas. Siempre hay gente para todo. Incluso de entre estas la mayoría no son achacables a la arquitectura, sino a la mala organización, a la masificación, a los precios caros, a diversos abusos a los turistas etc.

Os pongo algunos comentarios que me han gustado especialmente, y espero que también los apreciéis:

viernes, 7 de enero de 2022

El insoportable estruendo

Y hubo tanto ruido
que al final llegó el final
(Joaquín Sabina)


Iba a titular "Ruido" y he tenido el vago recuerdo de que ya había empleado ese título alguna vez. He buscado y, en efecto, lo usé aquí. Así que, entre que ya lo había utilizado y que ahí hablaba del ruido con intenciones serias de intentar comprender sus alcances semánticos y culturales mientras que ahora solo quiero contar mi desorientación y mi desamparo, he cambiado de título.

El día 4 de enero vi esta imagen en Twitter, con la consiguiente denuncia del tonteriísmo al que estamos sometidos:

Es una foto de una joven vestida de paje de los Reyes Magos, tomada (supuestamente) del Telediario de la primera cadena de Televisión Española con un rótulo que dice: "Las pajas recorren pueblos y ciudades".

La "viralización" de esta foto tiene el objetivo de poner en ridículo a los defensores del lenguaje inclusivo señalando un involuntario juego de palabras.

sábado, 20 de febrero de 2021

"Aarón" Johnson

Dedicado a Josefa Blanco Paz y a Rodrigo Almonacid
Canseco
, que me proporcionaron material gráfico y datos
básicos para esta entrada, pero que no comparten necesariamente
las opiniones que vierto aquí.


No le tengo ninguna simpatía a Philip Johnson. (Ya está. Ya lo he dicho. Se queda uno mucho más a gusto así: Declarando sus fobias para que queden claras desde el principio y escribiendo luego sin más tapujos).

Fue un joven rico y muy listo, incluso demasiado rico y demasiado listo, que sintió una gran atracción por el nazismo, cosa bastante difícil de entender en un homosexual, pero yo ya estoy curado de espanto, y a estas alturas tampoco me tiraría de espaldas una asociación de toreros afiliados al PACMA o incluso otra de futbolistas no tatuados. En este mundo hay de todo.

Philip estudió filología. Se sentía fascinado por las ideas potentes y rotundas, por el arte y supongo que por los uniformes de Hugo Boss y toda esa faramalla que encandiló a tanta gente lista y tonta. Nacido en 1906, a sus veintitantos y treinta y pocos años se propuso impulsar la agenda nazi en los Estados Unidos. Viajó a Alemania y no le pareció mal lo que se estaba haciendo con los judíos. Tampoco se opuso a las burlas al "arte degenerado", aunque él sí que admiraba a muchos de los artistas de vanguardia e incluso a algunos los ayudó a salir del infierno.

De alguna forma quería conservar una vergonzante apariencia de dignidad y de hipocresía. Era un mal bicho, pero un hombre inteligente y astuto. Cuando el partido nazi estadounidense que estaba auspiciando y en el que incluso tanteó hacer carrera política no llegaba a nada, cuando en Europa la locura del Tercer Reich se veía que no iba a triunfar, pero sobre todo cuando toda la gente guapa de Nueva York le hacía ascos a esa brutalidad, dio un descarado giro de timón, pasó a otra cosa, mariposa, y olvidó todo eso. Las ideas son hermosas cuando tienen aspecto de triunfar, pero se vuelven intolerables cuando fracasan. A él le podía valer cualquier ideología, menos la de perdedor.

En Europa le había llamado muchísimo la atención la arquitectura moderna, y a su vuelta a casa se convirtió en un ferviente divulgador y promulgador de ella. Se le escuchaba y se le atendía. También se le temía. En poco tiempo fue uno de los más influyentes popes del Movimiento Moderno. En 1930, con solo 26 años de edad, se convirtió en el primer director del recién creado Departamento de Arquitectura del MoMA. En 1932 organizó y dirigió junto al historiador Henry-Russell Hitchcock una fantástica exposición sobre arquitectura moderna en su departamento del MoMA y escribió con él su catálogo, que se convirtió en la piedra fundacional del Estilo Internacional y cuyas tesis marcaron el rumbo de la arquitectura mundial durante décadas.

En 1940, ya con treinta y cuatro años, comenzó a estudiar arquitectura. Lo hizo en Harvard, claro, y con Walter Gropius como profesor. Era lo mínimo para él.

Estaba obsesionado con Mies van der Rohe. Tanto que en cuanto el maestro alemán se puso a construir la casa Fransworth él se hizo la suya imitándolo (pero peor: Cuentan que el propio Mies pasó una noche en ella sin poder dormir por lo mal resueltos que estaban a su juicio los soportes de esquina).

Johnson escribió la primera monografía sobre Mies y le abrió las puertas de la alta sociedad estadoundiense. Puso todas sus influencias al servicio del alemán, y en 1954, finalmente, proyectó con él el edificio Seagram. (Entiendo que estuviera deseando trabajar con su admirado maestro, ¿pero por qué iba a querer Mies admitirlo como coautor? Nada de colaborador, o ayudante; no, no: coautor. ¿Tal vez porque el rico e influyente Johnson había sido quien había conseguido el encargo convenciendo a los propietarios de las bondades de Mies? Pues sí, claro; naturalmente).

Mies van der Rohe y Philip Johnson con la maqueta del edificio Seagram

No sé cuánto hay de Johnson en el proyecto(1). En todo caso se ve el talento y la finura de Mies en cada detalle, en cada tornillo. (Esto es literal: Me contaron que los miles que fijan los junquillos de las carpinterías de fachada tienen todos -todos- la ranura paralela al plano del vidrio).

En 1955 el aprendiz diseñó la casa Leonhardt, en Lloyd Harbour, Long Island, con algo más que una influencia de su maestro:




Tal vez más que "inspirada" en un croquis de 1934 de Mies para una no construida casa de cristal en una colina.

viernes, 24 de enero de 2020

Destacar

Hace un par de fines de semana he estado de "turismo interior" y he visto muchas cosas interesantes. Pero he de confesar, lamentablemente, que aunque yo sea un amante y un defensor de "lo moderno" (entiéndase esto como se quiera), ha sido muy deprimente constatar la penuria arquitectónica y urbanística media de lo construido en el siglo veinte y en lo que llevamos del veintiuno.

He disfrutado de algún palacio renacentista, alguna iglesia barroca y alguna casona judía o mudéjar que, sin ser grandes cosas en sí mismas, mostraban un carácter, un tono medio y una adecuación espacio-temporal estupendos. Y, sobre todo, las casas de arquitectura anónima, incluso pobretona en el reseco sur de Castilla y en el norte de Andalucía, con su silencio y modestia crean entornos amables, habitables, tranquilos y al mismo tiempo duros y agrestes. Llenos de vida y de fuerza.

Pero, por el contrario, cuando he visto el tono medio de lo de ahora (dándole a ese "lo de ahora" unos sesenta o setenta años de margen) he constatado su futilidad, su bajeza, su paletez, que hacen que en cualquier ciudad, salvando dos o tres hitos valiosos de arquitectura contemporánea que vemos con unción y devoción, prefiramos pasear por el casco antiguo por más anodino que sea antes que sufrir los barrios nuevos y, no digamos, las urbanizaciones.

¿Qué ha pasado?

Puse esta foto en las redes sociales:

Valdepeñas (Ciudad Real). Puerta del Vino

y obtuve muchas reacciones de estupor. No es para menos. (Aparte de que podéis clicar la foto para verla más grande, os dejo aquí un enlace para que podáis daros un paseo virtual).

¿Qué mente enferma ha podido perpetrar esa cosa? ¿A qué corporación municipal o a qué jurado le pudo parecer bien que se hiciera eso?

Este ejemplo está tomado en Valdepeñas, pero no quiero ensañarme con esta ciudad: Es un fenómeno incomprensible que arrasa y vandaliza cualquier otra que se nos ocurra visitar. Pero ya que estoy con este famoso emporio manchego del vino aprovecho para poner una foto de sus bolardos. ¿Apetece una copita?


De verdad: Qué gracia y qué humor tiene la gente. Qué derroche de imaginación el de todos los ayuntamientos. Así da gusto vivir en estos entornos sugerentes, simbólicos y divertidos.

Sin embargo, creo que todas estas chorradas y mamarrachadas no son lo peor. Creo que mucho más doloroso que estos chispazos de pobre ingenio y de dudoso gusto son los paisajes urbanos desabridos, son los entornos tan chungos en los que vivimos casi todos nosotros.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Perfecto

Acabo de terminar de leer La casa de los pintores, de Rodrigo Muñoz Avia. (Los pintores a quienes se refiere son sus padres, Lucio Muñoz y Amalia Avia).  
Me ha interesado muchísimo y me ha gustado muchísimo. Y lo he subrayado muchísimo. De entre todos los pasajes que he marcado, quiero señalar aquí este:

No siempre estaba claro cuándo una obra estaba terminada. En el caso de los murales la instalación en el lugar para el que habían sido concebidos marcaba un punto de no retorno que los hacía más definitivos, pero en el resto de los cuadros la tentación de seguir transformándolos existía siempre para mi padre, independientemente de que estuvieran firmados o hubieran sido expuestos y reproducidos en catálogos. Él explicó en algún texto que una obra nunca está terminada, que solo la muerte es algo acabado, que cierta forma de imperfección es necesaria porque demuestra que hay vida en el cuadro. Y esta cualidad de la obra, su imperfección, su vida, interpela al espectador y también al artista.

Añade a continuación que su padre estaba modificando siempre los cuadros, y que una vez colocó uno en el recibidor de su casa. Era lo primero que se veía al entrar, y a los pocos días no lo pudo resistir más, agarró una sierra eléctrica y, sin siquiera descolgarlo, empezó a amputarlo. Así aguantó unos pocos días más, pero al cabo volvió a reformarlo. Y así hasta que lo quitó de allí y lo volvió a llevar a su estudio.

Lucio Muñoz. Técnica mixta sobre tabla, 100 x 180 cm2

Rodrigo Muñoz, evocando a su padre, da en el clavo: Perfecto quiere decir muerto. La vida implica imperfección.
Solemos entender la palabra "perfecto" como sinónimo de "excelente", "magnífico", "maravilloso", algo tan bueno que no puede ser mejor, pero su etimología significa "terminado".
Recuerdo de niño la clase de lengua española: "Pretérito perfecto". Me hacía gracia, porque me sonaba a "pretérito estupendo", "pretérito buenísimo", y lo que quiere decir es, sencillamente, "pretérito terminado". "He comido" significa que he terminado de comer. Nada más. Esa es la perfección. (Y ya el "pluscuamperfecto" -más que perfecto- ni os digo: "Había comido").

De la misma forma se usa en derecho: Perfeccionar un contrato, por ejemplo.

Entonces tenemos que estar de acuerdo con Lucio Muñoz: Lo que está vivo evoluciona, varía. Lo perfecto está muerto. "Solo la muerte es algo acabado".

Bruno Zevi señala algo parecido cuando defiende la arquitectura orgánica, los trazados fluyentes, abiertos, no geométricamente rígidos. Él dice que solo deben ser ordenados y simétricos los cementerios. Coincide con Lucio Muñoz: Lo perfecto es lo muerto.

lunes, 11 de junio de 2018

A dos manos de Molezún y a tres de Wright

Ahora es muy común la teoría de los seis grados de separación. Hace muchos años yo la anticipé con una especie de juego mental que bauticé como "las manos" -sí, vale, no soy muy bueno poniendo títulos a mis juegos mentales-, por el que un amigo me acabó acusando de plagiador porque según él se lo había copiado a Orson Welles.
(No me defenderé de tal acusación. Es un episodio turbio de mi vida).

Mi juego (o el de Welles) consistía en calcular a cuántas manos de distancia podría estar de algunos personajes importantes. Esa distancia se medía en haber estrechado la mano a alguien que se la hubiera estrechado a alguien que se la hubiera estrechado a alguien... etc... que se la hubiera estrechado a la persona en cuestión. (Obviamente, se intentaba buscar el camino más corto posible).

Por ejemplo, yo estoy a una mano de algunos arquitectos contemporáneos importantes, que me honro en haber conocido o al menos en haberme cruzado con ellos en algún momento, y a dos manos de casi todos, ya que habiendo sido discípulo y amigo de Juan Daniel Fullaondo y habiendo conocido también por ejemplo a Sáenz de Oiza (ambos, por tanto, primera mano) soy segunda mano de todos aquellos con quienes ellos hubieran tenido trato en alguna ocasión. Así que figuraos.

Por esa razón, uno de los grandísimos arquitectos de los que estoy a dos manos de distancia es Ramón Vázquez Molezún.


(Si apuro un poco puedo decir que casi estoy a una mano de él, porque una vez fui a una conferencia suya y de José Antonio Corrales y estuve muy cerca. Pero vale, seamos honrados: Dos manos).

(En otro orden de cosas, aprovecho para decir que mi amigo Sergio es sobrino nieto o algo así de Sara Montiel, de modo que estoy a dos manos de ella y por lo tanto a tres de Gary Cooper, Burt Lancaster y Marlon Brando. Pero volvamos a Molezún).

Estoy a dos manos de Molezún, y gracias a él a tres de Frank Lloyd Wright. Porque Molezún disfrutó del Pensionado de Roma entre 1949 y 1952 y durante ese tiempo coincidió con una visita -gestionada por Bruno Zevi- del maestro estadounidense.

Molezún, nervioso y expectante ante la inminente llegada del monstruo, le quería regalar algo cuando Zevi se lo presentara. ¿Pero qué le regalas a Wright? ¿Qué coño le regalas al enorme Franlloirrái?

viernes, 15 de septiembre de 2017

En el 148 (¿eh?) aniversario del nacimiento de Frank Lloyd Wright

A Eduardo Almalé, a Carlos Santamarina,
a todos los miembros de La morsa era yo y a
Fredy Ovando Grajales, con mi gratitud.

Dicen que este año se cumplen (¿de verdad?) ciento cincuenta años del nacimiento de Frank Lloyd Wright, y desde la Frank Lloyd Wright Foundation hasta el MoMA, pasando por muchas instituciones de todo el mundo, lo están celebrando por todo lo alto.
En efecto: Si hubiera nacido el 8 de junio de 1867 así sería, y todas esas fiestas tendrían sentido. Pero si nació el 8 de junio de 1869 (como sostenemos muchos) este año se cumpliría solamente su centésimo cuadragésimo octavo aniversario, y deberíamos esperar dos años más para celebrar la cifra redonda.

Frank Lloyd Wright. Foto tomada en el año...
(Ah, si lo supiéramos)

La fecha oficial del nacimiento de Wright es la que él dijo en su autobiografía, 1867, que coincide con la que figura en el libro de familia de su matrimonio con Catherine Tobin, su primera esposa. Entonces está claro, ¿no? ¿Cuál es el problema?

Pues que hay otros documentos que dicen que no nació en 1867, sino en 1869.

Mi amigo tuitero Eduardo Almalé me facilitó esta fotografía de la tumba de Wright:


Y mi también amigo Carlos Santamarina me pasó este escalofriante documento:

Certificado de defunción de FLW. En él consta como fecha de nacimiento el 8 de junio de 1869
(Si clicáis en la imagen la veréis más grande y podréis leer el dato)

La primera vez que tuve noticia de este problema de fechas fue leyendo el primer libro que tuve sobre Wright, el de Henry-Russell Hitchcock Frank Lloyd Wright, Obras 1887-1941 (título original: In the Nature of Materials, The Buildings of Frank Lloyd Wright 1887-1941). En él el autor decía que por fin había quedado clara la fecha de nacimiento de Wright, 1869, porque él mismo se la había confesado: "Vale, Henry, tienes razón, me has pillado. Nací en 1869".
Para mí, como este era un problema que ni sospechaba que existiera, el asunto quedó así zanjado antes de empezar.
Años después me compré el paperback de GG sobre Wright, cuyo autor es Bruno Zevi. En la nota biográfica del final del libro dice que nació en 1869. Pues ya está; no se hable más. Si lo dice Don Bruno, el crítico wrightiano más respetable, el tema está resuelto.
Pero hace apenas unos meses mis amigos de La morsa era yo me señalaron que en la contraportada de ese mismo libro pone que nació en 1867. Treinta y tantos años con ese libro en las manos y no me había dado cuenta de eso.
Qué bueno, qué saber nadar y guardar la ropa. Ese libro sostiene las dos fechas.
Bien. Hay que pensar que la contraportada la he escrito cualquiera de la editorial, buscando el dato en enciclopedias, y por lo tanto esa fecha no tiene por qué ser la que defienda Zevi. Pero si a eso vamos, también la nota biográfica la puede haber redactado otro documentalista y no el autor.
Lo que sí escribe Zevi en el artículo introductorio del libro (p. 11 en mi edición) es: "...en 1910, cuando el maestro, a los cuarenta y tres años, es invitado..." 1910-43=1867. (Oh, no. Tampoco me había dado cuenta hasta ahora).

Entonces hay que concluir que mi admirado Zevi defiende la misma fecha que la Frank Lloyd Wright Foundation, heredera del legado del maestro, albacea suya y garante de su biografía: 1867.

Por su parte, Finis Farr, el autor de la biografía más seria (en mi opinión) de Wright, dice ya en la primera frase (¿dónde si no?) que nació el 8 de junio de 1869. (Pero, claro, digo que es la biografía más seria porque dice lo que yo quiero).

Si le hablas de Henry-Russell Hitchcock a alguno de los miembros de la foundation te dirá que era un papanatas y una mala persona que tenía oscuros intereses en mantener la mentira de 1869, y que se inventó la confesión de Wright. Y si le hablas de Finis Farr te dirá: "¿Ese quién es?"

sábado, 8 de julio de 2017

Hendrik Petrus Berlage: Un hombre honrado

Hace dos meses escribí una entrada en la que hablaba de mi torpeza como diseñador y, de paso, me metía con Berlage. Lo llamé "mediocre o, al menos, no brillante", aunque valoré su gran solvencia y su enorme capacidad de trabajo.
No me quedé a gusto habiendo sido tan mezquino con él y prometí dedicarle una entrada un poco más justa.
Bueno, pues todo llega.

En primer lugar, hay que decir que Berlage es un arquitecto reconocido. En su país lo tienen por un personaje ilustre, y lo demuestran a menudo como se suelen demostrar estas cosas.

Holanda: Personajes. 1954

Holanda. Arquitectura moderna. 1955

 Holanda. Grandes momentos holandeses del S.XX, 1999

Holanda sin límites. Indonesia. 2012

Tarjeta telefónica, 1999

Perdonadme este exordio que ocupa mucho y aporta muy poco, pero es que soy un frikicoleccionista y me llaman la atención estas cosas. Creo que dos de los signos más claros de haber triunfado en la vida es que le pongan tu nombre a una calle o plaza de tu pueblo y que te saquen en un sello de correos. Y con las imágenes que he puesto se nota que los holandeses siguen apreciando a Berlage al cabo de los años.
Hendrik Petrus Berlage es un hombre muy honrado por sus compatriotas. Y además fue un hombre honrado.
Berlage fue un arquitecto de muchísima importancia. No fue un gran creador, un hombre de talento excepcional, no, permitidme que insista, pero fue un gran profesional y una persona lúcida, muy lúcida.
Cuando ganó el concurso de la Bolsa de Ámsterdam lo hizo con un diseño neomedievalista, interesante pero anclado en el pasado, y que conservaba algunos de los tópicos de la arquitectura holandesa (o, si preferís, nordeuropea) tradicional.

martes, 16 de mayo de 2017

Neoclasicismo

A Ana Fernández del Prado

Acabo de leer en twitter que el torero (y últimamente ideólogo) Fran Rivera ha dicho que le gustaría que volviera la mili por los mismos motivos por los que mi madre y mi novia querían que la hiciera yo (me libré por excedente): para que los jóvenes se curtieran y aprendieran lo que vale un peine.


En seguida twitter se ha puesto a hervir. (¿Qué es twitter sino un hervidero?). La mayoría se ha burlado (de nuevo) del torero, pero unos cuantos le han dado (de nuevo) la razón.
Yo he pensado que es hermoso (y totalmente estúpido) añorar los viejos tiempos, y de repente he vislumbrado una Arcadia feliz y viejuna en la que los hombres adultos no se pusieran nunca pantalones cortos, la música fuera melódica y en español (y la foránea se tradujera: "Ansietat / de tenedte en mis brasos..."), los muchachos se pusieran la gorra con la visera para delante (y se la quitaran al entrar en los sitios), a los mayores se nos llamara de usted, hubiera más respeto y las autoridades fueran más contundentes con... con todo.

Y he caído en la cuenta de que eso es precisamente el neoclasicismo. O sea (que lo sepáis): Fran Rivera es neoclásico.

El neoclasicismo es muchas cosas, algunas de ellas incluso interesantes. Pero es -yo creo que sobre todo- esto: ¿Hacia dónde va el progreso, la modernidad, la vida? Pues yo tiro para el otro lado.

lunes, 16 de mayo de 2016

Pabellón de Barcelona: El no ya lo tienes

El otro día Jaume Prat, autor del blog Arquitectura entre otras soluciones, Rodrigo Almonacid, autor del blog de r-arquitectura y yo nos pusimos a charlar en Facebook sobre el mítico pabellón de Barcelona. No tengo ni que decir que me resulta siempre estimulante charlar con estos dos compañeros. Pero es que esta vez fuimos algo más lejos y nos emplazamos a escribir un artículo cada uno y publicarlos simultáneamente, cada uno en su blog. De manera que, para mi gozo y orgullo, el artículo que sigue está ligado o emparentado a los de Jaume (aquí) y Rodrigo (aquí).


Cuando Lola Flores actuó en el Madison Square Garden de Nueva York el crítico del New York Times escribió: “Lola Flores no sabe cantar, no sabe bailar, pero no se la pierdan”.
Pues algo así me pasa con el famoso, mítico, venerable pabellón de Alemania que diseñó Mies van der Rohe para la Exposición Universal de Barcelona de 1929, una de las piezas clave de la historia de la arquitectura moderna: “No es un pabellón, no es arquitectura, pero no se lo pierdan”.


Porque todo eso que no es, todas las cualidades que no tiene, todas esas negaciones son en definitiva argumentos para una afirmación ulterior.
No es un pabellón de una Exposición Universal porque no expone nada. Alemania montó en aquella Expo otro pabellón "convencional" para exponer cosas. Este era otra historia: un mero “sitio” (¿sitio?) para recibir al rey de España y para tenerlo allí un rato, incluso para que se sentara (de ahí la no menos famosísima silla Barcelona, concebida como un trono, uno de los tronos más irreverentes de la historia, en el que, por cierto, el rey no llegó a sentarse), sin el agobio de los cachivaches que se exponían en el pabellón-pabellón, en el pabellón de verdad.


Tampoco era “arquitectura” en el sentido de un recinto “cerrado”, acotado, con una función utilitaria clara. Era arquitectura en el sentido de espacio, de espacio configurado con elementos construidos. Eso sí. Pero el espacio resultante era abierto, inacotado, sutil, variable, dinámico. No era un espacio confinado. No era el interior de una caja, como solía ser lo normal. No era un espacio cartesiano (x, y, z). No; no era un “espacio”. No era “ese tipo de espacio”.
Los elementos constructivos eran la luz, el brillo, el reflejo y la transparencia.
La percepción de todo aquello era laberíntica y confusa, con recorridos laterales y soslayados.


El rey no debió de enterarse de nada. Acostumbrado a la arquitectura áulica, ese paseo que le dieron por esa construcción “inacabada” y “fría” debió de parecerle muy desagradable.




Su autor, ese “arquitecto” tan raro y tan frío, era un fervoroso lector de Oswald Spengler. Por aquella época tenía La decadencia de occidente subrayadísima y con muchas notas en los márgenes. Spengler tenía una visión muy pesimista del tiempo actual, en una cultura ya agotada, que había dejado de serlo hacía ya mucho tiempo para convertirse en civilización, y que había perdido ya la oportunidad de tener un gran arte que le diera voz. También decía Spengler que lo trágico es el tiempo, nunca el espacio.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Manierismo, Mies, pop, Cantinflas, Chabeli...

Estos días veredes está republicando dos entradas que escribí en este blog sobre mis recuerdos de Juan Daniel Fullaondo. Y están gustando e interesando a muchos arquitectos que no le conocieron. Eso me emociona.
(La primera la puedes ver aquí, y la segunda aquí).
Dicen que lo cuento bien. Sólo cuento lo que pasó. Lo que vi. Ojalá supiera contarlo mejor y dar mejores detalles.
Todo eso ha hecho que relea los dos artículos, y, tontín tonteando, he estado miroteado entre sus libros, como tantas veces, recordando ideas, momentos... y he terminado (como tantas veces) en un libro fantástico y a menudo desesperante del que os voy a dar insuficiente noticia.


El libro es una edición casera, personal, cuidadosa, que hizo María Teresa Muñoz de los guiones del curso de doctorado 1993-94 que impartieron juntos: Manierismo, Mies van der Rohe, Arte Pop. (Juan Daniel Falleció el 26 de junio, cuando el curso llegaba al final). La edición consta de 99 ejemplares numerados, para amigos y alumnos, y tengo el honor de que ella me regalara, en su casa, el ejemplar nº 16.
Es un libro de 264 páginas más unas ochenta (sin numerar) de trabajos de los alumnos. El libro tiene formato A4 vertical y está encuadernado en tela azul.
Junto al ejemplar me regaló una fotocopia de la carta que Bruno Zevi le mandó tras haber recibido el suyo y habérselo leído en una noche entera sin dormir. (L´ho sfogliato lentamente per circa due ore. Poi ho dedicato la notte a leggerme pagine e capitoli). La verdad es que es una experiencia excitante.

Carta de Bruno Zevi a María Teresa Muñoz
(si clicáis cualquiera de estas imágenes la veréis más grande)

Non sono abituato a fare complimenti, anzi in genere sono un critico brutale e spietato anche e specialmente con gli amici. Ma debbo dirle che sono rimasto incantato, e che il mio entusiasmo e' cresciuto sempre piu' durante la notte, tanto che e' l'alba e le scrivo.

Entusiasmo. Sí. Y en mi caso, que soy tan tiquismiquis y tan puñeterito con estas cosas (a veces me veo como el bobo que explica los chistes y a veces como el bobo que necesita que se los expliquen), desorientación, desazón, ansiedad. Ese libro es un agua que no sacia, que da más sed, más curiosidad, más ganas. Es una insinuación de ideas, un torbellino, una cascada copiosísima, pero que me pasa por encima.
Porque el libro consta de los guiones de las clases sin desarrollar. Ideas, ocurrencias, relaciones... Algunas son bastante claras. Otras son oscuras, pero ya se las escuché alguna vez en clase, en su casa, en un restaurante...
Por ejemplo:
- El episodio del Vizcaíno.
Así, tal cual. Sin más. (Está tratando del Quijote). Yo recuerdo que él se burlaba de sí mismo como vizcaíno contándonos una noche mientras cenábamos que en todo el libro, en las dos partes, sólo hay un personaje que se toma en serio a Don Quijote: el Vizcaíno. Y no sólo es el único que se lo cree, sino que es el único que pierde contra él. El personaje más ridículo de toda la novela. (Sin embargo, también es el único que ve lo que los demás no ven; el único que reconoce ese mundo maravilloso y no lo considera una impostura).
Pero si alguien no le escuchó esa disertación es muy difícil que adivine su intención leyendo sólo eso: El episodio del Vizcaíno.
Así me pasa con:
- Borges y el Persiles y Segismunda.
Esa no me la sé. ¿Qué quiere decir? ¿A qué se refiere? Probablemente a alguna entrevista en la que Borges cuenta su interpretación de la obra cervantina. Sería interesantísimo conocer la opinión de Borges y la reopinión de Fullaondo sobre ella. Pero me tengo que resignar a no enterarme.
Tampoco me entero de:
- El "pollo frito" del Alcalde de Atlanta.
[En un contexto en que se está hablando de las Meninas].
Y tampoco me entero de:
- La filosofía de Chabeli.
                              Los hombres son historiadores, las mujeres filósofas.
                              El Ser y la Nada.
Chabeli sale más veces. Se menciona su vídeo. Recuerdo que una revista regalaba el vídeo de la boda de Chabeli con Ricardo Bofill jr. Busco por internet y... ¡justo! Se casaron en 1993. O sea, que era un tema candente en ese momento. Fullaondo debió de poner el vídeo de la boda en clase, y comentarlo como sólo él sabía hacerlo. Qué envidia. Qué rabia.
Fullaondo te ponía en su casa una película experimental sobre el Ulises de Joyce y remataba con el juicio de El Supersabio, de Cantinflas o con las empanadillas de Encanna, de Martes y Trece. Y lo ligaba todo con su inagotable cultura, su inagotable talento y su inagotable sentido del humor.


Bueno, esta creo que me la sé. El discurso como disolución del lenguaje. El discurso vacío, el significado vacío, la oratoria cromlech. Fullaondo era tartamudo; supongo que por eso pondría en clase fragmentos de la serie Yo, Claudio. A su lado, el brillantísimo discurso de Marco Antonio en la película Julio César, de Mankiewicz, maravillosamente dicho por Marlon Brando. También inmediatamente los discursos rotos y disueltos de Jerry Lewis y Cantinflas, y el brillante alegato de Gary Cooper en El Manantial. Todo junto, explicando unos discursos con los otros, enriqueciendo estos con aquellos. En su casa participé de algún show parecido y certifico que eran divertidísimos. Pero además eran una fuente inagotable de aprendizaje: arquitectura, semiótica, arte, comunicación..., con ejemplos siempre brillantes, que no dudaban en ir de lo trágico a lo trivial, de lo exquisito a lo intrascendente, de lo sublime a lo ridículo.

viernes, 9 de mayo de 2014

Basílicas, templos y duros comentarios

Me estáis acostumbrando muy mal con vuestros amables comentarios, que muchas veces llegan incluso a elogiosos. Me estáis acostumbrando tan mal que cuando llega alguno crítico no lo entiendo.
Tengo el típico buenrollismo de "encajo muy bien las críticas", y tal. Pero cuando me llega una me sale el "no me ha entendido", "es que no era eso lo que yo quería decir", etc. Ya, claro, lo de siempre. Lo de "yo soy muy demócrata, pero como alguien me contradiga me lo cargo". Ya, claro. Muy bonito.
Pues sí. Lo último es que, en muy poco tiempo, he recibido tres ácidos comentarios sobre una entrada mía de hace más de dos años, y que en su día fue muy bien acogida: "Otra charla de Oiza: Mies vs Aalto". (Incluso está entre las más leídas de este blog, como podéis comprobar en el listado de la columna de la derecha).
Pues después de unos cuantos elogios a esa entrada tengo dos comentarios muy recientes que dicen que ese texto sólo expresa una opinión personal (de Oiza, que yo encontré acertadísima cuando la escuché, y por eso la conté) y que no hago un estudio previo real sobre los dos arquitectos comparados. (Hombre: Hacer un estudio previo de Mies van der Rohe y de Alvar Aalto antes de contar la charla de Oiza es hacer varias tesis doctorales, y esto no es más que un blog, y yo no soy más que un bocazas).
Pero no ha sido aquí, en el blog, sino en twitter donde he recibido la puntilla: Una tuitera dice sobre esa entrada: "El peor artículo de Arquitectura de toda la historia. ¡Hay que estudiar más, señores!". Tela: El peor de toda la historia. Jopelines, qué bajona.
¿El plural "señores" incluye a Oiza? Porque mi artículo era tan solo la glosa de su charla. Pues no: Al parecer no lo incluye. Otro tuitero le contestó para defenderme (se lo agradezco mucho), y ella insistió, diciendo esta vez que yo me limitaba a reproducir lo que oí, sin aportar nada. En eso tiene razón. Releo el texto y veo que lo único que dije de mi cosecha fue el final: La comparación entre las iglesias de Alvar Aalto y de Mies van der Rohe.
Así que, como purga y penitencia, me propongo desarrollar (mínimamente: Esto es sólo un blog, y un blog muy personal) la idea del templo como casa de Dios y la del templo como asamblea de los fieles. Y en esto no copio a Oiza.

Mies van der Rohe: Capilla de St. Saviour, IIT, Chicago.
Alvar Aalto: Iglesia del centro parroquial de Riola, Italia.

Aalto hace una iglesia muy agradable, muy acogedora, mientras que Mies hace una iglesia muy fría. La de Mies es geometría, pura abstracción. Es la casa donde vive un dios racional y conceptual, un ser absoluto y trascendente. Y vive allí. Allí sólo puede vivir un ser sobrenatural.
La iglesia de Aalto es, por el contrario, el espacio en el que los seres humanos -dubitativos, imperfectos, torpes- le buscan.
Aalto, con su iglesia, ayuda a los fieles a que estén tranquilos, plácidos, y puedan elevar sus pensamientos y sus sentimientos. A Mies, en la suya, le da igual cómo estén los fieles: Dios está a gusto. O, mejor dicho, Dios está en su sitio. Y eso es lo que cuenta.
Aalto proyecta para los hombres, y Mies para Dios.

martes, 29 de abril de 2014

Canto al constructor. (El valor de un rótulo).

Frank Lloyd Wright había dibujado esa estructura muchas veces: como garaje, como observatorio, como museo... con la hélice afilándose hacia arriba o hacia abajo... incluso con la hélice prismática.
No voy a hablar de eso ahora. Ahora sólo quiero hablar de ese tremendo momento en el que un diseño obsesivo, trabajado durante años, estudiado, cambiado, abandonado y retomado, por fin tiene la oportunidad de ser construido.
En arquitectura ese es el momento.
Todo lo demás es excusa y verborrea.
De repente surgen todas las dudas. ¿Y si la estructura no aguanta? ¿Y si el espacio no resulta como me he imaginado? ¿Y si no funciona? ¿Y si cuesta mucho más de lo previsto? ¿Y si el cliente, al verlo levantarse, decide que no era eso lo que quería? ¿Y si falla esto? ¿Y si no sale bien lo otro? ¿Y si hay accidentes, peleas, retrasos, problemas de mil clases?
Ahí el arquitecto, el aparejador, los diversos técnicos, los dueños, todos los que intervienen dan un paso atrás y miran al constructor. Él es el amo.
Vaya mi homenaje al constructor, al denostado constructor, cuya figura se utiliza casi exclusivamente para referir maldades y abusos.
El constructor organiza a su gente, dispone los medios, las máquinas, los equipos, y le mete mano a lo que hasta ahora sólo estaba en el papel (o en la pantalla del ordenador o de la tableta).
Todo comienza en ese momento. Replantea, hace el vaciado, abre las zanjas, etc.
Y que todo aquello llegue a buen fin parece un milagro.
Es un milagro.


Convencer al cliente, hacer una maqueta... todo eso es una aventura. Pero conseguir la aprobación y lanzarse a construir, eso sí que es una aventura de primera. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo organizarlo todo?

Edgar Tafel había sido discípulo de Wright durante muchos años, pero hacía tiempo que se había ido de Taliesin para montar su propio estudio en Nueva York. Allí fue a visitarle su amigo Bob Mosher, que seguía en la feliz comunidad. Había ido a Nueva York a llevar planos corregidos al Comisionado de la Edificación, para ver si por fin los aprobaban para la licencia. Y aprovechó para enseñárselos a su amigo, que había oído hablar del nuevo proyecto del maestro, pero no se lo imaginaba.
Estaban los dos admirando los planos cuando llegó a la oficina un cliente de Tafel, George N. Cohen, un promotor-constructor que le había encargado unas viviendas de hormigón armado, material en el que su empresa constructora, Euclides, aunque de pequeña envergadura, era experta.
Cohen vio los planos extendidos, y le llamaron la atención.

-¿Son suyos, señor Tafel?
-Qué más quisiera yo. Son de Frank Lloyd Wright. Es el Museo Guggenheim. Va a construirse aquí, en Nueva York.
-¡Todo de hormigón visto! ¡Qué maravilla! ¿Tienen ya constructor? ¿Puede presentarme al señor Wright? ¿Puedo pasarle presupuesto? Ya sabe que yo soy su hombre-hormigón.
-Me temo que no hay nada que hacer, señor Cohen. Debe de haber peces muy gordos en la charca.

Semanas después Wright llamó a Tafel por teléfono. Estaba en Nueva York; se alojaba en el Hotel Plaza y deseaba que fuera a verle cuando pudiera.
Hacía mucho que Tafel no veía al maestro, y fue muy contento a saludarle.

-¡Hola, señor Wright! ¿Cómo está usted?
-Tocado, pero aún en el ring. Edgar, ¿dónde está su experto en hormigón?

Así que era eso. Bob Mosher le había hablado de Cohen, y mal tenían que estar las cosas cuando Wright lo necesitaba.

viernes, 21 de marzo de 2014

Clasicismo, Modernidad y Metafísica china

(El post de hoy es polémico. Pero igual que no me corto en soltar coces a diestro y siniestro, también tengo buenas espaldas y buenas posaderas para recibir las vuestras. No os cortéis en los comentarios. Entiendo que me llevéis la contraria en muchas cosas, pero defiendo con vehemencia mi opinión).

El otro día por Facebook mi amiga virtual Ana Fernández del Prado hablaba de un libro que le habían mandado leer en la asignatura Clasicismo y Modernidad. ¿Cómo? ¿WTF? ¿Pero existe esa asignatura? Al parecer sí. (Lo he buscado y he puesto el enlace. Por cierto; la página está vacía, lo que me parece muy coherente con el concepto "Clasicismo ∩ Modernidad". Es decir: La intersección del "Conjunto Clasicismo" con el "Conjunto Modernidad" es un "Conjunto Vacío").
Sacrebleu! ¡Pardiez! ¡Cáspita! ¡Caracoles! ¡Clasicismo y Modernidad! ¡Y lo dicen así! ¡Y se quedan tan anchos! ¡Clasicismo y Modernidad!
¿Cómo a alguien se le puede ocurrir que la Modernidad tenga algo que ver con el Clasicismo? Es inconcebible. La Modernidad, por definición, por mera declaración de principios, es absoluta y profundamente anticlásica. Y debe serlo. Es su esencia ontológica. No cabe otra cosa.
Se me dirá: "Depende de lo que entendamos por Modernidad y lo que entendamos por Clasicismo, y hasta dónde llevemos el alcance de esos términos". Vale, de acuerdo. Puede que haya una cuestión previa de vocabulario. Entonces, para empezar mi diatriba proclamaré, para que quede muy claro, que yo (llamadme enrevesado) por Modernidad entiendo Modernidad, y por Clasicismo entiendo Clasicismo.
¿Está claro? Es que los términos pueden ser muy ambiguos a veces, sobre todo en boca de gente aviesa y malintencionada. A veces algunos son muy retorcidos, y es casi una misión de caballero andante hablar de lo obvio y decir perogrulladas. (Triste panorama en el que siempre hay que explicar lo obvio).
Aclararé previamente que la Modernidad se tiene que valer de elementos técnicos, de referencias lingüísticas, lógicas, rítmicas, constructivas, etc, que a menudo utilizan herramientas que ya utilizó el clasicismo. Sí, naturalmente. También los arquitectos modernos comen manzanas similares a las que comieron los clásicos, o caminan moviendo las piernas de manera parecida a como lo hacían aquéllos. Nada más.
Vamos a ver: ¿Que la Villa Saboya tenga cuatro fachadas con columnas la hace similar en algo al Partenón?



¿De verdad? ¿Tienen algo que ver? ¿Constructiva, técnica, funcional, formal, espacialmente, tienen algo en común?
Por más que el Corbu, buscando un apoyo culto -que, como todos los poco letrados, creía necesitar-, hiciera dibujos y dibujos de los templos griegos y cantara sus alabanzas ansiando entrar en comparación con ellos, lo que él hacía no tenía nada que ver, nada en absoluto, pero nada de nada, con aquello.
Por otra parte, ya llevan varias décadas cansando quienes quieren ver la base de Mies y su justificación en Schinkel. ¡Por favor! E insinúan que obras como la Galería Nacional de Berlín le deben tributo al Altes Museum.



¿De verdad? Arquitectamos locos? Es verdaderamente para echarse a llorar, y para gritar.
Sí: Tienen columnas rítmicamente moduladas (pero que no tienen un mínimo parentesco estructural). Tienen una escalinata de acceso. Tienen una planta simétrica (en Mies sólo la superior). ¿Y? También tienen fachadas, y cubierta. No tienen absolutamente nada que ver, y a quien no sea capaz de darse cuenta de eso tampoco voy a ser yo capaz de convencerle.
La estructura de Mies niega la de Schinkel. El espacio de Mies niega el de Schinkel. La forma de Mies niega la de Schinklel. Los materiales de Mies niegan los de Schinkel.
Sí. Mies van der Rohe visitó con interés el Altes Museum, y fue aleccionado por Behrens para apreciar la claridad constructiva de Schinkel. Sí. Cuando era muy joven. Y le sirvió de mucho. Reconozco que sus influencias son innegables. Sólo que después pasaron en su vida algunas cosas sin importancia: Conoció la obra de Wright, entró en la Bauhaus (que llegó a dirigir), se relacionó con De Stijl... Nada; cositas sin importancia que de ninguna manera pudieron borrar su apreciación inicial por Schinkel.
Naturalmente que sí: El Pabellón de Barcelona es Schinkel puro.
¡Lo que hay que oír y lo que hay que leer!

(Nota desconcertante: Jaume Prat ha publicado estos días este puñetero artículo justo cuando yo iba por aquí. Me ha dejado descolocado y sin saber cómo seguir. Permitidme que intente terminar esto y no pierda el hilo más de lo que lo he perdido ya. Ignoraré concienzudamente lo que ha escrito Jaume. No sé si por ahora o para siempre. No; para siempre no. Es tan fascinante que he de volver a ello en otro momento).

Mies es otra cosa, siempre sorprendente, incomprensible e inabarcable. Su ansia de perfección platónica es al mismo tiempo un afán de reducción, de esencialidad, de minimalismo. ¿Puede tener esto algo que ver con el clasicismo? Creo que es evidente que no. Cómo plantea los programas, cómo enfrenta los problemas, cómo enuncia los... De Mies hablaremos otro día. Pero vamos: Que no. Que no es clasicista. Quien tenga ojos que mire.
Ah, y otra cosa, que aunque no venga a cuento no puedo dejar de señalar: Mies es primerísima línea mundial, un dios, un hipermegamaxi, y Schinkel es Segunda División B, se ponga quien se ponga como se ponga. Es como si dijéramos que Ancelotti, para tomar ideas para el Real Madrid, va los sábados a ver al Juvenil de la A.D. Illescas, equipo que elijo sólo a título de ejemplo, y no porque en él juegue mi hijo Andrés. Eso no tiene nada que ver. (Anda, Carlo, échale un ojo, que nos sacas de pobres).

lunes, 23 de septiembre de 2013

Arquitectura y Caos

Acabo de leer una buena frase de Rem Koolhaas en el blog de Cosas de Arquitectos. El titular dice: "La arquitectura por definición es una aventura caótica". La frase completa no la copio para que así les hagáis una visita a estos chicos, que lo merecen, (Clicad aquí: Frasecica).
Hacer arquitectura es coordinar aspectos que en principio no son coordinables, y es dar cancha a muchas solicitaciones diversas.
Estoy de acuerdo con lo que dice Koolhaas, sólo que yo utilizaría como conclusión (y titular) prácticamente la contraria: La arquitectura es una aventura que siempre lucha contra el caos.
¿Que pierde? Vale, también nosotros, todos, nos pasamos la vida luchando contra la muerte y al final perdemos. La vida es una enfermedad mortal, y la arquitectura es una aventura caótica que acaba naufragando en el caos. Sí, de acuerdo. Pero es un naufragio extraordinario, fruto de la convicción de que se puede y se debe luchar.


Eso es lo que le da gracia y sentido a la aventura. Sentimos trágica, unamunianamente, la vida. Tenemos miedo a morir, a desaparecer sin dejar nada, a dejar de ser. Pero por eso mismo nos aferramos a la vida y la disfrutamos. Si no muriéramos nunca no tendría sentido nada; todo sería un aburrimiento.
Por el mismo motivo, si nuestro mundo fuera un ente ordenado no habría por qué hacer arquitectura, ya que nos vendría todo dado, y cualquier chabolo (o cualquier montón de trastos) colocado y dispuesto de cualquier manera sería armonioso y bello, útil y funcional, y sus proporciones, dimensiones y características varias serían siempre gratas.
Pero no es así. La entropía es una puñetera. (Es una puñetera y al mismo tiempo una estimuladora y una entusiasmadora. Es la que nos hace saltar de la cama todas las mañanas y lanzarnos a la lucha diaria).
El Otro poema de los dones, de Jorge Luis Borges, comienza así:

Gracias quiero dar al divino
laberinto de los efectos y de las causas
por la diversidad de las criaturas
que forman este singular universo,
por la razón, que no cesará de soñar
con un plano del laberinto,
[...]

El universo es un inextricable (y divino) laberinto de causas y efectos, pero el ser humano jamás renunciará a soñar con un plano del laberinto, y a trabajar duramente para dibujarlo.
Tal vez en muchos siglos sólo sea capaz de cartografiar un par de giros o recodos, pero no se desanimará ante el ingente trabajo que le queda, sino que celebrará haber reconocido esos dos giros, y estará siempre dispuesto a descifrar el siguiente, aunque le lleve otro milenio.
Esa es la condición humana.
En arquitectura, no sólo una obra tiene que luchar contra mil dificultades, y no triunfa nunca completamente y casi nunca parcialmente, sino que las pocas veces que sale más o menos airosa se levanta en medio de un entorno hostil. (¿Cuántas veces hemos ido en peregrinación a ver una obra mítica y nos la hemos encontrado casi tapada por un concesionario de coches o por un restaurante de comida rápida, que los fotógrafos de arquitectura evitan hábilmente?). Ya no es que no podamos hacer una buena obra de arquitectura: Es que no podemos cambiar el mundo.
Y sin embargo seguimos.
He puesto antes un enlace al concepto "entropía" de la wikipedia, y me ha sorprendido (y agradado especialmente) que la palabra proceda del griego "evolución" o "transformación". Yo ya sabía que era una medida del desorden, y que era una energía que no produce trabajo, una energía inútil, una gaita. Y además significa la irreversibilidad de los procesos y, en definitiva, la tragedia de la vida (El Sentimiento Trágico de la Vida). Pero lo que no me esperaba (pero, por lo demás, es obvio) es que eso mismo fuera la evolución o la transformación.

sábado, 12 de mayo de 2012

Historia Universal de la Infamia (I)

Creo que no hay duda (y escribo "creo") en celebrar a Frank Lloyd Wright, a Le Corbusier y a Mies van der Rohe como los tres más grandes arquitectos del siglo XX. Hay decenas de geniales arquitectos, y cientos de arquitectos extraordinarios, pero creo que estos tres son otra cosa. Al menos en mi opinión. Los he citado, además, en el orden que ocupan en mi afecto y en mi corazón: Frank Lloyd Wright, Le Corbusier y Mies van der Rohe. Es más, ya puestos, secundo la afirmación de Bruno Zevi: "Frank Lloyd Wright es el más grande arquitecto desde las cavernas".
Sin embargo, estos tres brillantísimos arquitectos tienen también sus zonas oscuras, sus infamias monstruosas, y mi obligación autoimpuesta es contarlas aquí. Cada uno de ellos cometió más de una, pero voy a contar solo una de cada uno: No sé si la más vil. Tal vez sí.
Tengo que alegar que a estos héroes o se les santifica o se les ataca sin piedad, motivo por el que sus puntos negros nunca están claramente contados: O se disimulan e incluso se niegan, o se amplifican desproporcionadamente. Yo intentaré ser objetivo, aunque tengo las fuentes que tengo. Creo que lo que digo es verdad en su conjunto, aunque seguro que me fallan muchos detalles.
Hoy me dedicaré al primero, a quien siempre he venerado, a quien le dediqué mi tesis doctoral y hasta le escribí una novela (que os podéis descargar en este blog) para intentar exorcizármelo (quitármelo de encima) y apearle del altar en que le tenía. (Lo malo es que el canalla aguanta en el sillón presidencial de mi corazoncito a pesar de todo. Es como una lapa).

Vamos con la infamia.

Albert Chase McArthur fue el mayor de los tres hijos de Warren McArthur, un exitoso hombre de negocios cuya casa construyó Frank Lloyd Wright en 1892, en Chicago. El muchacho creció admirando al genial arquitecto. Tanto que él mismo se hizo arquitecto, y llegó a trabajar a las órdenes de su ídolo entre 1907 y 1909.
En 1927, Charles y Warren McArthur, los dos hermanos de Albert, compraron un terreno al pie del Monte Camelback, cerca de Phoenix (Arizona), y le encargaron el proyecto de un hotel: El Arizona Biltmore. Albert se puso a trabajar en el diseño del edificio y decidió emplear el sistema de bloques de hormigón que había creado su maestro. Convenció a sus hermanos para que pagaran a Wright por los derechos de utilización de esos bloques. Wright les vendió los derechos por un dineral, olvidando el pequeño detalle de que en su desastrosa situación legal y financiera le habían embargado todo lo que fuera susceptible de ser embargado, incluyendo, por supuesto, esa patente. Pero es que, además de vender lo que no era suyo, como no tenía trabajo se presentó en Phoenix a ayudar a Albert, sin que él se lo hubiera pedido. Albert ya tenía el diseño del edificio terminado, y Wright se entusiasmó al verlo.
Wright caracoleaba por el estudio con Olgivanna, estorbando, reconsiderando cosas que ya estaban resueltas, mareando a todo el mundo hasta que Charles, el hermano de en medio de los McArthur, y jefe de la empresa Arizona Biltmore, le pidió con el mayor tacto que se volviera a su casa, pues su hermano se bastaba y se sobraba para terminar los detalles del proyecto.
Albert hizo el trabajo con toda su ilusión, con toda su alma, con tanto amor por sus hermanos como por su maestro Wright.


El resultado fue una obra muy atractiva, con un aire wrightiano inconfundible. Menos "inspirada" y menos "magistral" que las auténticas obras de Wright, pero, al fin y al cabo, una muy digna pariente de ellas.
La obra se inauguró el 23-F de 1929. En seguida apareció el abogado del auténtico dueño de la patente de los bloques y les metió una demanda de pronóstico a los hermanos, que tuvieron que volver a pagar por utilizar los bloques. (No sé si le pidieron a Wright que les devolviera el dinero, pero lo llevaban claro).
En todo caso, Wright no devolvió un dólar (no lo tenía), pero a cambio se mostró tan amable, tan cariñoso, tan solícito con su discípulo, que cuando vio la obra terminada dijo:


"Ha quedado tan mal como esperaba".

¡Qué generoso! ¡Qué manera de devolver amor y cariño!
Albert le adoraba, y su esposa se había hecho muy amiga de Olgivanna. A cambio, Wright se burlaba de la mujer y del hijo de Albert siempre que podía.
Pero volvamos al hotel.