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lunes, 22 de septiembre de 2014

Manierismo, Mies, pop, Cantinflas, Chabeli...

Estos días veredes está republicando dos entradas que escribí en este blog sobre mis recuerdos de Juan Daniel Fullaondo. Y están gustando e interesando a muchos arquitectos que no le conocieron. Eso me emociona.
(La primera la puedes ver aquí, y la segunda aquí).
Dicen que lo cuento bien. Sólo cuento lo que pasó. Lo que vi. Ojalá supiera contarlo mejor y dar mejores detalles.
Todo eso ha hecho que relea los dos artículos, y, tontín tonteando, he estado miroteado entre sus libros, como tantas veces, recordando ideas, momentos... y he terminado (como tantas veces) en un libro fantástico y a menudo desesperante del que os voy a dar insuficiente noticia.


El libro es una edición casera, personal, cuidadosa, que hizo María Teresa Muñoz de los guiones del curso de doctorado 1993-94 que impartieron juntos: Manierismo, Mies van der Rohe, Arte Pop. (Juan Daniel Falleció el 26 de junio, cuando el curso llegaba al final). La edición consta de 99 ejemplares numerados, para amigos y alumnos, y tengo el honor de que ella me regalara, en su casa, el ejemplar nº 16.
Es un libro de 264 páginas más unas ochenta (sin numerar) de trabajos de los alumnos. El libro tiene formato A4 vertical y está encuadernado en tela azul.
Junto al ejemplar me regaló una fotocopia de la carta que Bruno Zevi le mandó tras haber recibido el suyo y habérselo leído en una noche entera sin dormir. (L´ho sfogliato lentamente per circa due ore. Poi ho dedicato la notte a leggerme pagine e capitoli). La verdad es que es una experiencia excitante.

Carta de Bruno Zevi a María Teresa Muñoz
(si clicáis cualquiera de estas imágenes la veréis más grande)

Non sono abituato a fare complimenti, anzi in genere sono un critico brutale e spietato anche e specialmente con gli amici. Ma debbo dirle che sono rimasto incantato, e che il mio entusiasmo e' cresciuto sempre piu' durante la notte, tanto che e' l'alba e le scrivo.

Entusiasmo. Sí. Y en mi caso, que soy tan tiquismiquis y tan puñeterito con estas cosas (a veces me veo como el bobo que explica los chistes y a veces como el bobo que necesita que se los expliquen), desorientación, desazón, ansiedad. Ese libro es un agua que no sacia, que da más sed, más curiosidad, más ganas. Es una insinuación de ideas, un torbellino, una cascada copiosísima, pero que me pasa por encima.
Porque el libro consta de los guiones de las clases sin desarrollar. Ideas, ocurrencias, relaciones... Algunas son bastante claras. Otras son oscuras, pero ya se las escuché alguna vez en clase, en su casa, en un restaurante...
Por ejemplo:
- El episodio del Vizcaíno.
Así, tal cual. Sin más. (Está tratando del Quijote). Yo recuerdo que él se burlaba de sí mismo como vizcaíno contándonos una noche mientras cenábamos que en todo el libro, en las dos partes, sólo hay un personaje que se toma en serio a Don Quijote: el Vizcaíno. Y no sólo es el único que se lo cree, sino que es el único que pierde contra él. El personaje más ridículo de toda la novela. (Sin embargo, también es el único que ve lo que los demás no ven; el único que reconoce ese mundo maravilloso y no lo considera una impostura).
Pero si alguien no le escuchó esa disertación es muy difícil que adivine su intención leyendo sólo eso: El episodio del Vizcaíno.
Así me pasa con:
- Borges y el Persiles y Segismunda.
Esa no me la sé. ¿Qué quiere decir? ¿A qué se refiere? Probablemente a alguna entrevista en la que Borges cuenta su interpretación de la obra cervantina. Sería interesantísimo conocer la opinión de Borges y la reopinión de Fullaondo sobre ella. Pero me tengo que resignar a no enterarme.
Tampoco me entero de:
- El "pollo frito" del Alcalde de Atlanta.
[En un contexto en que se está hablando de las Meninas].
Y tampoco me entero de:
- La filosofía de Chabeli.
                              Los hombres son historiadores, las mujeres filósofas.
                              El Ser y la Nada.
Chabeli sale más veces. Se menciona su vídeo. Recuerdo que una revista regalaba el vídeo de la boda de Chabeli con Ricardo Bofill jr. Busco por internet y... ¡justo! Se casaron en 1993. O sea, que era un tema candente en ese momento. Fullaondo debió de poner el vídeo de la boda en clase, y comentarlo como sólo él sabía hacerlo. Qué envidia. Qué rabia.
Fullaondo te ponía en su casa una película experimental sobre el Ulises de Joyce y remataba con el juicio de El Supersabio, de Cantinflas o con las empanadillas de Encanna, de Martes y Trece. Y lo ligaba todo con su inagotable cultura, su inagotable talento y su inagotable sentido del humor.


Bueno, esta creo que me la sé. El discurso como disolución del lenguaje. El discurso vacío, el significado vacío, la oratoria cromlech. Fullaondo era tartamudo; supongo que por eso pondría en clase fragmentos de la serie Yo, Claudio. A su lado, el brillantísimo discurso de Marco Antonio en la película Julio César, de Mankiewicz, maravillosamente dicho por Marlon Brando. También inmediatamente los discursos rotos y disueltos de Jerry Lewis y Cantinflas, y el brillante alegato de Gary Cooper en El Manantial. Todo junto, explicando unos discursos con los otros, enriqueciendo estos con aquellos. En su casa participé de algún show parecido y certifico que eran divertidísimos. Pero además eran una fuente inagotable de aprendizaje: arquitectura, semiótica, arte, comunicación..., con ejemplos siempre brillantes, que no dudaban en ir de lo trágico a lo trivial, de lo exquisito a lo intrascendente, de lo sublime a lo ridículo.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Gallinas en Seseña (y II)

No lo dije en la primera parte, pero creo que es obvio que este relato
se lo dedico a Juan Carlos Castillo Ochandiano (por supuesto) y
(también por supuesto) a Juan Daniel Fullaondo, in memoriam.

Ya conté que pasé esa noche inquieto. Por la mañana fue una gran alegría recibir en mi pueblo a tanta gente querida: Juan Daniel Fullaondo y su mujer, Paloma; Maite Muñoz; Juan Carlos Castillo y su mujer, Blanca; Darío Gazapo y Conchita Lapayese (no sé si ya estaban casados o aún eran novios); Diego Fullaondo (hijo de Juan Daniel y Paloma), que por entonces estudiaba arquitectura, y unos compañeros suyos de clase a quienes yo no conocía. No recuerdo cuántos eran; digamos cuatro o cinco.
O sea, que, con los mencionados más mi mujer y yo, los miembros del nuevo grupo vanguardista sin nombre éramos catorce o quince.
Cuando entramos en la nave vimos el ruedo vacío. Las gallinas estaban por ahí, campando a su gusto. Se habían escapado todas del minirredil que con tanto entusiasmo (él) y tanto escepticismo (yo) habíamos construido Juan Carlos (él) y yo (yo). Esa vaga sensación de "ya te lo decía" no me tranquilizó en absoluto.
Bueno. Al menos no se habían escapado de la nave.
Sin guión previo, sin plan alguno, sin criterio de ninguna clase, cada uno hizo lo que traía pensado de casa o lo que se le acababa de ocurrir, y con lo que pretendía sorprender, o experimentar, o qué sé yo.
Alguien (¿Juan Carlos?) puso en la pared un póster de Beuys con el coyote, con un innegable afán de ligar ambas experiencias: la de Nueva York y la de Seseña, como si ésta fuera una especie de continuación de aquélla.
Uno de los amigos de Diego, tranquilamente, como si tal cosa, se puso unas gafas de buceo y se echó una manta de cuadros al hombro.

En primer plano, a la derecha, yo con una cámara de fotos. ¿Dónde están las fotos que hice?
En el centro de la imagen, el pasmoso hombre rana de secano.
Al fondo, a la izquierda, el inútil ruedo de papel.
Fila de ventanas abiertas por las que las gallinas (aves de vuelo muy corto, ciertamente) no habían escapado.
Foto cortesía de Juan Carlos Castillo.

No sé qué pasaba. Cada uno hacía la tontería que se le ocurría. Algunos hacíamos fotos (no conservo ninguna), e incluso vídeos.
Uno toreaba a una gallina, otro conversaba con otra, otro perseguía a otra más, otro se encerraba audazmente con dos en el ruedo de papel... Juan Carlos persistía en su propósito de hipnotizar a una. Darío quería pintar a una con un espray que afortunadamente no funcionó.
Juan Daniel se reía. Disfrutaba como un niño ante la algarabía, y, sobre todo, ante las ocurrencias estúpidas pero divertidas de tanta gente joven a la que él siempre -tan disparatadamente generoso- le había supuesto algún tipo de talento.

En primer plano Juan Carlos Castillo, en uno de sus numerosos e infructuosos intentos 
de hipnotizar a una gallina. (Siempre se ha sabido que la gallina seseñera es muy suya, y muy dura de hipnotizar).
Al fondo Juan Daniel Fullaondo, fumando y riéndose ante algo que le está contando Maite Muñoz.
Foto cortesía de Juan Carlos Castillo.

Estuvimos no sé cuánto tiempo. Tal vez dos horas. Hicimos el ganso (hoy diríamos que interactuamos con las gallinas), y finalmente llegó la hora de comer.
¿Qué hacíamos con las gallinas? Me las habían regalado. No podía (no debía) devolverlas. Tampoco las quería nadie para adoptarlas y llevárselas a Madrid. Y tampoco las podíamos dejar en la nave. Me la habían prestado sin ellas y yo la quería devolver tal cual.
Por cierto, ¿quitamos el póster de Beuys o se quedó puesto?. Veintiún años después de aquello me acaba de asaltar esa duda.
Lo recogimos todo (el ruedo de papel) y dejamos a las gallinas en libertad. ¡Pitas, pitas, pitas! ¡Eh! ¡Eh! En fila india se alejaron de la nave por el prao, hacia el arroyo, y desaparecieron en lontananza.
Juan Daniel las miró alejarse y suspiró.
-Qué bien me lo he pasado. No os podéis imaginar cuánto había deseado todo esto.
A mí me pareció exagerado, pero verdaderamente se le veía feliz. Me alegré. Yo, que no le había visto mayor interés a todo eso, me quedé muy impresionado y muy emocionado al ver a mi maestro tan lleno de alegría. Indudablemente, había merecido la pena.

sábado, 7 de mayo de 2011

Nos seguimos viendo

El jueves pasado por la tarde la profesora María Teresa Muñoz, de la ETSAM, dio una conferencia en la Escuela de Arquitectura de Toledo. La conferencia, tan interesante y estimulante como todas las suyas, trató sobre dos edificios americanos, uno de Root y otro de Wright, pero no quiero hablar de eso, sino de temas personales (como casi siempre). (Además, la conferencia es digna de publicación, y supongo que la autora o la escuela la publicarán, por lo que no voy yo a "destriparla" aquí).
Quiero hablar de mis sensaciones al ir a la escuela a escuchar una conferencia, una clase.
Fui a Toledo, principalmente, a saludar a María Teresa Muñoz. La traté mucho hace muchos años (unos quince o veinte), y me temía que después de tanto tiempo le sonara mi cara pero ni siquiera recordara mi nombre. Llegué a imaginarme la escena en la que yo me acercaba a darle dos besos y ella se los dejaba dar con estupor, intentando recordar. (A veces se me ocurren cosas así).


Llegué diez minutos antes de la hora, y entré en el aula. La ponente estaba con un profesor, charlando, preparando las cosas (luces, diapositivas, etc). No quise molestar. Ya la saludaré luego, cuando esté libre, pensé; o después de la charla.
El aula era una sala diáfana con sillas dispuestas en arcos concéntricos, tipo auditorio. Las sillas tenían ruedecitas y se podían desplazar libremente, de forma que la disposición en arcos no era rígida, y los alumnos más afines podían juntarse más. Se supone que en una clase animada las sillas acabarían en masas informes. (Se me ocurrió que se podía hacer una película de animación que reflejara el movimiento de las sillas, mejor sólo las sillas, borrando a la gente, desde el sector de corona inicial hasta la tortilla a la francesa final. A veces se me ocurren tonterías así).
Me senté en un lugar discreto. Había muy pocos alumnos, seis o siete, todos muy jóvenes, todos de primero. (La escuela está recién creada y por ahora sólo se imparte primer curso; el año que viene habrá primero y segundo, y así año a año). Mi hijo mayor está en primero de ingeniería industrial. O sea, que esos muchachos tenían la edad de mi hijo. Pensé eso y pensé que acabé la carrera años antes de que ellos nacieran. Yo podría parecer un profesor de otra escuela, venido de incógnito. Claro, que también podría ser un jefe de obras prejubilado o despedido por culpa de la crisis, y que venía de oyente pensando en matricularme. (Ser arquitecto, el sueño de mi vida).
En medio de estas tonterías, María Teresa levantó los ojos y me vio.
-¡José Ramón! ¡Qué alegría!