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jueves, 27 de noviembre de 2025

Todas las derrotas

Dedicado a Francis, probo ciudadano bilbaino
amante de su ciudad, que me ha dado la noticia.


Mi amigo Francis me saluda el viernes 21 con la noticia de que pretenden derribar este edificio:

(Primeros dibujos. Se aprecia desde el principio la voluntad de diseñar un muro cortina potente, con diversos planos inclinados y, sobre todo, un gran cubo de coronación en una estructura externa, y una rotunda marquesina inferior).

martes, 11 de noviembre de 2025

Requeteimpostor involuntario

Hay una película, quizá bastante "menor" y que solo he visto una vez y hace muchísimos años, pero que se me quedó bien grabada en la memoria. Su título original es Being There, que en España (¡ay!) se cambió por Bienvenido Mr. Chance). (Al vicio de traducir testicularmente unieron el de omitir la coma del vocativo).

El protagonista de la película -personaje que representa Peter Sellers- es un jardinero con escaso cociente intelectual que, por circunstancias casuales, da con alguien que interpreta sus simplezas como agudísimos comentarios llenos de dobles intenciones y significados sofisticados, y toma esos comentarios como consejos inteligentísimos y los sigue. Interpreta como alegorías o metáforas muy penetrantes lo que solo son bobadas.

Yo tuve la suerte de que me pasara lo mismo.

lunes, 16 de septiembre de 2024

Melancolía III

Una tarde Fullaondo nos habló en clase del Poliedro de la Melancolía de Durero, y lo hizo como si ya lo conociéramos. Yo conocía a Durero, claro, pero jamás había visto ese grabado ni ese poliedro. Lo proyectó en la pantalla y nos explicó un problema proyectual muy interesante.

Su amigo Antonio Fernández Alba estaba haciendo el Tanatorio de la M30 de Madrid y le encargó un diseño para el patio central que actuaba como lugar de encuentro y distribuidor a las distintas salas.

Antonio Fernández Alba. Tanatorio de la M30, Madrid
Patio distribuidor central a las salas

Le pidió que diseñara algún símbolo que evocara la muerte y pudiera servir de consuelo, de motivo de reflexión, de punto de atención, etcétera. Pero había una condición importante: el tanatorio era aconfesional y el símbolo o la alegoría que diseñara no podía formar parte del imaginario de ninguna religión.

miércoles, 19 de julio de 2023

Arquitectura con clac (y 2)

Dedicado a Eduardo Almalé, detective infalible,
y a Enrique Parra, que se emocionó en el Panteón. 


Josep Quetglas, a modo de provocación, escribió que "solo los [arquitectos] torpes viajan a ver arquitectura". Vamos, que no entendía por qué ni para qué viajamos a tal fin. Señalaba que es una pérdida de tiempo, un gasto innecesario, una confesión de incapacidad o incluso de estulticia. ¿Es que acaso no sabemos leer un plano? ¿Es que no somos capaces de hacernos una perfecta construcción mental al estudiar plantas, alzados y secciones? Pues vaya una porquería de arquitectos que somos.

El texto de Quetglas sobre los viajes.
Impagable documento conseguido por Eduardo Almalé

Yo, como todos mis colegas, sí que sé hacerme una construcción mental de un edificio viendo sus planos; lo "entiendo"; pero "vivirlo" es otra cosa. Tengo que experimentarlo. Con los planos lo entiende mi cerebro, pero al visitarlo lo siente mi corazón(1)

Por ello, y lamentándolo mucho, me voy a limitar a comentar solo algunos de los (escasos) edificios en los que he estado(2).

¿Hay arquitectura que tenga un clac, una articulación, una clave, que dé sentido a su espacio y a su idea?, preguntaba el otro día. Y me respondía que sí.

miércoles, 14 de junio de 2023

Hay rabas y callos

El prodigioso pabellón de España de la Expo 58 de Bruselas, de los arquitectos José Antonio Corrales Gutiérrez y Ramón Vázquez Molezún, después de despertar el interés y la admiración de todo el mundo arquitectónico fue desmontado (es lo que pasa casi siempre en estos casos) y reimplantado en la Casa de Campo de Madrid, donde tuvo un papel poco destacado y acabó abandonado, maltratado y destrozado (algo que también suele pasar)(1).

Entre los intentos fracasados de uso, el desinterés y la vandalización, Juan Daniel Fullaondo contaba a menudo(2) una pequeña anécdota personal, pero que me parece muy gráfica: 

Fue a visitarlo a la Casa de Campo. Se adaptaba a la pendiente del terreno banqueándose sobre unos muros de ladrillo. Fullaondo dice que "algún ingenio local había perforado ese paramento, creando una especie de gruta, con un letrero pintado a mano con pintura negra sobre el ladrillo, que proclamaba orgullosamente bajo el bosque de capiteles exagonales: 'Hay rabas y callos a la madrileña'. A eso se llama sabor local".

miércoles, 29 de marzo de 2023

Edificios feos, bonito periodismo

(A David García-Asenjo
y a Carlos Polimón).


De este tema ya he escrito. Perdonad que me repita, pero es que los medios no paran. Ellos regurgitan esta murga cada cierto tiempo: LOS EDIFICIOS MÁS FEOS DE MADRID, y vuelvo a hacerme eco. Quizá no debería, porque es siempre lo mismo y ya aburre, pero es que esta vez el número uno es de mi maestro, mi querido Juan Daniel Fullaondo, con José Luis Íñiguez de Onzoño, y eso me ha llegado al corazón.

Al menos han puesto una buena foto. (La de la Wikipedia)

No conocí a Íñiguez, pero por las cosas que le he leído y por lo que Fullaondo contaba de él estoy seguro de que se habría reído. Desde luego Fullaondo sí sé que incluso se sentiría orgulloso de encabezar ese ranking. No es fácil. El listón está muy alto.

Creo que para alcanzar la meta les ha beneficiado mucho que el que se exhibe en cabecera, el famoso edificio de viviendas de Sanchinarro, no se mencione después en el texto, lo que por otra parte muestra una preocupante falta de atención y de continuidad discursiva en quien ha escrito el libelo. ¿Le parece feo lo de Sanchinarro o sí pero no? Me deja en ascuas. Lo pone como estandarte del feísmo pero luego no lo incluye en la lista. Qué poca seriedad.

viernes, 5 de agosto de 2022

Querido maestro:

(Permítame que le siga llamando así, aunque, ya próxima la terminación de mi carrera profesional, no haya realizado jamás un solo trabajo digno de que se me pueda llamar discípulo suyo). 

El año pasado, a mis sesenta y uno de edad (tres más de los que vivió usted), supe con gran alegría que le iban a hacer una exposición en la Delegación de Vizcaya del COAVN. La comisariaba Joaquín Lizasoain, otro arquitecto admirador de usted y de su entorno. (Su tesis doctoral se titula El muro de Oteiza, y seguro que le habría gustado mucho).

Tenía todo preparado para ir a Bilbao a verla con mi mujer (que le manda recuerdos) cuando un problema familiar nos impidió hacer el viaje.

Pero este año (yo ya con sesenta y dos) la ha hecho el Instituto de Arquitectura de Euskadi, y la ha hecho muy bien, con mucho cariño y mucho cuidado, y ahora ya sí que la hemos podido ver.

La sede del instituto es el antiguo convento de Santa Teresa, un lugar estupendo en la zona vieja de San Sebastián, a dos pasos del Museo de San Telmo, en el que han montado una de Oteiza y Chillida. Están ustedes tres casi juntos. (Recuerdo que usted decía que las exposiciones había que verlas de dos en dos. Pues figúrese esta vez).

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Mecenas

ADVERTENCIA ANTES DE EMPEZAR: Tenemos una casa muy agradable, muy bonita, muy funcional, muy de todo, pero tiene las paredes pintadas al gotelé y con diversos colores pastel. Gotelé; ¿vale? Pastel; ¿de acuerdo? Pues asumidlo. Tomad aire, relajaos; no pasa nada. Contad hasta diez y no os excitéis ni os indignéis cuando veáis las fotos que siguen. Tomaos vuestra medicación, serenaos todo lo que podáis y no me mandéis demasiado a la mierda. Muchas gracias. Dicho lo cual, empezamos:


Mi amigo Ekain Jiménez me ha llamado ya dos o tres veces "Mecenas" porque he participado mínimamente en hacer correr la voz de que estaba pintando arbolitos de Navidad para quien quisiera, y así, de algún modo bastante insignificante, le he ayudado a difundir su obra y a extender su fama. Supongo que también me lo llamará porque tengo más obra suya, como veréis a continuación.

Ojalá fuera yo de verdad su mecenas, o al menos su representante. Primero le pondría a sus obras los precios adecuados, y luego las pilas a él para que se lanzara al frenesí de la producción venal y del más vil mercantilismo. Otro gallo nos cantaría a los dos: Él gozaría del dinero, de la fama y del prestigio que su talento merece y yo de un veinte por ciento.

(Nota que viene a cuento: Ekain, además de magnífico dibujante y acuarelista, es un narrador curioso. Está liado ahora con su personaje "El hombre del sombrero", haciéndolo pasear por su mundo onírico y surrealista, y espero que pronto lo saque a la luz a este mundo nuestro, mucho más prosaico y tan necesitado).


Obviamente, le hice un pedido de arbolitos. Juro que pretendía utilizar las tarjetas (acuarelas originales) para felicitar a mis amigos, pero cuando mi mujer y yo las tuvimos en nuestras manos no fuimos capaces de deshacernos de ellas. (Tan solo regalamos una).

Hemos enmarcado los arbolitos navideños y los hemos colgado en la pared. Los he mirado con satisfacción y entonces he visto que tenemos unos cuantos dibujos y cuadros de amigos, de gente muy buena y muy entrañable, y sí que me he sentido en cierto modo no un mecenas, pero sí un hombre rico, un coleccionista de arte, un connaisseur. Tanto que voy a presumir mostrándoos parte de mis tesoros.

viernes, 18 de octubre de 2019

Nueva Forma

Hoy voy a aprovechar mi blog para hacer un llamamiento a todas las personas de bien que os pasáis por aquí de vez en cuando e incluso lo leéis.

Entre mis múltiples frikadas (manías, extravagancias...) está la de coleccionar la revista NUEVA FORMA.

Mi colección, por ahora, es esta:


(Sí: Ya sé que tengo que adecentar esos revisteros, diseñar una etiqueta para tapar esa lomera, pero lo debería hacer cuando la ubicación de las revistas en ellos fuera definitiva y, por lo tanto, cuando acabe la colección; es decir, nunca).

Os pongo aquí los números que tengo (sombreados en salmón-ocre) y los que me faltan (con fondo blanco) para que si tuvierais a mano alguno de estos últimos os pusierais en contacto conmigo inmediata y urgentemente. (Mi correo es arquitectamoslocos@gmail.com).


Obviamente, admito preferentemente regalos, pero también os propongo intercambios o incluso (¡ay, Señor!) compras (a precio de arquitecto contemporáneo, se entiende).

Como veis, el primer número que tengo es el 12. Antes nada. Y ya del resto voy bastante bien  servido excepto un puñado de números al final. Por el centro el 39 es el único agujero que tengo.

Bueno, pues esta entrada ya está. Lo dicho: Si tenéis alguno de los que me faltan o conocéis a algún arquitecto mayor (lo digo por las fechas de la revista) que por jubilación o por aburrimiento quiera desprenderse de su biblioteca decídmelo.

Muchas gracias.

sábado, 31 de agosto de 2019

A buenas horas

La cartera me acaba de entregar este libro, le he hecho una foto incluso antes de hojearlo,


me ha subido como una ola de nostalgia y me he puesto a escribir esto.

Es el catálogo de la exposición antológica que se le hizo a Picasso con motivo de su centenario en el Museo Español de Arte Contemporáneo en Madrid, en el año 1981.

Yo tenía veintiún años. Estaría en tercero. El museo estaba al lado de la escuela, y la entrada para estudiantes era gratuita (¿o en aquella época lo era para todo el mundo?), así que mis amigos y yo vimos esa fantástica exposición unas cuantas veces.

Editaron ese catálogo enorme, rojo, buenísimo, y le pusieron un precio bastante bajo; tanto que se agotó en muy pocos días.

Nada más inaugurarse la exposición lo vimos y lo hojeamos con placer, pero yo no llevaba suficiente dinero encima en ese momento y dejé su compra para más adelante.

Y ya no pudo ser. Cuando fui por fin a comprarlo ya se había agotado.

Una de mis amigas sí lo había conseguido y yo sentí tanta envidia que volví varias veces a la librería del museo a preguntar si iba a haber una segunda edición o si alguna entidad que hubiera recibido una remesa de catálogos había devuelto alguno... o lo que fuera.

Nada. Imposible. Después fui por la Cuesta de Moyano, pateé alguna librería de viejo, pero ya nada. El catálogo era inconseguible. Debía aprender a vivir sin él durante el resto de mi existencia.

Y mirad por dónde, ahora, casi treinta y ocho años después, me pongo a buscarlo en internet porque me he acordado y me ha dado por ahí, y veo cinco o seis ejemplares a la venta. Y, naturalmente, me lo compro. (Me ha costado, al cambio a pesetas y tantos años después, aún menos de lo que costaba entonces).

Y lo acabo de recibir con gusto. ¿Pero ya para qué? A buenas horas. Ya todo es diferente, muy diferente. Ya no viene a cuento. (Tampoco tengo yo ya el furor, el ansia y la curiosidad que tenía entonces). A buenas horas.

En todos estos años he hecho mi vida sin necesidad de tener ese libro en mis estanterías: Terminé la carrera de arquitectura, empecé a trabajar, me casé, tuve hijos... y también compré muchos más libros, incluso algunos de Picasso. ¿Para qué quiero ya este?

Mi amiga, la afortunada y envidiada propietaria de aquel remoto catálogo, también terminó la carrera, también empezó a trabajar, también se casó, también tuvo hijos, sufrió un golpe terrible... Hace muchísimo que no la veo. ¿Conservará el libro? ¿Llevará treinta y ocho años cogiendo polvo o ella y su familia lo habrán consultado y disfrutado a menudo?

¿Y los míos? Pues como todos: Ahí están también, relegados en sus estantes. A veces hojeo alguno y disfrutamos aireándonos mutuamente durante unos minutos, pero en seguida él vuelve a su mutismo y yo a mi rutina.

Siendo así las cosas, ¿por qué siempre he querido libros? Durante toda mi vida los he comprado, los he pedido para mis cumpleaños y para reyes; he leído bastantes; otros no, y muchos de ellos ya no creo que los lea jamás. Y ahí los tengo. Ahí los conservo mientras mi vida me ha ido llevando por caminos inciertos y más bien sosos.

Este libro de Picasso que me llega hoy inopinadamente me trae a la mente otros tres -al menos- con los que me ha pasado lo mismo. A buenas horas.

domingo, 3 de marzo de 2019

Necrotectónica (fuera de programa)

Mientras sigo inmerso en la transcripción y en el recuento de las listas (como ya os dije en la entrada anterior, menudo follón) me he enterado de la muerte de Kevin Roche  el viernes pasado, anteayer, y aprovecho para dar una necrotectónica apresurada con un par de anécdotas suyas que ya he contado alguna vez.

De mi biblioteca

Lo que sé de Roche (como casi todo) es porque me lo contó Juan Daniel Fullaondo, que al final de su vida colaboró con el irlandés/estadounidense en un edificio de oficinas en las calles de Almansa y de Beatriz de Bobadilla de Madrid. Pero desde muchos años antes ponía en clase de proyectos su museo de Oakland, su torre de los Caballeros de Colón y, sobre todo, su fantástica Fundación Ford, todo ello con su socio John Dinkeloo.

Museo de Oakland, Cal.

Torre de los Caballeros de Colón. New Haven, Ct.

Fundación Ford. Nueva York.

Fullaondo, siempre delicado de salud, nos contó que Kevin Roche decía que para ser arquitecto había que tener una salud de hierro, una forma física envidiable. No se refería solo a una fuerza psicológica, a una alta capacidad de resistencia ante los numerosos problemas e inconvenientes que siempre surgen y tanto agobian, sino a una auténtica fuerza física. Esto lo ha demostrado muriéndose a los noventa y seis años.

Otra cosa que nos contó Fullaondo es que en sus fantásticas obras de los años 1960s y 1970s se adivinaba siempre un componente comercial, en la mayoría de ellas muy digno, pero ya en algunas un tanto frivolón, y que ese componente fue desbocándose en los 1980s y en los 1990s, en una fiebre disparatada y postmoderna que en algunos casos llegaba incluso al delirio y era capaz de sonrojarnos.
De alguna manera algún amigo (yo creo que fue el propio Fullaondo, por cómo nos lo contaba) fue capaz de decírselo con mucho tacto. ¿Cómo era posible que él, tan grande, que había demostrado ser capaz de hacer tantas obras fantásticas, se dejara resbalar en tantas ocasiones por ese facilismo, por esa frívola tendencia a lo meramente espectacular?

A lo que Kevin Roche, muy tranquilo y de muy buen humor le contestó:
-Pues que sepas que soy capaz de hacerlo aún bastante peor. No te quepa duda.

viernes, 22 de febrero de 2019

Dos dibujos

A Emilio, que siempre dice que me teme en abril,
porque aunque todavía no es abril me he puesto temible.
Te prometo que en abril te dedicaré una entrada alegre.


Tiempo después de morir Juan Daniel Fullaondo, mi amigo Ochan y yo volvimos a su casa. Qué tristeza y, al mismo tiempo, qué tarde tan agradable con Paloma, su mujer, siempre tan hospitalaria, tan positiva y tan buena anfitriona.

Si en vida él era el protagonista absoluto de todas las reuniones, imaginaos ahora. El gran ausente. Su sombra, su sillón, su hueco pesaba toneladas sobre nosotros. (Aunque, como siempre, las risas fueron nuestra seña de identidad. Qué bien lo pasamos siempre en esa casa).

Paloma nos contó que en sus últimos meses Juan Daniel había estado muy activo, muy creativo, y nos regaló dos libros de poesías indescifrables que había escrito: Evocando a Gerardo Diego y demás cosas y Traiciono luego existo. Luego sacó unas cartulinas con dibujos de rotuladores de colores, también indescifrables: personajes, rostros humanos (¿el suyo?) flotando en espacios metafísicos.

Nos preguntó qué dibujo nos gustaba más. Yo señalé uno sin dudarlo. Veía algo muy curioso en él (seguramente algo que me había inventado). Ochan señaló otro, elogiando no sé ya si la habilidad gráfica de nuestro maestro o su optimismo y su furor creativo en los últimos meses de su vida.

Paloma nos dijo que nos los quedáramos, y que cogiéramos otro más cada uno. Debió de irlos regalando a los distintos amigos, alumnos y discípulos, de modo que de alguna manera Fullaondo se diluyera en todos nosotros.

Inmediatamente enmarqué los dos dibujos y los puse en el salón de mi casa, donde llevan colgados desde entonces.

Juan Daniel Fullaondo. Sin título. 1994
21 x 26 cm2. Rotuladores sobre cartulina

Juan Daniel Fullaondo. Sin título. 1994
24 x 32 cm2. Rotuladores sobre cartulina

Pero, para mi desgracia, los rotuladores tienen la maldita cualidad de irse borrando con los años. Estos dibujos que acabo de mostrar eran una febril combinación de trazos cortos, nerviosos, de colores variados: rosas, marrones, verdes, azules suaves... Hoy apenas queda una muy pálida sombra de lo que fueron.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Parecer listo

A mí lo que me pasa es que en ciertos ambientes y ante ciertas personas parezco listo. Y culto. Bastante más de lo que soy. Eso es una bendición, la verdad.
"Cría buena fama y échate a dormir". El caso es que te tomen por inteligente, aunque no lo seas.

Hace muchos años vi una película que se titulaba Bienvenido, Mister Chance. Recuerdo que consistía en que a un jardinero con muy escaso cociente intelectual lo tomaban por error por una eminencia. Hacía carrera y acababa siendo consejero del presidente de los Estados Unidos.


La cosa consistía en que cuando este pobre hombre decía cualquier tontería, los demás, suponiendo que era un genio y que hablaba con segunda intención, o alegóricamente, le daban vueltas a lo que había dicho y lo interpretaban como una genialidad.

lunes, 29 de octubre de 2018

Si sale con barbas...

Nota previa: ¿Qué haces cuando ya tienes casi escrita una entrada en este blog y al irla puliendo en el repaso final te enteras de datos nuevos y te das cuenta de que estabas equivocado (o ahora crees que lo estabas)? Pues supongo que modificar la entrada y redactarla según lo que crees ahora, ¿no? Pues no. No me sale. Ahora veo, gracias a un dato aportado por la Fundación-Museo Jorge Oteiza, que la anécdota que pretendía contar tiene mucha más profundidad de lo que pensaba, y necesitaría que la contara un investigador más serio que yo, que soy un indocumentado sin ningún peso académico ni solvencia alguna. No obstante, la publico de todas formas. Me contradigo y corrijo sobre la marcha, y cambio de opinión en el punto donde me he enterado del dato nuevo. Dejo los hilvanes sin rematar por si le pueden valer a alguien que sepa y quiera.

(Dicho lo cual, voy con mi entrada):


Seguro que todos conocéis el proverbial dicho de aquel tallista de imágenes religiosas que sobre ser muy malo era de muy buen conformar y muy despreocupado: "Si sale con barbas, San Antón; y si no, la Purísima Concepción".

Es una frase muy reconfortante y consoladora, muy digna de aplicar a todos quienes nos equivocamos y, pretendiendo hacer una cosa, hacemos otra. Santa y bella frase que deberíamos grabar y tener muy a la vista en nuestros lugares de trabajo.

Traigo esta bella divisa hoy aquí para contaros que Jorge Oteiza estaba haciendo el retrato de Ramón Laborda, sacerdote abertzale, estimable tenor y creador de coros y grupos de danza, y sin quererlo le salió el de Juan XXIII.

Jorge Oteiza: Retrato doble de Ramón Laborda y Juan XXIII 

Estaba Oteiza enfrascado con Ramón Laborda y todo el que lo veía le decía: "Caray, Jorge, qué bien te está quedando Juan Veintitrés. Es que está clavado".

Ramón Laborda y Juan XXIII

Él protestaba: "Que no, leche. Que es Ramón Laborda". A lo que le contestaban: "¿Y quién es Ramón Laborda. Ese es el Papa".

Así que el autor, resignado -también él veía que el retrato le había salido mal y tiraba mucho al cardenal Roncalli-, lo acabó titulando como retrato doble.

domingo, 29 de julio de 2018

Juan Daniel Fullaondo: Cuestionario proustiano

Dedicado a Peter (@Speedmaster72), a Rodrigo Almonacid
(puede decirse que he hecho esta entrada por ellos y para ellos)
y a todos los jóvenes arquitectos apasionados por la arquitectura
moderna que estudian incluso obras ocultas y relegadas.
Su recuerdo de Fullaondo me ha impulsado a poner aquí este
documento que tal vez les interese.


El escritor francés Marcel Proust compuso un cuestionario para entrevistar con él a cualquier persona que tuviera interés.
Este cuestionario se ha usado y se sigue usando muchísimo, se ha hecho famoso, y a mí me ha gustado siempre tanto que incluso se lo hice contestar al protagonista de mi novela El poliedro de la melancolía.(*)

Hoy juntamos un cuestionario que me encanta y un entrevistado fascinante: Juan Daniel Fullaondo.

Lo transcribo del libro Juan Daniel Fullaondo, de la editorial Munilla-Lería, de Madrid, 1996. El libro fue coordinado y maquetado por la hija del protagonista, María Fullaondo. Tiene 255 páginas y el cuestionario va desde la página 11 hasta la 17.
Espero que os gusten su sentido del humor, su mala leche, su aroma de desencanto y su desbordada cultura.


-Empecemos. ¿Qué virtud es la que prefieres?
-La inteligencia, simultáneamente ecuánime y creadora. La lucidez, si quieres. Desgraciadamente esto te sitúa, habitualmente, a contracorriente. Hace poco he visto parangonar a Teruel con Atenas, por ejemplo. Con la Atenas de Pericles, quiero decir.

-¿Qué cualidad es la que prefieres en el hombre?
-Pues lo mismo. Esa inteligencia, unida a un cierto sentido del coraje, de la decisión. Hay cobardes muy listos, pero que, por ello mismo, terminan haciendo las cosas más disparatadas... Generalmente suelen vestirse de saltimbanquis. A rombos.

-¿Cualidad preferible en la mujer?
-Es difícil hablar sobre el mundo de la mujer. Oteiza hablaba de la comprensión sentimental.Pero también está el talento, la inteligencia, lo mismo de antes, y el saber integrarse, hasta el fin, en todos los terrenos, la belleza, el atractivo...

-¿Tu ideal de felicidad terrenal?
-Disponer de la tranquilidad necesaria para poder seguir indagando. En otra clave, que me dejen en paz, por el amor de Dios. Lo que parece bastante difícil. También podría, alternativamente, decir, como Borges, convertirme en el Hombre Invisible.

-¿La ocupación que prefieres?
-La mía, como arquitecto, dentro de ese aludido marco "inter científico". Desde la arquitectura, hacia casi todo. Otros van hacia casi nada. Aunque hablen de la Acrópolis, que ahora se lleva mucho. Yo prefiero hablar del Bomarzo de Chillida.

¿Cuál es, para ti, la mayor de las desgracias?
Rodearse de majaderos. Que, inevitablemente, desembocan en traidores de tercera. Eso también pasa mucho.

-¿Qué te hubiera gustado ser?
-Lo mismo que soy, pero mejor, con un mayor margen de maniobra, de confianza...

-¿Dónde te gustaría vivir?
-He variado bastante con el tiempo, la edad. Ahora pienso en un panorama frío, con lluvia y nieve, cerca del mar...

-¿Cuál es el estado actual de tu espíritu?
-El de una cierta perplejidad dentro de una reflexión constante, personal. Esto ha sido bastante constante en mí.

-¿Qué don de la naturaleza te gustaría tener?
-Son tantos... Me gustaría no ser calvo. Y tener mejor salud. Y jugar mejor al ajedrez. Me pierdo en el medio juego. Pero hay muchas otras cosas.

-¿Hacia qué falta tienes mayor indulgencia?
-Obviamente, hacia las del corazón.

-¿Qué es lo que detestas por encima de todo?
-Como antes, la majadería. Si además se une, como es frecuente, a la petulancia y al poder, ya tendríamos, verdaderamente, la apoteosis.

lunes, 11 de junio de 2018

A dos manos de Molezún y a tres de Wright

Ahora es muy común la teoría de los seis grados de separación. Hace muchos años yo la anticipé con una especie de juego mental que bauticé como "las manos" -sí, vale, no soy muy bueno poniendo títulos a mis juegos mentales-, por el que un amigo me acabó acusando de plagiador porque según él se lo había copiado a Orson Welles.
(No me defenderé de tal acusación. Es un episodio turbio de mi vida).

Mi juego (o el de Welles) consistía en calcular a cuántas manos de distancia podría estar de algunos personajes importantes. Esa distancia se medía en haber estrechado la mano a alguien que se la hubiera estrechado a alguien que se la hubiera estrechado a alguien... etc... que se la hubiera estrechado a la persona en cuestión. (Obviamente, se intentaba buscar el camino más corto posible).

Por ejemplo, yo estoy a una mano de algunos arquitectos contemporáneos importantes, que me honro en haber conocido o al menos en haberme cruzado con ellos en algún momento, y a dos manos de casi todos, ya que habiendo sido discípulo y amigo de Juan Daniel Fullaondo y habiendo conocido también por ejemplo a Sáenz de Oiza (ambos, por tanto, primera mano) soy segunda mano de todos aquellos con quienes ellos hubieran tenido trato en alguna ocasión. Así que figuraos.

Por esa razón, uno de los grandísimos arquitectos de los que estoy a dos manos de distancia es Ramón Vázquez Molezún.


(Si apuro un poco puedo decir que casi estoy a una mano de él, porque una vez fui a una conferencia suya y de José Antonio Corrales y estuve muy cerca. Pero vale, seamos honrados: Dos manos).

(En otro orden de cosas, aprovecho para decir que mi amigo Sergio es sobrino nieto o algo así de Sara Montiel, de modo que estoy a dos manos de ella y por lo tanto a tres de Gary Cooper, Burt Lancaster y Marlon Brando. Pero volvamos a Molezún).

Estoy a dos manos de Molezún, y gracias a él a tres de Frank Lloyd Wright. Porque Molezún disfrutó del Pensionado de Roma entre 1949 y 1952 y durante ese tiempo coincidió con una visita -gestionada por Bruno Zevi- del maestro estadounidense.

Molezún, nervioso y expectante ante la inminente llegada del monstruo, le quería regalar algo cuando Zevi se lo presentara. ¿Pero qué le regalas a Wright? ¿Qué coño le regalas al enorme Franlloirrái?

lunes, 8 de enero de 2018

El último racionalista

Me acabo de enterar, gracias precisamente a un lector de este blog, de que ayer, día de los Reyes Magos, ha muerto uno de mis mejores amigos de la carrera: Juan Pablo de Bidegain Herrera. Bidegáin.


No sé nada más, no sé cómo ha sido, ni si estaba enfermo, ni nada. Me pongo a escribir sin saber qué voy a decir. Era mi amigo. Estoy consternado y desorientado. ¿Qué pasa? ¿Qué coño pasa? ¿Cómo se puede morir Bidegáin?

Ya conté que era el operador de cámara en clase de Fullaondo. Movía los grandes libros en sentido inverso bajo el visor del proyector de opacos y hacía unos travellings estupendos de aquellas grandes fotos que no cabían de una vez. Era insustituible en clase. No faltaba casi nunca, y las poquísimas veces que por enfermedad o por lo que fuera no podía venir Fullaondo se quedaba muy fastidiado sin poder dar la clase como él quería, porque ningún otro alumno era capaz de proyectar las imágenes en la pantalla.

(Inserto: Al principio todos los compañeros de clase le llamábamos Bidegáin. Supongo que por influencia de Fullaondo, que llamaba a todos los alumnos por el apellido, y el suyo era bastante fonético. Al cabo de un tiempo, ya muy amigos, le empecé a llamar Pablo, y aún después Juan Pablo, porque era así como él se reconocía mejor y se sentía más cómodo).

Juan Pablo era muy reposado hablando. Buscaba la palabra correcta y precisa para no generar malentendidos ni confusiones, y eso le hacía a veces ser lento y poco expresivo. Era todo lo contrario que yo: Todo lo que yo tengo de bocazas y de metepatas lo tenía él de elegante y discreto.

En sus proyectos siempre era correcto y preciso. Fullaondo una vez le llamó El último racionalista, y era verdad. Sus proyectos eran modernos canónicos, y todo era racional y todo estaba justificado.
Recuerdo que ayudándole a dibujar su fin de carrera veíamos que un alzado era poco expresivo y le dije que forzara un efecto de curvatura en un muro. En un proyecto en el que todo el mundo mentía o dibujaba cosas gratuitamente por lo bien que quedaban él no consintió en falsear (no digo mentir, sino sólo agudizar gráficamente) una curvatura para que en alzado quedara mejor. El alzado tenía que corresponderse escrupulosamente a la planta, y en planta esa curvatura era la idónea para lo que se pretendía, y si en alzado no quedaba muy fotogénica daba igual. Tenía que ser como tenía que ser.

Juan Pablo era de una honradez extrema. Al final le convencí de que, sin mentir, hiciera una especie de trompe-l'oeil que sería real si el edificio fuera construido. De alguna manera conseguí convencerle en parte y el alzado mejoró algo.

Le sugerí también que en alguna parte del proyecto rotulara "El último racionalista" y no coló. No era pertinente, tenía razón: No era el momento ni la ocasión. Pero al poco tiempo nos presentamos al concurso del conservatorio de Almería y ahí sí: Ahí nos pusimos como lema "El último racionalista".
Fueron unos días de trabajo intenso en su piso compartido de la Colonia Saconia, en Madrid, con la carrera recién terminada y antes de que se fuera a Santander, de donde era.

Después dejamos de vernos, aunque él vino algunas veces por Madrid y yo fui con mi familia otra a Santander. Durante estos treinta y dos años nos habremos visto unas seis o siete veces, no más, y habremos hablado por teléfono otras tantas (larguísimas conversaciones). Pero hemos mantenido la amistad y el cariño.

Juan Pablo de Bidegain Herrera era un hombre bueno.

Nuestra común amiga Aurora Herrera, santanderina como él, me contó una vez que en el colegio de arquitectos de Cantabria Bidegáin era una especie de tesorero perpetuo, ya que era tan honrado y tan cabal que elección tras elección ninguna candidatura presentaba alternativa a la tesorería. Todos estaban de acuerdo en que siguiera él. Sé que fue también de consejero de ASEMAS y que ahora estaba -de tesorero, cómo no- en la UAPFE. El tesorero ejemplar. El hombre más honrado del mundo.

Era muy buen fotógrafo (pero ahora me pesa mucho que no tengamos ninguna foto juntos1), y hasta una vez le publicó una fotografía EL PAÍS. Era que vino a Madrid una famosa atleta alemana y él fue al evento con su cámara. Con su perfecto alemán sin acento la saludó y ella le miró interesada, sorprendida y atenta, momento en que disparó su cámara y obtuvo una fotografía buenísima.
Tenía muchísimas fotos buenas. Miles y miles de contactos pequeñitos, de los cuales sólo conseguían pasar a ser ampliados unos pocos (el papel y los demás materiales eran caros y había que seleccionar muy bien).

Hasta aquí he escrito de corrido y aquí me he parado de golpe. Llevo unos minutos sin saber qué más escribir. Serían cientos de anécdotas, pero me he quedado sin fuerzas. Qué más da. Qué más da todo. Mierda.

Mi amigo Juan Pablo se ha muerto.

El último racionalista.

El último hombre honrado.


1.- He escrito que no teníamos ninguna foto juntos pensando en los tiempos de la escuela, pero luego he recordado que muchos años después sí nos la hicimos. En 2002, en nuestras vacaciones en Cantabria, quedamos en Santoña.
Aquí estamos las dos familias: Él con su mujer y su hija y yo con mi mujer y mis dos hijos.




Addenda 10 de enero de 2018. No pude ir al funeral que tuvo lugar en Santander ayer martes, 9 de enero, pero me acabo de enterar de que ASEMAS va a celebrar en Madrid una misa en memoria de Juan Pablo el próximo jueves 18 de enero a las 21:00 h, a la que espero ir. Será en la parroquia del Inmaculado Corazón de María, en C/. Ferraz 74, esquina a Marqués de Urquijo.
Enlazo aquí la nota de recuerdo a Juan Pablo que ha sido publicada en la web de ASEMAS.

jueves, 15 de junio de 2017

Adiós, doctor

Vanitas vanitatum et omnia vanitas(*)
Eclesiastés, 1,2.


Ya lo he contado en alguna ocasión: Para mí el doctorado fue una aventura apasionante, una fuente de alegría. Qué bien me lo pasé haciéndolo.
Lo de ser doctor fue, ya digo, un placer, pero nunca me lo tomé como un motivo de orgullo, y no digamos de ensoberbecimiento o de vanidad. (Al menos eso creía hasta ahora).
Monté un estudio con un amigo y funcionó estupendamente durante veinte años. Él no era doctor y, aunque me animaba a hacerlo, yo nunca puse "doctor" en mis tarjetas. Nos las encargábamos juntos, con el mismo diseño, y en las dos decía: ARQUITECTO. Bella palabra. Bella profesión. Ni quería aparentar ser más que él ni desde luego lo era en nada. De ahí que estuviera mucho tiempo sin mencionar en ningún sitio mi rimbombante (e inútil) título académico.
Al cabo de los años, en una reforma y remozamiento que hicimos en el estudio, él quiso que enmarcáramos nuestros títulos (él tenía varios cursos de urbanismo) y los pusiéramos en la sala de juntas del estudio, en la que recibíamos a los clientes, para que luciesen. Así lo hicimos. No sé si alguna vez algún cliente reparó en nuestros numerosos y variados marchamos y patentes, pero ahí estaban.
Cuando en 2010 la crisis se llevó por delante nuestro estudio y nos fuimos cada uno a nuestra casa a lamernos las heridas, mis títulos (de arquitecto y de doctor) fueron a un mueble y ahí siguen. (Eso sí: enmarcados).


Nunca he necesitado mi título de doctor arquitecto. Di clases durante el curso 1989-90, cuando aún no lo había obtenido, y cuando leí la tesis en 1992 ya no era profesor ni lo volví a ser nunca más.
Tampoco he formado parte de consejos o grupos de sabios ni de investigadores ni de nada parecido, y la única vez que me he presentado a un puesto no se valoraba el título de doctor.
De manera que mi título ha sido solamente lo mejor que podría ser: un motivo de satisfacción personal.
De la redacción de la tesis recuerdo la incansable lectura de libros -incluso en lenguas que desconocía(**)-, la apasionante relación con Fullaondo, con sus libros, con los datos que iba obteniendo, la búsqueda de relaciones entre eventos que no las tenían, pero que a veces hacían saltar alguna chispa, más voluntariosa que lógica, la estúpida pero intensa sensación de redescubrir la pólvora a cada momento. Todo valía. Todo sumaba y yo lo tomaba todo, y todo me parecía revelador.
Qué bien me lo pasé.
Leí la tesis poco antes de que naciera mi primer hijo, y meses después, con él ya nacido, fui investido doctor en la apertura del curso académico de la UPM, ceremonia a la que mi mujer no pudo venir porque no pudimos dejar al niño al cuidado de nadie y se quedó en casa con él, pero a la que vinieron mis padres, que debían de sentirse muy orgullosos de mí, ay, pardillos, y que cuando el decano me encasquetó el exiguo birrete alquilado (soy cabezón) y abrazó ceremonialmente mi cuerpo vestido de castañera galáctica tuvieron un nudo en la garganta y en los ojos. Benditos sean.

El día antes de la ceremonia, en mi casa, me vestí de
castañera galáctica y mi mujer me hizo esta foto. 

El día de la ceremonia, en el paraninfo de la UPM,
con mis padres. (Él hasta se había leído mi tesis).

Solo por eso ya mereció la pena ser doctor. Y nada más, ya digo. Nada más.

domingo, 16 de octubre de 2016

Mi tesis

El día 31 de marzo de 1992 leí mi tesis doctoral en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Hace ya veinticuatro años de aquello. Cómo pasa el tiempo.
La tesis se titula -o se titulaba, porque no sé si sigue viva o murió hace años- WRIGHT - VAN DOESBURG - MIES VAN DER ROHE. De la descomposición del espacio a la composición del vacío.
Mi director de tesis fue Juan Daniel Fullaondo. Me guió con mano maestra, me prestó libros inencontrables (los tenía todos), me sugirió enfoques, me animó siempre y nos reímos mucho. Lo pasé realmente bien durante todo el tiempo. Qué suerte tuve.


He caído en la cuenta de que no la tenía colgada en el blog, así que la acabo de poner. Tenéis la portada en la columna de la derecha. Si clicáis en ella os saldrá un enlace a dropbox en el que la podréis descargar.

Vamos a ver: es una tesis, no una novela policíaca. Quiero decir que, aunque siempre intento escribir con claridad y con sencillez, tiene una gran componente de truño infumable. Descargáosla sólo si tenéis verdadero interés. Intentar leerla puede ser un esfuerzo vano, sin recompensa.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Traicionando a Gerardo Diego

a los dioses se les ha caído el verdoso paladar salpicado de estrellas marinas


rezando a su dios huevo duro con retóricas ocarinas


sólo existe lo inesperado desde la luz solar en estos días
de otoño babeante yo busco una flecha de oro que niño
de un hada madrina acaso putativa adquirirá en cómodos plazos lustrales


Primavera sempiterna pútrida hacia el ocaso dadme mi lira dádmela


una piara de válvulas pronosticadas ah exalado policía municipal
sin humorismo de patíbulo esa sanción indefinible
como de nube fría y parda verdes prados salpicados de chichones
moviéndose hacia atrás que digamos me atenaza el alma


Estaba confundido ah ah aquellas aquellas imágenes


nada más luz de mis ojos nada más


Advierto desolado que mi potencia brigadier
se extingue segunda mano y también el alma humana llama de vela


procesiones de semana santa sevillana y suculentas gabelas
a cargo del Ku Klux Klan rigor de las desdichas
y el Presidente de las Cortes deslumbrado por espejos gravitados


Me siento mal tengo volando bajo volando bajo
como una piedra de madera en el estómago
y estoy enfermo de sombras nada más como la cegada golondrina


Nadie te aguarda ya a tu alcance lo que quieras
rígidos misterios civiles con sonido a hueco y despojos
soledad tan enmohecida pese a quien pese mansedumbre
mentira al canto gelatinosa en las zonas medias del ensueño conspiración
me da lo mismo marchar por mis dichas inseguras con retraso
todos los defectos nuestros puestos de manifiesto con estampas
fórmulas de temporada garfios en lugar de dedos y fragmentos de entusiasmo