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sábado, 14 de septiembre de 2019

Imágenes

La tarde está gris y plomiza, y yo también. Estoy tan bobo (y tengo tan pocas ganas de trabajar) que me quedo medio aplatanado mirando desde mi estudio y pierdo el tiempo. "Cuando el diablo no tiene qué hacer con el rabo mata moscas", así que, como quien no quiere la cosa, cojo el teléfono y "clic".


Hala. Ya está. Acabo de hacer la foto y de ponerla en el blog, pero la podría haber subido también a Twitter, Instagram, Facebook... Lo suyo sería añadirle un título o comentario: "Tarde gris", o mejor: "Meditaciones en una tarde gris", que queda más interesantón. Qué bien, qué bonito y qué sentimental. (Y, sobre todo, qué fácil).

Nos podemos pasar el tiempo que queramos, todo el tiempo, contando nuestra vida segundo a segundo, emitiendo fotos y vídeos, comentando nuestra riquísima existencia, iluminando al mundo con nuestras excitantes experiencias.

Yo mismo, en algún momento y en las distintas redes sociales, he vertido los siguientes testimonios gráficos, todos ellos impresionantes: Fotos de edificios, de libros, de comidas (con predominio del café con leche con porras, pero también un par de veces sendos platos de kokotxas), de botellas de vino con hermosas etiquetas, de detalles chuscos y/o graciosos, fotos artísticas (la textura de una pared con sucesivas capas de carteles pegados y rascados), fotos de mis pies en la playa, del morro de mi coche cagado con saña por los pájaros, de un lápiz, de varias camisetas, autorretratos con gorra, sellos, monedas y medallas, cerveza Estrella Galicia, mi escalímetro bueno, una libreta con gomita, un esqueleto de cartulina a medio armar, mi mesa hecha un desastre... Y un vídeo de la punta norte de Baiona (Pontevedra), donde el parador, filmado muy lentamente de izquierda a derecha y repetido tres veces porque en el momento más inoportuno se plantaba alguien a mirar el mar y no se iba.

A lo tonto, y smartphone en ristre, podemos generar y generamos cientos de fotos cada día. Una diarrea de fotos de cada cosa que nos llame la atención, de cada chorrada que nos haga decir: "Ay, mira", de cada: "Esto lo tiene que ver Fulanito": Un tacón muy alto, una gaviota posada en una balaustrada, un coche con matrícula FLW (lo he hecho) o DWG (también), unas nubes, una rosaleda, unos adoquines, un panel con el menú de un bar...

Sin embargo, no tengo ni una sola foto en la escuela con Emilio, ni con Iván, ni con Joaquín, ni con Paco, ni con Merche, ni con Marta, ni con Arancha, ni con Juan, ni con (otra) Marta, ni con Pablo, ni con Ochan... Y mira que pasamos años juntos; un día, y otro día, y otro... ¿Pero quién se hacía fotos entonces?

Primero, porque inmersos en nuestra rutina cotidiana no nos dábamos cuenta entonces de lo preciosos que eran esos momentos y de la añoranza que nos iban a suscitar años después, y segundo, porque las fotos eran caras: Tenía uno que comprar el carrete y luego revelarlo. Uno se lo pensaba mucho antes de disparar. Te ibas de vacaciones con una película de 36 fotos y tenías más que suficiente. Incluso te sobraban. Volvías a casa sin haberla agotado, calculabas que te quedaban cinco o seis disparos por hacer (nunca era exacto) y los querías aprovechar. Y ya llevabas a revelar el carrete varios meses después, cuando ya no se estilaba.

No había escasez ni penuria alguna, pero sí es verdad que algunas cosas no se parecían nada a las de ahora. Por ejemplo esto que digo de las fotos.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Redundancia

El otro día he visto este rótulo en una furgoneta y me ha llamado mucho la atención. A ver si sois capaces de entender qué pone en la luna trasera:


¿Alguno no ha leído "solución10"? Por favor, quien no lo haya podido leer porque le faltan signos, o haya leído otra cosa, que lo diga en un comentario. Pero me sorprendería mucho. Estoy seguro de que todos habéis leído sin problema la palabra solución.

Hay dos letras que han sido sustituidas por dos signos arbitrarios: dos manos abiertas con parte de sus correspondientes antebrazos. Se ha aprovechado su forma alargada y vertical porque puede recordar vagamente a las letras sustituidas, pero lo más curioso es que se ha empleado el mismo icono para dos letras diferentes: la ele y la i. (Uno un poco más grande que otro, para adaptarse a la diferencia de altura de esas dos letras).

En la máquina de escribir de mi padre la ele minúscula era exactamente igual que el uno. Es más: es que no traía uno, había que usar la ele. En algunas tipografías la i mayúscula es igual que la ele minúscula, y al escribir "Illescas" se ven tres palotes verticales y luego "escas". En otras tipografías los ceros son iguales que las oes mayúsculas. Pero no suele haber confusión. Y cuando la hay (por ejemplo, alguien con mala ortografía que quiere escribir "sábana" pero omite la tilde y en vez de la ropa de cama menciona la llanura africana), el contexto de la frase corrige el error.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué a pesar de errores de tecleo, mala letra o pérdida de algún signo seguimos entendiendo casi todos los mensajes? La lengua resiste ruidos, interferencias, alteraciones, mutilaciones, etc. porque está más que reforzada con redundancias,
con insistencias,
con repeticiones,
con reiteraciones,
con prolijidades,
con excesos,
con demasías,
con sobreabundancias,
con...
-¡Ya, ya! ¡Cállate! Te hemos entendido.
-Lo hacía para que quedara claro. Lo hacía para ser redundante. Lo hacía para insistir. Lo hacía para...
-¡Que sí! ¡Que te calles!

Las pocas veces que realmente se puede producir un error de interpretación, un cortocircuito, un doble sentido, son tan llamativas que nos sorprenden mucho y nos hacen reír. Grandes humoristas como Les Luthiers triunfan buscando contextos en los que estos patinazos sí puedan inducir a error. Y es difícil.

Porque, aparte de la propia estructura sobrerredundante de las palabras y de las frases, el contexto en el que se dicen aporta aún más redundancia.

Por ejemplo, este texto,

Visto en varios sitios de internet. No dicen su autoría. Siento no poder mencionarla.

aunque para hacernos los interesantes nos dicen que solo pocas personas lo logran, creo que es entendible por todos nosotros.
Se basa en que ciertas cifras recuerdan por su forma a ciertas letras. Sin embargo, aun con ese leve parecido gráfico, yo no sabría leer la primera palabra "3573" si me la encontrara aislada, pero cogiendo carrerilla para leerlo todo, y anticipando las siguientes palabras, veo que 3573 es ESTE.

Sí: El cerebro es muy ágil y muy plástico, y se adapta a leer lo que pone en el mensaje por muchos tropezones y faltas que tenga. Pero es que además de lo listo que sea, la lengua está saturada de pistas insistentes y machaconas.

(Vamos, que el asesino ha dejado huellas dactilares, restos biológicos, notas manuscritas... y hasta su documento de identidad. Como para no pillarlo).