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lunes, 29 de junio de 2026

Muchos millones

He visto un vídeo en Facebook, pero no lo sé poner aquí, así que os lo contaré mientras muestro algunos pantallazos.

Se trata de la subasta que hace Sotheby's del cuadro Brown and Blacks in Red de Mark Rothko.

Mark Rothko, Brown and Blacks in Red

El subastador empieza presentando el cuadro y anunciando que sale por 65 millones de dólares. A partir de ahí, en segundos, dice que 66 millones, 67 millones, 68 millones... Eso sin despeinarse. Los millones vuelan.

domingo, 22 de agosto de 2021

Friki, maniático y a lo mejor un poco tonto

(Entrada agosteña: Muy ligerita y vacacional).


Me gustan mucho muchos objetos relacionados con la arquitectura. Me gusta incluso, en la medida de lo posible, atesorarlos.

Ya os he contado alguna vez que colecciono sellos de arquitectura moderna, pero también me fascinan las monedas, las medallas y todo tipo de chorradillas no solo como objeto de conocimiento, sino más bien de veneración. [El síndrome del coleccionista está ampliamente descrito en la bibliografía psiquiátrica, pero ya he dicho que esta es una entrada vacacional y no quiero entrar en honduras].

Teniendo esta manía, cuando tengo una tarde tonta soy un peligro, porque me pongo a buscar por internet libros dedicados, pisapapeles, vitolas de puros... y siempre acaba cayendo algo. Menos mal que propendo a la tacañería y que esta expansión no supone una merma en los medios de supervivencia de mi familia.

Bueno, pues el otro día vi que la compañía de jabones Larkin, de Buffalo, NY, Estados Unidos, emitió una medalla en 1925 para conmemorar su 50º aniversario, y venía esta imagen de un ejemplar en venta:

El retrato del fundador de la empresa: El señor John D. [Durrant] Larkin, quien además de eso, y sobre todo, fue pionero en la venta por correo con entrega a domicilio, lo que la hizo crecer y prosperar muchísimo.

Lo que no venía de una forma inmediata era el reverso. Tuve que abrir dos o tres pestañas para verlo. ¿Y qué esperaba ver en esos segundos que tardé? Bueno, yo creo que a cualquier arquitecto le hablas de la fábrica Larkin en Buffalo y piensa en lo mismo: Frank Lloyd Wright.

martes, 24 de diciembre de 2019

Banana

Perdonadme que vuelva a sacar el tema del que ya he escrito en varias ocasiones, pero es que vuelve a estar ahí delante, y seguirá saliendo una otra vez, y volverá a haber los mismos comentarios y las mismas indignaciones. (Y yo volveré a decir lo mismo, poco más o menos).

Esta vez es que un artista ha pegado una banana a la pared con cinta americana.


Pues muy bien. Pues vale. Bueno. ¿Y qué? ¿Os ha molestado? ¿Os ha perjudicado en algo? ¿Os ha insultado? Ah, que ha insultado vuestra inteligencia, y eso sí que no vais a tolerarlo.

En mi opinión, el único problema que hay, y que es lo que da sentido tanto a la obra como a la noticia, es que LO HA VENDIDO POR 120.000 DÓLARES. Ahí está la gracia. Si no lo hubiera vendido no le habría parecido mal a nadie, pero tampoco habría llamado la atención. Todos hacemos tonterías parecidas o incluso peores, pero la diferencia es que nuestras idioteces no nos hacen ricos.

Por lo tanto, si me permitís un análisis, yo diría dos cosas: La primera es que lo que caracteriza a esa obra de arte es que la puede hacer cualquiera. Exacto. Ese es el quid: "Eso lo hago yo". Precisamente. Esa es su razón de ser y su justificación. A todos nos parece un mundo pintar Las Meninas o esculpir el David, y por eso respetamos y veneramos esas obras, y las admiramos con toda nuestra capacidad de admirar. Pero pegar una banana en la pared lo hace cualquiera. Eso es. Y el que lo haga cualquiera es, precisamente, su mejor cualidad. (En realidad es su única cualidad).

Y la segunda es que esa chorrada se pone a la venta por un precio astronómico ¡y se vende!

Pues creo que no hay más que hablar. El paradigma del arte ha cambiado, y en esta sociedad y en este momento lo único que cuenta es la venta. Fijaos en la noticia que han publicado todos los medios: La mera existencia de esta obra de arte va íntimamente asociada a su precio. Sin este, aquella no tiene sentido. En ninguna reseña se soslaya el precio. Es imposible hablar de la ocurrencia de la banana sin decirlo, porque la obra de arte consiste en la tasación. ¿Por qué ciento veinte mil dólares en vez de uno con veinte, o de un millón doscientos mil? El precio es más importante que la obra. El precio es lo único que cuenta. El precio justifica la obra. El precio ES la obra.

Cuando lo leí pensé inmediatamente que lo único sensato que podría hacer un coleccionista, un rico amante del arte, sería comprar la banana y comérsela. (Entre otras cosas porque ahí pegada no puede durar mucho sin pudrirse). Esa sería la completitud de la obra de arte: Un artista tiene una idea provocativa que consiste en fijar una banana a la pared con cinta adhesiva; esa idea se enriquece al ponerle a la chorrada un precio disparatado. Hasta ahí lo que puede hacer el autor y su galería; pero la action queda incompleta; tan solo está planteada.
Entonces llega la segunda parte (obra abierta, participación del receptor, etc), que consiste en que un coleccionista con una ingente cantidad de dinero disponible para gilipolleces (los hay) compra la obra, la saca de su contexto como objeto expuesto y venerable y se la come.

Se rompen así dos veces las estructuras semánticas. Se produce dos veces la ansiada fisión: En un primer camino, de ida, provocador, el artista saca la banana de su campo semántico de fruta alimenticia y la eleva al sagrado altar de la exposición artística. Así la descarga de su significado original y la carga de uno nuevo inesperado y dignísimo de "obra de arte". Pero después el comprador, en el camino de vuelta, la despega de la pared, la pela y se la come, restituyendo así su primer significado.
Me parece fantástico.
¿Qué ha ocurrido en todo el proceso de sacralización y desacralización? Nada. Solo han ocurrido ciento veinte mil dólares.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Mecenas

ADVERTENCIA ANTES DE EMPEZAR: Tenemos una casa muy agradable, muy bonita, muy funcional, muy de todo, pero tiene las paredes pintadas al gotelé y con diversos colores pastel. Gotelé; ¿vale? Pastel; ¿de acuerdo? Pues asumidlo. Tomad aire, relajaos; no pasa nada. Contad hasta diez y no os excitéis ni os indignéis cuando veáis las fotos que siguen. Tomaos vuestra medicación, serenaos todo lo que podáis y no me mandéis demasiado a la mierda. Muchas gracias. Dicho lo cual, empezamos:


Mi amigo Ekain Jiménez me ha llamado ya dos o tres veces "Mecenas" porque he participado mínimamente en hacer correr la voz de que estaba pintando arbolitos de Navidad para quien quisiera, y así, de algún modo bastante insignificante, le he ayudado a difundir su obra y a extender su fama. Supongo que también me lo llamará porque tengo más obra suya, como veréis a continuación.

Ojalá fuera yo de verdad su mecenas, o al menos su representante. Primero le pondría a sus obras los precios adecuados, y luego las pilas a él para que se lanzara al frenesí de la producción venal y del más vil mercantilismo. Otro gallo nos cantaría a los dos: Él gozaría del dinero, de la fama y del prestigio que su talento merece y yo de un veinte por ciento.

(Nota que viene a cuento: Ekain, además de magnífico dibujante y acuarelista, es un narrador curioso. Está liado ahora con su personaje "El hombre del sombrero", haciéndolo pasear por su mundo onírico y surrealista, y espero que pronto lo saque a la luz a este mundo nuestro, mucho más prosaico y tan necesitado).


Obviamente, le hice un pedido de arbolitos. Juro que pretendía utilizar las tarjetas (acuarelas originales) para felicitar a mis amigos, pero cuando mi mujer y yo las tuvimos en nuestras manos no fuimos capaces de deshacernos de ellas. (Tan solo regalamos una).

Hemos enmarcado los arbolitos navideños y los hemos colgado en la pared. Los he mirado con satisfacción y entonces he visto que tenemos unos cuantos dibujos y cuadros de amigos, de gente muy buena y muy entrañable, y sí que me he sentido en cierto modo no un mecenas, pero sí un hombre rico, un coleccionista de arte, un connaisseur. Tanto que voy a presumir mostrándoos parte de mis tesoros.

martes, 8 de febrero de 2011

Coleccionismo arquitectónico

En los últimos años boyantes, antes de la crisis, se llegó a rizar un extraño rizo: Se pasó del afán hormigonero al éxtasis arquitectónico. Quizá fue una catarsis, o una revelación, o un acto final de sacralización y purificación, una justificación y una dignificación de la pasta gansa. Probablemente los beneficiarios del truco del almendruco de comprar por cien, menear el cotarro y vender por mil, acabaron creyéndose su propia magia, e invocaron a la sacrosanta arquitectura como sacerdotisa de esa nueva religión del pelotazo cósmico.
El caso es que se hablaba de arquitectos (no tanto de arquitectura, pero algo es algo).
Bueno, pues no estuvo mal que de tan sorprendente actividad económica se desprendiesen el interés y la atención por los arquitectos (aunque fuese de manera anecdótica, lateral y hojarrabanil).
Por todas partes se hablaba de los "arquitectos-estrella", y de su poder mágico y curativo para resolver todos los problemas urbanos, estéticos e incluso sociales. La gente conocía nombres de arquitectos no tanto como los de futbolistas (qué más quisiéramos), pero al menos como los de pintores y escritores, algo nunca antes pensado.
Se hacían chistes sobre arquitectos porque se sabía que el público los iba a entender.
(Este fenómeno, aunque característico de España, ocurría en todo el mundo).


El poder mágico hizo que la sola invocación de un nombre famoso ya significara de antemano que cualquier difícil problema urbano se iba a solucionar. Y la verdad es que así fue muchas veces.
Los alcaldes y los presidentes de comunidad hablaban de Rafa, de Zaha, de Jean, de Rem, de Arata, de Álvaro, de Norman o de Santi (sobre todo de Santi) como de amigos íntimos y valedores glamurosos. Se convirtieron en coleccionistas arquitectónicos como otros se hacen (nos hacemos) coleccionistas numismáticos.
Hay que reconocer que se trata de grandes arquitectos y que han hecho una gran labor.
Uno de sus mayores éxitos como “colectivo” ha sido la ciudad de Bilbao.