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jueves, 29 de noviembre de 2018

Haz el amor (y también la guerra)

Salvador Dalí conoció a John Lennon y a Yoko Ono en París en 1969 durante la luna de miel de estos. Se habían casado en Gibraltar y se fueron de viaje de novios a Ámsterdam, a París y a otros lugares haciendo campaña por la paz.


Los recién casados se "encamaron por la paz" en la suite presidencial del Hotel Hilton de Ámsterdam(1). Lennon dijo que lo mejor que podía hacer por la paz del mundo era meterse en la cama y dejarse crecer el pelo.
Después siguieron con esa campaña por París y por más sitios. En la capital francesa, como he dicho, coincidieron con Dalí, a quien estas cosas le chiflaban.


Yoko Ono, John Lennon y Salvador Dalí en París, a la puerta del
Hôtel Plaza-Athénée, en 1969

A Dalí ya le gustaba mucho la música pop, y había sido siempre fan de los Beatles, pero esta nueva deriva que estaba tomando Lennon le entusiasmaba.
Al matrimonio también le gustaba mucho Dalí y su obra, y fueron a visitarlo en varias ocasiones a Portlligat.

Querían que el pintor les apoyara en su campaña por la paz, y Dalí accedió, porque todo eso de llamar la atención era su vida.

¿Qué podían hacer? ¿Encamarse los tres? ¿Encamarse solo Lennon y Dalí? Bueno. Vale. De acuerdo. Qué más daba.
Lo que fuera.

Lennon estaba entusiasmado con la idea. Le dijo a Dalí que una opción muy interesante sería, por ejemplo, pasar unos días en algún escaparate de París, en alguna avenida importante y muy transitada. Seguro que habría firmas prestigiosas que les ofrecerían buenos locales en Los Campos Elíseos, por decir una gran avenida mundialmente conocida. No iban a tener ningún problema.

viernes, 22 de abril de 2016

Ruido

Dedicado a Carlos Pardo y a Agustín Fernández Mallo,
a quienes espero no haber tergiversado demasiado.

Estamos en la segunda quincena de abril, y ya sólo en estos tres meses y medio que llevamos de año me he comprado más libros de los que podré leer en los meses que le quedan. Y eso que me los he comprado porque tengo verdaderas ganas de leerlos. ¿Pero cuándo lo haré? Imposible. Y si a esto le sumamos todos los que he ido comprando a lo largo de mi vida y que (hasta ahora) no he leído nos pondremos en... ¡uf!
Además, cada vez leo menos. Me paso la vida en el blog, en las redes, en las pantallas...
He escuchado en la radio al poeta Carlos Pardo, que además es librero, y ha dicho que en su librería devuelve libros malos, devuelve libros buenos, devuelve los que no se venden, y también devuelve los que se han vendido mucho pero ya no se venden más, porque cada vez los libros duran menos. Ha hablado de lo fugaz que es todo, del exceso que nos abruma, de las modas, de la saturación de información, del ruido.


Ha dicho que los escritores ya no escriben para la posteridad, porque la posteridad ya se ha pasado.
Me ha gustado mucho esa idea. Y también me ha causado una honda inquietud: La posteridad ya se ha pasado.
Todo pasa muy rápido, y ya nada deja huella, porque cada segundo se nos vienen encima miles de cosas nuevas.

Os cuento dos batallitas de señor mayor:
Primera: Cuando yo era adolescente un elepé costaba unas trescientas o trescientas cincuenta pesetas. Había que pensárselo mucho para comprar uno en los sótanos de la Gran Vía. Revolvía discos una y otra vez para acabar saliendo con uno y, en algunas ocasiones, pasadas dos o tres manzanas, daba la vuelta, volvía a bajar y pedía que me lo cambiaran por otro. Qué incertidumbre. Qué difícil era elegir.
En un año podía comprarme un par de elepés; no más. Cada vez que me compraba uno se lo decía a todos mis amigos, para que no repitieran y compraran otros, que luego intercambiábamos y -sí- grabábamos en cassettes. En aquella época el pirateo no era una amenaza para nadie.
Incluso nuestros propios discos los grabábamos en cassettes para no estropearlos demasiado (y porque yo sólo tenía tocadiscos en el salón de mi casa -de la de mis padres-, mientras que las cintas las podía escuchar en mi cuarto).
Escuchábamos cientos y cientos de veces el poco material que teníamos.

Segunda: Hace algunos años busqué en internet una canción de los Beatles para poner el enlace y me encontré una página que invitaba a bajarse la discografía completa. Confieso que no pude resistirme y cliqué el botón. Al cabo de unas horas (mi velocidad de descarga era muy lenta) tenía todos los discos de The Beatles. Todos. Todos. Sólo escuché un par de canciones (la que buscaba y otra al azar, para comprobar) y no he escuchado ninguna más. Por ahí debe de estar la carpeta llena de ficheros en emepetrés. O tal vez la he perdido en algún cambio de ordenador. Si la he perdido ni me he dado cuenta. Ni me he enterado. Como vino se fue, y no dejó ninguna huella en mí.

En alguna ocasión he comentado las penurias y aventuras que pasaban los arquitectos de los años cuarenta, cincuenta y sesenta para intentar conocer qué arquitectura se hacía por ahí. No había información, no había nada. No se conocía nada. Había que echarse al mundo y descubrirlo todo. Y volvían a España armados ya para toda la vida.
Nosotros, por el contrario, estamos acribillados de información. Recibimos cientos de estímulos diarios y no los podemos atender. Es agotador. Nos resbala por encima sin mojarnos. Todos los días veo en facebook y en twitter docenas de fotos de arquitectura, avisos de charlas y conferencias, glosas de libros... Arquitectos húngaros, guatemaltecos o belgas que no conozco reclaman mi atención durante unos segundos, miro distraídamente alguna de sus creaciones, suelto tal vez alguna exclamación y los olvido antes de haberlos conocido.
A otra cosa, mariposa.
Nunca hemos tenido más libros, más fotos, más películas, más noticias, más canciones, más comentarios, más dibujos, y nunca hemos reflexionado menos ni sabido menos.
Toda esa información es ruido.


domingo, 4 de octubre de 2015

De la validez de la cultura. (¿A quién le importa Gilgamesh?)

La película Ladri di biciclette (1948), de Vittorio de Sica es un pilar en la historia del cine. En España se tradujo como Ladrón (en singular) de bicicletas, y se censuró estúpidamente, cambiando del todo su intención y su sentido.


La película es cruel e implacable. No deja un solo resquicio a la esperanza y agobia hasta lo insoportable. No puede ser que la desgracia se cebe de esa manera con la gente más desvalida, con los más miserables y necesitados.
¿Quién podría hacer una historia así, sin ninguna piedad? En España eso no se toleró, y en la escena final, en la que el padre y el hijo van a la nada, una voz en off (que, por supuesto, no existe en el original) se deshace en melifluos y vergonzosos cantos de sirena y se permite contar el final que al censor le gustaba.
Bueno: Vivíamos en un país que tenía censuradas las ideas y mutilada la cultura. Pero muchos años después, en los noventa, cuando ya llevábamos décadas viviendo en un país libre, las cintas VHS de esa película seguían teniendo ese doblaje oprobioso. ¿Por qué? Pues porque ya estaba hecho y no era económico volver a hacerlo. (Ni siquiera había que volver a hacerlo. Tan sólo había que suprimir el último speech). Y además (y sobre todo), para cuatro piraos que iban a comprar esa película no merecía la pena perder el tiempo ni gastar dinero en retoques y cambios.
Esa película había dejado de estar censurada, pero ya aburría, lo que es muchísimo peor.

Hoy en España no hay censura, pero a nadie (o a casi nadie) le interesan esas películas ni esas visiones tristes y desasosegadoras. Y los cuatro piraos que vemos películas raras o leemos libros-pestiño ni contamos ni importamos.

Franco murió cuando yo tenía quince años, y mi adolescencia coincidió con la Transición. Además de que se acabó la censura sobre las fotos de desnudos justo cuando mi persona más se interesaba por ellas (feliz casualidad), también se habló mucho entonces de Víctor Jara, de Paco Ibáñez o de Quilapayún, cuyas cassettes traía a clase algún compañero casi con la misma delectación con que otro traía un Playboy.
En aquella época nadie reparaba en que tales cantantes y tales canciones tenían la misma chispa que un bocadillo de garbanzos, y que oír la cansina voz de Paco Ibáñez en el Olympia de París era tan divertido como contar granos de arena en la playa. Eran canciones con mensaje. Tenían el secreto de la verdad y de la vida. Había que entenderlas y aplicarlas. Eran la guía. Mostraban el camino.

-Tun tun.
-Quién es.
-Una rosa y un clavel.
-¡Abre la muralla!
-Tun tun.
-Quién es.
-El sable del coronel.
-¡Cierra la muralla!
-Tun tun.
-¿Quién es?
-La paloma y el laurel.
-¡Abre la muralla!

(Dior mío, Dior mío). (Había que estar atento para saber cuándo tenía que abrirse y cuándo cerrarse, sin equivocarse jamás, no fuera uno a quedar como un pardillo o, lo que era mil veces peor, como un facha).

A galopaaaar, a galopaaaar, hasta enterrarlos en el mar.
A galopaaaar, a galopaaaar, hasta enterrarlos en el mar.

(Por Dior, Don Pacoibáñez. Por Dior).

Poderó
socaballé
roesdondindó
dondiribidindó
es Don Dinero.

(Po zí. Pozezo, po vale, po dacuerdo).

domingo, 4 de diciembre de 2011

El viejo optimista

El suplemento cultural Babelia del periódico EL PAÍS publica hoy una entrevista muy interesante con el arquitecto británico Peter Cook.
(Si la queréis leer, clicad aquí).
Peter Cook es un viejo lúcido, un disparatado creador de sueños absurdos tales como ciudades andantes o viviendas-burbuja portátiles.
Peter Cook fue uno de los creadores del grupo Archigram, allá por los años sesenta en Inglaterra. (¿Años sesenta? ¿Inglaterra? En efecto: puro Beatles. A mí sus dibujos siempre me han evocado el Submarino Amarillo y la Banda del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta).
Los Archigram se hicieron internacionalmente famosos e hiperconocidos no por lo que construían (no construían nada), sino por sus propuestas utópicas, beat, fumadas y piradas. Su concepto urbano no era precisamente sensato: La Ciudad Andante, la Ciudad Enchufada y la Ciudad Instantánea fueron tres de sus visiones futuristas para un mundo optimista y muy enrollado. No veo yo a ningún concejal muy por la labor precisamente. Nadie entendía muy bien qué eran ni qué significaban, pero no hay un solo libro de historia de la arquitectura del siglo XX que no hable de ellas.
Eran los juglares, la voz que clama en el desierto, los profetas o los simpáticos bufones, pero no construían. Hacían gracia y ya está.
Pero el lúcido cachondo nos abre el corazón en esta entrevista y nos dice cosas muy dignas de atención. (Por otra parte, todo lo que ha dicho en su vida, siempre, ha sido digno de atención).

jueves, 29 de septiembre de 2011

El arquitecto místico (I)

Louis I. (Isadore) Kahn era el arquitecto con menos glamour del mundo. De niño se cayó sobre el brasero de su casa, y tenía toda la cara llena de cicatrices. Los ojos eran pequeños, muy cerrados, y a menudo tenían legañas. Los orificios de la nariz eran grandes y solían mostrar humedad. Tenía el pelo desordenado y no muy limpio. Vamos: Un Adonis.
Y, sin embargo, los hombres y, sobre todo, las mujeres, le adoraban.
Vivió simultáneamente con tres mujeres (casado con una de ellas, visitaba asiduamente a las otras dos), y tuvo tres hijos (dos hijas y un hijo), uno con cada una de ellas.
Era irresistible.
Fue profesor en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Yale, y sus clases levantaban casi tanta expectación y tanto entusiasmo como los que levantarían los conciertos de The Beatles diez años después.
Los alumnos (tanto los suyos como los que venían de todas partes) llenaban la gran aula, y esperaban ansiosos el comienzo de la clase. El profesor hacía su gloriosa aparición entre suspiros contenidos de la masa. Se dirigía al auditorio... y se quedaba callado.
Respiraba. Meditaba.
(Los alumnos no respiraban).
Entonces el Maestro decía: "El espacio..." (y se quedaba en silencio unos segundos) "...es".
Los jóvenes temblaban. "Ooooohhhh". El aire coagulado del aula se podía trocear.
-¿Has oído?
-¡Sí! ¡Sí!
-¡Qué hombre! Estoy temblando.
-Yo también.
Dos o tres minutos después, el Maestro volvía a hablar, muy despacio:
-La luz...
-...
-...
-...
-... es.
Bueno. Aquello era la bomba. La repanocha.
-Creo que me voy a desmayar.
-No me extraña. Desmáyate.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ornamento y distinción


Cuando yo era niño (en los remotos años sesenta y setenta) todo el mundo vestía igual, según su ambiente y profesión. Todo era gris o marrón, o azul marino. Los oficinistas vestían chaqueta de uno de esos tres colores y corbata igual, con rayas. (En corbatas se admitía también el rojo burdeos amarronado). Las mujeres podían añadir verdes no muy chillones y flores discretas.
Los chicos llevábamos jersey azul marino o verde oscuro, y pantalón de tergal.
Los zapatos sólo podían ser negros o marrones. (En niños se podía añadir el azul marino).
Los hombres iban afeitados o con bigote (mejor si era finito), y con el pelo corto, peinado a raya o con ondas (el que las tuviera) a lo Robert Taylor. (Según Jardiel Poncela, quien no las tuviera podía conseguirlas embadurnándose el pelo con fijador y estampándose repetidamente contra el cierre de algún comercio). Las mujeres se peinaban con mucha laca, construyéndose una especie de casco sobre la cabeza.

No había variedad, no había originalidad. Nadie pensaba en esas cosas. Sólo había una forma de ir por la calle: "Como Dios manda".
Una vez cometí el error de ponerme una camisa naranja de manga corta. Mi primo Carlos se burló de mí porque llevar camisa rosa era de maricas. Yo insistía en que era naranja, pero no hubo manera. (Hay que verle ahora a mi primo, con polos lilas, rosas o azul celestes. Cómo ha cambiado la vida).