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viernes, 19 de diciembre de 2025

El fontanero, el calefactor, la Virgen de los Remedios y cinco céntimos de lotería

(CUENTO DE NAVIDAD)

Un grupo de amigos de una pequeña capital de provincia, casi todos arquitectos, se reunían a comer una vez al mes en un restaurante de moda. Todavía eran jóvenes, pero ya apuntaban a ese estatus de profesionales burgueses bien asentados en la sociedad y bastante prometedores e incluso incipientemente exitosos.

Eran, según los meses, entre seis y ocho. Había un arquitecto del ayuntamiento, otra de la diputación, una de medio ambiente y tres o cuatro liberales con estudio propio, alguno de ellos en la directiva del colegio de arquitectos. Siempre conocían a los miembros de una o dos mesas próximas, a quienes saludaban con afectación. Era una ciudad pequeña y ellos estaban muy bien relacionados con la crème.

Las comidas eran muy divertidas. Eran gente ingeniosa y tenían su punto ácido y crítico sobre todos los episodios que ocurrían en la ciudad. Pero también conservaban ese gusto y ese desparpajo sobre la arquitectura que les hacía creer que eran mejores arquitectos de lo que en realidad eran. Al menos se consideraban más que capaces de criticar con mucha gracia el proyecto que un famoso arquitecto portugués había hecho para remodelar el Paseo de los Olmos y el que una brillante española había perpetrado al lado de la Puerta de los Ángeles. Por lo que decían, parecía que cualquiera de ellos los habría hecho muchísimo mejor. 

miércoles, 7 de julio de 2010

Sin ganas de rebelarnos

No entiendo por qué, con la que está cayendo, con la cantidad de dramas personales y colectivos que nos rodean, proliferan ahora en las televisiones los programas sobre ricachones. (Mejor dicho, sobre ricachonas).
Todo empezó con un interesante programa de La Sexta, ¿Quién vive ahí?, en el que algunas personas afortunadas nos enseñan sus magníficas casas. (Uno de ellos es mi amigo Luis Moreno).
En este programa se ven casas que están muy bien. En general son caras, pero la carestía no es su cualidad principal, ni, desde luego, el motivo por el que aparecen aquí. Cuenta más su originalidad y, sobre todo, el placer y la alegría que sienten sus habitantes. Chapó. Algunas de esas casas son "de arquitecto", de buen arquitecto. Otras no lo son, pero no por eso son de arquitectura más deleznable. Son de arquitecto sin título. En general me parecen muy interesantes. Hay algunos excesos y patinazos, pero tan sentidos y tan vividos que me parecen válidos, estupendos.
Pero de ahí la cosa ha degenerado, y, como en este mundo televisivo cuando un programa tiene más de cien espectadores en seguida lo copian, ahora hay programas de esos por todas partes. Ayer, en uno, creo que en Antena 3, vi cómo una reportera acudía a un lujosísimo piso del barrio de Chamberí de Madrid. El dueño, decorador, tenía la casa percudida de oteizas, palazuelos, almireces, armaduras, tapices, piedras, tapies, angelotes policromados, manolosvaldeses, campanas, etc. La reportera sólo sabía preguntar: "¿Y esto cuánto cuesta?". "¿Y esto cuánto cuesta?". "¿Y esto cuánto cuesta?". "¿Y esto cuánto cuesta?". "¿Y esto cuánto cuesta?". (Como dijo Machado, el necio confunde valor y precio).
La arquitectura (sus sucedáneos) tiene esa untuosa cualidad de oler a pasta, de barnizar a sus dueños con una dignidad pegajosa. Los arquitectos tenemos todavía ese sambenito glamuroso de que somos capaces de hacer ricos mausoleos amontonando el dinero de nuestros clientes. Los decoradores todavía nos ganan, pero estamos en ello.
A todo esto se une (y es a lo que iba) que nos restriegan que, en medio de la crisis, del paro y del pasmo, hay mucha gente que está podrida de passsstaaaa. Y nos quedamos viendo la tele, babeando, sin ganas de rebelarnos, sin preguntarnos nada, sin pensar y sin criticar.
Hay también un programa que se titula "mujeres ricas". Ninguna es una empresaria, ni una tiburona de las finanzas o del comercio. Son esposas de ricos. Sus maridos son los tiburones. Ellas no tienen nada que hacer, salvo ir de compras y pasar por el gimnasio y la clínica. Qué aburrimiento, qué vida de mierda. No nos ponen a sus maridos expropiando a una familia, embargando pisos, comprando y vendiendo opciones raras, de esas de muchas siglas y nombres en inglés. Ellos nos darían miedo. No. Los muy machistas de los programadores nos ponen a sus esposas idiotas, que nos dan asco y risa a partes iguales. Creo que el fin último de esos programas es que nos sintamos mejores que ellas y nos consolemos.
Y, sí, ellas también nos enseñan la estúpida arquitectura de sus casas horribles. En esas casas, todo cuesta mucho y nada vale nada.
Por favor, rebelaos.