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martes, 9 de diciembre de 2025

Ante la muerte de Frank Gehry

El famoso arquitecto canadiense Frank Gehry ha muerto el viernes pasado a los noventa y seis años, y lo primero que he pensado ha sido: "¡Noventa y seis años!, ¡y en un estado aceptable de salud y de actividad hasta hace nada! ¡Quién pudiera! ¡Firmo por eso!" Y ya. Nada más que decir.

Pero unos amigos me han pedido mi opinión y a ver qué digo. He releído cosas que he escrito en este blog sobre Gehry y me he quedado igual: a ver qué digo. Y he pensado que, ante la muerte de Frank Gehry no me sale tanto hablar de Frank Gehry como de la muerte.

Ante la muerte de Frank Gehry o ante todas las muertes. O también ante la arquitectura y la muerte. O ante la muerte de la arquitectura.

Cementerio judío de Praga

miércoles, 3 de abril de 2024

El pícaro (la escalera picarona)

En pleno casco de una histórica ciudad castellana inauguraron hace bastantes años un edificio muy importante, diseñado por uno de los arquitectos españoles vivos más prestigiosos (si no el que más).

Hubo mucho bombo y platillo, y también mucha polémica, porque no hay ciudad histórica castellana en la que cualquier edificación contemporánea que se salga de lo de siempre, por respetuosa y comedida que sea, no la genere. Además, toda la normativa, el plan especial del casco, las normas y filtros de la comisión de patrimonio, etc., hacen casi imposible que se construya otra cosa que no sea una enésima imitación de la arquitectura de los siglos gloriosos.

Pero esta fue una de las raras veces en que se consiguió. Un gran edificio singular desafiante de los gustos, usos y costumbres de los pobladores del heroico casco antiguo. Para muchos una auténtica provocación, y para otros una necesaria entrada de aire fresco y una sacudida de tanta paletería. 

Yo, como soy un osado, oso no tenerle demasiado aprecio a ese edificio, aunque tiene cosas muy meritorias. Pero no quiero hablar de eso; no pretendo hacer una fina crítica arquitectónica, sino enseñaros esta foto que tomé yo mismo:

viernes, 11 de octubre de 2019

Joderse la vida

Quiero contar hoy una historia que me ha conmocionado. A veces el trabajo de arquitecto consiste en meterse (o que le metan) en asuntos que a uno no le importan, y en enterarse de cosas de las que no debería haberse enterado.
Desde que la he conocido estoy queriendo contarla, pero por otra parte debo ser discreto, así que he ocultado, disimulado o cambiado los datos y circunstancias que diré a continuación. Pero el sentido general de este cuento es real, dolorosamente real. Y muy frecuente.

Dibujo de Chumy Chúmez

Un agente inmobiliario de un pueblo no muy lejano del mío da conmigo de rebote, por contactos comunes, y me llama para que vaya a ver y medir una casa y le haga un certificado de eficiencia energética, otro descriptivo y otro de georreferenciación que le ha pedido el notario para hacer la escritura de compraventa. Pero tengo que ir corriendo. Tiene que ser "para ayer".

Ya. Lo de siempre. Lleva semanas con la operación, pidiendo certificados en el ayuntamiento, certificado catastral y nota simple en el registro y ahora, un día o dos antes de la firma, el notario le dice que necesita todo eso.

Me encanta ser una especie de arquitecto de urgencia y resolver el papeleo en un pispás. Y me encantaría más si me pagaran en consecuencia. No, al notario no le regatean. Al registrador tampoco. Pero a mí sí. Lo normal.

Cojo el coche y me presento en la inmobiliaria con mis cacharritos de medir. Me dan las llaves y también la carpeta con todo el expediente, para que vea los datos de la propiedad y todo lo que necesite. Muy bien.

Auxiliado por la aplicación del teléfono llego hasta el casoplón. Aparco y lo miro desde fuera. Tiene toda la pinta de ser una buena bazofia. La parcela es grande, pero con la casa enorme y aislada en medio apenas queda un inútil pasillo de terreno libre alrededor. Todo ese resto de parcela está solado. Hay una palmera en un rincón, cuyas raíces han levantado y roto las baldosas circundantes y cuyas ramas amenazan un alero.

A la enorme casa le sale un bulto semicilíndrico por el oeste y otro por el sur, y un prisma semioctogonal por el norte. La fachada este, por el contrario, es plana y ciega, como si el proyecto previera inicialmente su adosamiento por ese lado, o como si el arquitecto hubiera aprovechado y reutilizado otro anterior. Los dos cilindros tienen una hilerita de ventanas cada uno, pero sus cargaderos son rectos, con chapa metálica vista que forma un polígono que se da de patadas con la curva de los ladrillos vistos, dejando todo tipo de pegotes residuales. Lo mismo pasa con los vierteaguas, también rectos. El mirador semioctogonal tiene ventanas en los centros de sus caras, que por estar en plano quedan mejor resueltas que las de los semicilindros, pero entre unas y otras hay machones de ladrillo visto que perpetran las aristas del octógono con alevosía, pues quedan rotas en líneas irregulares y desconchadas mediante corte de radial.

Todo ello da (de nuevo) la imagen de quieroynopuedo y de Manoletesinosabestorearpaquétemetes. Ganas de chapucear intentando aparentar un grandeur paleto.

Entro y es peor. Una casa con los ciento ochenta y un metros cuadrados construidos en planta baja peor aprovechados de la historia. (Tan mal aprovechados que necesita otros sesenta y cinco en planta primera, igual de tontos).
A todo lo largo de la planta baja, por el centro, discurre un pasillo de 1,80 m de anchura, con puertas a derecha e izquierda. (Demasiados metros cuadrados para nada). La cocina, muy larga, rectangular terminada en un ábside semicircular (uno de los semicilindros que asoman al exterior), tiene más de treinta metros cuadrados, pero es de isla en el centro y a lo largo que le deja pocos espacios aprovechables alrededor. Es decir, con esa superficie enorme apenas tiene una encimera de sesenta centímetros en el centro. Al pasar para medir el ábside me doy con la campana extractora en la cabeza, y más tarde, al salir, me pego un golpe en la cadera con un pico del extremo de la encimera. Seguramente yo soy especialmente torpe, pero la puñetera isla me ha dado dos trompadas en diez minutos. No quiero ni pensar cuáles serían mis lesiones cronificadas si yo viviera en esa casa.

Al salón le sale otro semicilindro poco práctico y poco vistoso, pero muy ampuloso y grosero. Las cortinas por dentro tampoco ayudan. Todo es un estorbo. Es una casa llena de trampas e incomodidades. De la misma manera que con el pasillo y con la cocina, voy midiendo y sorprendiéndome de la enormidad de las distancias, que tanto por la forma absurda de la planta como por el amueblamiento insulso, apenas dan cabida a nada. Son tamaños enormes que dan cansancio, pero no espacio.
Por otra parte, el mobiliario, muy nuevo, apenas estrenado, es muy ramplón. Sobre el sofá hay tres cuadros de los de tienda de muebles cutre. No son ya de cacería de ciervo por perros ni de arroyo con casita y montañas al fondo, sino de la siguiente generación de paletería, abstractos, de un estúpido decorativismo hortera y chabacano (donut plateado sobre rectángulo verde, y manchas rojas salpicadas; etcétera), pero que da "otro toque" "más moderno" a los infelices que los compran.

Los dormitorios son más bien pequeños, o, mejor dicho, como el principal tiene semioctógono y los otros dos tienen chaflanes, al final una gran cantidad de metros cuadrados se traducen en poner una cama en un lado, dos mesillas en el cabecero y nada más. (Tienen armarios empotrados, eso sí).

Vamos, que en más de ciento sesenta metros cuadrados útiles hay una cocina, un salón, dos baños y tres dormitorios. Nada más. No han conseguido que toda esa enorme superficie dé nada más de sí.
Por ello necesitaron una planta alta, más pequeña que la baja, con otro salón, otro baño y un despacho. (En este último hay una mesa de oficina, dos sillas y una estantería. En la mesa hay papeles todavía: albaranes ahí dejados hace ya bastantes años, cartas del banco abandonadas como si los dueños hubieran salido corriendo sin tiempo de archivarlas).

Además hay semisótano. Otro enorme despropósito. Es la proyección de la planta baja completa con sus terrazas, pero sin más tabiquería que la que forma un cuarto de caldera, la escalera y un baño en uno de los extremos. En el gran espacio diáfano restante hay varios ambientes mezclados sin orden ni jerarquía. Por una parte, un gimnasio destartalado. Barras de pesas tiradas y desparramadas por el suelo, discos de pesos como de veinte a cincuenta centímetros de diámetro. Muchos. También algunos tubos metálicos que se me antojan bases para montar aparatos encima, que o no se montaron nunca o se sacaron de allí en la huida. También una barra de bar rústica-hortera, de pub de pueblo de los setenta, chapada de piedra irregular y con el canto de escai y gomaespuma y tachuelas doradas. Taburetes ante la barra. Pero todo ello conviviendo con el garaje y estorbándolo: No hay ningún coche, pero viendo la rampa y el portón de acceso, los dos o tres que caben en el garaje no tienen otra opción que acodarse a la barra y pedirse un calimocho. Sigo sin entender tantas exclusiones obligadas (si bebes cerveza con los amigos no puedes meter el coche) en un espacio tan enorme. Ah, y en otra pared, pero no cerca de la barra, sino más bien entre los aparatos de gimnasia, un mural formado por celdillas prefabricadas para alojar botellas de vino.

Lo mido todo (un trabajo bien engorroso y largo) y finalmente me instalo en la mesa del salón para tomar notas del expediente.

Y ahí viene lo peor.

lunes, 5 de agosto de 2019

Mirando el escaparate

Estos días se ha hecho público el fallo del concurso de ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao y aquí unos colegas nos hemos puesto a opinar (a despotricar con el palillo en la boca) en las redes sobre el infausto proyecto que ha sido elegido de entre los presentados, que van desde los correctos (pero no brillantes) hasta los muy malos.



Ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao, 1967-1970.
Álvaro Líbano y Ricardo Beascoa, arquitectos.(1)

Como de eso se está hablando mucho por ahí y yo no tengo nada interesante que añadir voy a comentar algo que me preocupa del "antes de", en vez de seguir insistiendo en el "después de".

El Museo de Bellas Artes de Bilbao es muy querido por los bilbaínos, que van muy habitualmente a verlo como si fuera su casa (que lo es), pero menos por los turistas, que solemos babear ante el Guggenheim sin enterarnos de las joyas que atesora este porque es más discreto y comedido y no está en el recorrido de los touroperators.


Voy aún más atrás y comento la primera perplejidad: Teníamos un museo consolidado, lleno de obras de arte, muy bien montado, con una colección muy completa, coherente y armónica, hecha con tiempo y con sabiduría, y que calaba en el alma del pueblo, en su tradición y en su cultura a la vez que miraba hacia el futuro, y de golpe aterrizó un chirimbolo venido del extranjero, espectacular e impresionante pero sin fondos, sin nada que enseñar. Recuerdo que se le dio mucho bombo a la primera exposición temporal (o una de las primeras) que hizo: Unas motos de la marca Harley Davidson. No había fondos, no había colección, no había obras permanentes, pero había que hacer movidas y saraos como fuera y de lo que fuera para mover el tinglado.
Con gran rapidez y a golpe de presupuesto el gigante americano fue adquiriendo obra, mientras que su hermano pequeño y desheredado la había ido formando delicadamente durante décadas y décadas.

En todo caso, la versión "nuevo rico epatante" se impuso, y mientras este ascendía a los cielos como un cohete, el otro languidecía para los cuatro gatos de siempre, cada vez más desubicados y sobrepasados.
Lo he comentado en las dos entradas anteriores: ¿Nos interesa de verdad el arte o más bien el turisteo y el espectáculo?



La situación era intolerable. Había que darle un enérgico empujón al querido museo.
La dirección se puso a ello y finalmente obtuvo fondos para ampliarlo, pero no ya como se había ampliado otras veces, respondiendo a las necesidades de espacio y a las condiciones funcionales. No. El "efecto Guggenheim" había sido un éxito tan grande que pasó a ser el epónimo de cómo la arquitectura espectáculo puede salvar a una ciudad, a una institución, a un colectivo, a un pueblo, a lo que sea. Si vemos sucursales increíbles de cualquier entidad prestigiosa en sitios inverosímiles y con formas disparatadas es porque se busca el poder salvífico del mamotreto.

Pues bien: Si el efecto Guggenheim obraba milagros en las cuatro esquinas del planeta, ¿no los habría de repetir en la ciudad que lo alumbró?

miércoles, 30 de marzo de 2016

Ofú; claro que la noto

Estos días he visto este pasquín en Facebook:


Me pregunta si noto la diferencia. Ofú; claro que la noto.

Veo un intento muy torpe de defender la profesión de arquitecto respecto a la de ingeniero, y lo hace -como de costumbre- exponiendo lo peor de nosotros.
Yo también defiendo (aquí lo hice por extenso) la competencia de los arquitectos para diseñar casas, y me opongo a los intrusismos y demás confusiones y zancadillas, aunque creo (ya lo dije) que nuestro problema no son los ingenieros.
Pero sí, naturalmente: Creo que un arquitecto es quien debe diseñar una casa, como creo que un médico es quien debe curar enfermedades. Me parece obvio.
Pero es que precisamente el ejemplo de marras muestra lo peor de nosotros.
La casa que (supuestamente) ha proyectado ese ingeniero es un poco tristona y anodina, pero no está mal. La planta muestra unas piezas rectangulares aceptablemente bien distribuidas. Se accede al salón desde un porche, con una piscina enfrente. Puede ser un sitio agradable. La cocina queda a mano del salón, y tiene una salida accesoria a un tendedero-lavadero. Me parece bien. Un pasillo da al dormitorio y, al fondo, al baño, que tienen suficiente intimidad e independencia para ser una casa tan pequeña. Pues no está nada mal.
En todo caso, la forma en que están colocadas las ventanas da una cierta sensación de pobreza o de torpeza. Es demasiado inmediato, y se le podría dar una vueltecilla. O dos. Pero en principio puede valer.

Sin embargo, la otra casa es una vergüenza. A mí me da un poco de vergüenza ajena, y me ofende que se exponga como muestra de "lo que sabemos hacer los arquitectos".
Para empezar, hace trampas. Ingeniero y arquitecto no juegan con las mismas reglas. El dibujo del arquitecto es en colores, y tiene vegetación y otros complementos. No vale comparar dos cosas en desigualdad de condiciones, haciendo una trampa tan evidente y zafia.
En cuanto al diseño de la casa de colores... Ofú. No sé por dónde empezar.
La cocina tiene una forma muy poco práctica, que además deja al salón sin posibilidad de nada. ¿Cómo usar ese salón? Lo veo difícil, y muy molesto. Para colmo le casca una puerta de acceso aún más torpe que la del ingeniero. El dormitorio tiene una pared oblicua, absurda, y el armario queda en el quinto infierno. En una casa tan pequeña se consigue que todo esté lejísimos y nada quede a mano de nada.
¿Y qué es ese círculo entre el dormitorio y el armario? ¿Una piscina-barreño? ¿Cuánto puede tener de diámetro?, ¿un metro veinte? ¿Es un bidé exterior? "Es un jacuzzi", me dice Fray Vicente Jesús de Albadearriba Nomeolvides Tressabores.
-¿Un jacuzzi? ¡Qué me dice usted, Fray Vicen! ¿De uno veinte?
(Ah, sí, vale, que el dibujo del arquitecto también hace trampas con la escala).
-Un jacuzzi íntimo, en una zona semiexterior, para que se bañe la feliz pareja en la intimidad.
-¿Y la piscina?
-Esa es más para toda la familia.
-¿Qué familia, si es una casa de un solo dormitorio?
-¿Y las visitas? Es que eres un borde y un aguafiestas, Joserramoncito.
-Vale, pues apúnteme un jacuzzi... una terraza redonda para el dormitorio... un templete de planta cuadrada en la esquina de la piscina... ¿Es un templete, o sólo es pavimento?

Vamos, que la mierda de casa del arquitecto cuesta el triple o el cuádruple que la del ingeniero y además ha sido cuidadosamente pensada para amargarles la vida a quienes vivan ahí.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Pecado

Seguimos teniendo noticia de distintos problemillas que tienen las obras de Santiago Calatrava.

Santiago Calatrava. L'Àgora. Valencia

Otra vez lo de siempre: Una obra faraónica que se empezó a hacer asumiendo que los costes serían monstruosos y acabó resultando que fueron muchísimo más monstruosos que lo que se dijo.
El harquitecto, que nunca se ha caracterizado por agachar las orejas y acobardarse, sino que, por el contrario, ante las dificultades ataca (lo que a mi juicio es su mayor virtud, si no la única), denuncia que la obra está sin terminar, que se han hecho cosas sin contar con él, que se está usando sin su consentimiento (¿eh?) y que para que esté en buenas condiciones de uso hay que gastarse otra porrada de dinero.
Desconozco si en su día el harquitecto hizo el correspondiente Certificado Final de Obra (se ve que no), y de qué forma ésta se recibió (odio el verbo "recepcionar", que es un monstrenco de "recibir"), pero os aseguro que yo he hecho un par de obras oficiales y que la burocracia del seguimiento de obra, certificaciones, informes mensuales hasta el certificado final y el acta de recepción es desesperantemente exhaustiva. ¿Qué pasa en estas obras? ¿Aquí no hay nada de eso? Supongo que se contrató a otro para que hiciera la faena de remate burocrático de la obra. No sé. Alguien debería explicar cómo se cuelan estas cosas.
Tampoco quiero pasar por alto la oportunidad de darle un palo al periodista que habla en el titular del riesgo de que se caiga la cubierta, y luego en el texto vemos que de lo que se trata es de que se le desprendan partes del recubrimiento. Hombre, no es lo mismo, pero ya en periodismo vale todo. Todo sea por el titular escandaloso. Tanto en arquitectura como en periodismo (como en todo) vivimos de la apariencia espectacular, y no del contenido.

Pero no era de eso de lo que quería hablar. Lo peor de lo peor es que ese edificio se encargó sin saber para qué.
De hecho, apenas se ha usado, y nadie encuentra destino ni ocupación para él.
Es decir, que se cierran alas oncológicas de los hospitales, se dejan de abrir bibliotecas en barrios de la periferia, se desatienden polideportivos y se encarga esta estrafalaria monstruosidad que no sólo cuesta el dinero que ni los valencianos ni los españoles tenemos, sino que exige, como un niño rico y malcriado, atención y gasto constante y eterno per secula seculorum.
Y la sociedad civil, democráticamente representada por sus eficaces, inteligentes y honrados políticos, asume (asumió en su día) estos despilfarros, estos despropósitos, estos pecados.
Porque ya no estamos hablando sólo de mejor o peor arquitectura. Estamos hablando de pecados. Estamos hablando de crímenes. Crímenes de lesa ciudadanía.

lunes, 20 de julio de 2015

La verdadera democracia

Este edificio es la sede de la Asamblea de Murcia, la expresión más pura y respetable de la democracia que se encarna en una región española.


De la Constitución Española de 1978, cristalizadora de nuestra democracia y marco de nuestra convivencia no sólo pacífica sino creativa y constructiva de un progreso innegable, surgieron las comunidades autónomas, que se establecen a su vez como democracias regidas por sus respectivos parlamentos y gobiernos.
La sede de la asamblea de una comunidad autónoma es, por lo tanto, el palacio del pueblo, el espacio arquitectónico que aloja las ansias y las aspiraciones de una sociedad. Es el lugar de las ideas, las palabras, las leyes que se imponen los ciudadanos a sí mismos para convivir y para prosperar.


Arquitectónicamente hablando, diseñar esa sede es un ejercicio fascinante.





miércoles, 15 de julio de 2015

¿Por qué?

Ya no asistimos atónitos a nada. No se molesten en intentar escandalizarnos: Es inútil. A cualquier chorrada que ustedes nos propongan contestaremos con un "pues muy bien", con un "sí, hombre, sí", y con un "hale, a seguir bien", sin girar siquiera la cabeza, sin pararnos un segundo y sin desviarnos ni un milímetro de nuestro camino a ninguna parte.
A nosotros ya nada nos afecta ni nos perturba. Estamos en una suerte de pasotismo zen o de tocagonadismo tao. Qué más da.
Pero a las pobres criaturas que aún esperan algo de la vida qué; ¿eh? Pobrecillas. Gente sensible aún, optimista aún, esperanzada aún. A ellos qué. Alguien debería hacer algo por ellos.
La última (o la anteantepenúltima, porque las paridas son tan seguidas que cuando me entero de alguna ya han salido varias más) es que alguien va a hacer un edificio inspirado en las curvas de Beyoncé.


Infografía del proyecto de la Torre Premiere, en Melbourne.

Pues muy bien.
Pues sí, hombre, sí.
Pues hale, a seguir bien.

(Pues a mí no se me parece nada a Beyoncé).

En realidad el rascacielos no se inspira en las turgentes carnes de Beyoncé, sino en su cuerpo enfundado tal como aparece en el vídeo de su tema Ghost. 




Imágenes del videoclip Ghost, que ha inspirado un edificio.

Pues muy bien.
Pues sí, hombre, sí.
Pues hale, a seguir bien.

Quiero decir: Así sí. Así sí que se parece. Qué estupendo.

¿Y por qué? ¿Y para qué?


Si el criterio compositivo ha sido ese, me parece perfecto, me parece estupendo, me parece sublime. Sí, hombre, sí. Vete por la sombra, que hace mucho calor. Hale, a seguir bien. Si ese ha sido el único motor del proyecto entonces la única crítica arquitectónica que podemos hacer a la imagen que tenemos aquí arriba es: "los pechos de Beyoncé son más rotundos que los de la torre", y también: "el pecho izquierdo del rascacielos está un poco caído (y es raro)".

-¿Dónde vives?
-En Spencer Street, Edificio Beyoncé, Glándula suprarrenal izquierda, Melbourne (Australia).

Pues muy bien.
Pues sí, hombre, sí.
Pues hale, a seguir bien.

jueves, 15 de enero de 2015

Kitschpectáculo

Los arquitectos nos quejamos de la arquitectura espectáculo, pero todos vivimos en un espectáculo total. Todo es espectáculo. ¿Cómo no iba a participar también la arquitectura en él?
Cada vez es más frecuente que en las noticias de la tele nos hablen de un "espectacular accidente", o de un "terremoto espectacular", o de un "atraco espectacular".
Es decir, esas desgracias (accidente, terremoto, atraco) nos son propuestas a todos nosotros como elementos de diversión. Todo es un espectáculo. La muerte y el hambre. La tragedia. La usura, la crueldad, la enfermedad, el mal. Todo.
A eso se reduce todo: a espectáculo.
Tal y como lo dicen en las noticias, se conoce que en tal país han muerto cientos de personas sólo para que nos divirtamos, ya que, según nos dice el pedropiqueras de turno, la matanza ha sido "espectacular".
"Espectacular" es lo propio del "espectáculo", y un "espectáculo" es una función o diversión pública.
(Sí, ya sé que el DRAE ha terminado por admitir también la desviación que yo estoy denunciando, pero el DRAE es un notario que va glosando -con retraso- los crímenes que se van perpetrando contra nuestra lengua).

Entonces, si hasta las matanzas, las guerras y los genocidios son ya espectaculares, ¿por qué no iba a serlo la arquitectura, que tiene muchos más motivos y más razones para ello?

Como ya comentamos hace poco, Frank Gehry se enfadó porque le dijeron que su arquitectura era espectáculo. Pues claro que lo es. ¿Cómo no iba a serlo?

Así se puso Frank Gehry cuando le hablaron de arquitectura espectáculo

La gente va a Oak Park a ver las Prairie Houses, o a Sidney a ver la ópera, o a Ronchamp, o a Nueva York o a Barcelona para ver edificios y plazas. ¿Por qué no iba a ser un espectáculo la arquitectura?
Claro que lo es. Es una fuente de diversión, de alegría y de placer. Pues qué maravilla y qué bendición.
Otra cosa es cuando la arquitectura es sólo espectáculo, y además malo: del nivel de "Humor amarillo" o "Sálvame de Luxe".
Puesta a ser un espectáculo, podría ser uno mejor.

El problema no es que la arquitectura sea espectáculo; el problema es que cuanto peor espectáculo es a más gente gusta.
Claro, que eso no le pasa sólo a la arquitectura. Lo mismo sucede con la novela, con la canción, con el cine... Lo malo es constatar que la aceptación popular va en sentido contrario a la calidad de las obras.

Señor Ghery: Cuando alguien hace esto

Frank Gehry, Clínica mental en Las Vegas
(Por si necesitabas una temporada de reposo: Pues te fastidias)

no puede pedir respeto después, ni enhestar el dedo corazón de la mano derecha mientras lanza miradas de monja cabreada a quien, honradamente, le ha preguntado por su arquitectura espectáculo.

Es curioso: Si te dicen que tu arquitectura es espectáculo te cabreas, pero si te dicen que es espectacular te sientes muy honrado.
-Señor Gehry: Ha hecho usted una clínica espectacular.
-Muchas gracias. (A ti no te levanto el dedito).

Incluso salvadores de la patria que propugnan una nueva sociedad ideal y revolucionaria acaban cayendo ante el espectáculo.

El rey desnudo y su sastre

Y en países que tienen serios problemas de abastecimiento y donde se nos cuenta (seguro que son insidias imperialistas) que carecen incluso de papel higiénico (por ejemplo) a sus dirigentes no les tiembla la mano para encargar arquitectura espectáculo. (O, si lo preferís y lo veis mejor, arquitectura espectacular).

El cine es puro espectáculo. El problema es que alguien considere espectacular Pepito Piscinas. Y también que valore la calidad de una película sólo por el número de helicópteros y aviones estampados.

lunes, 3 de diciembre de 2012

¿Zahas Hadides para qué?

Asisto aburrido, cansado, hastiado, a otra nueva "genialidad" de Zaha Hadid, y me pregunto: "¿Por qué?" "Para qué?".
Zaha Hadid, como todos los arquitectos divinos, arquitectos-marca, arquitectos-estrella, ya no es una arquitecta. Ni siquiera es una persona. No es hombre ni mujer. Es un ente, una corporación. Su estudio se llama Zaha Hadid Architects. Son muchos arquitectos Zahas Hadides. O ninguno. Allí ya no hay arquitecto. No hay arquitectura.

Veo esta foto


y me canso. No sé si son viviendas, oficinas, un hotel, un centro comercial... y me da lo mismo. Me da igual. Lo peor es que sospecho que a ella (o a ellos, o a ello) también le da igual. Ya le da igual todo.


Me aburro. Y me apeno. Hay trucos de photoshop que hacen esto con una foto, la espiralizan y la licúan, y parece que se está yendo por un desagüe. ¿Y? Creo que no es esta la función de la arquitectura. La arquitectura no es esta tontería, esta patochada zafia y sin ninguna gracia.
La forma es una de las armas más poderosas de la arquitectura, por supuesto, pero aqui veo un despliegue de armas que no tienen ninguna batalla que librar. Veo un desfile pomposo, no una batalla. Veo una procesión, no una victoria. En definitiva, son solo armas de fogueo.


Este tipo de obras pornográficas y groseras arramblan con todo. Todo está a su servicio. Ellas no están al servicio de nada ni de nadie. No sirven a nadie; no sirven para nada. ¿Que hay una antigua construcción en el entorno? Pues solo sirve si enmarca la obra de las Zahas Hadides. Si no es asi se tira. Importa un pito el lugar, la gente, las preexistencias, la historia del sitio... Todo. Solo importa la nueva obra vanidosa y autobombástica de las Zahas Hadides.
Hasta eso lo puedo entender: Hay obras tan maravillosas que crean una nueva realidad, y que son mejores que toda preexistencia, y que incluso hacen que la gente mejore. Muy bien. Hay obras señeras que marcan caminos y cambian incluso la historia. De acuerdo: Que todo se incline ante ellas. Gloria a ellas.
Pero es que esto es otra vez lo de siempre; más de lo mismo; pan con pan (por mucho que se empeñen en hacernos ver que es chocolate con chocolate).



Uno diría que el proceso es tan tonto como introducir variables más o menos aleatorias en un programa informático ad hoc que deforme el diseño original y que entregue un render distorsionado. (Ya puestos, daría igual que el ordenador sufriera un error fatal o un ataque de pánico y chafara y distorsionara todo el modelado. Nadie se daría cuenta, y se ejecutaría ese error informático).
El resultado es que ninguno de los Zaha Hadid Architects sabe cómo narices construir eso, y precisamente el único mérito de todo ello sería saberlo construir.

martes, 18 de enero de 2011

Siempre el espectáculo


Esta madrugada se ha quemado una nave de Leroy Merlin en Majadahonda (Madrid). Todos los noticiarios han repetido la noticia. He estado toda la mañana escuchando la radio, y en los informativos no hacían más que decir que el incendio ha sido “espectacular”.


“Un espectacular incendio en una nave…” “Un incendio espectacular en la conocida tienda de bricolage…”
El incendio ha sido pavoroso, horrible, destructivo, tremendo…, pero el único adjetivo que utilizan los periodistas es “espectacular”.
Es decir: El incendio ha sido un espectáculo. Es decir: “Nos lo hemos pasado bomba viéndolo y nos lo estamos pasando bomba contándoselo a ustedes. Es una pena que no lo hayan visto, porque ha sido espectacular. Menos mal que tenemos estas divertidísimas imágenes para que disfruten”.
Los accidentes de tráfico son espectaculares. Los terremotos son espectaculares. Los tsunamis son espectaculares. Los accidentes aéreos son espectaculares. Todo es espectacular. Todo es para nuestro solaz y nuestra distracción. Por causarnos una sorpresa, un gesto, un suspiro, están bien empleados todos los accidentes y todas las catástrofes.
Al parecer todo eso sólo tiene un sentido: Ser un espectáculo para nosotros.