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miércoles, 14 de junio de 2023

Hay rabas y callos

El prodigioso pabellón de España de la Expo 58 de Bruselas, de los arquitectos José Antonio Corrales Gutiérrez y Ramón Vázquez Molezún, después de despertar el interés y la admiración de todo el mundo arquitectónico fue desmontado (es lo que pasa casi siempre en estos casos) y reimplantado en la Casa de Campo de Madrid, donde tuvo un papel poco destacado y acabó abandonado, maltratado y destrozado (algo que también suele pasar)(1).

Entre los intentos fracasados de uso, el desinterés y la vandalización, Juan Daniel Fullaondo contaba a menudo(2) una pequeña anécdota personal, pero que me parece muy gráfica: 

Fue a visitarlo a la Casa de Campo. Se adaptaba a la pendiente del terreno banqueándose sobre unos muros de ladrillo. Fullaondo dice que "algún ingenio local había perforado ese paramento, creando una especie de gruta, con un letrero pintado a mano con pintura negra sobre el ladrillo, que proclamaba orgullosamente bajo el bosque de capiteles exagonales: 'Hay rabas y callos a la madrileña'. A eso se llama sabor local".

lunes, 7 de enero de 2019

Esa tierra ordenada

A Peter y a David

El otro día mi amigo virtual Peter (@Speedmaster72) publicó en twitter, bajo la etiqueta #JuevesDeArquitectura -una etiqueta que honra y enriquece para placer y enseñanza de quienes le seguimos-, la magnífica casa que Corrales y Molezún le hicieron a Camilo José Cela.

A las cuatro fotos que la red del pajarillo permite poner como máximo, y que copio por aquí, les añadió este bellísimo texto del Premio Nobel:

Porque del amor del hombre con la tierra nace la casa, esa tierra ordenada en la que el hombre se guarece, cuando pinta en bastos, para seguir amándola(1).


Me parece lucidísimo llamar a la casa "tierra ordenada". Cuando pinta en bastos nos refugiamos en un micromundo que está ordenado, que es coherente, que no nos angustia ni nos aturde con sus contradicciones y sus dramas.
La casa nace del amor que le tenemos a la tierra, pero, a diferencia de esta, está ordenada y nos mantiene a salvo.
Amamos la tierra, pero la tierra a veces nos sacude -cuando pinta en bastos- y tenemos que guarecernos en su contrapunto ordenado: la casa. Y gracias a eso podemos seguir amando a la tierra, a la vida feroz, caótica, trágica y deliciosa.



En seguida se sumó David García-Asenjo (@dgllana) a la publicación tuitera de Peter y, con su habitual erudición, aportó los comentarios que hizo Cela sobre su casa en la revista Arquitectura nº 96, 1966, páginas 52-54. (Y puso el enlace, que os recomiendo leer: aquí).

Ilustración de Lorenzo Goñi, que aparece en la citada revista

Entresacó estos dos párrafos:

La casa que me hicieron Molezún y Corrales, y que se ha publicado en el número 94 de esta Revista, es lógica, muy lógica y habitable. Es lo único que necesitaba y es también algo que las casas no suelen  ser; las casas, con frecuencia, son lujosas o aparatosas, o bellas, o de éste o del otro estilo y, al final, todo suele acabar en pastiche (en falso lujo, en agobiador aparato, en convencional belleza, en réplica de un estilo que no la necesitaba). Sé de sobras que no es una empresa fácil el levantar una casa para un escritor y, menos aún, si este escritor es como yo soy: bárbaro, elemental y cabezota (y también, a ratos, sentimental, barroco y ecléctico). Molezún y Corrales acertaron y entre estas paredes me siento a gusto para vivir y cómodo para trabajar.
[...]
Eso es todo y, para mí, no poco; mejor dicho, más de aquello a lo que jamás -hasta que sucedió- hubiera aspirado. Mi casa es un gran taller y la consigna que di a los arquitectos -ni un solo centímetro cuadrado innecesario, ni una sola pieza falsa- la cumplieron con evidente fortuna. Es lástima que sean tan holgazanes y no se decidan a dibujarme los cuatro faroles exteriores que faltan. Las fachadas son de gres o de piedra, según por donde se mire; los pisos, de gres, y las paredes van dadas de cal. Por algunos sitios hay madera.

lunes, 11 de junio de 2018

A dos manos de Molezún y a tres de Wright

Ahora es muy común la teoría de los seis grados de separación. Hace muchos años yo la anticipé con una especie de juego mental que bauticé como "las manos" -sí, vale, no soy muy bueno poniendo títulos a mis juegos mentales-, por el que un amigo me acabó acusando de plagiador porque según él se lo había copiado a Orson Welles.
(No me defenderé de tal acusación. Es un episodio turbio de mi vida).

Mi juego (o el de Welles) consistía en calcular a cuántas manos de distancia podría estar de algunos personajes importantes. Esa distancia se medía en haber estrechado la mano a alguien que se la hubiera estrechado a alguien que se la hubiera estrechado a alguien... etc... que se la hubiera estrechado a la persona en cuestión. (Obviamente, se intentaba buscar el camino más corto posible).

Por ejemplo, yo estoy a una mano de algunos arquitectos contemporáneos importantes, que me honro en haber conocido o al menos en haberme cruzado con ellos en algún momento, y a dos manos de casi todos, ya que habiendo sido discípulo y amigo de Juan Daniel Fullaondo y habiendo conocido también por ejemplo a Sáenz de Oiza (ambos, por tanto, primera mano) soy segunda mano de todos aquellos con quienes ellos hubieran tenido trato en alguna ocasión. Así que figuraos.

Por esa razón, uno de los grandísimos arquitectos de los que estoy a dos manos de distancia es Ramón Vázquez Molezún.


(Si apuro un poco puedo decir que casi estoy a una mano de él, porque una vez fui a una conferencia suya y de José Antonio Corrales y estuve muy cerca. Pero vale, seamos honrados: Dos manos).

(En otro orden de cosas, aprovecho para decir que mi amigo Sergio es sobrino nieto o algo así de Sara Montiel, de modo que estoy a dos manos de ella y por lo tanto a tres de Gary Cooper, Burt Lancaster y Marlon Brando. Pero volvamos a Molezún).

Estoy a dos manos de Molezún, y gracias a él a tres de Frank Lloyd Wright. Porque Molezún disfrutó del Pensionado de Roma entre 1949 y 1952 y durante ese tiempo coincidió con una visita -gestionada por Bruno Zevi- del maestro estadounidense.

Molezún, nervioso y expectante ante la inminente llegada del monstruo, le quería regalar algo cuando Zevi se lo presentara. ¿Pero qué le regalas a Wright? ¿Qué coño le regalas al enorme Franlloirrái?

sábado, 9 de julio de 2016

Mortadelo y Filemón en La Manga de misión

y a Jaume Prat(*)


Mortadelo y Filemón dormían profundamente cuando, casi al amanecer (hacia las once y cuarto de la mañana), sonó el teléfono-despertador (un ingenioso invento del Doctor Bacterio que consistía en un teléfono conectado a unos cubos de agua en equilibrio inestable sobre sus cabezas).
El Súper ni saludó siquiera:
-¡Los quiero en mi despacho dentro de diez minutos! ¡Utilicen la entrada secreta 17B!
Tras los habituales traspiés los dos agentes secretos comparecieron ante el Superintendente Vicente.
-Tienen que realizar una misión importantísima.
-Diga, Súper.
-La patria los necesita. Está en juego la principal fuente de ingresos de la nación: el turismo.
-¡Yupi! ¡Nos vamos a hacer turismo!
-¡Cállese, Mortadelo! ¡Esto es muy importante! Nuestro país, tras haber inventado el calimocho, la paella apegostoná, la tomatina de Buñol y la sangría revenía, ha alcanzado las más altas cotas en el aprecio de los turistas de todo el mundo. Todos quieren venir a nuestras playas, comer nuestros potingues, ponerse como cochinillos asados bajo nuestro sol, emborracharse con nuestros enjuagues, lanzarse desde nuestros balcones...
-Aaaah, la paella apegostoná, la sangría revenía... Es que se me caen dos lagrimones.
-¡Claro que sí, Mortadelo! ¡Es que es para estar orgulloso! Como también es para estarlo el despliegue inmobiliario en nuestras costas. ¡Qué chaleses! ¡Qué hoteles! ¡Qué bungalós!
-Somos los mejores.
-Pues sí. No lo dude. Pero entre tantos edificios preciosos tenemos algunos casos, afortunadamente muy pocos, horribles, humillantes, ¡y uno de ellos nada menos que en La Manga del Mar Menor! ¡Un desdoro para nuestro pabellón, para nuestro liderazgo turístico! ¡Y en La Manga! ¡Han ido a plantar ese adefesio en el centro de nuestro buque insignia!


-Miren ustedes. ¡Miren qué chalet indignante! ¡Miren qué menoscabo, qué insulto a nuestra costa mediterránea!






Corrales y Molezún. Casa Catena. La Manga del Mar Menor, 1966-67.

-Vaya truño, Súper. ¿Qué tenemos que hacer? ¿Derribarlo como hicimos con la pagoda?
-No. Hay casas al lado. Sería un follón y llamaría mucho la atención. Lo que quiero que hagan es reformarlo.
-Pero nosotros no somos albañiles.
-Contarán con Pepe Gotera y Otilio. Ustedes serán más bien los arquitectos, las cabezas pensantes.
-Muy bien, pero no tenemos experiencia, ¿Por qué no llama a un arquitecto de verdad?
-¡Porque a los arquitectos de verdad les gusta esa castaña!
-No me diga. Qué gente más rara.
-Razón tenía doña Espe. Quiero, en definitiva, que dejen ese chalet a su gusto.
-¿Al de doña Espe?
-Quiero decir a su gusto de ustedes. Pero, sí, supongo que también será ese el gusto de ella.
-Natural: El de cualquier persona normal y sensata.
-¿Y de presupuesto cómo andamos?

Tuvieron que salir por piernas del despacho.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Feliz cumpleaños, Don José Antonio

Hoy es el nonagésimo tercer aniversario del nacimiento de José Antonio Corrales, uno de los más grandes arquitectos españoles del siglo XX.
Con tal motivo varios tuiteros amantes de la arquitectura están haciendo hoy reseñas, citas y homenajes en twitter.
Uno de ellos, @museoes (a quien desde hoy empiezo a seguir) ha puesto estas dos fotografías:



Y las ha acompañado con este lacónico texto: "Mientras tanto, Casa de Campo..."
Se trata del magnífico Pabellón de España en la Expo de Bruselas de 1958, que diseñó con su compañero y socio durante muchos años Ramón Vázquez Molezún, y que es una de las diez obras más importantes de la arquitectura española del siglo XX, y del que ya hablé una vez aquí.
(He dicho "una de las diez" por decir algo. Estoy seguro de que si hacemos una encuesta entre arquitectos españoles para que voten las diez mejores obras realizadas en el siglo ésta será una de las seleccionadas. Y tal vez entre las cinco mejores también).
El pabellón, un prodigio de economía conceptual, de ingenio y de "pura arquitectura" fue tan estupendo que al terminarse la Expo fue desmontado y reconstruido en la Casa de Campo de Madrid (adaptándose al nuevo emplazamiento, porque una de sus virtudes era que se podía adaptar a cualquier topografía).
Y nuestras autoridades culturales, que tanto aman la cultura patria, llevan desde entonces velando por él.
Qué vergüenza y qué indignación tan grande.
Spain: mierder country.

miércoles, 25 de junio de 2014

La moto de Molezún

Dedicado a los tuiteros @dgllana, @ELBahut,
@Arq_VLC y @anquela88 por su ayuda.

He estado en la exposición sobre Fotografía y arquitectura moderna en España, 1925-1965 de la Fundación ICO de Madrid y he sentido un montón de sensaciones encontradas.
(Es que soy escritor, y los escritores decimos eso de "sensaciones encontradas", y más cosas).
Varias ideas confusas: Lo viejuna que se está quedando la arquitectura moderna, lo emocionantes que son estas obras tan pobres, lo heroico que fue concebirlas y construirlas, lo estupendas que son, lo que se contradicen muchas de ellas, la falsa imagen de país moderno que quieren proclamar patéticamente, etcétera.
Y, dentro de todo esto que, como de costumbre, me supera, me quedo con una maravilla entre tantas maravillas: Me quedo con la moto de Molezún.

Lambretta C125. Fabricada entre febrero de 1950 y noviembre de 1951. 87.500 unidades.
125 cc. Peso: 70 Kg. Velocidad máxima: 60-70 Km/h. Consumo: 2 l/100 Km.

El genial y disparatado arquitecto se montó en una Lambretta y se recorrió Europa. Hace falta valor.
Hoy todo eso es muy fácil. El mundo es muy pequeño y lo tenemos todo a mano. Pero entonces, pocos años después de haber terminado la Segunda Guerra Mundial, un súbdito de un país aislado, sometido a una dictadura filofascista (anterior aún a la visita de Eisenhower y a la consiguiente apertura timidísima al mundo), lo tenía realmente muy difícil para salir por ahí de paseo. (Pasaporte, visados, permisos, cartas de buena conducta y de recomendación, certificados de penales...). La cosa era verdaderamente chunga.
Para colmo, un arquitecto joven y prometedor no dejaba de ser un ciudadano ejemplar... si viajaba en avión, vestía adecuadamente y dormía en buenos hoteles. Eso era parte del status de arquitecto en aquella época.
Pero qué va. Ramón (no Don Ramón, que sería lo suyo) no sólo viajaba en su motocicleta, sino que la llevaba abarrotada de fardos, hatos, rollos de ropa, tienda de campaña, mochilas, cantimploras. No daba la imagen de un digno arquitecto español viajando por estudio.

Dinamarca. Fotografía de Ramón Vázquez Molezún.
(En todas sus fotos sale la moto, llena de cachivaches)

No nos hacemos idea de lo que era España por entonces. Un país cerrado, sin apenas libros ni revistas del extranjero, sin información, sin medios de comunicación. Un arquitecto que quisiera saber algo de lo que se estaba haciendo por el mundo tenía que salir y verlo con sus propios ojos. Pero mientras tanto por aquí estaban intentando inventar un "estilo español", algo muy ambiguo y muy kitsch, y que de alguna forma admitía una cierta modernidad en la arquitectura siempre que entroncara con una tradición de "lo español". ¿Dónde estaba esa tradición? ¿Cómo acuñarla?
Afortunadamente, la penuria hispana de posguerra había sido muy condescendiente con la falta de ornamento en la arquitectura y con una funcionalidad casi perentoria. Por ese lado no íbamos mal.
Pero por otra parte, ser arquitecto tenía mucho prestigio por aquella época, y si uno coqueteaba o transigía con el régimen tenía todas las papeletas para elegir una mullida poltrona sobre la que vegetar muy cómodamente.
Había que ser un tipo raro (y un culo de muy mal asiento) para complicarse la vida y buscarse incomodidades y líos.
La curiosidad de los más talentosos era, por eso mismo, irrefrenable. (Todos los grandes arquitectos de la época viajaron todo lo que pudieron). La oportunidad de construir mucho, de dar una nueva imagen a todo un país, llevaba aparejada la preocupación de cómo hacerlo, y el único aprendizaje consistía en viajar. Y si se viajaba muy despacio y con los ojos muy abiertos, mucho mejor.

La moto de Molezún por Europa.
Me ha pasado la foto mi compañero de twitter
Arquitecto cabreao, @Arq_VLC. 

La moto de Molezún sabía ya más que cualquier director general. La moto de Molezún respiraba arquitectura hasta por el dibujo de sus neumáticos y por su manillar.

La moto de Molezún en Soonkooging, Suecia,
detalle de la ilustración anterior, perteneciente a
"Los viajes des-velados de Ramón Vázquez Molezún",
de Marta García Alonso, que he conocido gracias a
David García-Asenjo Llana (@dgllana)

En las tiras de positivos de contacto de Molezún vemos las grandes obras clásicas europeas, pero también las medievales y, sobre todo, las modernas.
Y, por encima de todo, su moto. Su magnífica Lambretta C125 de 1950.
Si vemos el cuadro de la moto, su manillar, su asiento y su soporte para la rueda de repuesto no nos extraña nada que de ese mundo de maravillas elementales salieran los paraguas de Bruselas, y que el motero loco, de los hatos enrollados sobre su moto desenrollara tanta arquitectura y tanta sabiduría. Loor a Molezún. Loor a su moto.

Molezún y la Lambretta C125 en Roma.
(Gracias de nuevo a Arquitecto cabreao, @Arq_VLC)

Ilustración de Manuel Suárez Molezún para el artículo de Mogamo (Molezún-Gabino-Molezún)
"Viaje de Estudios a Dinamarca". Tomado del citado artículo de Marta García Alonso. 

Los viajes son siempre externos (al mundo) e internos (a uno mismo). Y en aquella época más. Por encima del conocimiento de la arquitectura, la moto de Molezún fue una fuente y una herramienta de conocimiento de sociedades, de países, de civilizaciones, de costumbres, de vida, de gente. Por eso, el arquitecto Molezún, y sobre todo la persona Molezún, lo fueron en gran parte por la Lambretta.

(Si te ha gustado esta entrada, o eres motero, o lo que sea, clica el botón g+1 que verás aquí debajo. Muchas gracias).

domingo, 25 de agosto de 2013

Ocasiones perdidas

(Dedicado a Joan Carles Sánchez)

El mes pasado, el compañero Joan Carles Sánchez, como consecuencia de unos comentarios que hicimos en twitter sobre la humildad y la sencillez de trato de los grandes maestros, me sugirió que le dedicara una entrada de este blog a Alejandro de la Sota; no tanto para exponer un discurso académico como para contar mis vivencias personales con el genio.
Pues bien: No tuve vivencias personales con él. No lo conocí.


Alejandro de la Sota fue profesor de la Escuela de Madrid durante un breve período, que terminó en 1971 (si no estoy mal informado), y yo empecé la carrera en septiembre de 1977.
Es cierto que fue más de una vez a la escuela, llamado por algún profesor amigo, a dar alguna charla, pero la mayoría de estudiantes éramos tan bobos que no veíamos más allá de nuestras narices. Estábamos tan agobiados con nuestras asignaturas que si una figura de esas no iba a tu clase, llamado por tu profesor, para que tú hicieras algún ejercicio sobre lo que contara, no te afectaba. No era cosa tuya y no tenía nada que ver contigo.
Por ejemplo, una tarde Miguel Fisac vino a mi clase de Análisis II, y le escuchamos unos veinte alumnos. Nada más. Tuve la suerte de que me tocó, y nunca olvidaré lo que nos contó (ya lo he escrito en parte en este blog, y lo seguiré contando porque soy muy repetitivo). Pero los de la clase de al lado (y de todas las demás) se lo perdieron, como me lo habría perdido yo si él hubiera ido a hablar a la clase de al lado (o a cualquier otra).
A otra clase, la de un amigo mío, vino Pablo Palazuelo, que les contó que había empezado a estudiar arquitectura, pero que lo dejó. Lo dijo tímidamente; sólo le faltó añadir: "Yo no soy tan inteligente como ustedes". Y les habló de cuestiones que él tenía muy presentes en su pintura, y cómo entendía la escultura. Y, por lo visto, con esa seriedad que tenía y esa mirada tan acerada, fue muy amable y muy cariñoso con todos ellos. Los alumnos de esa clase tenían que hacer un trabajo sobre las esculturas de Palazuelo que se estaban exponiendo entonces en Madrid. Como yo no era de ese grupo y no tenía que hacer ese trabajo, pues no fui a la charla. Me la ahorré. (Dios, qué listo era).
Muchos años después (también lo he contado ya), en el curso en que fui profesor, José Antonio Corrales tuvo la amabilidad y la generosidad de venir a clase para explicar el Pabellón de Bruselas. Le escucharon mis alumnos, y no todos. Tampoco hubo una afluencia masiva de otras clases. (Creo recordar que vino un alumno que no era del grupo. Lo mismo fueron dos).
El compañero de Corrales y coautor del citado pabellón, Molezún, fue también profesor de la escuela de Madrid, y tampoco asistí a ninguna de sus clases (aunque afortunadamente sí le escuché en el Johnny). Ahí no tengo excusa: Fue profesor en los años en los que yo estudiaba allí. Él iba por la mañana, yo por la tarde... Excusas imperdonables.
Repito: Estábamos demasiado agobiados con nuestras clases como para ir a otras, sobre todo en los primeros cursos. Ahora lo recuerdo con rabia: Tantas ocasiones perdidas; tantos hombres de talento pasando a mi lado, y yo sin darme cuenta.

miércoles, 25 de abril de 2012

El pabellón de Pietilä

El arquitecto finlandés Reima Pietilä, cuya mejor obra sea tal vez el Centro de Estudiantes Dipoli, de Espoo (del que hablaremos otro día), se dio a conocer por el pabellón finlandés de la Expo de Bruselas de 1958. (Buena exposición. Recordad que ya hablamos del pabellón español. Pero hay otros cuantos muy interesantes, de los que tal vez merezca la pena hablar en otras ocasiones. Ya veremos).
En principio este pabellón de juventud no prefigura la obra de madurez (de muy pocos años después). ¿O sí? No lo sé. Pero se me hace algo más sencillo de entender y, tal vez, de explicar (o de explicármelo a mí mismo).
Pietilä ganó el concurso del pabellón en 1957, cuatro años después de haber obtenido el título de arquitecto, y aún muy influido por la escuela. Allí le habían hecho trabajar sobre las teorías de Theo van Doesburg, y le habían hecho reflexionar sobre la modulación y sobre la plasticidad del ángulo recto.
En su pabellón utilizó una modulación férrea, pero no esclavizadora. Es decir, aprovechó las ventajas de la modulación para controlar las formas y la estructura, pero no cayó en la rigidez, sino que supo configurar un espacio expresivo y fluido.
Manifestó que había querido hacer una arquitectura natural e intelectual a la vez, y eso, en cierto modo, caracteriza toda su obra: Una especie de "racionalismo orgánico" o de "organicismo racional", lo que le emparenta con el gran patriarca Alvar Aalto.
También dice que quiere hacer una arquitectura "finlandesa". Uno no sabe qué quiere decir eso, pero ve madera y se imagina que algo tendrá que ver.


(No sé por qué, pero eso de utilizar la estructura modular, geométrica, sencilla, para crear un espacio natural, libre y expresivo, creo que se podría aplicar también al pabellón español. Y es que a lo mejor Corrales y Molezún también tienen algo de finlandeses).
El pabellón está formado por "gajos" paralelepipédicos escalonados, que por dentro generan un espacio único y continuo mientras que por fuera aparecen como un volumen fragmentado.

viernes, 16 de julio de 2010

El pabellón de España en Bruselas, 1958

Después de comentar el gimnasio del Colegio Maravillas (1962), hoy voy con otra obra maestra de la misma época (1958). No tienen nada que ver ni en el planteamiento, ni en las condiciones, ni en el programa, ni en nada. Sólo en que son dos brillantes ejercicios de arquitectura “de verdad”, pura, sin concesiones a nada y sin tonterías.
Un pabellón para una exposición universal no se sabe bien qué es: Un contenedor, o una nave para exponer productos, hacer un baile regional, dar vino y jamón… y que tenga “un algo”. Con semejante planteamiento se pueden hacer desde enormes dinosaurios de plexiglás hasta cajas tornasoladas. Da igual.
Los arquitectos José Antonio Corrales y Ramón Vázquez Molezún diseñaron una célula básica que sirviera para generar un organismo. Una unidad que formara una trama en planta y una modulación en sección, para poder adaptarse a la forma irregular y a los desniveles del solar que les habían dado, que además tenía árboles que había que conservar. Esa célula tenía que ser autosuficiente, y resolver por sí misma el problema de la cubierta y del desagüe. Así se podría repetir, adosar, multiplicar y extender sin pedir ayuda, sin exigir soluciones a cada momento y sin molestar. Esa célula tenía que ser, por otra parte, la cosa más tonta del mundo.

Y se les ocurrió una seta-sumidero de planta hexagonal, una especie de paraguas cóncavo, embudo que tragara el agua.
Hace muchísimos años tuve el privilegio de escuchar a Corrales y a Molezún en el Johnny explicando el pabellón. Se preguntaban el uno al otro, riendo, cómo se les ocurrió esa tontería, y la comentaron de la forma más inmediata y natural del mundo; sin aspavientos ni raras filosofías de la forma, sino sólo explicando los aspectos prácticos. (Otra cosa es que el resultado fuera sublime). Me recordaban a John Ford, que se enfadaba cuando le llamaban artista. Y lo era.


Bastantes años después, ya fallecido Molezún, Corrales nos explicó el proyecto a unos pocos afortunados. Conservo como preciado recuerdo su dedicatoria en el libro que les publicó Xarait.
El pabellón tiene también en común con el gimnasio su despreocupación por la fachada o, mejor dicho, el valor de la sección (como ha comentado Pablo) como concepto de proyecto y solución de los problemas, y por tanto la fachada como una consecuencia natural y antirretórica de todo el proceso.
El terreno se banqueó en plataformas con un metro de desnivel, adaptándose lo más posible a la topografía original. Las cubiertas de las setas formaban conjuntos de niveles con saltos de un metro. En esos saltos entraba la luz natural.
El conjunto fue un bosque de paraguas, flexible y capaz para todos los usos previstos, muy poco costoso pero exquisito.

Para colmo, los paraguas eran desmontables. De modo que al terminar la expo de Bruselas se llevaron a Madrid y se reinstalaron en la Casa de Campo, formando otro pabellón, con otra forma adaptada al nuevo solar, y con un resultado igualmente orgánico y flexible.



(Lo malo es que en este país tan raro, en el que hay que conservar la más estúpida moldura del siglo diecinueve, el magistral pabellón de la Casa de Campo ha muerto de miseria y de roña, sin que nadie se ocupara de él, chabolizado y masacrado ante la impavidez de los que se dicen defensores del patrimonio artístico. Así nos va).

martes, 13 de julio de 2010

La roja

Hoy he estado en una movida de esas de entregas de premios, de discursitos y de autobombo. De los tres oradores, dos han hablado del triunfo de “la roja” en el Campeonato Mundial de Fútbol de 2010, subiéndose al carro del éxito y atribuyéndose gratuitamente algunas cualidades propias de la selección española.
Todo el mundo lo hace, todos se apuntan. Así que yo también quiero felicitarme por el éxito de España en el Mundial, glosar las inmarcesibles virtudes de estos héroes humildes y llevarme yo también el gato al agua y ésta a mi molino.


Quedamos en que nuestros chicos son humildes, trabajadores, eficaces y nada chulescos, y que se quieren y se respetan, y con esa actitud triunfan en este mundo del fútbol lleno de enfermos egocéntricos. Quedamos en que son muy buenos, pero no alardean de ello.
(En el otro extremo, vi que en un entrenamiento de Portugal el impresentable CR le echaba una bronca a un compañero porque le había pasado mal el balón, y entonces se lo lanzaba él de malos modos, a dar).


Tenemos a este Míster Potato, a este Krusty sin glamour, al que echaron del Real Madrid tras ganar dos copas de Europa porque era soso (y desde entonces el Madrid no ha ganado otra), y estamos orgullosos de él. Siguió a lo suyo, tranquilo, haciendo lo que él creía que había que hacer, respondiendo a las críticas malintencionadas con señorío y con una clase superior. Y le salió bien. Y está contento, lo normal, pero tampoco es que se le note demasiado.

Aunque soy madridista, no me gusta nada CR, y no soporto a Mou. Me gusta Krusty.

-¿Y dónde está la arquitectura, a todo esto?
-Pues no sé. ¿Es que había que hablar de arquitectura?
-Ese era el trato.
-Yo creo que no había ningún trato. Pero, en fin… Vale: Lo podríamos comparar al gimnasio del Colegio Maravillas, de Alejandro de la Sota, o también al pabellón de Bruselas, de Corrales y Molezún. Creo que son dos de las obras de arquitectura menos glamurosas y menos presumidas del mundo, y de las más admirables.
-Adelante.
-No. Vamos a dejarlo por hoy. Mañana o pasado. Lo prometo.