Fray Coello de Portugal terminó la memoria de su proyecto del santuario de la Virgen del Camino así:
Que es como terminar con: "Y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho".
La memoria tenía apenas diez páginas. Pero es que la del Club Náutico de San Sebastián, de Aizpúrua y Labayen, tenía solo tres, y la tercera era de peloteo:
La de Torres Blancas, de Sáenz de Oiza, mucho más compleja (y también de unos cuantos años después), ya tiene treinta páginas. Vamos, que solo con los cuadros de superficies ya las llenas.
Y sin embargo esos edificios no necesitaron más. Con esos proyectos que hoy nos parecen tan escasos se construyeron y ahí están para nuestra admiración. Pero eso fue porque aquellos proyectos eran solo eso: proyectos; es decir, documentos que diseñaban edificios e indicaban lo preciso para que un constructor buen conocedor de su oficio los pudiera construir. En ellos no se indicaba el punto de fusión del acero ni las propiedades organolépticas del mortero de cemento. Tampoco la historia geológica-geográfica del sitio ni el horario de los autobuses Madrid-Astorga. Solo eran proyectos. Ni más ni menos.




