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jueves, 15 de junio de 2017

Adiós, doctor

Vanitas vanitatum et omnia vanitas(*)
Eclesiastés, 1,2.


Ya lo he contado en alguna ocasión: Para mí el doctorado fue una aventura apasionante, una fuente de alegría. Qué bien me lo pasé haciéndolo.
Lo de ser doctor fue, ya digo, un placer, pero nunca me lo tomé como un motivo de orgullo, y no digamos de ensoberbecimiento o de vanidad. (Al menos eso creía hasta ahora).
Monté un estudio con un amigo y funcionó estupendamente durante veinte años. Él no era doctor y, aunque me animaba a hacerlo, yo nunca puse "doctor" en mis tarjetas. Nos las encargábamos juntos, con el mismo diseño, y en las dos decía: ARQUITECTO. Bella palabra. Bella profesión. Ni quería aparentar ser más que él ni desde luego lo era en nada. De ahí que estuviera mucho tiempo sin mencionar en ningún sitio mi rimbombante (e inútil) título académico.
Al cabo de los años, en una reforma y remozamiento que hicimos en el estudio, él quiso que enmarcáramos nuestros títulos (él tenía varios cursos de urbanismo) y los pusiéramos en la sala de juntas del estudio, en la que recibíamos a los clientes, para que luciesen. Así lo hicimos. No sé si alguna vez algún cliente reparó en nuestros numerosos y variados marchamos y patentes, pero ahí estaban.
Cuando en 2010 la crisis se llevó por delante nuestro estudio y nos fuimos cada uno a nuestra casa a lamernos las heridas, mis títulos (de arquitecto y de doctor) fueron a un mueble y ahí siguen. (Eso sí: enmarcados).


Nunca he necesitado mi título de doctor arquitecto. Di clases durante el curso 1989-90, cuando aún no lo había obtenido, y cuando leí la tesis en 1992 ya no era profesor ni lo volví a ser nunca más.
Tampoco he formado parte de consejos o grupos de sabios ni de investigadores ni de nada parecido, y la única vez que me he presentado a un puesto no se valoraba el título de doctor.
De manera que mi título ha sido solamente lo mejor que podría ser: un motivo de satisfacción personal.
De la redacción de la tesis recuerdo la incansable lectura de libros -incluso en lenguas que desconocía(**)-, la apasionante relación con Fullaondo, con sus libros, con los datos que iba obteniendo, la búsqueda de relaciones entre eventos que no las tenían, pero que a veces hacían saltar alguna chispa, más voluntariosa que lógica, la estúpida pero intensa sensación de redescubrir la pólvora a cada momento. Todo valía. Todo sumaba y yo lo tomaba todo, y todo me parecía revelador.
Qué bien me lo pasé.
Leí la tesis poco antes de que naciera mi primer hijo, y meses después, con él ya nacido, fui investido doctor en la apertura del curso académico de la UPM, ceremonia a la que mi mujer no pudo venir porque no pudimos dejar al niño al cuidado de nadie y se quedó en casa con él, pero a la que vinieron mis padres, que debían de sentirse muy orgullosos de mí, ay, pardillos, y que cuando el decano me encasquetó el exiguo birrete alquilado (soy cabezón) y abrazó ceremonialmente mi cuerpo vestido de castañera galáctica tuvieron un nudo en la garganta y en los ojos. Benditos sean.

El día antes de la ceremonia, en mi casa, me vestí de
castañera galáctica y mi mujer me hizo esta foto. 

El día de la ceremonia, en el paraninfo de la UPM,
con mis padres. (Él hasta se había leído mi tesis).

Solo por eso ya mereció la pena ser doctor. Y nada más, ya digo. Nada más.