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sábado, 9 de julio de 2016

Mortadelo y Filemón en La Manga de misión

y a Jaume Prat(*)


Mortadelo y Filemón dormían profundamente cuando, casi al amanecer (hacia las once y cuarto de la mañana), sonó el teléfono-despertador (un ingenioso invento del Doctor Bacterio que consistía en un teléfono conectado a unos cubos de agua en equilibrio inestable sobre sus cabezas).
El Súper ni saludó siquiera:
-¡Los quiero en mi despacho dentro de diez minutos! ¡Utilicen la entrada secreta 17B!
Tras los habituales traspiés los dos agentes secretos comparecieron ante el Superintendente Vicente.
-Tienen que realizar una misión importantísima.
-Diga, Súper.
-La patria los necesita. Está en juego la principal fuente de ingresos de la nación: el turismo.
-¡Yupi! ¡Nos vamos a hacer turismo!
-¡Cállese, Mortadelo! ¡Esto es muy importante! Nuestro país, tras haber inventado el calimocho, la paella apegostoná, la tomatina de Buñol y la sangría revenía, ha alcanzado las más altas cotas en el aprecio de los turistas de todo el mundo. Todos quieren venir a nuestras playas, comer nuestros potingues, ponerse como cochinillos asados bajo nuestro sol, emborracharse con nuestros enjuagues, lanzarse desde nuestros balcones...
-Aaaah, la paella apegostoná, la sangría revenía... Es que se me caen dos lagrimones.
-¡Claro que sí, Mortadelo! ¡Es que es para estar orgulloso! Como también es para estarlo el despliegue inmobiliario en nuestras costas. ¡Qué chaleses! ¡Qué hoteles! ¡Qué bungalós!
-Somos los mejores.
-Pues sí. No lo dude. Pero entre tantos edificios preciosos tenemos algunos casos, afortunadamente muy pocos, horribles, humillantes, ¡y uno de ellos nada menos que en La Manga del Mar Menor! ¡Un desdoro para nuestro pabellón, para nuestro liderazgo turístico! ¡Y en La Manga! ¡Han ido a plantar ese adefesio en el centro de nuestro buque insignia!


-Miren ustedes. ¡Miren qué chalet indignante! ¡Miren qué menoscabo, qué insulto a nuestra costa mediterránea!






Corrales y Molezún. Casa Catena. La Manga del Mar Menor, 1966-67.

-Vaya truño, Súper. ¿Qué tenemos que hacer? ¿Derribarlo como hicimos con la pagoda?
-No. Hay casas al lado. Sería un follón y llamaría mucho la atención. Lo que quiero que hagan es reformarlo.
-Pero nosotros no somos albañiles.
-Contarán con Pepe Gotera y Otilio. Ustedes serán más bien los arquitectos, las cabezas pensantes.
-Muy bien, pero no tenemos experiencia, ¿Por qué no llama a un arquitecto de verdad?
-¡Porque a los arquitectos de verdad les gusta esa castaña!
-No me diga. Qué gente más rara.
-Razón tenía doña Espe. Quiero, en definitiva, que dejen ese chalet a su gusto.
-¿Al de doña Espe?
-Quiero decir a su gusto de ustedes. Pero, sí, supongo que también será ese el gusto de ella.
-Natural: El de cualquier persona normal y sensata.
-¿Y de presupuesto cómo andamos?

Tuvieron que salir por piernas del despacho.

domingo, 10 de agosto de 2014

Leonardo, estate quietecito

Nota previa: El otro día hice una gracia en twitter metiéndome con Leonardo, y mi amiga virtual Lidia Romero (@LidiRome) me dijo entre risas: "Parece que lo odias todo". Me dolió, Lidia. Y me dolió porque tienes toda la razón. Aunque amo tantísimo tantas cosas y a tanta gente, sólo me sale la vena de ponerle piedrecitas (y petardos) a todo el mundo.
Por otra parte, otro amigo, Juan Carlos, de a+u arquitectos (@AmasUArquitecto), me animó a darle caña a Leonardo. Hombre, tampoco es eso.
Esta entrada, de nuevo veraniega y juguetona, va dedicada a ambos: a Lidia y a Juan Carlos. (Las ilustraciones van por Juan Carlos, conspicuo filatélico).


Todo el mundo adora a Leonardo da Vinci. Menos yo.
A ver, puntualicemos: Creo que Leonardo da Vinci es uno de los más grandes artistas que ha dado la humanidad.
Como dibujante es sublime, y como pintor le da una nueva dimensión a la pintura-pintura. (Quiero decir a la pintura entendida como luz y como atmósfera).
Leonardo es uno de esos escasos personajes que son patrimonio de todo el mundo, de todos los países.













Estos sellos son apenas una mínima muestra de lo que hay por el mundo.
Se puede hacer una amplia colección filatélica dedicada sólo a Leonardo da Vinci.

No sólo no tengo nada contra Leonardo, Lidia, sino que me parece uno de los artistas más grandes que ha habido en la historia. ¡Cómo dibuja! ¡Qué trazos más potentes o más dulces cuando quiere! ¡Qué precisión! ¡Qué potencia y qué delicadeza a la vez! ¡Sublime!













¿Entonces? ¿Qué de malo tengo que decir contra él?
Pues que era un enreda, un liante, un culo de mal asiento. Que quería experimentarlo todo y toquetearlo todo, y que iba ligando un desastre con otro.
Era el Pepe Gotera y Otilio de los frescos, el Manolo y Benito de las fundiciones, el desastre viviente. Más temible que un nublado.
Pero Leonardo, ¡estate quietecito!