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lunes, 5 de agosto de 2019

Mirando el escaparate

Estos días se ha hecho público el fallo del concurso de ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao y aquí unos colegas nos hemos puesto a opinar (a despotricar con el palillo en la boca) en las redes sobre el infausto proyecto que ha sido elegido de entre los presentados, que van desde los correctos (pero no brillantes) hasta los muy malos.



Ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao, 1967-1970.
Álvaro Líbano y Ricardo Beascoa, arquitectos.(1)

Como de eso se está hablando mucho por ahí y yo no tengo nada interesante que añadir voy a comentar algo que me preocupa del "antes de", en vez de seguir insistiendo en el "después de".

El Museo de Bellas Artes de Bilbao es muy querido por los bilbaínos, que van muy habitualmente a verlo como si fuera su casa (que lo es), pero menos por los turistas, que solemos babear ante el Guggenheim sin enterarnos de las joyas que atesora este porque es más discreto y comedido y no está en el recorrido de los touroperators.


Voy aún más atrás y comento la primera perplejidad: Teníamos un museo consolidado, lleno de obras de arte, muy bien montado, con una colección muy completa, coherente y armónica, hecha con tiempo y con sabiduría, y que calaba en el alma del pueblo, en su tradición y en su cultura a la vez que miraba hacia el futuro, y de golpe aterrizó un chirimbolo venido del extranjero, espectacular e impresionante pero sin fondos, sin nada que enseñar. Recuerdo que se le dio mucho bombo a la primera exposición temporal (o una de las primeras) que hizo: Unas motos de la marca Harley Davidson. No había fondos, no había colección, no había obras permanentes, pero había que hacer movidas y saraos como fuera y de lo que fuera para mover el tinglado.
Con gran rapidez y a golpe de presupuesto el gigante americano fue adquiriendo obra, mientras que su hermano pequeño y desheredado la había ido formando delicadamente durante décadas y décadas.

En todo caso, la versión "nuevo rico epatante" se impuso, y mientras este ascendía a los cielos como un cohete, el otro languidecía para los cuatro gatos de siempre, cada vez más desubicados y sobrepasados.
Lo he comentado en las dos entradas anteriores: ¿Nos interesa de verdad el arte o más bien el turisteo y el espectáculo?



La situación era intolerable. Había que darle un enérgico empujón al querido museo.
La dirección se puso a ello y finalmente obtuvo fondos para ampliarlo, pero no ya como se había ampliado otras veces, respondiendo a las necesidades de espacio y a las condiciones funcionales. No. El "efecto Guggenheim" había sido un éxito tan grande que pasó a ser el epónimo de cómo la arquitectura espectáculo puede salvar a una ciudad, a una institución, a un colectivo, a un pueblo, a lo que sea. Si vemos sucursales increíbles de cualquier entidad prestigiosa en sitios inverosímiles y con formas disparatadas es porque se busca el poder salvífico del mamotreto.

Pues bien: Si el efecto Guggenheim obraba milagros en las cuatro esquinas del planeta, ¿no los habría de repetir en la ciudad que lo alumbró?

miércoles, 12 de junio de 2019

Dar ejemplo

Ayer por la tarde, en un pueblo de mi comarca, vi este casoplón:


Ya me fijé en él hace muchos años, llevando a mi hijo pequeño a jugar al fútbol a un pabellón que queda al lado. (Lo vi al llegar con el coche y, ya después, mientras se jugaba el partido, me escapé -qué mal padre- para ver la casa con tranquilidad).

Hoy, como digo, tanto tiempo después, la he vuelto a ver. Me acordaba de ella perfectamente. Lo primero que tengo que decir es que está muy bien construida. En todos estos años no se aprecian fachadas churretosas, manchurrones de humedad, fisuras, desconchones... Nada. Está como nueva. Tan solo la gran puerta de madera, al fondo de ese porche de columnas seudotoscanas, se ve un poco ajada por el sol, el frío, el tiempo. Necesitaría un buen cepillado y un barnizado.

Por lo demás, la casa está perfecta.

Si clicáis la foto la podréis ver más grande y disfrutar todos los detalles que tiene. Es un híbrido tras otro y un orgullo tras otro. Cada cosa (las columnas, los aleros, la chimenea, los tejados...) son de un estilo diferente, buscando en cada elemento lo mejor. Eclecticismo sagreño.

(La comarca de La Sagra es un paraíso de la arquitectura(1). Alguien debería prestarle atención).

Toda esta calle es de casas normales, sencillas, sosas, feúchas, de pueblo. Excepto esa, que es la excelencia misma, la sublimidad. Más o menos desde donde estoy haciendo la foto, en una casa que queda a mi izquierda, un matrimonio está sentado en el porche a la sombra, tranquilos, en silencio, mirando con la mirada perdida lo mismo todos los días: nada.

En el casoplón del fondo no se ve a nadie. Está cerrado. Tiene terrazas y porches, pero no hay nadie en el exterior, no hay nadie expuesto. Hace años, cuando el partido de fútbol de mi hijo, también estaba así. Hay gente, pero no se la ve. Me los imagino como los protagonistas de la película Los otros, agazapados en el interior oscuro, con todo cerrado.

Viven en la casa, pero no se asoman. No miran. No se dejan ver. Sin embargo su presencia es evidente, pesada, ominosa. Su casa se yergue como ejemplo para la calle, para el pueblo entero, pero ellos se esconden. Desde las sombras de las celosías y de los cortinones dominan el pueblo.

Naturalmente, no sé quiénes son los dueños de ese casoplón, pero como veo cacharros de esos en todos los pueblos, a algunos de cuyos propietarios sí conozco, permitidme que haga una inferencia y hable no de estos concretamente, sino de un tipo muy característico que construye unas casas muy curiosas.

Son las casas de las familias ricas, apenas dos o tres por cada pueblo. Hay pueblos que solo dan para tener una, y otros ni siquiera una. Son los terratenientes que ya eran ricos cuando sus tierras de secano daban nada y menos por hectárea. Pero teniendo miles y miles de hectáreas las cuentas les salían.
Y ya cuando el gran pelotazo hurbanístico(2) clasificó buena parte de sus kilómetros cuadrados como suelo urbanizable aquello fue el acabose.

Tenemos que pensar, antes que nada, que esta gente es la nobleza rural, la Cavalleria rusticana, y se mueve, sobre todo, por el honor y la dignidad.
Para ellos, construirse una casa así es una obligación cívica, un deber moral ejemplificador.

sábado, 14 de octubre de 2017

Horno de pan (y 2)

El otro día me supo a poco lo que iba diciendo y me quedé con ganas de más. Por eso titulé la entrada con el número uno y prometí una segunda parte. Pero ahora ya se me ha ido el hilo de lo que iba diciendo.
Además en estos días le han dado un premio al horno de pan y ya se me ha cortado el rollo del todo.

¿Por qué somos así los arquitectos? ¿Por qué admiramos
y premiamos estos edificios que no gustan a la gente?

Sí que me gustaría seguir con mi afán didáctico e insistir un poco (muy por encima) en lo que decía el otro día.

Para empezar, deberíamos intentar comprender las complejas condiciones de partida que tiene este edificio: Está en el borde de una plataforma, ante un vertiginoso desnivel, y además tiene que arrodillarse ante el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, y no solo respetar, sino incluso acoger unos restos arqueológicos. Aparte de su complejo programa (auditorio, museo de tapices, museo de objetos suntuarios, museo de carruajes...) tiene que ser capaz de resolver la esquina más residual de la plaza que queda entre el palacio y la catedral. 


El acceso se hace por arriba, por la plaza, y desde ahí se va bajando, descendiendo por la cornisa famosa.
Ponedle además los camiones de abastecimiento, los recorridos, el transporte, la seguridad, la comodidad de accesos y estancias, etcétera, y tendréis un señor problema.

Obviamente, la cuestión de raíz, la matriz del proyecto, es hacer toda esa organización y toda esa relación de la manera más sencilla y eficaz posible. El problema, ya lo dijimos, es que el horno haga buen pan.
Luego, naturalmente, todo eso tiene que tener una forma, una imagen, una expresión plástica.




La expresión puede (y debe) ser discutible una vez visto el nivel de solución de las condiciones de partida antes dichas. ¿Es un acierto lo de las tiras verticales en fachada? Pues si no dejan pasar una luz uniforme y limpia serán un error, y si sí un acierto.
(A mí me parece, además de por su mera funcionalidad, que esa fachada ofrece una imagen neutra, como un zócalo o pedestal de piedra levemente labrada bajo la catedral).

¿Qué pasa si olvidamos todo esto y nos dejamos llevar solamente por la primera impresión que nos ofrece su fachada? Pues que entramos en el "me gusta" o "no me gusta", que ya vimos que es muy respetable en el interior de la intimidad de cada uno, pero cuando sale de ahí ya no merece especial respeto.
¿Nos gusta más con columnas jónicas? ¿Le ponemos unos arcos? Podríamos hacerlo: Tenemos todo el catálogo de formas arquitectónicas para usarlo según nuestro gusto, nuestro sacrosanto gusto personal. ¿Pero qué ganamos con ello?
(A una tía mía le entusiasmaban los bocadillos de bonito en escabeche bien espolvoreado de azúcar. De verdad. Los gustos personales son así).

Pero no merece la pena seguir intentando buscar ejemplos cuando tenemos uno perfecto justo al lado.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Horno de pan (1)

Esta entrada está dedicada a quien no sepa
ni entienda nada de arquitectura
contemporánea y esté un poco hasta
las narices de tanta mamarrachada.


Hace pocas semanas he asistido a cómo se comparaba el centro Botín de Santander con un calefactor y la iglesia de Marcos de Canaveses con un trastero. El otro día volvió a ocurrir: El Museo de Colecciones Reales de Madrid es un horno de pan.
Es lo de siempre y no merece la pena insistir. Pero como los ciudadanos legos en arquitectura seguirán viendo la contemporánea con hostilidad y desafección, quiero decir una cosa muy básica por si puede ser de algún interés, aun sabiendo que no va a servir de nada y que vamos a seguir igual.

Primero cuento la última batallita. Un periódico pone en twitter la noticia de la inminente apertura del Museo de Colecciones Reales en Madrid con una foto, y un famoso periodista televisivo contesta: "Que ESPANTO de edificio..." (sic). (Parece obvio que se refiere al edificio objeto de la noticia y no al mamotreto que aparece tras él).


Al momento contestan algunos esforzados arquitectos defendiendo el Museo como un gran proyecto arquitectónico y haciendo notar al periodista algunas de las virtudes de ese edificio, así como la necesidad de intentar estudiarlo y entenderlo antes de soltar un exabrupto tan rotundo. La indignación del periodista crece, ahora tanto por el ESPANTO perpetrado en Madrid como por el corporativismo sectario (e incluso agresivo) de unos locos fanáticos.

Se sucede un sabroso cruce de tuits del que pongo una pequeñísima muestra:


Lo de siempre: "Como no he estudiado arquitectura estos fanáticos no me dejan opinar". (Bueno, si a eso vamos tampoco estudió ortografía y nadie le impide escribir).
Observemos que se llama a sí mismo "hereje". O sea, nosotros somos sacerdotes inquisitoriales del retorcido arcano de la arquitectura y no permitimos la más mínima desviación del dogma.
Que conste que el famoso periodista es un vacilón, y que escribía con mucha sorna. Pero dijo (en broma) que temía por su integridad física ante nosotros, y dejó caer muchas exageraciones siempre en la línea de que el fanatismo de los arquitectos no permitía a la gente "normal" expresar sus opiniones.


Naturalmente que puede opinar. Estaría bueno. Todo el mundo puede opinar. Siempre estamos con lo mismo, y esto ya lo he dicho más de una vez. Cada uno es dueño de opinar lo que quiera, pero no todas las opiniones son igual de respetables y además cada uno se retrata con sus opiniones. Quiero decir que todos somos libres de opinar y de manifestar con nuestras opiniones nuestro conocimiento, nuestra sensibilidad, nuestro fanatismo (exacerbado en el caso de los arquitectos). 
En ese sentido le dije:


¿Por qué esos dos artistas sí son incontestables? Os recuerdo que el pintor fue detestado por casi todos durante unos años y al escritor le devolvieron el manuscrito de su obra maestra. Alguien, en varios (muchos) momentos, dijo de cada uno de ellos: "Qué ESPANTO". Sin embargo ya nos hemos acostumbrado a admirarlos y a no poner sus obras en entredicho; ni siquiera las menos buenas.
Pero los arquitectos aún no han alcanzado ese grado de benevolencia ni de comprensión por parte de la gente: Ellos se limitan a hacer un horno de pan.

lunes, 27 de marzo de 2017

Una crítica

A Eduardo Almalé, que se indignó con
este edificio. (Qué hombre más soso).

Últimamente he recibido varias opiniones en la línea de que este es un blog divertido, simpático, majete... pero en el que no se hace una crítica arquitectónica seria. Y me ha dolido. Me ha dolido porque quienes me han hecho tales observaciones tienen razón.
Me he picado en mi amor propio y he decidido exhibir mi capacidad crítica. Para ello voy a hablar de un edificio notable: Ática 7, en Pozuelo de Alarcón (Madrid).
No tengo el honor de conocer el nombre de su autor, pero lo prefiero. A menudo la fama del artista impide una visión limpia y desprejuiciada de su obra. Analicemos, pues, este edificio por sus propios méritos.


Se trata de un edificio de oficinas diseñado con gran cuidado y precisión. La fachada de vidrio está formada por piezas rectangulares colocadas unas encima de otras y unas al lado de otras, formando filas bien alineadas.
Todo coincide. No hay franjas torcidas. Todo cuadra.
Los vidrios están muy limpios.
Hay varios pórticos colocados en distintas fachadas y con distintos criterios: No en los centros, no en los ejes de simetría, no en las direcciones principales. Es un alarde de arquitectura moderna, libre y no dependiente de rancios esquemas compositivos.
Los capiteles de las columnas también son muy modernos. Son de un orden como jónico-mireusté o jónico-chúpateesa. Y de metal verde. De alguna forma están diciendo: "Ictinos, Calícrates: Comednos lo de abajo" o "este Fidias nos toca las pilotas".


Unos capiteles muy bonitos. Y no sólo muy bonitos, sino muy comilfó en estos tiempos de desorden, confusión y marasmo. (Vale, y también pleonasmo). (Y orgasmo).

lunes, 25 de julio de 2016

Trascendencia

NOTA.- Aunque soy un exhibicionista sin pudor, y mi mujer se avergüenza y se indigna por ello de manera habitual (por no decir constante), os aseguro que no pretendía contar en el blog este episodio de mi intimidad. Pero es que siempre tiene que pasar algo, maldita sea. Con las pocas ganas que tenía de hablar de ello. De verdad. Pero es que fijaos qué pasó. Tengo que contarlo.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, dedico esta entrada
a mi mujer, Mari Carmen, que es la tía más cojonuda del mundo.
(Ella sí es muy púdica, pero no hay miedo de
que se entere de esto porque no lee el blog).


1.- EL CHUF CHUF

Hace unos días he tenido una intervención quirúrgica seria.
A mis cincuenta y seis años nunca me habían operado de nada y estaba virgen de quirófano.
Con serenidad, pero confieso que también con emociones encontradas, entregué mi cuerpo (ataviado con la ridícula batita corta y culiindiscreta) a la camilla y ésta a celadores, enfermeros, médicos y no sé exactamente a quiénes más.
Una vez que me tumbé en la camilla (ay, la tacañez de los diseñadores de camillas para quienes somos personas de cuerpo amplio y generoso), el celador me acomodó los brazos para que no chocaran con nada y me cubrió con una sábana. Mi mujer apareció por encima y por detrás de mí y me dio un último beso, y ahí dejé de verla.
La camilla hizo un breve trayecto hasta un ascensor y desde éste uno largo por pasillos y más pasillos. Súbitamente cambió mi percepción del espacio y, rígido, encamillado y mirando hacia arriba, sentí que iba rígido, encamillado, pero mirando hacia abajo. O sea, que la camilla se deslizaba boca abajo colgada de unos raíles, y las placas de falso techo que yo veía correr ante mí eran baldosas de suelo. Rejillas de aire acondicionado, luminarias, altavoces... todo eran relieves y texturas de un suelo extraño sobre el que yo gravitaba. (Y aún no me habían drogado).
De repente, al doblar un recodo, un lucernario con el plano de vidrio inclinado me pareció un agujero en el suelo hacia el infinito azul y luminoso. Qué vértigo.
Al cabo llegué al quirófano. Me esperaba mi cirujano, que me saludó con cordialidad.
(Nota: Tengo que escribir una entrada sobre los médicos que unen perfectamente la simpatía con la imagen de rigor y seguridad profesional, y logran sin la menor objeción ni cortapisa que ante su saludo o su sonrisa les confíes tus intestinos. Creo que a los arquitectos esto no se nos da bien).

En el equipo vi a una mujer joven con gorro de fantasía. Me encantó el detalle. Como en las series buenas de la tele.
Me abrieron los brazos en cruz en dos alas adosadas a la camilla, y empezaron a manipular deprisa y con gran seguridad. El anestesista se presentó con su nombre, me dijo que pensara en algo bonito, que me dormiría en unos segundos y que cuando me despertara tendría un problema menos.
Celebré esa seguridad.
Otro joven me aproximó una mascarilla a la cara, pero no me la pegó, sino que la dejó a unos quince centímetros de separación. Me dijo que respirara tranquilamente. Yo pensé que si ese gas que salía de la mascarilla era el anestésico no me iba a llegar bien, desde tan lejos, y que no me iba a dormir, cosa que me preocupó.
Creo que lo que pensé textualmente fue: "Esa mascarilla no me llega. No me duerm".

viernes, 6 de mayo de 2016

Columnas romanas

Tengo dos noticias: una buena y una mala.
La buena es que me acaban de encargar una vivienda.
La mala es que, al intentar explicarme lo que quería, el cliente sólo tenía una idea clara: que en el acceso hubiera un porche con columnas romanas.

¡Columnas romanas!


Supongo que debe de ser angustioso pasar por el trago de hacerse una casa. Tienes un terreno y llamas a un arquitecto para que le dé forma a algo que te hace mucha ilusión, pero que no tienes la menor idea de cómo lo quieres.
Intentas evocar algo muy agradable, imaginar un sueño, la plenitud, la perfección. Idealizas tu futura vida en esa casa adorable y admirable. Entornas los ojos y te ves en ella, disfrutando. Intentas imaginarte leyendo, durmiendo, desayunando, jugando con tus hijos... Quieres que tu vida sea perfecta, intentas proyectarte a ti mismo y a tu familia como viviendo en un anuncio de cocacola o de lacaixa.
Quieres evocar imágenes, pero te son esquivas. Apenas vislumbras algún rasgo turbio, como velado por la niebla.
Eres incapaz de concretar tus anhelos, de darles forma, pero de ninguna manera quieres dejarlos en manos del arquitecto. No; él no puede soñar tus sueños. No puedes abandonarlos en sus sucias manos. No puedes consentir que te los pisotee.
Haces un esfuerzo definitivo. Entornas otra vez los ojos; los cierras. Quieres verte feliz, con tu familia feliz. Quieres sentirte optimista, alegre, sano. Quieres escuchar las risas de tus hijos.
Es todo muy inestable. Se desdibuja. Se disuelve.
Sólo persiste una imagen, una única imagen nítida: COLUMNAS ROMANAS.

viernes, 31 de julio de 2015

Sexo y kitsch

En una entrada reciente decía que había que atacar el afán simbolista en la arquitectura, y que había que clamar siempre contra la arquitectura que simboliza cosas. Y relacionando esta idea con el kitsch y con el espíritu romántico, apunté brevemente que "el kitsch es romántico, y el romanticismo es una actitud reaccionaria ante el sexo. El romanticismo necesita una muy buena excusa para acceder al sexo, y esta arquitectura kitsch necesita una muy buena excusa para apelar a los sentimientos y al honor de un pueblo. Pero en ambos casos son excusas simbolistas, falsas, postizas, manipuladoras".

Llámalo amor y romanticismo, pero ya sabemos lo que quieres decir

Como no me puedo callar la bocota, prometí desarrollar esa insinuación en una posterior entrada. Bueno, pues a ver cómo cumplo mi promesa y cómo, ligando sexo y kitsch, puedo hablar de arquitectura simbólica.
(En menudos líos me meto. Menos mal que mi asesor personal, Jesús Julián Federico Alfonso Vélez de la Revuelta y Díaz de Montenegro Santafé -Chusi-, me dice que poniendo la palabra sexo en el título voy a batir records. Pues sea por ello. Me meto en el charco).

En su imprescindible y curioso libro Kitsch, Vanguardia y el Arte por el Arte (1), Hermann Broch dice que en el origen del romanticismo está "el origen, por un lado, de la exaltación de quien, desdoblando todas las energías espirituales, incluidas las artísticas, intenta elevar a una esfera absoluta o pseudoabsoluta el mezquino acaecer cotidiano de la vida terrenal y, por otro, del terror de quien intuye el peligro de una empresa de este tipo. De hecho, de dicha exaltación y de dicho terror deriva esa particular incertidumbre del alma romántica que, trémula y vacilante, quisiera volver atrás, quisiera correr hasta el seno de la Iglesia para refugiarse nuevamente en su certidumbre sobre el absoluto".


Vamos, que el romántico quiere exaltarse por cualquier chorrada o, mejor dicho, quiere que todo lo que le pasa sea sublime. Sólo quiere vivir en una exaltación continua, en una excitación permanente. Pero se da cuenta de que por ese camino acaba sacralizando todos sus instintos y todas sus circunstancias, y se asusta. No quiere ser un "pagano naturista" o algo así. Se siente culpable. Es puritano, y le da vergüenza descubrir tanta intensidad en sus sentimientos, tanta sensualidad.
"Toda ascesis, toda represión del placer tiene un centro de gravedad sexual. Es cierto que el puritanismo no imponía una castidad monástica, sino una rigurosa monogamia. Precisamente, lo que había que confirmar y reforzar era la monogamia; tanto más cuanto que, de esta manera, se podía impregnar el corazón de libertinage. El amor monógamo quedaría a salvo, si se lo intensificaba hasta la exaltación que en otro tiempo había sido rigurosamente prohibida por la ascesis".
El monógamo envidia al libertino, y para vencerle resuelve que lo suyo es mucho más puro y mucho mejor. Está seguro de su superioridad ética y moral sobre el libertino, pero pierde pie cuando considera que el libertino se divierte y disfruta más que él, y dedica todas sus energías a corregir esa sensación, de manera que decide que su monogamia es mucho más intensa, sublime, estupenda, completa, etc.
"La nueva época, es decir, la época de la burguesía, aprueba la monogamia, pero al mismo tiempo quiere gozar de todos los placeres del libertinage, de forma todavía más concentrada, si ello fuera posible. Por ello, no se contenta con elevar hasta las estrellas el acto sexual monógamo; obliga a las estrellas, junto con las demás cosas eternas, a descender a la tierra para ocuparse de la vida sexual de los hombres y permitirles alcanzar mayor intensidad de placer. El medio para alcanzar dicho resultado es la fantasía reforzada con la exaltación".
El "enamoramiento romántico" es algo sublime, y tan fuerte que obliga al propio Dios a ser su testigo y su cómplice. Hay una falta absoluta de medida, de proporción y de límite. Nada es suficiente para exaltar tanto amor. Toda la historia de la humanidad, todos los milenios transcurridos hasta ahora sólo han tenido como objetivo que yo me enamorara de esa mujer. Mi amor convoca a todas las fuerzas cósmicas y las conjura.
Puestas así las cosas, ¿habrá alguna tarjeta postal capaz de expresar lo que siento? ¿Habrá algún perfume, algún regalo, algún dulce, algún adorno digno de este amor? No. Imposible. Nada es suficiente. Nada es demasiado. Necesito más, más y más.




¿Hace falta seguir? No; ¿para qué?
En esta misma línea leemos las letras de algunos boleros: "Sabrá Dios si tú me quieres o me engañas"; "Amor, amor, amor, nació de Dios para los dos; nació del alma"; "Mujer, si puedes tú con Dios hablar pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar"; "Ahorita estaremos juntos, unidos por siempre en nombre de Dios"; "Qué tendrán tus ojos que cuando ellos miran me acercan a Dios". Y muchos más. (Se ve que Dios no tiene mejor cosa que hacer que andar de carabina, o estar ahí plantificado para hacer de testigo, o algo así).
Resumiendo lo dicho por Broch, el libertino emite y reparte material genético a plena satisfacción, sin complicarse la vida ni pensárselo dos veces, mientras que el romántico, muchísimo más limitado en cuanto al reparto, necesita convencerse de que lo suyo es mucho más valioso, e incluso más placentero. Y no repara en exagerar.
Según Broch, esta es una de las características fundamentales del kitsch.

miércoles, 15 de julio de 2015

¿Por qué?

Ya no asistimos atónitos a nada. No se molesten en intentar escandalizarnos: Es inútil. A cualquier chorrada que ustedes nos propongan contestaremos con un "pues muy bien", con un "sí, hombre, sí", y con un "hale, a seguir bien", sin girar siquiera la cabeza, sin pararnos un segundo y sin desviarnos ni un milímetro de nuestro camino a ninguna parte.
A nosotros ya nada nos afecta ni nos perturba. Estamos en una suerte de pasotismo zen o de tocagonadismo tao. Qué más da.
Pero a las pobres criaturas que aún esperan algo de la vida qué; ¿eh? Pobrecillas. Gente sensible aún, optimista aún, esperanzada aún. A ellos qué. Alguien debería hacer algo por ellos.
La última (o la anteantepenúltima, porque las paridas son tan seguidas que cuando me entero de alguna ya han salido varias más) es que alguien va a hacer un edificio inspirado en las curvas de Beyoncé.


Infografía del proyecto de la Torre Premiere, en Melbourne.

Pues muy bien.
Pues sí, hombre, sí.
Pues hale, a seguir bien.

(Pues a mí no se me parece nada a Beyoncé).

En realidad el rascacielos no se inspira en las turgentes carnes de Beyoncé, sino en su cuerpo enfundado tal como aparece en el vídeo de su tema Ghost. 




Imágenes del videoclip Ghost, que ha inspirado un edificio.

Pues muy bien.
Pues sí, hombre, sí.
Pues hale, a seguir bien.

Quiero decir: Así sí. Así sí que se parece. Qué estupendo.

¿Y por qué? ¿Y para qué?


Si el criterio compositivo ha sido ese, me parece perfecto, me parece estupendo, me parece sublime. Sí, hombre, sí. Vete por la sombra, que hace mucho calor. Hale, a seguir bien. Si ese ha sido el único motor del proyecto entonces la única crítica arquitectónica que podemos hacer a la imagen que tenemos aquí arriba es: "los pechos de Beyoncé son más rotundos que los de la torre", y también: "el pecho izquierdo del rascacielos está un poco caído (y es raro)".

-¿Dónde vives?
-En Spencer Street, Edificio Beyoncé, Glándula suprarrenal izquierda, Melbourne (Australia).

Pues muy bien.
Pues sí, hombre, sí.
Pues hale, a seguir bien.