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martes, 28 de diciembre de 2021

El Quijote peludo

A lo mejor publicar esto un 28 de diciembre os hace pensar que es una broma y no os creéis nada, pero os aseguro que esta historia es real. Es tan real como pueden serlo las cosas reales, las manías de la gente, sus decisiones incomprensibles, sus rasgos morbosos de mal gusto y de sentimentalismo más kitsch y más siniestro.

(Si no os fiáis de mí os invito a navegar por internet y, sobre todo, a leer el artículo que enlazo en la nota final. Hay muchos testimonios de lo que sigue).

Le Corbusier tenía un perro al que llamó Pinceau (que podríamos traducir como "Pincel", "Brocha", o algo así, y que desde luego tiene relación con su pelaje).

Hay fotos en las que se le ve en actitud cariñosa con su perro, al que le tenía mucho cariño.



Aquí también está Yvonne, la esposa del arquitecto

Parece que hay un tipo bastante recurrente en la historia de la literatura que es el de "escritor con gato", y que no sé si implicará algún estilo o querencia en concreto. También podríamos establecer la de "arquitecto con perro", pero no es esta mi intención, al menos en este momento. Baste saber que Le Corbusier tenía perro y lo quería mucho.

De lo que va esta entrada es de que tal vez lo quería demasiado, o al menos de una forma desaforada.

Los perros viven bastante menos que las personas, y en este caso también fue así y el cariñoso Pinceau falleció el día 6 de noviembre de 1945. Père Corbu se sumió en la angustia y en la desesperación y no se resignó a separarse de él del todo y para siempre, así que se quedó con un recuerdo.

lunes, 22 de junio de 2020

Desaparecer

Acabo de enterarme por casualidad (como pasan estas cosas) de que una piscina que hice en un pueblo toledano hace muchos años lleva ya tiempo convertida en un skate park. (En español podríamos llamarla "pista de patinaje acrobático" o algo así).
Primero he sentido un poco de pena y de nostalgia, pero en seguida un gran alivio, y esa sensación es la que voy a intentar contaros hoy.

Imagen de un skate park en Zaragoza. (No tiene nada
que ver con el que yo digo, del que no quiero dar pistas).

Me cuentan que mi obra llevaba años sin tener el tirón que tuvo. Cada vez había más piscinas particulares y la gente tenía menos ganas de ir a la pública. (Así nos va con todo: En vez de disfrutar con algo colectivo grande y bien dotado lo repetimos incansablemente en sucedáneos privados, pequeños y peores, pero de uso exclusivo). El coste de mantenimiento era muy alto para el poco partido que se le sacaba. El ayuntamiento ponía a concurso su explotación, con su bar-restaurante correspondiente, y nadie se presentaba. Un desastre. Al final ya ni la abrían. Así que han hecho esto del patinaje que parece que tiene más tirón.

Habría que hablar del alivio que le supone a un arquitecto que demuelan o alteren profundamente su obra, extinguiendo así su responsabilidad civil sobre cualquier cosa desagradable que pueda pasar de ahí en adelante, pero ese no fue, esta vez, mi caso. Hice la piscina hace muchísimos años y el período decenal estaba ya más que extinguido, e incluso doblado.
No; no era eso. Fue una especie de limpieza interior: Una obra menos, una resta, un aligeramiento de peso. Sentí el placer de ir tachando.

Sin embargo, en el inicio de la profesión, en el inicio de la vida, lo normal es que uno intente dejar huella, llamar la atención, hacer muchas cosas y muy espectaculares. Cuesta mucho ir desocupando esa vanidad, irla vaciando, y casi nunca es un acto libre y voluntario, sino la consecuencia de las decepciones y bofetadas que te va dando la vida. Y el cansancio. Y el hastío. Y la única ansia que al final te queda es la de que te dejen tranquilo, la de vivir en paz lo que te quede y no marear demasiado.

viernes, 22 de febrero de 2019

Dos dibujos

A Emilio, que siempre dice que me teme en abril,
porque aunque todavía no es abril me he puesto temible.
Te prometo que en abril te dedicaré una entrada alegre.


Tiempo después de morir Juan Daniel Fullaondo, mi amigo Ochan y yo volvimos a su casa. Qué tristeza y, al mismo tiempo, qué tarde tan agradable con Paloma, su mujer, siempre tan hospitalaria, tan positiva y tan buena anfitriona.

Si en vida él era el protagonista absoluto de todas las reuniones, imaginaos ahora. El gran ausente. Su sombra, su sillón, su hueco pesaba toneladas sobre nosotros. (Aunque, como siempre, las risas fueron nuestra seña de identidad. Qué bien lo pasamos siempre en esa casa).

Paloma nos contó que en sus últimos meses Juan Daniel había estado muy activo, muy creativo, y nos regaló dos libros de poesías indescifrables que había escrito: Evocando a Gerardo Diego y demás cosas y Traiciono luego existo. Luego sacó unas cartulinas con dibujos de rotuladores de colores, también indescifrables: personajes, rostros humanos (¿el suyo?) flotando en espacios metafísicos.

Nos preguntó qué dibujo nos gustaba más. Yo señalé uno sin dudarlo. Veía algo muy curioso en él (seguramente algo que me había inventado). Ochan señaló otro, elogiando no sé ya si la habilidad gráfica de nuestro maestro o su optimismo y su furor creativo en los últimos meses de su vida.

Paloma nos dijo que nos los quedáramos, y que cogiéramos otro más cada uno. Debió de irlos regalando a los distintos amigos, alumnos y discípulos, de modo que de alguna manera Fullaondo se diluyera en todos nosotros.

Inmediatamente enmarqué los dos dibujos y los puse en el salón de mi casa, donde llevan colgados desde entonces.

Juan Daniel Fullaondo. Sin título. 1994
21 x 26 cm2. Rotuladores sobre cartulina

Juan Daniel Fullaondo. Sin título. 1994
24 x 32 cm2. Rotuladores sobre cartulina

Pero, para mi desgracia, los rotuladores tienen la maldita cualidad de irse borrando con los años. Estos dibujos que acabo de mostrar eran una febril combinación de trazos cortos, nerviosos, de colores variados: rosas, marrones, verdes, azules suaves... Hoy apenas queda una muy pálida sombra de lo que fueron.