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lunes, 29 de diciembre de 2025

El cehomo

En mi pueblo, a alguien que va sucio, estropeado y desharrapado, siempre se le ha llamado cehomo. Mi madre, como todas, me lo dijo a mí, como a todos: "Pero mira cómo vienes; estás hecho un cehomo". Es (o era, porque ya se pierden los modismos y las particularidades del habla) un acortamiento de Ecce homo, que es lo que Poncio Pilatos dijo ("Eh aquí al hombre") cuando presentó a Jesús, flagelado, lastimado, ensangrentado y coronado de espinas, a la multitud. Y todos los muchachos que veníamos a casa después de jugar un partido o de corretear por la calle estábamos en un estado, si no tan lamentable como el de Cristo en esa tesitura, muy lejos del del niño peinadito y limpito al que nuestras madres aspiraban.

Veo que el diccionario de la RAE no contempla cehomo, y por lo tanto es una palabra que yo solo he oído, pero no puedo acudir a autoridad, por lo que no puedo asegurar que tenga la hache intercalada que le pongo. Sí recoge eccehomo, con la doble acepción de la imagen de Jesucristo como Pilatos la presentó al pueblo y también la de "persona lacerada, rota, de lastimoso aspecto".

Esa imagen de Cristo doliente es tan potente que ha sido un tema habitual en la historia de la pintura occidental, y todos los grandes pintores la han hecho. Sin embargo, desde el año 2012, para todos nosotros ya solo hay un Ecce Homo: el del Santuario de la Misericordia de Borja (Zaragoza).

viernes, 7 de enero de 2022

El insoportable estruendo

Y hubo tanto ruido
que al final llegó el final
(Joaquín Sabina)


Iba a titular "Ruido" y he tenido el vago recuerdo de que ya había empleado ese título alguna vez. He buscado y, en efecto, lo usé aquí. Así que, entre que ya lo había utilizado y que ahí hablaba del ruido con intenciones serias de intentar comprender sus alcances semánticos y culturales mientras que ahora solo quiero contar mi desorientación y mi desamparo, he cambiado de título.

El día 4 de enero vi esta imagen en Twitter, con la consiguiente denuncia del tonteriísmo al que estamos sometidos:

Es una foto de una joven vestida de paje de los Reyes Magos, tomada (supuestamente) del Telediario de la primera cadena de Televisión Española con un rótulo que dice: "Las pajas recorren pueblos y ciudades".

La "viralización" de esta foto tiene el objetivo de poner en ridículo a los defensores del lenguaje inclusivo señalando un involuntario juego de palabras.

viernes, 22 de abril de 2016

Ruido

Dedicado a Carlos Pardo y a Agustín Fernández Mallo,
a quienes espero no haber tergiversado demasiado.

Estamos en la segunda quincena de abril, y ya sólo en estos tres meses y medio que llevamos de año me he comprado más libros de los que podré leer en los meses que le quedan. Y eso que me los he comprado porque tengo verdaderas ganas de leerlos. ¿Pero cuándo lo haré? Imposible. Y si a esto le sumamos todos los que he ido comprando a lo largo de mi vida y que (hasta ahora) no he leído nos pondremos en... ¡uf!
Además, cada vez leo menos. Me paso la vida en el blog, en las redes, en las pantallas...
He escuchado en la radio al poeta Carlos Pardo, que además es librero, y ha dicho que en su librería devuelve libros malos, devuelve libros buenos, devuelve los que no se venden, y también devuelve los que se han vendido mucho pero ya no se venden más, porque cada vez los libros duran menos. Ha hablado de lo fugaz que es todo, del exceso que nos abruma, de las modas, de la saturación de información, del ruido.


Ha dicho que los escritores ya no escriben para la posteridad, porque la posteridad ya se ha pasado.
Me ha gustado mucho esa idea. Y también me ha causado una honda inquietud: La posteridad ya se ha pasado.
Todo pasa muy rápido, y ya nada deja huella, porque cada segundo se nos vienen encima miles de cosas nuevas.

Os cuento dos batallitas de señor mayor:
Primera: Cuando yo era adolescente un elepé costaba unas trescientas o trescientas cincuenta pesetas. Había que pensárselo mucho para comprar uno en los sótanos de la Gran Vía. Revolvía discos una y otra vez para acabar saliendo con uno y, en algunas ocasiones, pasadas dos o tres manzanas, daba la vuelta, volvía a bajar y pedía que me lo cambiaran por otro. Qué incertidumbre. Qué difícil era elegir.
En un año podía comprarme un par de elepés; no más. Cada vez que me compraba uno se lo decía a todos mis amigos, para que no repitieran y compraran otros, que luego intercambiábamos y -sí- grabábamos en cassettes. En aquella época el pirateo no era una amenaza para nadie.
Incluso nuestros propios discos los grabábamos en cassettes para no estropearlos demasiado (y porque yo sólo tenía tocadiscos en el salón de mi casa -de la de mis padres-, mientras que las cintas las podía escuchar en mi cuarto).
Escuchábamos cientos y cientos de veces el poco material que teníamos.

Segunda: Hace algunos años busqué en internet una canción de los Beatles para poner el enlace y me encontré una página que invitaba a bajarse la discografía completa. Confieso que no pude resistirme y cliqué el botón. Al cabo de unas horas (mi velocidad de descarga era muy lenta) tenía todos los discos de The Beatles. Todos. Todos. Sólo escuché un par de canciones (la que buscaba y otra al azar, para comprobar) y no he escuchado ninguna más. Por ahí debe de estar la carpeta llena de ficheros en emepetrés. O tal vez la he perdido en algún cambio de ordenador. Si la he perdido ni me he dado cuenta. Ni me he enterado. Como vino se fue, y no dejó ninguna huella en mí.

En alguna ocasión he comentado las penurias y aventuras que pasaban los arquitectos de los años cuarenta, cincuenta y sesenta para intentar conocer qué arquitectura se hacía por ahí. No había información, no había nada. No se conocía nada. Había que echarse al mundo y descubrirlo todo. Y volvían a España armados ya para toda la vida.
Nosotros, por el contrario, estamos acribillados de información. Recibimos cientos de estímulos diarios y no los podemos atender. Es agotador. Nos resbala por encima sin mojarnos. Todos los días veo en facebook y en twitter docenas de fotos de arquitectura, avisos de charlas y conferencias, glosas de libros... Arquitectos húngaros, guatemaltecos o belgas que no conozco reclaman mi atención durante unos segundos, miro distraídamente alguna de sus creaciones, suelto tal vez alguna exclamación y los olvido antes de haberlos conocido.
A otra cosa, mariposa.
Nunca hemos tenido más libros, más fotos, más películas, más noticias, más canciones, más comentarios, más dibujos, y nunca hemos reflexionado menos ni sabido menos.
Toda esa información es ruido.


jueves, 6 de agosto de 2015

El damero maldito

Me gustan los pasatiempos dominicales del periódico; especialmente el Damero Maldito.
Supongo que lo conocéis, pero de todas formas os lo explico:

Damero Maldito de EL PAÍS, domingo 2 de agosto de 2015

Hay un texto literario en blanco, que tendremos que completar, y debajo se nos dan las definiciones de unas cuantas palabras que tenemos que averiguar. De las pocas que sacamos a la primera trasladamos las letras al texto de arriba. Cada letra tiene un número que le permite viajar de la lista de definiciones al texto y viceversa.
Si supiéramos todas las palabras a la primera a partir de sus definiciones el juego no tendría gracia. Trasladaríamos mecánica y rutinariamente las letras al texto de arriba y ya está. Pero no es así. La cosa es difícil, y tenemos que hacer muchas idas y venidas.
Averiguamos muy pocas palabras, ya digo, y trasladamos sus letras al texto. Este queda muy despoblado, con una letra por ahí y otra por allá. Por puro instinto completamos alguna palabra de ese texto, o suponemos alguna terminación, y probamos esas letras en las palabras de abajo, a ver si ahora las averiguamos.
Hay una pista complementaria: Las primeras letras de cada palabra de las del grupo de abajo forman en acróstico el nombre del autor y el título de la obra.
Es un poco laborioso, pero a mí me entretiene mucho.
(Sí; ya sé que diréis que vaya una vida de mierda que tengo, que empleo las mañanas de los domingos en estas cosas en vez de en vivir. Pero eso es otra cuestión que prefiero soslayar).

¿Por qué traigo este juego aquí? Pues porque a las letras les ocurre una cosa curiosa que me llama mucho la atención: Por ejemplo, vamos a ver una T. Concretamente la que ocupa la casilla 88 y pertenecece a la definición G.
Cada definición tiene una letra identificativa empezando por la A y siguiendo por orden alfabético. La G dice: "Sepulcro levantado de la tierra". Confieso que a la primera no lo he sabido.
Posteriormente, según iba acertando otras palabras y completando el texto, tenía EX---A, que he pensado que podría ser EXACTA o EXALTA. En cualquier caso la penúltima letra podría ser una T, y la he probado en la definición G. En algún momento he caído en que ese sepulcro levantado podría ser un TÚMULO. He vuelto a probar llevándome sus letras al texto.
Etcétera. Tanteando muchas veces (podéis ver las enmiendas en la imagen), poco a poco la cosa ha ido tomando forma.

Bueno; a lo que voy: La misma T pertenece a "TÚMULO" y a "EXALTA". Para más desconcierto (y más pistas) también pertenece en vertical al apellido del autor del texto; "MATEOS".

Pero siempre es la misma T. La 88-G. Qué curioso.

martes, 3 de junio de 2014

El Hacedor de Borges de Fernández Mallo (Re-re-make-make)

El término "postmoderno" (o "post-moderno", o "posmoderno") surgió en el campo de la arquitectura. Tuvo un gran éxito y de ahí se extendió a todos los demás campos de la actividad humana.
En arquitectura fue fácil trazar la raya porque el concepto "moderno" estaba muy claramente adscrito a una época, a unos ideales y a un estilo. (Cuando se acuña el título de "moderno" para un movimiento o una época, inmediatamente deja de significar "lo actual", porque se va quedando más y más atrás según pasa el tiempo. De esta forma, en ciertos contextos y ante ciertas comparaciones, "moderno" acaba significando "antiguo").
Pero al final, habiendo sido el campo donde se acuñó el término, es en la arquitectura donde más difícil se me hace entender la post-modernidad. Hay otros campos, principalmente la literatura, donde la veo mucho más claramente y, sobre todo, donde la encuentro más fértil, más inteligente y más útil.
Todo lo que se hace hoy que aporte algo y comente algo sobre el mundo y la cultura, tiene que ser necesariamente post-moderno. Ser hoy moderno (como ser románico, gótico o renacentista) es adoptar una mera pose historicista e inútil.
(Un problema inesperado es que muy a menudo se ha usado y se usa "post-moderno" como "anti-moderno". No me refiero a eso).
Borges decía que era moderno, pero que eso no constituía ninguna elección suya, sino que no podía ser otra cosa. Esto era así necesariamente en su juventud ultraísta. Pero del mismo modo, con el paso del tiempo y con su actitud atenta y creativa, acabó en post-moderno. No puede ser de otra manera. Todo lo demás es refugiarse en el pasado y hacer academicismo estéril.
Hay datos y elementos postmodernos innegables en la obra de Borges: El palimpsesto(*), las referencias en capas superpuestas, los juegos de ida y retorno, el lenguaje como objeto en sí y como mensaje en sí, la pérdida del sujeto (Borges y yo), la autorreferencia, el humor, etc.
Pues bien, dando una nueva vuelta de tuerca al post-modernismo borgiano, Agustín Fernández Mallo lo pliega, lo dobla, lo desdobla, lo estira y lo reescribe, en una compleja operación, exquisitamente intelectual, que nos lo trae hasta la actualidad, salvando las varias décadas de distancia, re-tonificándolo y expandiéndolo en este mundo loco y desvariado, riquísimo, complejísimo y sutil.


Ya Borges juega continuamente con las sombras suyas y de los otros, con los rastros, con las presencias y los ecos; con los espejos y las alusiones, con los tigres y el agua de sus rayas. Fernández Mallo juega al juego de Borges y palimpsestea los palimpsestos, espejea los espejos y refiere las referencias.
El juego es sencillamente brillante. Las capas de significado se multiplican hasta no se sabe dónde. Las referencias, como los jardines, se bifurcan.
Borges habría disfrutado enormemente con este libro. (La eterna obsesión de Borges por "el otro", "el doble", de "Borges y yo" se multiplica cuando AFM se hace eco y dice "Borges y yo" (Borges y AFM), y siente respecto a Borges la fascinación especular que sentía el propio Borges respecto a sí mismo).

Borges y Fernández Mallo

No encuentro en la arquitectura un ejemplo tan brillante de superposición, de reelaboración, de recarga de contenidos y significados, de fisiones semánticas y explosiones varias, como lo veo en esta reconstrucción-desconstrucción del libro de Borges.

domingo, 16 de octubre de 2011

Dos ejemplos, dos ideologías arquitectónicas

Siempre estamos con lo mismo:

modernidad / postmodernidad
funcionalismo / metáfora
racionalismo / poesía.

Esto ya aburre, ¿verdad?. Menudo tostón.
Bueno; aburriría si de vez en cuando, en las tontas horas de conducción, no aparecieran inesperadamente algunas joyas. (Joyas que debería prohibir la Dirección General de Tráfico, porque producen súbitos ataques de placer que podrían provocar accidentes).
(Por cierto: las fotos me las ha proporcionado una fuente que, como comprenderá la Meretérica, mantendré en el más riguroso economato).
El primer ejemplo está en la entrada de Aranjuez (Madrid), viniendo desde Madrid por la carretera antigua, a mano derecha.
(Si clicáis la foto, se ampliará y podréis ver los sorprendentes detalles).
Es una casa muy sencilla y muy agradable, diseñada con gusto y limpieza.
Obviamente, el dueño ha necesitado un poco más de altura, probablemente para crear un altillo. Ha analizado racionalmente sus necesidades programáticas y las ha resuelto directa y perentoriamente. Funcionalismo puro, sin concesiones a la "estética", sin tonterías. No se ha molestado en quitar la moldura que señala el anterior perfil del hastial. (Bueno, por no molestarse no se ha molestado ni en pintar su obra).
Soy un racionalista convencido, un funcionalista confeso, y por lo tanto no sé qué afear en esta intervención. Si acaso, se me ocurre la ya mítica observación que le hace la Juani a la Cristal en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?: "Solo tienes sensibilidad en el shosho". Pues sí; hay gente que tiene la sensibilidad ahí mismo. ¿Pero qué es la sensibilidad? ¿Ya estamos con chorradas? ¿Es que vamos a volver a hablar de "la belleza"?
No. No me lo puedo tolerar a mí mismo. Siempre he estado convencido de que una máquina de afeitar es hermosa porque funciona bien, y de que no hacía falta más para "embellecerla". Es más: los intentos de embellecimiento siempre desembocan en la chabacanería y en el kitsch.
Pues entonces esta ampliación es estupenda, y arquitectónicamente irreprochable. Y no sé decir nada malo de ella.
Una última foto antes de que desaparezca detrás del árbol:
Por cierto: ¿Por qué nos parece tan hermoso un árbol? Porque funciona. Porque es un organismo habilísimo. Pues la casa de detrás también funciona ahora mejor que antes. (Supongo; no la conozco por dentro. Pero me imagino que si no fuera así no se habrían gastado el dinero en hacer eso).
Me reafirmo en que toda "chabolización" de un edificio se hace siempre en aras de la funcionalidad. La chabola es la "máquina de habitar" en su estado puro.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Aprendiendo (poco) de Las Vegas

En el año 1966 el arquitecto americano Robert Venturi publicó un libro fundamental: Complejidad y Contradicción en la Arquitectura. Es un libro de lectura obligatoria, lucidísimo y necesario a más no poder.
Critica con gran inteligencia la Arquitectura Moderna, y es, pues, uno de los primeros pilares (incluso fundacionales) de la postmodernidad arquitectónica.
La famosísima sentencia de Mies van der Rohe "less is more" ("menos es más") es corregida por Venturi en este libro cambiando sólo una letra: "less is bore" ("menos es aburrido"). Un hábil juego de palabras que refleja su forma de ver el problema arquitectónico, y que nos abre los ojos a la opulencia, a la acumulación formal, a la combinación de registros y de tonalidades, a la exuberancia y a la alegría orgiástica.
El funcionalismo no puede ser el ideal. El funcionalismo sólo cree en la racionalidad, en que los edificios respondan al programa, en que sean limpios y nítidos, en que no alojen más que frío cálculo. La gente necesita otras cosas más estimulantes, otras dimensiones por encima de las meramente racionales.
A la austeridad y a la claridad modernas, Venturi opone la complejidad y la contradicción. Y tiene razón. Las cosas importantes de la vida son complejas y se contradicen. La vida misma es compleja y contradictoria, y la gran arquitectura tiene que tener factores de complejidad y de contradicción.
Chapó.
Estoy esbozando muy por encima la caricatura de su libro, pero os recomiendo de verdad que lo leáis, aunque ya tenga cuarenta y cinco años de edad. Sigue estando vigente, y es de una finura y de una inteligencia notables. De verdad que merece la pena, repito.
Lo único malo de este libro es que al final tiene unos infaustos ejemplos de obras de Venturi. Y, cuando uno se ha ido convenciendo durante todos los capítulos de que estaba ante una obra seria, la obra de un hombre inteligentísimo, al final ve con horror la sarta de mamarrachadas que este hombre puede construir siguiendo su evangelio.

martes, 7 de septiembre de 2010

¿Se debe ser postmoderno?

Obviamente, sí. Como dije ayer, no hay otro remedio. Es lo que nos toca.
El moderno es lineal. Tiene una fe ciega en el progreso del mundo y de la humanidad, y pone su grano de arena para colaborar a ello.
Desde el S. XIX había un optimismo ingenuo y al mismo tiempo muy fuerte y enérgico en el progreso. El XIX es el siglo del gran descubrimiento: El ser humano es capaz de todo. Puede modificar la naturaleza, puede volar, puede ir a la luna, puede vivir bajo el mar, puede acabar con la enfermedad, puede vivir eternamente. Entonces empezaron a producirse grandes inventos que eran como acontecimientos deportivos, como gestas heroicas. Y grandes descubrimientos científicos, y viajes, y construcciones. Todo ello culminó en el S. XX, pero tan eficazmente que a la mitad del siglo la gente vio que ya había llegado al final del camino, y no supo qué hacer. (También comprobó que el bello progreso había causado las dos guerras más horribles de la historia de la humanidad. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki mostraron que la potencia científica del ser humano no iba unida a otras cualidades).

lunes, 6 de septiembre de 2010

¿Se puede ser moderno?

Borges decía que él era moderno porque no podía ser otra cosa. Ciertamente, en su situación, en su ambiente, en su momento, no tenía más remedio que ser moderno.
Por eso mismo, nosotros somos post-modernos.
Hace décadas que el arte moderno terminó de decir lo que tenía que decir, y nació su manierismo, en el que aún estamos.
Lo primero que se me ocurre pensar es que el arte, según definición clásica, imitaba a la naturaleza. Después estudió la naturaleza, sobre todo la naturaleza abstracta de las cosas y del mundo, e intentó descubrir pautas de generación de un universo. O sea, volvió a imitar a la naturaleza, pero no en sus ejemplos externos y anecdóticos, sino en sus leyes.
Y ahora el arte ha dejado de imitar tanto las formas externas de la naturaleza como su orden íntimo, e imita al propio arte. O sea, es un simulacro de un simulacro.