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martes, 2 de mayo de 2023

La fascinación

He visto en Facebook esta foto de aquí debajo con la leyenda: "Mujeres recolectando agua a millas de distancia durante los largos veranos de Adyar, India", y me ha impresionado. Me ha fascinado.

He imaginado la larga caminata portando todos esos recipientes en equilibrio y me ha conmovido el tesón, el esfuerzo y la habilidad de esas mujeres. Además la foto me ha parecido muy bella.

Por todo ello he corrido a ponerla en mi muro, tan contento, con muchas ganas de que mucha gente compartiera mi fascinación.

En seguida uno me ha comentado la foto con una sola palabra: "Photoshop". (Menos mal que ha sido solo una, y no ha añadido "Tonto"). He mirado con un poco (muy poco) de atención y en efecto, hay solo dos vasijas distintas, que están apiladas sobre las cabezas de las tres mujeres siguiendo siempre el mismo patrón: A-B-A-B-A-B...

La manipulación es evidente, y no puede ser más burda. Si no me di cuenta fue porque no examiné la foto, porque en ningún momento dudé de ella (con todo lo que estamos viendo, que no hay día que no nos traguemos una o dos dobladas); porque no se trataba de examinarla, sino de rendirse a su encanto y a su poder de sugerencia. (Visto ahora con un poquito de sensatez, esa foto no tiene ningún sentido, pero yo no he tenido ni ese poquito de sensatez: me la he tragado porque soy así de pánfilo y de inocentón, y porque estoy deseando tragármelas una detrás de otra, y no escarmiento).

jueves, 20 de agosto de 2020

Plagiar a Faulkner

Documento gracioso: carta de ediciones Du Seuil rechazando mi novela (Crónica de San Gabriel). Este rechazo me lo esperaba bien, pero lo que me divierte son las razones que dan. El lector habla de una "aplastante influencia" de Faulkner. Ahora bien, jamás he leído una sola línea de Faulkner (de lo cual me avergüenzo). Es uno de esos autores frente a los cuales, por ignorarlo, siento un complejo de culpa.
Julio Ramón Ribeyro(1)


A pesar del título, en esta entrada no voy a hablar de Faulkner. Es solo que la cita de Ribeyro me ha dado pie a comentar lo que sigue.

William Faulkner

Y, ya puestos a aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid, no tengo más remedio que poner esto:


Respecto a la novela de Ribeyro, la "aplastante influencia" de Faulkner se podría deber, en mi opinión, a uno de estos tres motivos:

1.- Ribeyro nunca había leído a Faulkner, pero leía (y admiraba) a algún autor muy influido por aquel. Sería, por tanto, una influencia indirecta o de segunda mano.

2.- El ambiente en el que escribía Ribeyro, y su actitud ante él, y su forma de expresarlo, y la cultura narrativa en su entorno y demás circunstancias eran similares a las de Faulkner. De este modo, Ribeyro podría ser un segundo Faulkner espontáneo, natural, inevitable.

3.- Ese lector de la editorial, y solo ese, ávido lector de Faulkner, veía coincidencias donde objetivamente no las había: Era una obsesión del lector, que sí que estaba muy influido por el novelista estadounidense.

En cuanto al pseudoFaulkner de Amanece, que no es poco (por cierto, ¿es a mí solo o a alguien más se le da un cierto aire ese actor argentino, Arturo Bonín, a Faulkner?), ¿ha plagiado voluntaria y fraudulentamente Luz de Agosto o le ha salido así? ¿Ha hecho un Pierre Menard?(2)

En este sentido, menciono también la canción My Sweet Lord, de George Harrison, que fue un evidente plagio de He´s so Fine, de Ronnie Mack, que todos podemos comprobar, pero que finalmente quedó sentenciado como plagio involuntario. Y eso a su vez me recuerda a lo de Paul McCartney con Yesterday, que estaba probando en el piano y le salió sola, y le pareció tan buena y le había salido tan fácil que pensó que había tocado inconscientemente una música que había oído y se le había quedado dentro. Y les tocó la melodía al piano a todos los que tuvo a mano, para que alguien le dijera de quién era. Le costó convencerse de que la música era suya.

sábado, 11 de abril de 2015

Adversarios y socios (ante esqueletos de dinosaurio)

Uno de mis escritores favoritos (y de muchísima gente) es Raymond Carver. Es un cuentista estadounidense muy en la tradición de allí. Al menos a mí su aliento me trae un aroma lejano a Hemingway, Faulkner, Dos Passos, Scott Fitzgerald... y mucho más cercano a McCullers, Capote, Cheever...
Pero, a mi juicio, ese aroma es llevado a la máxima evocación e intensidad por Carver. Me parece extraordinario.


Carver no cuenta historias redondas, como tampoco lo hacen sus compañeros de oficio y de "escuela". Él va más allá y ni siquiera cuenta historias. Pero crea un ambiente, una sensación, un aire que nos hace entender y vivir esas vidas que nos muestra. Podemos no ser alcohólicos, y de repente en una página no es que entendamos al personaje alcohólico, es que entramos en él y somos él. Podemos ser solteros, o estar feliz y apaciblemente casados, y sin embargo una secuencia de párrafos o de frases sueltas nos hace sentir la soledad, el rencor o el fracaso de un divorciado que sigue amando a su ex mujer y que, sencillamente, tiene que contarle una cosa importante pero ya sabemos que no se la va a contar.
¿Cómo logra Carver llevarnos a esa desolación, a esa poesía tierna y levemente sórdida? Pues con sus armas: con las palabras. Sus palabras desnudas, cínicas y al mismo tiempo tiernas nos emocionan de una manera inigualable ante la más anodina de las historias. Ni siquiera son historias: Son fragmentos, son perspectivas deshilachadas e inconexas. Son situaciones que no entendemos cómo han llegado hasta aquí ni cómo van a desarrollarse después, pero que, en el breve fragmento al que nos asomamos como testigos, nos tocan y nos transforman.
Y, sin embargo, ahora sabemos que ese laconismo literario, esa precisión de picapedrero, no eran cualidades suyas, sino de su editor.
En este artículo Francisco Corrales nos cuenta que, por poner sólo un ejemplo, la frase "John subía la escalera camino de su habitación", que muestra en su desnudez y en su simplicidad cuánto nos gusta Carver, podría haber sido "John ascendía con paso firme sobre el esqueleto de madera de un dinosaurio cuyo lomo barnizado comunicaba el hermoso salón con el cuarto del sueño donde una reparadora cama acunaría su exhausto corazón" si el editor Gordon Lish no lo hubiera evitado.
Tenemos al editor como enemigo necesario del escritor, como terapeuta o como "torturador".
-Por favor, Gordon, no me taches lo del esqueleto del dinosaurio. Es un hallazgo fantástico.
-Es una mierda, Raymond, y lo sabes. Fuera.
Y el esqueleto iba fuera, y se iba creando la literatura más fascinante de los últimos tiempos.
Es curioso, porque Lish le tachaba a Carver, pero él era incapaz de escribir nada bueno. Necesitaba al verborreico Carver para, quitándole la verborrea, hacer algo tan grande y tan extraordinariamente bueno.

Todo esto lo sabemos porque un escritor tan excepcional, que vivió tan poco tiempo y escribió tan poco, nos dejó a todos con la miel en los labios y con ganas de más. Tras su muerte sus allegados revolvieron sus cajones y dieron a la imprenta toda la basura que encontraron.
Entre otros "tesoros" se publicó Principiantes, que es la versión previa, palabrera y poco equilibrada de De qué hablamos cuando hablamos de amor, que es la obra maestra depurada por Lish. (Por los títulos respectivos parecería lo contrario). Ahí podemos ver la fecunda labor de poda y de siega del editor.

Uno de los mayores crímenes de la historia del cine es el que los productores perpetraron contra El Cuarto Mandamiento (Los Magníficos Amberson) de Orson Welles.


Los productores metieron mano vilmente a la película, le quitaron cuarenta y cinco minutos centrales, donde está el cogollo de toda la trama, y filmaron una secuencia final sin contar con Welles, resolviendo la historia como les dio la gana.
Con todo, la película les quedó con 131 minutos, y tras los horribles fracasos de los pases previos se redujo a 88 minutos.
El resultado es un mejunje mutilado que no cuenta casi nada de lo esencial y desde luego nada de lo anecdótico o complementario.
Vamos: El resultado es un crimen.
Y sin embargo a mí me gusta. Me gusta mucho. Me parece una película magnífica.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Vargas Llosa, arquitecto

Estoy leyendo La Casa Verde. Es una novela muy compleja, con una estructura fascinante. Leí hace años Conversación en La Catedral, y tiene algo en común. La Ciudad y los Perros me pareció más sencilla. Otras, como El paraíso en la otra esquina, por ejemplo, son mucho más convencionales y fáciles.
Me centraré en La casa verde y en Conversación en La Catedral para hablar de las cualidades arquitectónicas vanguardistas de Don Mario.
(Acabo de caer en la cuenta de que, por pura casualidad, en los dos títulos hay arquitectura: casa y catedral. El primero es un burdel y el segundo un bar).
En ambas novelas se cruzan varias historias en varias épocas, pero eso no es evidente. Pongamos que un anciano contara cómo en su juventud mató a un hombre, y en el párrafo siguiente una mujer, apenas una niña, se está casando. Pues bien, cien páginas más adelante nos damos cuenta de que no sólo el anciano es mucho más joven que esa niña, sino que es su hijo, y que las dos historias que creíamos simultáneas tienen sesenta años de diferencia. Por ejemplo.
O también leemos, por ejemplo, que uno le está contando a otro cualquier episodio, y de repente ese episodio ocurre al mismo tiempo que la narración, y no es ya sólo un flashback, sino una mezcla, una ensalada espacio-temporal confusa de leer, pero riquísima.
Esta literatura enrevesada y difícil no es mero capricho. Es que así se puede reflejar mejor la realidad poliédrica y escurridiza. Cuesta trabajo leer y entender, pero la recompensa merece la pena, porque se logra algo que una narración lineal no podría conseguir nunca.
Un ejemplo palmario de esto es El Ruido y la Furia, de William Faulkner, maestro de Vargas Llosa, quien siempre lo ha reconocido como guía. Yo soy un lector todoterreno, pero estuve a punto de dejar El Ruido... Estaba lleno de trampas, escrito con muy mala leche. También soy cabezota y logré terminarla. Y mereció la pena porque me abrió un mundo narrativo complejísimo y riquísimo. (La peor, con diferencia, es la primera parte. El resto ya sale muy bien). Parece una novela escrita por pura crueldad de su autor, para fastidiar a los lectores. Pero creedme: No toda la literatura es... Iba a decir un nombre, pero ¿para qué?
Otras novelas de Vargas Llosa, como La Fiesta del Chivo, componen también varias historias con gran maestría y dinamismo, pero son más convencionales. La Fiesta... me parece una magnífica novela, pero yo quiero hablar de otra cosa.