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jueves, 17 de mayo de 2018

Arquitecto profesional

Núria Espert vende su casa en la costa castellonense. Me he enterado por un artículo cuyo titular dice que "aquí escribía Alberti" y que es "la casa más bonita del mundo". (Bueno, tanto como la más bonita del mundo... Está muy bien).


También veo que dice que el arquitecto fue Fernando Higueras, olvidando (una vez más, como tantas) al coautor Antonio Miró.

Y es que entre Núria Espert y Fernando Higueras hubo una entrañable amistad y unos sentimientos de cariño y de admiración mutua que no existieron entre la diva y el otro arquitecto, el silenciado, el siempre olvidado.


Este vídeo empieza con Núria Espert leyendo un texto suyo con la misma pasión (y entonación) que debió de emplear el notario que les leyó a ella y a su marido la escritura de esa misma casa. Parece mentira que semejante actriz lea tan mal y con tan poca sensibilidad y tan mal ritmo. 
Pero lo más gordo que dice en ese vídeo (y se ve que al periodista también le impresionó, porque lo cita en el artículo) es que Fernando Higueras se negó a cobrar su trabajo.

Me sorprende y, es más, me molesta.

Me molesta porque eso incide en la habitual idea de que los arquitectos hacemos unos dibujos más o menos inspirados, soñamos un poco, nos dejamos llevar por nuestro súbito estro y parimos nuestras obras en una especie de arrebato místico. Y claro: los arrebatos místicos sí se pueden regalar. (Es más: yo los regalo siempre).

¿Regalaron su trabajo los albañiles, los fontaneros, los carpinteros, los electricistas...? No. Eso ni se plantea. Ellos eran profesionales. Todos ellos trabajaron, mientras que el arquitecto se divertía.

Por otra parte, a mí no me parece ni bien ni mal que Higueras regalara su trabajo. Cada uno hace lo que quiere con lo suyo. Pero aunque ni me va ni me viene me gustaría decir tres cosas:

1.- En lo que deja de cobrar un arquitecto (no quiso cobrar nada) van incluidos los gastos de estudio, tales como pagar a los delineantes y demás profesionales que intervienen, el coste del visado, la Hermandad Nacional de Arquitectos (en esa época la cuota se detraía como un porcentaje de los honorarios mínimos obligatorios; lo calculaba el colegio y te lo cobraba sin más), el seguro de responsabilidad civil de ASEMAS (también lo tramitaba el colegio), etcétera, etcétera, etcétera. ¿Todo esto lo pagó Higueras de su bolsillo o le dijo a Espert que lo que no le cobraba era lo que le debería haber quedado neto para sí, pero que sí le cargaba todo lo demás? Por lo que dice Espert no pagó nada de nada. En fin.
2.- Semejante acto de generosidad me parecería más apropiado para una obra social o filantrópica (y ni así: en esas los albañiles también cobran), pero es que se trata de una casa de lujo, de mil metros cuadrados, para una actriz famosa que dice que no tenía ni un duro, pero ya había pagado a un arquitecto previo (que no le gustaba) y se iba a construir un enorme casoplón. La verdad es que no lo entiendo.
3.- Me consta que Antonio Miró, el coautor arrumbado, no gozó de los mismos sentimientos amistosos con la discípula de Talía. ¿Tragó con lo de no cobrar? No me lo creo ¿Hizo cuentas particulares con Higueras compensando o equilibrando tal vez con otros proyectos del estudio? No lo sé. (Más cargas acumuladas a los bolsillos de Higueras, a quien le debió de salir muy caro el regalo).

Nuria Espert nos cuenta arrobada que Fernando Higueras hablaba con ella de teatro y le preguntaba cómo hacía para aprenderse los papeles, y en la obra se paseaba por los andamios con un sombrero. Una imagen idílica de un artista y de un amigo, pero no de un profesional.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Un penoso episodio

Es verdaderamente lamentable que grandes hombres que han tenido una brillante trayectoria y a quienes tanto hemos admirado se despidan con una escena lamentable.


Sentimos vergüenza ajena y pensamos con rabia que ese episodio enturbia toda una vida, y creemos que ya nunca podremos recordar a nuestro héroe nada más que por ese desafortunado incidente. (Luego resulta que no es así, que sus logros son eternos e inolvidables y los seguimos evocando siempre con admiración).
Todavía es más triste cuando el ominoso lance ni siquiera ha sido culpa suya, cuando las circunstancias lo rebasaron y cayó derrotado por fuerzas que no podía controlar.


Del grandísimo arquitecto Fernando Higueras, a quien tanto he admirado siempre y sigo admirando con fervor, recuerdo el penoso episodio del final de su carrera y de su vida. Una cosa verdaderamente pavorosa y triste.
No tengo datos suficientes, y para lo que quiero contar tampoco me merece la pena buscarlos. Los detalles no tienen mayor importancia y no tengo ganas de hurgar ni de hacer daño. Baste saber que el párroco de Nuestra Señora de Caná, de Pozuelo de Alarcón (Madrid) le encargó el proyecto y la dirección de obra del templo.
No sé si el párroco era su amigo, su pariente o qué, y ya digo que no me apetece investigar más. Sólo sé que se metió en un buen avispero sin saberlo.

Fernando Higueras dio rienda suelta a sus obsesiones, a su talento y a su sabiduría y le hizo un proyecto excesivo (muy recargado para mi gusto, pero es lo que le salió de las tripas y de las circunvoluciones de su complejísimo cerebro, y eso me llena siempre de admiración y de respeto), que el párroco aceptó de muy buen grado.

Y en seguida empezaron los problemas. Toda la obra era una compleja y muy precisa labor de ladrillería. Cuando en arquitectura se dice "compleja" y "precisa" quiere decir "cara" y "lenta".
La obra se complicaba, se ralentizaba, se encarecía.
Para colmo, el sabio arquitecto era un exigente director de obra. No le valían los albañiles al uso, que hacían vagas aproximaciones a lo que él había diseñado. Quería que las cosas se hicieran exactamente como él las había dibujado y prescrito. La cosa es evidente: Si él se había tomado la molestia de dibujarlo todo con total precisión y de calcularlo con rigor, ¿por qué los albañiles no iban a poner el mismo empeño y el mismo entusiasmo?
El arquitecto mandaba demoler paños que el constructor y el párroco veían bien ejecutados. El arquitecto se enfadaba con todos y no tenía el apoyo de nadie. (De nuevo, ay, la figura heroica del arquitecto solitario defendiendo su obra contra todos). Su cliente, hasta hacía poco tan amigable, se mostraba cada día más hostil.
La necesidad de Higueras de que la obra quedara bien se convirtió a los ojos de todos en intransigencia, en veleidad de arquitecto caprichoso, en egolatría y en pomposa vanidad.

viernes, 17 de mayo de 2013

El exterminio de la cabra

-Señores: la economía de nuestro país amenaza ruina, es ya un viejo fenómeno ante el cual sólo nos queda buscarle una solución y dejar ya de lamentarlo. Voy a ser breve y voy a deciros, tan rápidamente como pueda, la medida, la única medida, para lo que creo debemos solicitar del poder público su rápida implantación: España es un país, amigos míos, en el que, sin demora alguna, se debe ir al rápido exterminio de la cabra. Creo que es necesario que todas las cabras mueran para que nosotros podamos seguir viviendo.
Camilo José Cela
"¡Ah, las cabras!"
El Gallego y su cuadrilla

Llevo unos cuantos años buscando números de la revista Nueva Forma, y tengo que reconocer avergonzado que después de tanto tiempo acabo de conseguir mi sexto ejemplar. Tan sólo seis. Sobre un total de ciento once no puede decirse que lo mío sea una desbocada carrera hacia el éxito.
(Por cierto, aprovecho para deciros, amables lectores, que si tenéis por ahí algún número de la revista admito donaciones, o incluso ventas a precios razonables. Muchas gracias).
El número que acabo de conseguir es el 65 (junio 1971), dedicado a Higueras y a Miró. También está dedicado, lateral y subrepticiamente, a Camilo José Cela. Juan Daniel Fullaondo (director de la revista) tenía la sana costumbre de aderezar las imágenes de arquitectura y de otras artes con citas literarias que aparentemente no tenían nada que ver con las obras mostradas. En este número son de Cela, y, concretamente la que he copiado al principio está en la página 37, junto a la "corona de espinas", que aparece (en junio de 1971) como Centro Nacional de las Artes y de la Cultura, al comienzo de su azarosa existencia.


Las citas de Cela así, como tiradas a voleo, dan mucha risa. ¿Qué tiene que ver esa cita con ese edificio? Directamente nada, pero indirectamente todo. Esa cita, de alguna manera, tiene que ver con todos nosotros.
Siempre hay alguien dispuesto a decirnos que nuestra salvación pasa por el exterminio de algún tipo de cabra, y nos parece bien. Nos viene bien lo que sea, siempre que sea por nuestra salvación. Hasta que nos damos cuenta de que las cabras somos nosotros.
La "corona de espinas" es una cabra loca concebida por dos cabras (Higueras y Miró). El texto de Cela junto a la foto del edificio nos lleva a pensar que todos los males de la humanidad tienen por causa y origen este tipo de disparates, pergeñados por este tipo de gente disparatada.
La gente que quiere "hacer algo" es muy molesta. No se queda quietecita. Y no digamos si, sobre ese deseo de hacer algo, lo hace.
Con lo fácil que sería que todos fuéramos mansos, sensatos, educados, circunspectos, como ovejas emasculadas, en vez de díscolos como chivas locas. Las cabras, ¡ah, las cabras! Bichos montaraces, incívicos y nada prácticos.


Durante casi toda mi vida me he sentido cabra en algún sentido, de alguna manera, más o menos. Y he visto cómo el poder, el sistema, el estado, clamaba por el exterminio de la gente como yo para que así el resto de la sociedad pudiera vivir.
Corrijo: Nadie promulgaba el exterminio de la gente como yo, sino el exterminio de lo que yo (y todos) tenemos de cabra. Es decir, la mutilación de las partes caprinas en todos nosotros.
Concretamente, en lo que se refiere a mi profesión de arquitecto, desde que empecé a ejercerla (1985) he vivido muchos cambios, todos encaminados a suprimir ciertas caprinidades nuestras, y de las que se hablaba como de privilegios, chollos, exclusivas, mamandurrias, abusos, etc. Así, poco a poco, se ha llegado a la idea generalizada de que trabajar con libertad en aquello para lo que uno se ha formado, y cobrar unos honorarios justos por ello es algo fuera de toda sensatez; algo propio de cabras.
Hoy los que acaban la carrera de arquitectos consideran una suerte trabajar como becarios sin cobrar, y cosas parecidas.
Releed ahora el texto de Cela e intentad ponerlo en boca del Ministro de Econonía y Competitividad. ¿No os suena? Y en boca del Ministro de Hacienda, y del Presidente del Gobierno, y del decano de vuestra universidad, y del de cualquier colegio de arquitectos, o de médicos, o de abogados, y del alcalde de vuestra ciudad, y del presidente de cualquier banco. Ya hace menos gracia.
Pero no quiero seguir refiriéndome a los problemas de los arquitectos, que, a pesar de todo, vistos desde fuera siguen pareciendo problemas de privilegiados. Y no hay nada más feo que ver a un millonario llorando porque su caviar está ligeramente pasado. Me temo que todo lo que digamos al respecto será tomado de esa forma. Así que lo dejo ahí.
El exterminio de la cabra se refiere a cada uno de nosotros, y cada uno lo puede leer en la clave que quiera.

"Es necesario que todas las cabras mueran para que nosotros podamos seguir viviendo". ¿Y quienes son esos "nosotros"? Pues yo diría que deben de ser los cabrones.

domingo, 15 de julio de 2012

El arquitecto Curro Inza

Francisco de Inza nació en Madrid en 1929 y murió en Mahón en 1976, con cuarenta y siete años recién cumplidos. Fue profesor de proyectos en la escuela de Navarra, y en sus alumnos y compañeros dejó una huella imborrable, pero, la verdad, en el resto de España su recuerdo duró poco. (Yo empecé la carrera de arquitectura en Madrid, en 1977, solo un año después de su muerte, y jamás nadie me habló de él. Sic transit gloria mundi. Y supongo que los jóvenes actuales tampoco habrán oído nunca su nombre).
Esto es lo que suele pasar con los arquitectos que no se encuadran en una categoría fácilmente etiquetable. Si no se les puede entomologizar se les suprime, y así quedan los cuadros sinópticos más limpitos.

Portada del libro colectivo El arquitecto Curro Inza
con un óleo de Manuel Alcorlo

(Y Curro Inza era muchas cosas, pero, desde luego, no un arquitecto "limpito").
Creo que ya habría terminado la carrera cuando vi una vez en la tele un reportaje sobre un edificio muy feo, de los más feos que había visto en mi vida: Una fábrica de embutidos en Segovia. No podía apartar los ojos de la pantalla. Era como un sueño, como una pesadilla. Eran espacios sorprendentes, magníficos. Era un complejo fantástico. Emocionante. Me quedé fuera de juego, y me aprendí el nombre de su arquitecto: Francisco de Inza Campos, Curro Inza.
Años después, entrando a Segovia desde San Rafael, me di de sopetón con la Fábrica de Embutidos "El Acueducto". "¡Mírala, mírala! ¡Esa es!" La impresión fue tan fuerte que merece una entrada aparte. Hoy me abstendré de hablar de esa obra.


Al poco de morir, sus alumnos y sus amigos organizaron una exposición de su obra en la Escuela de Arquitectura de Navarra, y publicaron el libro cuya portada he puesto más arriba. Que yo sepa, no hay ninguna otra monografía sobre este arquitecto olvidado.
No falta en las listas: Todos los libros sobre arquitectura española contemporánea le mencionan, le sitúan en el tiempo y en el contexto de sus coetáneos (que han tenido mucho más éxito que él), pero nada más.
Curro Inza fue un personaje singular, un arquitecto expresionista, feroz, desaforado y brutal, pero también fue pintor, escritor, músico... Parecía tener prisa por plasmar su expresividad por todas partes. Parecía darse cuenta de que no iba a tener tiempo suficiente.
Igual de excesivo que en su obra lo fue en su vida: Tuvo diez hijos, (la última póstuma), incontables amigos, alumnos entregados... Porque él se entregaba con pasión a la arquitectura, al arte, a la vida, a todo. No tenía nunca suficiente. Para él, menos era menos, y había que aspirar a más.
Citaba a sus alumnos en su estudio de Pamplona, y allí trabajaba con ellos y les ayudaba a plantear los ejercicios. El estudio estaba debajo de su casa, y continuamente bajaban los hijos o subían los alumnos, y también a veces había clientes. Todo ello formaba una amalgama caótica e indiferenciada entre familia, escuela y profesión.

Sótano del Café Gijón, en Madrid

A sus alumnos les proponía ejercicios realistas e incluso triviales, alejados de lo que se solía hacer -y se sigue haciendo- en las escuelas. Les contaba la historia de un cliente, sus necesidades, sus aspiraciones, y con ello les pedía que diseñaran su casa, o su taller, o lo que fuera, atendiendo a planteamientos muy concretos y prosaicos. Y de ahí tenía que surgir "ese algo", "esa aspiración".
Por su parte, él hacía eso con su arquitectura. Tenía una enorme ansiedad expresiva, pero la ceñía a los requerimientos más "cutres" del encargo, y con todo ello producía obras tremendas.

Tienda de tapicerías Álvarez Alba, en Madrid


Casa en Rascafría (Madrid)

Restaurante Libanios, en Madrid

Hotel en Alfaro (Logroño)

Hay que decir también que esta fuerza proyectual un tanto desbocada y falta de control seguramente se habría ido organizando y habría madurado con el tiempo. Esta obra tan singular y tan potente fue, en definitiva, una obra de juventud. La arquitectura es un oficio que necesita tiempo para madurar, y yo estoy seguro de que unas cuantas décadas más de vida habrían logrado que la potencia de Curro Inza cristalizara en acto maduro y, seguramente, en arquitectura portentosa y magistral.

domingo, 20 de febrero de 2011

Ha muerto Antonio Miró

El pasado día nueve de febrero ha muerto el arquitecto Antonio Miró. (Y yo me he enterado ayer, diez días después, porque ha tenido a bien publicar su obituario EL PAÍS. Espero y deseo que su tocayo modisto viva muchos años; pero, si acaso muriera, ¿cuánto tardaría un periódico como EL PAÍS en publicar su necrológica? Seguramente saldría en los noticiarios de la televisión y todo. Perdonad esta reflexión amarga sobre la insignificancia de la arquitectura).
Su nombre ha ido ligado durante muchos años al de su compañero Fernando Higueras, fallecido hace tres años (30-1-2008). Se perpetúa el concienzudo cliché de la pareja de arquitectos en la que uno es el artista creador más o menos loco y disparatado y el otro es el racionalista sensato. Dejémoslo así: es un cliché que funciona. Higueras era creativo, barroco, exuberante, salvaje... y Miró era racional, trabajador, metódico, aplicado... Pues bueno. El caso es que juntos hicieron obras notables.



 ("Corona de espinas" de la ciudad universitaria de Madrid, concurso en Montecarlo y viviendas para militares en la glorieta de San Bernardo, de Madrid).