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viernes, 9 de noviembre de 2018

La lección del maestro

Hoy quiero hablaros de los maestros: las grandes personas a quienes admiramos y a quienes deseamos escuchar porque pensamos -porque sabemos- que tienen algo importante que decirnos. Ellos han descubierto el secreto (de lo que sea) y deseamos que nos digan algo, que nos dediquen un gesto, una palabra (incluso enigmática) para que rumiemos y rumiemos cada detalle y saquemos enseñanzas valiosísimas. 
Maestros hay muy pocos. Una persona que verdaderamente merezca ese nombre es un tesoro rarísimo, y hay que mimarlo y venerarlo.

Para nosotros Jorge Oteiza es un maestro. Yo estuve un par de veces a punto de conocerlo, pero finalmente la cosa no salió porque... porque patatas. (No removamos el asunto, que aún me resulta muy doloroso).
Sin embargo, ese Oteiza mayor, con barba apostólica y gesto impresionante, fue también una vez un joven tímido en busca de maestros.

Se había ido a Sudamérica en 1934 (con veinticinco o veintiséis años(1)) y allí le sobrevino la guerra civil española y se quedó. Malvivió entre Bolivia, Colombia, Argentina y Chile.
En el año 1937 (con veintiocho o veintinueve años(1)), el joven escultor estaba en Buenos Aires muy desanimado y muy perdido: La guerra en España, su impotencia allí, sin dinero, con muchas dudas como creador... Estaba realmente en unos momentos muy bajos.
En ese momento llegaba Pau Casals a Buenos Aires para dar un concierto benéfico para los niños que habían salido de España. El maestro tenía sesenta años(2) y estaba en la cumbre de su carrera.
Oteiza no era muy aficionado a la música clásica ni tampoco especialmente al arte de Casals, pero este gran artista, en ese preciso lugar y en ese momento, era una referencia para el joven desorientado.

Retrato de Pau Casals por Ferdinand Schmutzer.
Tarjeta dedicada a Oteitza.

Casals, además de como artista, era admirable por su valor político y cívico y por su generosidad.

Oteiza lo llamó al Hotel Plaza y él le concedió una cita.

Tal como lo cuenta el escultor se nota su nerviosismo al llegar al hotel, su timidez y también el valor trascendental que le daba a ese encuentro. Nos habla de cómo desde recepción llamaron al maestro para anunciarle la visita, y que él dijo que podía subir. Lo veo paleto, cohibido, bruto (se sorprende y admira por la mullida alfombra). Subió callado con el ascensorista hasta uno de los pisos más altos. Al llegar, este le dijo lacónicamente: "Al final", y lo dejó solo. (Sí: Oteiza nos dice que el ascensorista lo dejó solo. ¿Qué quería, que saliera con él del ascensor y lo acompañara hasta el final del pasillo?)

Avanzó tímidamente por el corredor, en silencio (nos vuelve a decir que iba solo) y muy despacio. Comenzó a oír el violonchelo, que le condujo hasta la puerta de la habitación. Ante ella no se atrevió a llamar. El maestro estaba tocando y él no podía interrumpirlo. Se quedó escuchando, extasiado y con los ojos cerrados.
Cuando Casals terminó, Oteiza aún permaneció unos momentos sin atreverse a llamar. Por fin lo hizo y el músico le abrió la puerta, sonriente.

-Pase, joven.