El otro día vimos "lo monstruoso" como criterio último y más eficaz para invalidar y descartar una obra de cualquier tipo: Si no responde a su naturaleza (o si algo de ella no lo hace), si no es coherente con su propia esencia, no nos sirve. No la queremos.
De acuerdo. Eso parece irrefutable, y probablemente lo es. (Vamos, que seguro que sí lo es). Pero sin embargo... Sin embargo lo monstruoso está en el centro de muchas obras de arte, e incluso, exagerando, podríamos llegar a decir que está en todo arte que no quiera cumplir lo establecido. (No me refiero ya a que no quiera cumplir los códigos -de eso ya escribí el otro día y lo di por legítimo-, sino a que no quiera cumplir con la forma de pensar, con la coherencia, con la inteligencia, con la bondad. Me refiero a un non serviam en toda la línea de flotación).
Lo monstruoso ha ejercido siempre una rara fascinación sobre muchos artistas, que han intentado explorar alguna de sus facetas.
Grandes escritores han penetrado en los abismos más siniestros del alma humana y nos los han mostrado para nuestro pasmo y horror, y grandes ilustradores, actores y directores han reaccionado intentando darles forma visual y tangible.
En el delicioso, divertido y aleccionador libro Tendencias Compulsivas, José María Echarte nos cuenta, entre otros episodios delirantes, el del contrato de Norman Foster con la Comunidad de Madrid para aportar su grano de arena a la Ciudad de la Justicia, por el que cobró una cantidad impresionante de dinero a cambio de unos meros dibujos iniciales que finalmente no cuajaron en nada(1).
El autor del libro, visiblemente emocionado por semejante heroicidad escribe: "Norman, eres mi ídolo". Yo añado: "Gracias, Norman. Nos has vengado a todos. Nos has vengado, además, ante una política que nos odia. Y, de entre todos nosotros, has vengado especialmente a Ventura Rodríguez. Solo por eso me descubro ante ti".
Ventura Rodríguez fue un arquitecto importantísimo: Lo pintó Goya, tiene sello de correos y tiene estación de metro en Madrid. Esas son tres señales inequívocas de haber triunfado en la vida. Y sin embargo...
Sin embargo siempre me queda la sensación de que anduvo a salto de mata, tapando agujeros, poniendo parches a encargos urgentes y mucho más tontos y anodinos de lo que su enorme talento merecía. Poco más y me lo imagino proyectando la reparación de un canalón, urgido a ello por el poder, que le negaba proyectos mucho más importantes y lucidos para que no le distrajeran de estas cagadas siempre perentorias.
Tras unos inicios muy prometedores, los reyes lo apartaron de las mejores obras para dárselas a algún arquitecto francés y a alguno siciliano. Pero, eso sí, él hacía un vallado, una puerta, una isleta para plantar en ella a La Cibeles... En mi opinión, chorradas indignas de él.
Me gusta consultar el diccionario de la Real Academia aunque sea un diccionario muy genérico, como el pato, que hace muchas cosas pero ninguna especialmente bien. (En estos tiempos de superespecialización me gustan los patos). Pues el DRAE define el término kitsch como “dicho de un objeto artístico: Pretencioso, pasado de moda y considerado de mal gusto”. Yo creo que están mal las tres cualidades. Si acaso puede valer la primera, porque el kitsch pretende lo que no es, y en ese sentido sí es "pretencioso". Lo de “pasado de moda” no viene a cuento, porque el kitsch ni está de moda ni se pasa de moda. (El propio concepto de moda y de estar a la moda es muy kitsch). Y lo de “mal gusto” es lo típico. En todas las definiciones del kitsch, tanto del DRAE como de otros diccionarios, tanto de esta edición como de las precedentes, siempre aparece el inevitable sambenito del “mal gusto”.
Pensemos en el mal gusto ¿Es de mal gusto este cuadro de Goya?
Para mí sí, sin la menor duda. Me parece un cuadro tremebundo, de muy mal gusto, que yo nunca pondría en mi salón. También me parecen de muy mal gusto casi todos sus grabados de Los Caprichos y de Los Desastres de la Guerra. Pero no tienen nada de kitsch.
¿Y estos dibujos de Leonardo?
También los veo “de mal gusto”.
Sin embargo, esta figurilla de Lladró me parece de muy buen gusto:
Como también me parecen de muy buen gusto el embajador y los demás invitados de Isabel Preysler y el guardarropa y demás faramalla de Josemi Rodríguez Sieiro, y también el estilo del saxofonista Kenny G. Mucho más que el de Ben Webster, de quien hablamos el otro día.
Si el otro día discutíamos sobre la pertinencia de seguir utilizando el término “belleza”, con la que está cayendo, no digamos nada de usar la expresión “buen gusto”. La mera idea de que algo pudiera ser “de buen gusto” es kitsch. Es la esencia del kitsch. El kitsch no nos repugna porque sea feo, sino porque pretende ser bonito, y a menudo (¡ay, Dios!) lo es. El kitsch es un fraude, una mentira, que suministra una buena excusa seudoestética y seudoartística a la gente a la que el arte no le interesa en absoluto, pero que quiere tener esa sensación tan agradable de la fruición estética, que, encima, les hace sentir buenos, felices y cultos. No quieren complicaciones ni dudas, ni debates, ni dolores de cabeza. Quieren sentirse como recién duchados y con un albornoz petado de suavizante. El flamenco y el jazz pueden doler, pero Luis Cobos es muy agradable. Aquí se explica mucho mejor. ¡Me aburro, Beethoven!
Al final de este último vídeo vemos otra característica típica del kitsch: el espectador, el usuario, el fruidor de la obra, es profundamente agradecido y sublima la emoción seudoestética. Obsérvense los aplausos a Luis Cobos. (Por cierto, el otro día le dieron en Madrid a Plácido Domingo un aplauso de veinticinco minutos. El tenor no está en su mejor momento, pero sus oyentes, no muy acostumbrados a la ópera, y conscientes de que no le volverán a ver jamás, no podían creer tamaño privilegio. Levitaban, y en el fondo se aplaudían a sí mismos, o, mejor dicho, aplaudían ese momento mágico, ese milagro. Por muy bien que cante un tenor, hacerle salir a saludar veinte veces es de bobos, pero esos bobos tienen que creerse que asisten a un milagro).