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viernes, 28 de febrero de 2020

Querida Rocío:

Querida Rocío:

En estos tiempos de zozobra, de turbiedad y de inquietud te escribo esta carta para manifestarte todo mi apoyo y toda mi admiración, que raya en pura envidia (sanísima, eso sí).

Eres un ejemplo para todos: una mujer de voz dulce e incluso meliflua, pero de convicciones firmes; una persona elegante, atractiva, activa y eficiente; una emprendedora; una luchadora optimista, que no le teme a los recovecos de la vida.
No puedo evitar verte como una suerte de monja seglar, como una santa guerrera, una Juana de Arco, una adelantada y una Arya Stark dispuesta a todo por salvar a su familia, a sus huestes y a su reino.


Has sido arquitecta antes de ser arquitecta, una profesional eficacísima que ha pergeñado imaginativas figuras administrativas y legales, una emprendedora, una gran creativa más allá de la supuesta (y tan reducida, y tan manida) creatividad de los arquitectos.
Según ha contado el Pepe de Los Pepes, que fue tu catedrático de proyectos, eras una alumna ejemplar, incluso brillante, y a mí no me extraña: No hay más que verte. Te imagino en clase, atenta, trabajadora, afable, educada... Un ejemplo para todo el alumnado, siempre tan disperso y despistado, tan patán. Tú no; tú ibas a lo tuyo con una claridad de ideas y una determinación pasmosas.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Bienaventurado el que lee

Bienaventurado el que lee.
Apocalipsis, 1, 3.


Alguien ha dicho esa frase en la radio y me ha encantado. Me ha encantado porque yo leo (sí, mucho menos que de adolescente y de joven, pero aún leo) y quisiera ser bienaventurado por ello. Mejor dicho: Me siento bienaventurado por ello.

En la radio han dicho que así empieza el Apocalipsis: "Bienaventurado el que lee", y me ha gustado tanto que un libro tan terrible empezara con esas bellísimas palabras que he ido a consultarlo por ese prurito tiquismiquis de atesorar la cita exacta.

Qué plancha: Lo primero es que el Apocalipsis no empieza así, sino que eso lo dice nada menos que en su versículo tercero, y, como diría Walter Burns, el director del Chicago Examiner en Primera Plana, ¿quién llega hasta el versículo tercero? Pero eso da igual. Lo peor peor es que ese versículo dice justo lo contrario de lo que me habían sugerido en la radio.

Lo que dice el versículo tercero del primer capítulo del Apocalipsis es: "Bienaventurado el que lee, y los que escuchan las palabras de esta profecía, y los que observan las cosas en ella escritas, pues el tiempo está próximo"(1). Es decir: Bienaventurado quien lee ESTE LIBRO, y quien escucha al que lo lee (en las asambleas), y quien observa (es decir: guarda y cumple escrupulosamente)(2) lo que hay escrito en él.

Y, naturalmente, eso es justo lo contrario que celebrar los libros y la lectura, porque muchísimo peor que no leer nunca nada es leer un solo libro en el que se considera que reside toda la verdad. Leer y releer un solo libro (el que sea) es estúpido y peligrosísimo.

No: Por el contrario, quienes leemos amontonamos libros, nos sumergimos en ellos caóticamente, sin orden, por mero impulso, por pura ansia. Y nunca tenemos bastante.

Libros en doble fila, libros horizontales haciendo cuña, libros
de canto, libros buenos y malos, baldas combadas... el paraíso.

domingo, 4 de octubre de 2015

De la validez de la cultura. (¿A quién le importa Gilgamesh?)

La película Ladri di biciclette (1948), de Vittorio de Sica es un pilar en la historia del cine. En España se tradujo como Ladrón (en singular) de bicicletas, y se censuró estúpidamente, cambiando del todo su intención y su sentido.


La película es cruel e implacable. No deja un solo resquicio a la esperanza y agobia hasta lo insoportable. No puede ser que la desgracia se cebe de esa manera con la gente más desvalida, con los más miserables y necesitados.
¿Quién podría hacer una historia así, sin ninguna piedad? En España eso no se toleró, y en la escena final, en la que el padre y el hijo van a la nada, una voz en off (que, por supuesto, no existe en el original) se deshace en melifluos y vergonzosos cantos de sirena y se permite contar el final que al censor le gustaba.
Bueno: Vivíamos en un país que tenía censuradas las ideas y mutilada la cultura. Pero muchos años después, en los noventa, cuando ya llevábamos décadas viviendo en un país libre, las cintas VHS de esa película seguían teniendo ese doblaje oprobioso. ¿Por qué? Pues porque ya estaba hecho y no era económico volver a hacerlo. (Ni siquiera había que volver a hacerlo. Tan sólo había que suprimir el último speech). Y además (y sobre todo), para cuatro piraos que iban a comprar esa película no merecía la pena perder el tiempo ni gastar dinero en retoques y cambios.
Esa película había dejado de estar censurada, pero ya aburría, lo que es muchísimo peor.

Hoy en España no hay censura, pero a nadie (o a casi nadie) le interesan esas películas ni esas visiones tristes y desasosegadoras. Y los cuatro piraos que vemos películas raras o leemos libros-pestiño ni contamos ni importamos.

Franco murió cuando yo tenía quince años, y mi adolescencia coincidió con la Transición. Además de que se acabó la censura sobre las fotos de desnudos justo cuando mi persona más se interesaba por ellas (feliz casualidad), también se habló mucho entonces de Víctor Jara, de Paco Ibáñez o de Quilapayún, cuyas cassettes traía a clase algún compañero casi con la misma delectación con que otro traía un Playboy.
En aquella época nadie reparaba en que tales cantantes y tales canciones tenían la misma chispa que un bocadillo de garbanzos, y que oír la cansina voz de Paco Ibáñez en el Olympia de París era tan divertido como contar granos de arena en la playa. Eran canciones con mensaje. Tenían el secreto de la verdad y de la vida. Había que entenderlas y aplicarlas. Eran la guía. Mostraban el camino.

-Tun tun.
-Quién es.
-Una rosa y un clavel.
-¡Abre la muralla!
-Tun tun.
-Quién es.
-El sable del coronel.
-¡Cierra la muralla!
-Tun tun.
-¿Quién es?
-La paloma y el laurel.
-¡Abre la muralla!

(Dior mío, Dior mío). (Había que estar atento para saber cuándo tenía que abrirse y cuándo cerrarse, sin equivocarse jamás, no fuera uno a quedar como un pardillo o, lo que era mil veces peor, como un facha).

A galopaaaar, a galopaaaar, hasta enterrarlos en el mar.
A galopaaaar, a galopaaaar, hasta enterrarlos en el mar.

(Por Dior, Don Pacoibáñez. Por Dior).

Poderó
socaballé
roesdondindó
dondiribidindó
es Don Dinero.

(Po zí. Pozezo, po vale, po dacuerdo).

lunes, 16 de septiembre de 2013

Cuando todo se hunde

Me propongo no hablar de cosas tristes en este blog. Principalmente porque eso no sirve para nada; ni siquiera para desahogarse.
Llorar es bueno, incluso higiénico, pero quejarse de todo es de nenazas, o de futbolistas.
Además, ¿qué voy a decir? Todos lo sabemos. ¿Para qué insistir?
Así que no entraré a ese trapo.
La vida es muy injusta, naturalmente que sí. Eso ya lo aprendí de niño con los programas de Félix Rodríguez de la Fuente. La parejita de lirones caretos estaba tan contenta preparando su madriguera y acopiando comida para el invierno y de repente llegaba el buitre leonado y ¡zasca! No hay derecho. Esto no debería ser así. Justo cuando les habías cogido cariño a los lirones, no me fastidies.
Todo es así de cruel. Es la vida.
Los arquitectos hemos tenido mucho trabajo y mucha prosperidad hace unos años, y de repente se terminó todo. No es que hayamos bajado un cincuenta, un sesenta, un setenta por ciento. Es que ha hecho pum y nos hemos quedado a dos velas. Y los últimos trabajos que hicimos ni los cobramos ni los cobraremos nunca, pero tenemos que seguir pagando, y pagando, y pagando.
Bueno, esto es así.
Ya está. Se acabó.
Claro. Y qué le vamos a hacer. Además de esto mucha gente padece enfermedades injustísimas y toda suerte de desgracias que no merecen. ¿Por qué? Así ha sido siempre, pero ahora parece que es más. Todo es más gris, más triste, más injusto, y todo colabora a que estemos con un desánimo y un pesimismo terribles, que tiñen todos los aspectos y nos amargan aún más nuestra vida.


No se puede decir nada. No tengo derecho a decir nada más, ni siquiera a intentar quitarle hierro a todo esto, porque lo tiene. Tiene muchísimo hierro.
Personas que no sólo no pueden ganarse la vida, no pueden subsistir, sino que, sobre todo, se sienten inútiles, se sienten fracasadas, se sienten incompetentes, torpes, tontas, fallidas, estúpidas, ignorantes. ¡No! ¡Eso sí que no!
Gente que se pone a estudiar inglés, o informática, o lo que sea, porque necesita decirse a sí misma que la culpa no es suya. ¡Pues claro que no es culpa suya! ¡Estaría bueno! Gente válida, que sabía (y sabe) calcular una estructura de hormigón, que sabía (y sabe) vender un piso, alquilar una plaza de garaje, preparar un contrato de compraventa, hacer unas maestras en un paño, montar la ferralla de una viga o clavar una estaca para un replanteo. Y ahora resulta que no saben nada. Hay que reinventarse. Hay que reconvertirse, nos dicen.
Os lo advierto: No me digáis que tengo que reinventarme. Si apreciáis vuestra integridad física no me lo digáis. Pues claro que nos estamos reinventando todos, a cada momento y a la fuerza, aceptando trabajos y haciendo chorradas que jamás habríamos sospechado, dando más vueltas que un tonto, gastando gasolina para nada, de acá para allá, llamando mil veces para ver si nos pagan al menos una parte de las facturas que nos deben (y pasando más vergüenza que nuestros deudores, y no cobrando ni un chavo de nadie), yendo a cursillos chorras que organizan los colegios, las escuelas, los institutos y los viveros de empresa, haciéndonos emprendedores quienes siempre lo hemos sido, que nos hemos pasado la vida ahí, en el ruedo, esperando al toro a portagayola sin más armas que un lápiz, un escalímetro y una calculadora, y que jamás hemos tenido miedo a ningún miura ni a ningún vitorino. Lo que pasa es que se acabaron los toros y ahora nos toca torear garrapatas y mosquitos, que no sólo es más difícil, sino que además, hagas lo que hagas y por más que trabajes y sufras, no se pueden torear, ni puedes conseguir de ellos ninguna oreja ni ningún rabo.
Estamos acostumbrados a darnos cabezazos contra un muro, pero ya no encontramos ni el muro para abrirnos la cabeza. Por favor, una buena pared para estampar en ella la sesera. No pedimos más.
Siempre estamos diciendo que estudiamos una carrera difícil, muy exigente, pero apasionante, y que hemos ejercido una profesión no menos difícil, no menos exigente y no menos apasionante. Ahora, sin embargo, sentimos que vivimos una época muy dificil y muy exigente, pero nada apasionante, y nos hemos desapasionado completamente. Se nos han caído todos los palos del sombrajo y nos hemos dado cuenta de que no hay nada.
Y sin embargo...