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jueves, 16 de agosto de 2018

La esposa del alarife

A mi amigo Joaquín López López,
que ha sido uno de los alarifes del
puente de San Martín y lo cuenta aquí.


Una de las leyendas más famosas de Toledo es la de la mujer del alarife del puente de San Martín, que salva el río Tajo y entra a la ciudad por el oeste.
Todo arranca de una pequeña e indescifrable estatua colocada en la cara o alzado del puente que mira aguas abajo, sobre la clave del arco central. Está demasiado alta y es demasiado pequeña para que se pueda apreciar bien desde fuera; y desde el propio puente no se puede ver.

La gente siempre la vio como una mujer, e imaginó (naturalmente) que era la esposa del alarife del puente. (Quién si no). Y la leyenda vino sola.


La guerra entre Pedro el Cruel y Enrique de Trastámara había destrozado el puente antiguo, de modo que esa zona de la ciudad se había quedado sin acceso.

Pasaron treinta años así hasta que el arzobispo Don Pedro Tenorio dijo que ya estaba bien de tanta tontería y mandó llamar al mejor alarife de quien tuvo noticia, que se instaló en Toledo y se dedicó a la reconstrucción del puente con toda su alma.

La obra se hizo con rapidez. Llegó el gran momento de derribar las cimbras y los andamios del arco central, el más grande. Era un acto muy solemne y protocolario. Al alarife le tocaba cortar las maderas con un hacha o derribarlas con una maza. Esa era su prerrogativa y su privilegio.
(En realidad daba un hachazo o un mazazo simbólico a uno de los puntales, y al momento docenas de operarios se lanzaban a derribar el maderamen).

Pero la noche antes de la ceremonia el alarife, lejos de sentir la alegría del momento, estaba pálido, trémulo. Tenía que dormir para ir fresco a la obra el día siguiente y presidir el acto, pero no podía conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama, le faltaba el aire, se angustiaba...
Se levantó a beber agua y después se encerró en su estudio y se echó a llorar.
Su mujer se despertó. Se asustó al verlo así. Él le dijo que había cometido un error gravísimo en el trazado del arco central, que se había dado cuenta hacía unos días y que aquella tarde, revisando las cimbras, lo había confirmado. Estaba completamente seguro de que por la mañana, al derribar la madera, caería todo el arco.

Sería su oprobio, su ignominia. Su carrera se terminaría. Tal vez incluso acabara en la cárcel por no poder afrontar las consecuencias de todo aquello.

La mujer entendió perfectamente el alcance del problema. Dejó a su marido que siguiera llorando y se alejó de él. Se vistió y salió de su casa con una antorcha.

Llegó hasta el puente, que nadie vigilaba, y arrojó la antorcha al maderamen del arco central, que empezó a arder.

La mujer se volvió a su casa apresuradamente. A sus espaldas las llamas ya iluminaban el camino.

Al cabo de una media hora, tal vez menos, el estrépito se oyó en todo Toledo. El puente se había derrumbado.

No se supo si había sido un rayo, una hoguera mal apagada o qué. En todo caso nadie sospechó nada.

El arzobispo, muy contrariado, le dijo al alarife que había que volver a empezar, y que esta vez había que darse más prisa aún, porque estaba rabioso por haberse quedado sin puente justo cuando ya lo veía terminado.

Las obras fueron rápidas, ya con las curvas de los arcos bien trazadas, y el puente quedó estupendo. El alarife disfrutó del gesto simbólico de derribar uno de los apoyos de la cimbra principal.


Respecto a la estatua se dicen dos cosas: La primera y más extendida es que el alarife la mandó tallar y colocar en homenaje y agradecimiento a su esposa. Pero, naturalmente, tenían que ser un homenaje y un agradecimiento secretos. Nadie podía conocer lo que de verdad había ocurrido. Por eso mandó colocar la estatua precisamente ahí, en un sitio tan importante como la clave del arco, pero al mismo tiempo donde no se distinguía quién era la persona homenajeada. Lo sabrían ellos dos, Dios y tal vez, en el futuro, algún otro alarife que volviera a restaurar o reconstruir el puente y que entendiera el episodio.

La segunda es que al cabo del tiempo la mujer, que no tenía la conciencia tranquila, se confesó con el arzobispo Tenorio. El prelado se agarró un cabreo de pronóstico al escucharla (sobre todo porque las dos reconstrucciones habían salido de sus arcas), pero al mismo tiempo se despertó en él una gran admiración por una mujer tan decidida y tan determinada a salvar la honra de su marido. Así que, tras recapacitar y serenarse, no solo guardó el secreto, sino que (de nuevo a sus expensas) mandó hacer la estatua de la heroica señora y colocarla sobre el arco central.


domingo, 20 de abril de 2014

Doble (o triple) indignación

La estación del AVE de Toledo es incomprensible.
Cuando se pensó crear un AVE directo Madrid-Toledo parecía lo más lógico crear una nueva estación, pero en seguida prevaleció la idea de usar la de toda la vida, la de Cercanías (que de paso fueron suprimidas).
Ya me parece inconcebible que en su momento se construyera una estación de ferrocarril neomudéjar, que es tanto como si la Estación Espacial Mir se diseñara con papel embreado y estructura de madera de pino.
Lo mismito. (Volvemos a lo de siempre: En las ingenierías esos caprichos tontos no se pueden permitir porque las cosas tienen que funcionar, mientras que en la arquitectura da lo mismo).
Y todavía tienen la desfachatez de utilizar para la propaganda institucional imágenes tan terribles como ésta:


Yo ahí veo una máquina pasmosa que quiere correr, que sirve a su tiempo y que es útil a sus pasajeros, y me invade una innegable envidia por los ingenieros que han hecho posible esa "cosa". Y detrás veo una castaña pilonga que no se entera de nada, que no sirve para nada y que proclama la paletez de algo absurdo, antihistórico (porque lo histórico es ser de su tiempo, no perpetrar una falsificación ridícula) y antifuncional, y siento una también innegable vergüenza ajena (y en parte propia) por los arquitectos que han hecho posible esa otra "cosa".
En estos días, para colmo, el andén está lleno de carteles sobre eso de El Greco, y uno no puede por menos que retroceder esos cuatro siglos que hoy le celebran, e imaginárselo en esta terrible ciudad de este terrible reino, como un pulpo en un garaje.
La gente, como de costumbre, encantada: Haciéndose fotos en el cutrísimo vestíbulo, recargado, pringoso, absurdo. Lleno de azulejos y de arcos lobulados.


El pasmo y la indignación me dejaron petrificado, y cuando quise sacar el móvil, desbloquearlo, seleccionar la cámara, etc, para plasmar ese momento de veneración colectiva, casi todos se habían ido. Apenas quedaban éstos, a quienes no es que saque desenfocados por delicadeza, sino por pura torpeza.


Aproveché para reproducir la foto que había visto
hacer a una viajera arrobada (ya que no me había dado
tiempo a fotografiarla a ella fotografiando esto).

Los turistas, transidos de emoción ante Toledo desde el primer momento en que ponen el pie en la ciudad, son absolutamente incapaces de distinguir lo verdadero de lo falso, las obras de valor de las más repugnantes falsificaciones. Y toda la subcultura kitsch del consumo rápido, de la admiración desproporcionada y facilona y del daigualochoqueochenta perpetúa esta estúpida situación. Todavía en Toledo es muy arriesgado (y en casi todos los casos es ilegal) pretender hacer una honrada arquitectura moderna. Y, sin embargo, estos pastelitos de merengue con sirope de fresa y chocolate tienen el aplauso y la bendición de todo el mundo, empezando por los poderes públicos y terminando por la población y por el turisteo.
(Parezco un apóstol de la arquitectura moderna de principios del S. XX. Señores y señoras: Que llevamos década y media del S. XXI y aquí todo sigue igual. Que este discurso que digo tiene más de un siglo. Que esto mío es ya perogrullismo puro).


Una de las infraestructuras de las que más orgullosos se sienten todos por aquí, el AVE Madrid-Toledo, te deja tirado a varios kilómetros del casco histórico. Hay dos líneas de autobús, que no coinciden en absoluto con los horarios del tren y que son completamente insuficientes para absorber a todo el público que llega. Así que es casi obligatorio tomar un taxi (en horas punta también son insuficientes), que espera en la bonita fachada neomudéjar, sin protección alguna de la lluvia (hoy incipiente) y, sobre todo, de ese agradable calorcillo que hace en Toledo en los meses de verano.
Vamos, dicho en román paladino: Ante ese vómito de ladrillos no hay una puta sombra donde esperar a los pasajeros. Eso en Toledo y en julio puede producir casos que aboquen a urgencia hospitalaria.

Ah, otra cosilla sin importancia: De esa batería de puertas que veis en la fachada sólo es practicable la del extremo derecho. Las otras cuatro están condenadas. También es interesante el espectáculo cuando llega un tren lleno de ganad...pasajeros y tienen todos que amontonarse para pasar por esa única puerta.
(¿Cómo que si miento? Mirad los macetones por el interior de las puertas en la segunda foto de esta secuencia de horrores).

Pero esa no es mi única indignación.

viernes, 29 de octubre de 2010

Moneo con picatostes

Rafael Moneo está construyendo el Palacio de Congresos de Toledo. Los toledanos están ya más tranquilos porque al edificio han empezado a ponerle picatostes.
Rafael Moneo no es un mal arquitecto. Suele ser correcto. A mi modesto juicio no pasa de mediano. O de mediano tirando a bueno. Un seis y medio.
En el Miradero de Toledo hizo un bloque donde alojar una gran sala y muchos despachos y salas pequeñas. Un programa muy amplio, pero fácil, en un sitio espectacular.
Resolvió el problema como de costumbre: con corrección y sencillez, y encima se tiró el rollo de modernillo con unos elementos muy plásticos en el acceso superior.
El volumen se distinguía porque los conductos de ventilación se manifestaban como contrafuertes huecos (lo contrario de los contrafuertes) y tenían un gesto simpático que hasta se podía leer en clave post-estructuralista derridiana. El hormigón visto de color natillas no desentonaba del entorno, y la cosa quedaba limpia y correcta (incluso con las "almenas" de la barandilla del Miradero).






Durante mucho tiempo los toledanos han estado viendo esta imagen, y ya se habían acostumbrado a ella. La mayoría se habían resignado. Pero lo que no sabían es que las natillas de vainilla llevaban picatostes.