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jueves, 2 de agosto de 2018

Buenos edificios detestables

A mi amigo virtual The General (@johnygrey), que
ha propuesto esta discusión y me ha movido a escribir
esta entrada lleno de dudas.

En twitter sigo con entusiasmo a un ingeniero de caminos que se hace llamar The General (@johnygrey), como la obra maestra de Buster Keaton y el nombre de su protagonista. Se dedica a los puentes: profesionalmente a hacerlos y pasionalmente a amarlos y a explicarlos.

Tanto entusiasmo demuestra, tanta pedagogía despliega y tanta sabiduría atesora que para mí es siempre una gozada leerlo. Lo tengo por "amigo virtual" y he tenido más de una jugosa conversación con él. Lo tengo como "amigo" pero ni sé su nombre en este mundo unopuntocero ni qué aspecto tiene. Para mí (y para todo twitter) tiene la cara de Buster Keaton que exhibe en su avatar.

El otro día ha escrito en twitter que lamenta no haber estudiado en la antigua escuela de caminos que está en el parque del Retiro de Madrid, en un bello edificio de ladrillo y en un entorno idílico:


Por el contrario, tuvo que padecer la carrera en este monstruoso comealumnos:


Para él fue una desgracia que la escuela se mudara de aquel lugar tan agradable a este otro tan duro, tan desagradable, y decía: "Y qué queréis que os diga, que tu casa te define y que el edificio no ayuda a transmitirles a los alumnos el amor al Arte y a las Humanidades".

Me sorprendió esta afirmación en una de las personas que con más lucidez habla de belleza, de arte y de humanidades. Me encanta cuando habla de la belleza de un puente, fundamentada esta en lo bien que trabaja aquel, y con cuánta lucidez explica los porqués de tal forma o de tal detalle, y los aciertos de diseño que impiden malos comportamientos de tal sección, y de todo ello glosa una precisa y lúcida alabanza a la belleza, a la belleza real que yo también defiendo: "La belleza es el resplandor de la verdad". Y todo eso, naturalmente, son Arte y Humanidades. Para mí son el Arte y las Humanidades más elevados.
Salvando la maniquea y falsa caricatura de la oposición entre el arquitecto y el ingeniero, con The General da gusto hablar porque entiende la arquitectura y le gusta, y porque hermana estas dos profesiones en una misma misión.

Por eso me sorprende que diga que le gusta el edificio antiguo, que yo veo como anodino pastiche sin interés alguno (aunque sí: agradable), y que odie el nuevo, que yo veo muy interesante. (Cuando habla de los entornos, de la proximidad al metro y esas cosas sí estoy de acuerdo con él, pero como edificio veo el moderno mucho más eficaz y apropiado).

Le digo que es obra de los arquitectos Luis Laorga y José López Zanón y que es un buen edificio moderno que ganó el concurso en 1963. (Clicando aquí podéis leer un informe).


Me dice: "Te voy a ser sincero: El edificio sumado a su uso (como centro de tortura) es una pesadilla. Y no es acogedor en absoluto para el alumno. Y con este sentir se me hace muy difícil verle las virtudes". Y añade: "Y esto me lleva a una duda que te traslado, a ver qué piensas: ¿Si la mayor parte de los usuarios de un edificio lo detestan, es buen edificio?"

Menuda pregunta. Uf. Es definitiva. No sé qué decir. Pues que no. Claro que no. No puede serlo.

Pero vamos, por el mero placer de debatir, a señalar dos posiciones extremas:

1.- Una de las funciones más importantes de un edificio es satisfacer a sus usuarios, hacerles las cosas agradables, ser limpio con ellos, ser sincero, ayudar a que realicen sus tareas (en este caso dejando entrar bien la luz, estando bien climatizado, siendo cómodo, etcétera). Por lo tanto, si sus usuarios lo detestan es un mal edificio. Sin duda.

2.- Supongamos que el edificio sea bueno y los usuarios no sepan, o no puedan, o no estén en condiciones de apreciarlo. Supongamos que lo odien por lo que no es: por la dificultad de las asignaturas, por la dureza de los profesores, por la falta de compañerismo con los demás alumnos... Yo qué sé. En ese caso los usuarios pueden detestar un buen edificio.

Pero The General me ha demostrado muchas veces su buen criterio y su fino instinto como para liquidar la conversación con una salida apresurada del tipo: "Tú confundes la calidad arquitectónica con la hostilidad de la carrera". Sí, yo podría argumentar que puede haber una cárcel que sea un magnífico ejemplo de arquitectura, pero que no por ello los reclusos van a ser muy felices en ella. Pero parece ser que la cosa no va por ahí.

domingo, 29 de marzo de 2015

Viajes de arquitectura

Un arquitecto tiene que viajar, y tiene que hacerlo siempre: Cuando está estudiando, para ver qué hicieron los maestros, y cuando ya ha construido, para ver cómo lo hicieron sus colegas.
La arquitectura se transmite por dibujos y por fotografías. Hoy se reproducen y difunden con una gran calidad y profusión. Y para alguien que tenga la mente entrenada, el examen de los planos y de las fotos sirve para construir el edificio en la cabeza. Se entiende una doble altura, se comprende un espacio que queda detrás de ella, y cómo se estrangula, o como el techo baja de repente de una sala a la siguiente. La mente del arquitecto está entrenada para reconstruir el espacio arquitectónico con plantas y secciones. Sabe hacerlo muy bien. Y si además esas intuiciones espaciales pueden ser confirmadas con un extenso reportaje fotográfico, pues mucho mejor.
Y, sin embargo, cuando uno ve un edificio en persona, en carne y hueso, nunca es exactamente como se lo había imaginado.
Es muy posible que las condiciones geométricas y topológicas sí respondan a lo que uno había previsto, pero hay muchas otras dimensiones arquitectónicas, imponderables, que no hay forma de comunicar, y que es necesario experimentar en persona.

Carpenter Center, Cambridge, USA, Le Corbusier

Recuerdo que cuando visité el Ayuntamiento de Säynätsalo, de Alvar Aalto, edificio delicioso, una de las cosas que más me gustaron fue el ambiente tibio y el olor de las salas, especialmente de la galería acristalada al patio. No sabría explicarlo. Me sugirió comodidad, amistad, cariño, y al mismo tiempo eficiencia. Me habría encantado trabajar allí. Algo parecido me sucedió en el Ayuntamiento de Hilversum, de Dudok, donde además di con un funcionario que amaba Toledo.
Muchas de las cualidades de esos espacios ya las habíamos adivinado en las fotografías, pero el hecho de estar allí las multiplica. El olor a madera, a barniz, a limpio, la temperatura, la ventilación, la luz, el sonido... Es una experiencia múltiple que no podíamos ni sospechar.

Empire Estate Building, N.Y., Shreve, Lamb and Harmon

Otras veces nos engaña la escala, como me pasó en el estudio de Frank Lloyd Wright en Oak Park, Illinois, mucho más pequeño de lo que me había imaginado, y con el techo de la entrada bajísimo.

Seagram Building, Nueva York, Mies van der Rohe

Viajar para ver edificios es una manera de ir en busca de viejos amigos y de viejos maestros, a quienes hemos admirado y querido desde hace tiempo, pero a quienes no conocíamos en persona.
Cuando se produce el encuentro, es similar a cuando se "desvirtualiza" a un amigo de las redes sociales: Le conocemos, hemos gastado bromas, nos hemos reído con él, sabemos cómo piensa sobre muchas cosas, pero no conocíamos su voz, su olor, sus gestos, su forma de dar la mano o de abrazar.
Ves el Seagram y dices: "Yo a ti te conozco, amigo". (Después el conserje -ninguno tan borde y tan autoritario como el del Chrysler Building- te deja o no te deja pasar de esta línea, o te echa del vestíbulo, o te prohíbe hacer fotos, o lo que le dé la gana, y tú piensas: "¿Pero por qué? ¡Pero si este edificio es mi amigo!" Y se lo intentas explicar. Y él te dice que sí, que sí, que por aquí se va a Madrid, lo que además, en este caso, es cierto: Por aquí se va a Madrid. Hala, fuera, patán).