Mostrando entradas con la etiqueta Obélix. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Obélix. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Carne de bronce

No, es inútil, tú no eres Napoleón Bonaparte ni el rey Cirilo de Inglaterra, tú eres carne de catequesis, carne de prostíbulo, carne de cañón, tú eres el soldado desconocido, el hombre a quien no le brilla una estrellita en la frente, los hombres que son carne de horca suelen tener más aplomo, la historia da mucha confianza, tú estás entre el público -en la catequesis, en la ramería, en el frente- y aunque a veces te crees el eje del mundo, no saldrás nunca a cuerpo limpio por encima o delante de los otros catecúmenos, de los otros frecuentadores de mujeres públicas, de los otros soldados, nadie se fijará en ti jamás pero no debes lamentarlo, cada cual llega hasta donde puede y los demás le dejan y a ti se te permite vivir, ¿te parece poco?, y aprender la doctrina e ir con mujeres y hacer la instrucción, y también recapitular, sobre todo recapitular.
Camilo José Cela, San Camilo 1936

-Joder, Don Camilo. Me ha dejado usted aplanado.
-Pues te jodes.

De acuerdo, qué remedio. Casi todos somos seres anónimos y sujetos pacientes. Pero hay algunos a los que sí les brilla una estrellita en la frente. Hay personas que pasan por la vida para dejar una clara huella, y no sólo sobre sus contemporáneos, sino también sobre los venideros, sobre la humanidad eterna.
Esas personas, benefactoras de la especie humana, han hecho un servicio impagable: Han descubierto cómo curar una enfermedad, o cómo se desplazan los planetas, o las propiedades de los icosaedros, o las costumbres de los ornitorrincos, o han hecho pensar, reír o soñar, o han hecho felices, de una forma u otra, a las personas. También están quienes han liderado un movimiento político, religioso o social. Los visionarios, y los héroes, y los santos.
Esas personas son carne de bronce. (También carne de mármol). La gente, casi toda la gente, o al menos bastante gente, les está muy agradecida, y en algún momento a alguien con poder para ello se le ocurre dedicarles un recatado rincón de una calle o el exhibicionista centro de una plaza para colocar allí su estatua.

Estos días se está hablando de erigir en Carabanchel, su barrio natal (de Madrid), una estatua de bronce de Rosendo Mercado, o simplemente Rosendo, el líder de Leño, el viejo rockero, el cantante social y comprometido, la voz del pueblo.

Rosendo

(Un amigo suyo, no recuerdo si Miguel Ríos o el Gran Wyoming, ha dicho que no lo ve claro, que no sabe si habrá suficiente bronce para la tocha). (*)
Hay un montón de gente firmando la petición, pero otros muchos admiradores de Rosendo están horrorizados ante esta domesticación del rebelde y ante esta rimbombancia obscena para la persona menos rimbombante del mundo. (Él ha dicho que si al final se la hacen procurará no pasar por allí, porque le da mucha vergüenza).
Hay otro punto de vista: ¿No es el espacio público de todos y para todos? ¿No merecen honores los artistas brillantes pero sencillos, los artistas del pueblo? ¿Tiene el pueblo que admirar siempre a los prohombres estirados y nunca ha de celebrar a las personas menos solemnes? (En todo caso, hay contradicción en dedicar solemnemente una solemne estatua para celebrar la insolemnidad de una persona).
Esa cuestión parece estar resuelta desde hace tiempo. Por ejemplo, el célebre payaso Fofó es carne de bronce desde hace años, y todos lo ven con naturalidad.

El Payaso Fofó
Parque de Atracciones, Madrid

Bueno, exactamente con naturalidad no. Porque, salvado el problema de si alguien sencillo, poco o nada ceremonioso y muy familiar merece bronce, surge uno mucho mayor: ¿Merece ese bronce?

jueves, 19 de junio de 2014

El infierno de papeles

El otro día me mandaron una circular en la que venía, entre otros anuncios y avisos, una convocatoria de plazas de personal docente e investigador de universidad. La miré y me gustó un puesto de profesor asociado en una escuela de arquitectura. Por un momento me invadió la nostalgia (fui profesor asociado durante un curso, hace ya veinticinco años) y barajé la idea de presentarme. ¿Por qué no?
Vi la dedicación que requería el puesto, miré su retribución (tan escasa que no me dio pudor soñar con recibirla) y algunas otras condiciones y, ¡qué narices!, ¡el no ya lo tengo!, ¡vamos con ello!
Sólo había un pequeño problema: Había que rellenar una instancia-currículum multipaginada y adjuntar alguna documentación. ¡Horror!
Soy un inútil para la burocracia. Su sola proximidad hace que me brote urticaria, ampollas, rojeces e irritaciones varias por todo mi cuerpo, y me llena de picores y escoceduras.
He de confesar -por no salir del estricto ámbito de la enseñanza universitaria de la arquitectura- que de los seis cursos que tenía la carrera que yo hice en Madrid, ningún año conseguí matricularme correctamente a la primera. Ninguno. (Y eso que soy inteligente para otras cosas). Cuando no me había equivocado con el código del centro había cumplimentado mal la hoja de pago, o no llevaba el resguardo adecuado, o me había matriculado de asignaturas que ya había aprobado, o en vez del código postal de mi casa había puesto el del subgrupo pedagógico... subcutáneo (por decir algo). Un desastre.
Me tiré un día entero para reunir toda la (escasísima) documentación que podía aportar como prueba de mi éxito vital. (Qué amarga sensación de nostalgia. A mis veinticinco años terminé la carrera con un nivel interesante. Publiqué alguna cosa, hice el doctorado, etc. A los treinta tenía un cierto atisbo de que podría llegar a algo. Y ahí se quedó todo. De joven prometedor pasé a vieja gloria sin estadios intermedios. Ahora, a mis cincuenta y cuatro años, vuelvo a abrir una antigua carpeta donde hay papeles amarillos que demuestran que hace veinticinco años hice cosas atractivas y excitantes, tampoco muchas, que parecía que iban a ser las primeras de una larga serie que quedó abortada).
Con esa amarga sensación cumplimenté la instancia polipaginada, repasé mil veces la convocatoria (seguro que llevo algo mal) y llamé por teléfono a la universidad para despejar un par de resquemores.

Y ahí empieza ese mundo kafkiano que existe latente, normalmente apartado del nuestro cotidiano, pero con el que nos hemos de cruzar de vez en cuando. (Afortunadamente, en mi caso, muy pocas veces).
A Astérix y Obélix no les tumbaron veloces corredores, lanzadores de jabalina, judokas, sensuales mujeres, ojos hipnotizadores, cocodrilos, fantasmas..., pero estuvo a punto de tumbarles un inofensivo trámite burocrático. Así os podéis hacer idea de lo que es ese infierno de absurdos y despropósitos.

Fotogramas de la película Las doce pruebas de Astérix

Llamé para que me dijeran sólo dos cosas. La primera era si, como el rectorado está fuera de mi provincia, podía presentar todo esto en el vicerrectorado de aquí (que lo hay). La segunda era que según mis cuentas (contando con los dedos varias veces), el último día posible para presentarlo era el jueves 19 de junio, Corpus Christy, que es festivo en esta comunidad autónoma, y si por lo tanto podría hacerlo el viernes 20.
(Esa es otra: Dan diez días naturales y uno se entera de la convocatoria cuando ya han pasado cinco. Estas cosas siempre son así).
No obtuve respuesta a ninguna de las dos preguntas. Y fue porque había llamado al Vicerrectorado de Relaciones Internacionales y no tenían ni idea de lo que les estaba contando. Les dije que lo sentía mucho, pero que había llamado al teléfono que venía en internet. Me dijeron que ya lo sabían, que estaba mal y que recibían llamadas para todo tipo de cuestiones. Muy amable, la señorita que me atendió (y que imagino que estaba harta de desubicados despistados) me dijo que si le decía el departamento, sección o lo que fuera convocante me indicaría el teléfono al que llamar. Le contesté que el convocante era el rectorado... o sea... esto... ¿cómo que la sección convocante? Pues la universidad. O sea... quiicil... vamos, que no lo sabía, y que ya si eso pues eso.
No hizo falta: Llamé al rectorado directamente (según la web era prácticamente el teléfono personal del excelentísimo y preclaro señor rector) y me contestaron las dos preguntas: A la primera que sí, que podía ir al vicerrectorado de mi provincia, y a la segunda que no lo sabían, pero que lo normal era dar un día más cuando la fecha en cuestión caía en festivo.
Por si acaso me fui a la capital de mi provincia el miércoles 18, un día antes del Corpus. No fuera a ser que el viernes 20 ya fuera tarde.

Como de costumbre, dejé el coche en las afueras, en un punto en el que se puede aparcar bien y no es zona de aparcamiento restringido ni de consiguiente multa, y me dispuse a hacer una larga caminata cuesta arriba (decir cuesta arriba es poco) bajo el calor aplastante (decir calor aplastante es poco) hasta el centro histórico (decir centro histórico es poco).
Y, encima, con mis títulos enmarcados porque me tenían que compulsar las fotocopias.
(Una pequeña mochila en bandolera y una bolsa fuerte, grande, de plástico, con los títulos. Y un calor enorme, y un sudor enorme).