No, es inútil, tú no eres Napoleón Bonaparte ni el rey Cirilo de Inglaterra, tú eres carne de catequesis, carne de prostíbulo, carne de cañón, tú eres el soldado desconocido, el hombre a quien no le brilla una estrellita en la frente, los hombres que son carne de horca suelen tener más aplomo, la historia da mucha confianza, tú estás entre el público -en la catequesis, en la ramería, en el frente- y aunque a veces te crees el eje del mundo, no saldrás nunca a cuerpo limpio por encima o delante de los otros catecúmenos, de los otros frecuentadores de mujeres públicas, de los otros soldados, nadie se fijará en ti jamás pero no debes lamentarlo, cada cual llega hasta donde puede y los demás le dejan y a ti se te permite vivir, ¿te parece poco?, y aprender la doctrina e ir con mujeres y hacer la instrucción, y también recapitular, sobre todo recapitular.
-Joder, Don Camilo. Me ha dejado usted aplanado.
-Pues te jodes.
De acuerdo, qué remedio. Casi todos somos seres anónimos y sujetos pacientes. Pero hay algunos a los que sí les brilla una estrellita en la frente. Hay personas que pasan por la vida para dejar una clara huella, y no sólo sobre sus contemporáneos, sino también sobre los venideros, sobre la humanidad eterna.
Camilo José Cela, San Camilo 1936
-Joder, Don Camilo. Me ha dejado usted aplanado.
-Pues te jodes.
De acuerdo, qué remedio. Casi todos somos seres anónimos y sujetos pacientes. Pero hay algunos a los que sí les brilla una estrellita en la frente. Hay personas que pasan por la vida para dejar una clara huella, y no sólo sobre sus contemporáneos, sino también sobre los venideros, sobre la humanidad eterna.
Esas personas, benefactoras de la especie humana, han hecho un servicio impagable: Han descubierto cómo curar una enfermedad, o cómo se desplazan los planetas, o las propiedades de los icosaedros, o las costumbres de los ornitorrincos, o han hecho pensar, reír o soñar, o han hecho felices, de una forma u otra, a las personas. También están quienes han liderado un movimiento político, religioso o social. Los visionarios, y los héroes, y los santos.
Esas personas son carne de bronce. (También carne de mármol). La gente, casi toda la gente, o al menos bastante gente, les está muy agradecida, y en algún momento a alguien con poder para ello se le ocurre dedicarles un recatado rincón de una calle o el exhibicionista centro de una plaza para colocar allí su estatua.
Estos días se está hablando de erigir en Carabanchel, su barrio natal (de Madrid), una estatua de bronce de Rosendo Mercado, o simplemente Rosendo, el líder de Leño, el viejo rockero, el cantante social y comprometido, la voz del pueblo.
Rosendo
(Un amigo suyo, no recuerdo si Miguel Ríos o el Gran Wyoming, ha dicho que no lo ve claro, que no sabe si habrá suficiente bronce para la tocha). (*)
Hay un montón de gente firmando la petición, pero otros muchos admiradores de Rosendo están horrorizados ante esta domesticación del rebelde y ante esta rimbombancia obscena para la persona menos rimbombante del mundo. (Él ha dicho que si al final se la hacen procurará no pasar por allí, porque le da mucha vergüenza).
Hay otro punto de vista: ¿No es el espacio público de todos y para todos? ¿No merecen honores los artistas brillantes pero sencillos, los artistas del pueblo? ¿Tiene el pueblo que admirar siempre a los prohombres estirados y nunca ha de celebrar a las personas menos solemnes? (En todo caso, hay contradicción en dedicar solemnemente una solemne estatua para celebrar la insolemnidad de una persona).
Esa cuestión parece estar resuelta desde hace tiempo. Por ejemplo, el célebre payaso Fofó es carne de bronce desde hace años, y todos lo ven con naturalidad.
El Payaso Fofó
Parque de Atracciones, Madrid
Bueno, exactamente con naturalidad no. Porque, salvado el problema de si alguien sencillo, poco o nada ceremonioso y muy familiar merece bronce, surge uno mucho mayor: ¿Merece ese bronce?


