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miércoles, 5 de agosto de 2020

La segunda muerte de Anaick Fisac (I)

A David García-Asenjo Llana y a
Carmen Martínez-Raposo Piedrafita

El libro de David García-Asenjo que cité la semana pasada tiene la virtud, como todos los libros buenos, de contener muchas capas de lectura y, sobre todo, muchas cosas que no tiene expresamente, pero que arraigan en cada uno de los lectores y allí (aquí) germinan como pueden.
Hacia el final se cuenta, con un tono y un ritmo excelentes, una historia emocionante que voy a glosar un poco a mi manera y que, a su vez, genera en mí una reflexión cuyo resultado final ya no está explícitamente en el libro, pero, al menos para mí, sí puede ser inferido de él. (Y luego de ahí tal vez pase a proferir algún exabrupto sobre el que ya el autor sí que no tendrá ninguna responsabilidad).

La iglesia de Santa Ana de Miguel Fisac, en el barrio de Moratalaz, en Madrid, es una de las obras maestras de este gran arquitecto, y una de las iglesias pioneras en responder a los cambios litúrgicos y a los nuevos tiempos propugnados por el Concilio Vaticano II.
No voy a entrar a describir ni a valorar esta magnífica iglesia (si para algo valiera este blog debería ser precisamente para eso, pero no paro de decepcionar a todo el mundo) porque ya lo hace espléndidamente David García-Asenjo en el libro mencionado: Manifiesto arquitectónico paso a paso y también lo han hecho otros autores, particularmente Eduardo Delgado Orusco(1).

No explicaré la iglesia. Para eso tenéis los dos libros que digo. Sí os contaré, en cambio, que una de las hijas de Fisac, Anaick, murió con seis años de edad a causa de una vacuna contra la polio en mal estado. (En aquella época eso fue, trágicamente, algo bastante frecuente).

Imaginaos el dolor de Fisac, de su esposa Ana María Badell, y de su otra hija, Taciana. Pero eran una familia cristiana, profundamente creyente, y sublimaron su pesar en su fe. En el caso del padre, Miguel, consagró todo su talento, todo su trabajo y todo su esfuerzo a diseñar esta iglesia y a dedicársela a su hija.

Fotografía de David García-Asenjo. (Todas las de
esta entrada son suyas y están tomadas de su libro).

Sobre el movimiento en el sentido transversal y la relación de los fieles con los distintos momentos de la celebración me vuelvo a remitir al libro de García-Asenjo. Solo diré aquí que las paredes y el techo son de hormigón, y que sobre el presbiterio hay un lucernario que hace entrar una luz redentora que resbala en el muro curvo del fondo, que a su vez presenta tres concavidades que son tres lugares de espacio salvador. De izquierda a derecha de los fieles, el lugar de la palabra, con el ambón y la sede, el lugar del sacrificio, con el altar, y el lugar del sagrario, con la reserva eucarística (el cuerpo de Cristo).

En ese espacio tembloroso, emocionante y desnudo, el arquitecto necesita al artista. Fisac le encomienda a José Luis Sánchez que esculpa las estatuas que han de dar cuerpo, carne y figura sensible a estos espacios abstractos. Las esculturas son también muy depuradas, muy descargadas, pero no abstractas: Son imágenes reconocibles y "adorables" que completan el espacio arquitectónico.

En principio el programa iconográfico debería tener el crucificado en la concavidad del altar


y Santa Ana con la Virgen María y el niño Jesús en la de la sede y la palabra.


(Ambas son de hormigón dorado, y la cruz es de pletinas metálicas).

Estas eran las únicas dos esculturas que estaban previstas en la iglesia. Ellas solas iban a poder dar un anclaje a la fe y a la tradición y a canalizar todas las necesidades de iconografía.
Pero en algún momento el arquitecto le pidió un gran favor al escultor:

-Quisiera que hicieras un retrato de mi hija Anaick, una imagen votiva que colocaremos junto al sagrario.