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martes, 14 de octubre de 2014

Charlie Parker, el genio atormentado.

Lester Young, uno de mis grandes ídolos (y por aquel entonces el de Charlie Parker), era el saxo tenor solista de la orquesta de Count Basie, que por esa época grababa un disco al mes con la Decca.
Charlie compraba cada disco en cuanto salía. Solamente le interesaba el solo de Lester, que (Basie lo sabía mejor que nadie) era obligatorio en cada pieza que tocara la orquesta.

Lester Young en la orquesta de Count Basie. Lady Be Good. No quisiera perder el hilo de mi relato, 
pero, por favor, escuchad el solo de Lester Young desde 0:41 hasta 2:02.
Aparenta una enorme facilidad y despreocupación. Es puro oficio, pura técnica y pura sabiduría armónica.
(Por cierto: El batería es Jo Jones, quien le tiró el platillo a Charlie Parker).

Charlie tenía los surcos de los solos (especialmente el de Lady Be Good) rayados y desgastados. Los escuchaba constantemente y los tocaba ya de memoria.
Dos músicos amigos y benefactores de Charlie le consiguieron un trabajo de verano en los Ozarks. Era en una orquesta de baile, no muy exigente técnicamente, pero en la que iba a aprender el oficio.
Para tocar en esa orquesta (como en cualquiera) había que saber leer las partituras, porque el director podía aparecer cualquier día con una obra o un arreglo nuevos y, aunque fueran muy sencillos, había que tocarlos a la primera.


Sus dos amigos le enseñaron a "leer los papeles", y también le daban clases diarias de armonía. Se pasaba el día estudiando y practicando, y por la noche tocaba con la orquesta en la sala de fiestas. Le enseñaron las tríadas mayores y el ciclo de quintas. Era algo muy aburrido y mecánico, pero Charlie notaba que eran las piezas que le faltaban para que, por fin, le encajara todo.
También sus amigos escuchaban con él los solos de Lester Young. Ponían los discos a poca velocidad, y aunque los solos se escuchaban demasiado graves, se apreciaban perfectamente los vibratos, los trinos y todos esos matices de tono (susurros, cánticos, parrafadas...) que hacían que la música fluyera como si Lester te estuviera contando una historia.
Charlie aprendió a relajar las mejillas como Lester, a conducir la columna de aire desde la boca de su estómago hasta el extremo de la campana del saxo, y a empujar con la garganta, con la tripa y con el culo.
Charlie tocaba con músicos mucho menos importantes que su admirado Lester Young, pero competentes y muy profesionales. Aprendió cada gesto, cada truco. Charlie, que jamás había tenido profesor, ahora tenía varios a la vez. Y los aprovechó.
Su febril trabajo de siempre no sólo mantuvo la intensidad, sino que la acrecentó, porque encontraba tesoros en cada momento, en cada tresillo, en cada punteado, en cada nota tenida.

En 1939, con diecinueve años de edad, ya era un músico muy bueno; tan bueno que se fue a Nueva York y se presentó en el club donde estaba tocando el celestial Art Tatum para que le contrataran. Le contrataron, sí, pero como lavaplatos. (No habían sido esos sus planes exactamente, pero al menos disfrutó cada noche de la música del gran pianista).

No hace falta seguir con más detalles. A estas alturas ya supondréis que con ese talento natural y ese concienzudo y feroz trabajo iba a llegar muy lejos. En efecto: A partir de 1940 empezó a destacar y tuvo una ascensión fulgurante. Llegó a ser uno de los grandes. Llegó a tocar y a grabar con Lester Young, pero eso, que podría parecer una meta, fue sólo el principio. En muchos aspectos superó a su ídolo.

lunes, 4 de febrero de 2013

Gone with the wind

En estos tiempos todos estamos en un ambiente muy malo, pero los arquitectos especialmente.
En mis últimas entradas me he traicionado a mí mismo: He sido llorica y he ofrecido un espectáculo lamentable. Y eso es algo que nunca nadie se debe permitir. (Bueno, un ratito sí, y sólo ante gente muy querida, pero sólo eso). Nunca hemos sido llorones. Ya está bien.

Antes de retomar el ritmo hablando de arquitectura hago hoy un corte para limpiar los establos y dejar este blog reluciente, listo para nuevas entradas.

Así que, tras curarme el escozor refugiándome en una tableta de chocolate cuyas consecuencias no se puede permitir mi oronda silueta, busco un disco infalible e intemporal, una bomba del sentimiento y de la técnica. (Qué bárbaro es emocionarse con un sentimiento que no está fabricado por el sentimentalismo traicionero y manipulador, sino por el dominio de la técnica. Eso es un auténtico placer de dioses).

Tengo unos cuantos discos de jazz, que visito con concienzuda irregularidad, pero a menudo recalo en el mismo, que, como he dicho antes, es infalible. No es un jazz duro, intelectual, frío (que en otros momentos me interesa mucho), sino caliente y emocionante, que sale de las tripas de los músicos y que llega hasta las tripas del oyente. Es una debilidad mía, y vuelvo a él como a un viejo amigo siempre comprensivo y generoso.

Se trata del milagro que grabaron en septiembre de 1956 el genial pianista ciego (¡cuántos pianistas ciegos!) Art Tatum -para muchos el mejor pianista del jazz desde sus primeras grabaciones de los años treinta- y el no menos genial, poderoso, tremendo saxo tenor Ben Webster, para mí el número uno de todos los saxos tenores de la historia (y los hay mejores técnicamente, y los hay tremendamente poéticos, evocadores, expresivos, y tengo muchos discos de todos ellos, pero siempre acabo con Ben Webster y sus soplidos desbocados).
El disco se titula The Tatum Group Masterpieces: Art Tatum & Ben Webster, y no es que ellos formaran grupo o algo así, sino que es una grabación ocasional y circunstancial, pero muy oportuna. Ambos habían nacido en 1909. Tenían, pues, cuarenta y siete años, y estaban en plena madurez creadora y técnica, en el mayor dominio de su profesión, de su arte y de su oficio. Tatum murió menos de dos meses después de esta grabación.
(Acompañan a la pareja el contrabajo Red Callender y el batería Bill Douglass, muy buenos profesionales que saben que ellos no son las estrellas y que se limitan a ser competentemente discretos).


El disco, como digo, es una de las cumbres del jazz, y no tiene desperdicio. Os pongo su primera pista, que es la del descubrimiento de esta pareja insólita: Gone With the Wind.

Dura cuatro minutos con cuarenta segundos, y Ben Webster se hace esperar; pero, cuando al fin llega, aaahhh. Por favor, escuchadla sin pensar en nada. Sólo escuchadla, y luego os comento un par de cosas.



Lo primero que me sorprende es que son dos músicos muy diferentes. Art Tatum es un virtuoso del piano, y da muchas notas pequeñitas, mucho parloteo, mucho adorno, escalas para arriba, escalas para abajo... Lo que hace es una preciosidad. Parece un colibrí aleteando. Se acompaña él solo: Usa la perfecta mano izquierda para llevar el ritmo, el acorde, la base, que le permite a la derecha colibrear, jugar, corretear de aquí para allá.
Art Tatum es capaz de tocar la pieza él solo. ¿Para qué necesita a Webster? En el segundo 16 parece que le ha puesto en suerte para que empiece, pero no aparece. Vale; es normal que Tatum, como músico principal, presente el tema y hasta se haga un coro él solito. De acuerdo.
Lo hace estupendamente bien, y lo deja todo listo para que el saxofonista entre en 0:48. No lo hace. Parece que ahora sí, en 1:21. Pues tampoco. Art Tatum sigue esperando a Webster. Parece suficientemente capaz de pasarse sin él, pero es que había quedado en venir y no viene. Y Tatum le llama. (¿Lo notáis?: "Venga, Ben; te toca"), y hasta, una vez expuesto el tema por enésima vez, le hace un caracoleo desde 1:40 hasta 1:56 para que entre cuando quiera. Pues no lo hace. Por lo que Tatum tiene que volver a enunciar el asunto para volver a invitarle a entrar en 2:27. Y por fin entra. ¡Y cómo entra!
Se ha hecho de rogar más de la mitad de la pieza (dura 4:40 y los primeros 2:27 han pasado sin él).
Cuando al fin suena tiene un timbre tremendo. Qué bestia.