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lunes, 29 de junio de 2026

Muchos millones

He visto un vídeo en Facebook, pero no lo sé poner aquí, así que os lo contaré mientras muestro algunos pantallazos.

Se trata de la subasta que hace Sotheby's del cuadro Brown and Blacks in Red de Mark Rothko.

Mark Rothko, Brown and Blacks in Red

El subastador empieza presentando el cuadro y anunciando que sale por 65 millones de dólares. A partir de ahí, en segundos, dice que 66 millones, 67 millones, 68 millones... Eso sin despeinarse. Los millones vuelan.

lunes, 29 de diciembre de 2025

El cehomo

En mi pueblo, a alguien que va sucio, estropeado y desharrapado, siempre se le ha llamado cehomo. Mi madre, como todas, me lo dijo a mí, como a todos: "Pero mira cómo vienes; estás hecho un cehomo". Es (o era, porque ya se pierden los modismos y las particularidades del habla) un acortamiento de Ecce homo, que es lo que Poncio Pilatos dijo ("Eh aquí al hombre") cuando presentó a Jesús, flagelado, lastimado, ensangrentado y coronado de espinas, a la multitud. Y todos los muchachos que veníamos a casa después de jugar un partido o de corretear por la calle estábamos en un estado, si no tan lamentable como el de Cristo en esa tesitura, muy lejos del del niño peinadito y limpito al que nuestras madres aspiraban.

Veo que el diccionario de la RAE no contempla cehomo, y por lo tanto es una palabra que yo solo he oído, pero no puedo acudir a autoridad, por lo que no puedo asegurar que tenga la hache intercalada que le pongo. Sí recoge eccehomo, con la doble acepción de la imagen de Jesucristo como Pilatos la presentó al pueblo y también la de "persona lacerada, rota, de lastimoso aspecto".

Esa imagen de Cristo doliente es tan potente que ha sido un tema habitual en la historia de la pintura occidental, y todos los grandes pintores la han hecho. Sin embargo, desde el año 2012, para todos nosotros ya solo hay un Ecce Homo: el del Santuario de la Misericordia de Borja (Zaragoza).

lunes, 20 de octubre de 2025

Elogio de la imperfección

El Concierto de Colonia (The Köln Concert), de Keith Jarrett, es uno de los discos de jazz más vendidos de la historia, y al mismo tiempo puede ser entendido como el fruto de un fracaso o de un caos.

El productor alemán Manfred Eicher había fundado el sello ECM (Edition of Contemporary Music) con la pretensión de hacer unas grabaciones exquisitas. El lema de ese sello era "el sonido más bello después del silencio", y su pretensión consistía en grabar un sonido que ni siquiera los músicos eran capaces de sentir, un sonido que tuviera alma propia y sentido poético.

domingo, 29 de junio de 2025

Menudo Cristo

Una cosa que me llama muchísimo la atención es cuánto se aburre la gente y qué de cosas está dispuesta a hacer para que se le pase esa intolerable sensación. A mí el aburrimiento me parece muy bien, pero creo que siempre hay que tomárselo con paciencia y tranquilidad, y no con ese loco frenesí drogadicto de buscar nuevas excitaciones por todas partes.

Saco este tema porque leo que en Boadilla un grupo de pazguatos (y ojalá fueran solo eso) quieren hacer el Cristo más grande del mundo.

¿Por qué? Pues porque ha terminado la liga y en la tele no echan nada que les guste. Y tampoco se van a poner a agarrar un libro a estas alturas.

jueves, 16 de mayo de 2024

Cartas de amor y partes de accidente

La mayoría de la gente que necesita un arquitecto no es para que haga arquitectura. Eso de la "arquitectura" es un concepto demasiado sofisticado y casi siempre inalcanzable.

En mi triste experiencia, casi todos los que han recurrido a mí alguna vez lo han hecho para que les resolviera la ardua papeleta de un trámite burocrático, y yo, como casi todos mis compañeros, casi siempre lo he entendido mal y he querido creer que buscaban en mí un "algo" casi inefable. Siempre he buscado la ocasión, incluso con ansia y con desesperación, de hacer arquitectura. Pero no; no era eso.

Me llama, por ejemplo, gente que algunas veces en casa se junta con muchos amigos o familiares y en esos momentos de celebración las comidas se les hacen muy incómodas en el salón. Entonces se les ocurre acristalar el porche y el ayuntamiento les da el gran disgusto: Necesitan un arquitecto. En esas circunstancias lo que menos quieren es que yo les hable de luz, de espacio, de circulaciones, de formas... Tampoco es el momento de sacar los lápices de colores. Soy un petulante y un estúpido. Es como si necesitaran que alguien ducho en seguros les rellenara un parte de accidente y dieran con un gilí que quiere creerse poeta.

Parte Europeo de Accidente

Descripción del accidente: "Ya la Aurora de rosados dedos bañaba de plata el horizonte cuando el vehículo 'A', raudo cual el équido Bucéfalo..." No, así no vamos a ningún lado. Quién ha contratado a este imbécil.

martes, 31 de octubre de 2023

Una tomadura de pelo

Hace tiempo dediqué una entrada de este blog a una obra arquitectónica que me parece muy interesante y que está cargada de un alto contenido simbólico. Creo que es un acierto, y además está perfectamente "ensamblada" en el lugar y genera una imagen urbana muy atractiva. Al menos a mí me lo parece, y así lo conté con la verborrea que me caracteriza.

Hoy, bastante tiempo después, me entra el siguiente comentario a aquella entrada: "Una tomadura de pelo". Punto pelota. Ya está. No hay más que hablar. Chimpún.

Otra famosa "tomadura de pelo"

Resulta que yo estoy blablablá, consumiendo cientos de palabras (casi casi mil) en mi exposición y un lector me calla la boca con apenas cuatro(1). Estuve escribiendo durante dos o tres buenos ratos y lo primero que he pensado es que merecía una contraexposición o algo así; un razonamiento, un argumento. Pero luego me he dado cuenta de que "una tomadura de pelo" queda bastante claro. A otros que me han dicho "qué bueno" o "me ha gustado mucho" no les pido que justifiquen su opinión. Pues entonces a "una tomadura de pelo" tampoco. Tiene el mismo derecho.

viernes, 7 de julio de 2023

No es solo talento

En esta entrada voy a ser un poco como la zorra aquella de las uvas, un personaje de Esopo que no me gusta nada, a quien sufro de vez en cuando y de quien siempre procuro huir. Es un ser abominable que disimula su envidia con desprecio y se hace así triplemente repugnante por envidioso, despreciativo e hipócrita. Espero no serlo mucho y poder salir airoso de ese siniestro estado que me corroe.

La zorra y las uvas
Ilustración de Milo Winter, 1919

Este estado se debe a que soy un arquitecto mediocre (queda mejor decir "mediano") y sin talento. Creo que un buen profesional, que no es poco, pero tampoco nada más.

Conozco a algunos verdaderamente notables. Siempre he tenido relación con varios; los he visto trabajar y se me ha caído la baba. Hacen una arquitectura francamente buena, que me gustaría muchísimo ser capaz de hacer yo. Tienen un talento innegable, pero no es solo talento. Tienen una cualidad muy superior: una determinación y una seguridad tal en lo que hacen y en lo que proponen que nadie puede ponérseles por medio.

Son arquitectos poseídos por una pasión febril, y siempre dispuestos a sufrir, a trabajar más, a no conformarse con ninguna solución estándar, a buscarle tres (o cinco) pies al gato, a no acomodarse jamás y a asumir riesgos. Y a hacérselos asumir a todos en beneficio de su sacrosanta obra.

martes, 2 de mayo de 2023

La fascinación

He visto en Facebook esta foto de aquí debajo con la leyenda: "Mujeres recolectando agua a millas de distancia durante los largos veranos de Adyar, India", y me ha impresionado. Me ha fascinado.

He imaginado la larga caminata portando todos esos recipientes en equilibrio y me ha conmovido el tesón, el esfuerzo y la habilidad de esas mujeres. Además la foto me ha parecido muy bella.

Por todo ello he corrido a ponerla en mi muro, tan contento, con muchas ganas de que mucha gente compartiera mi fascinación.

En seguida uno me ha comentado la foto con una sola palabra: "Photoshop". (Menos mal que ha sido solo una, y no ha añadido "Tonto"). He mirado con un poco (muy poco) de atención y en efecto, hay solo dos vasijas distintas, que están apiladas sobre las cabezas de las tres mujeres siguiendo siempre el mismo patrón: A-B-A-B-A-B...

La manipulación es evidente, y no puede ser más burda. Si no me di cuenta fue porque no examiné la foto, porque en ningún momento dudé de ella (con todo lo que estamos viendo, que no hay día que no nos traguemos una o dos dobladas); porque no se trataba de examinarla, sino de rendirse a su encanto y a su poder de sugerencia. (Visto ahora con un poquito de sensatez, esa foto no tiene ningún sentido, pero yo no he tenido ni ese poquito de sensatez: me la he tragado porque soy así de pánfilo y de inocentón, y porque estoy deseando tragármelas una detrás de otra, y no escarmiento).

jueves, 2 de febrero de 2023

Dos hitos, dos mojones

Quiero comentar aquí dos episodios paralelos y creo que muy aleccionadores para todos, pero especialmente para los arquitectos, que muy a menudo nos presentamos a concursos y que, de una u otra manera, siempre estamos sometiendo nuestro trabajo a la aprobación de los demás. 

Lo voy a ejemplarizar con dos carteles que creo que son dos hitos, dos piedras miliarias, dos mojones, dos referencias en el camino de la creación y de la apreciación de la obra de los diseñadores por el público.

Ruta de los mojones. Pina de Ebro (Zaragoza)

El primero de ellos es el de la tradicional Fiesta de la Aceituna de Martos (Jaén). Para elegir el del año 2022 se convocó un concurso, como cada año, y lo ganó la artista fuenterrobleña Silvia Viana Chaves, una ilustradora con mucha experiencia y con una gran potencia expresiva.

Hizo un cartel que a mí me parece muy sugerente (y se ve que al jurado también): un gesto insistente de rayar y rayar con lápiz de color aceituna en un movimiento elíptico, obsesivo, directo y brutal, para recordar la forma de una aceituna. Y, sobre este grafismo elemental y a la vez frenético, una buena tipografía en rojo y negro y los logos exigidos.

Ya está. Todo intención. Pura sencillez y potencia:

Silvia Viana Chaves, cartel ganador de la
XLII Fiesta de la Aceituna de Martos (Jaén)

viernes, 4 de noviembre de 2022

Mondrian boca abajo

Estos días ha saltado una noticia de estas que siempre ponen en solfa el arte moderno: Resulta que en la Kunstsammlung Nordhrein Westfalen, de Düsseldorf, llevan setenta y tantos años exponiendo un cuadro de Mondrian boca abajo.

New York I, de 1941. A la izquierda como está
expuesto y a la derecha como parece que debe ser

La noticia ha despertado en los medios la habitual sorna que se gastan en estos casos. Muy aleccionadora ha sido la atención que le han prestado los periódicos futboleros, que en sus ediciones digitales le dan a todo con tal de llamar la atención y rellenar. (Como todos).

Una de las cosas que he leído en casi todos los artículos es que la confusión ha sido posible porque el cuadro está sin firmar, y claro: si no se ve la firma no hay manera de saber cuál es su orientación. Dicen incluso que esto de que no tenga firma hace sospechar que el cuadro no está terminado.

Vamos a ver una cosita. Sin ser yo un experto en Mondrian (aunque durante años leí y estudié sus curiosas movidas) me atrevo a afirmar que el cuadro ni está terminado ni está siquiera empezado porque NO ES UN CUADRO. Es un proyecto de cuadro, es un croquis, es un boceto.

martes, 18 de octubre de 2022

El descaro jovial

Hace unos años escuché en la radio a uno de los más importantes y famosos comunicadores de España poner a parir a Antoni Tàpies. Como este locutor es una persona con una simpatía y un gracejo legendarios [para quienes los sepan apreciar y disfrutar] fue creciéndose y diciendo más y más ingeniosidades y gracietas divertidas, y su cohorte de colaboradores añadieron disciplinadamente más gasolina al fuego. (Me imagino lo que debe de ser defender tu sueldo ante tu jefe, el gran monstruo de la radio, pero aun así alguna vez, dentro del enorme respeto al líder, alguien podría añadir un matiz suavemente discrepante; una especie de "pero no olvidemos que Tàpies es un gran artista", o un "pues fíjate que a mí no me parece mal del todo". No. Nada de eso).

Se trataba de burlarse del entonces muy candente proyecto del calcetín: zafio, cochambroso, tomadura de pelo, sinvergonzonería, mamarrachada... Los colaboradores tomaban confianza y seguridad y se crecían. Ya el mugriento calcetín tenía incluso pinta de oler a pies.

El tono siguió creciendo, y ya no era solo esta obra, sino toda la de Tàpies y del arte contemporáneo en general. (No olvidemos que este líder de audiencia también tiene todos los años su ratito de cachondeo con la feria ARCO).

Estamos de acuerdo en que no hay nadie sagrado ni intocable. Todo artista y todo profesional está sujeto a críticas. Pero según sean esas así se retrata quien las hace. La obra del calcetín fue un encargo del Ayuntamiento de Barcelona a su artista vivo más universal para la gran transformación urbana que iba a experimentar la ciudad con los Juegos Olímpicos. Entre unas cuantas docenas de milagros, el Palau Nacional se iba a convertir en el Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC), y en su gigantesca sala oval debía ir la estupenda obra del estupendo artista.

Pero lo que presentó fue una maqueta de unos 20 cm de altura con un calcetín real roto y con alambres y barras en su interior que lo atravesaban. La idea era que la obra ejecutada tuviera unos 18 m de altura.

Los políticos no esperaban eso, que les desagradó mucho. Era muy cutre. No iba con las ansias de esplendor que todos tenían. (Tampoco sé qué esperaban exactamente. Tàpies nunca se ha distinguido por su glamour ni por una fina y elegante exquisitez decorativista). El autor intentó explicarla evocando su conocida fascinación por lo humilde y por lo cotidiano. No hubo forma. Los miembros del patronato del MNAC se dividieron; su presidente se asustó. Le propusieron cambios, improvisaron sugerencias. Vamos, que no les gustaba y al final quedó en nada.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Blanquear dinero

El cartero acaba de traerme estas acuarelas de Ekain Jiménez, amigo, arquitecto y dibujante-pintor.


Ekain Jiménez Valencia, Niu Yor, acuarelas

Pensando en hacer un regalo de Reyes Magos le pedí que me mostrara qué tenía por ahí disponible y que me dijera precios.

Me mandó algunas imágenes por WhatsApp y un enlace a su Instagram, y mi mujer y yo nos pasamos un rato diciendo: "Qué buena esta". "Mira esta otra". "Qué bonita esa".

Al final preseleccionamos unas cuantas, y en una segunda vuelta nos quedamos con dos: una para el regalo "externo" que teníamos pensado y otra para autorregalo nuestro.

Luego empezó la parte más difícil: Los precios. Ekain sabe lo que es vender dibujos y acuarelas; no es un novato en esto, pero le queda una especie de pudor de pedir dinero por algo que hace como un desahogo, como un capricho y con una facilidad pasmosa. (Algunos de sus dibujos son elaboradísimos y muy muy minuciosos, pero otros son un pis-pas). Y ya empezamos: "¿Cuánto te cobro?" "Es que no sé qué decirte". Etcétera.

(Ahí hay un momento delicado, entre el "pero si yo hago esto sin ninguna intención económica" y "una buena acuarela hay que valorarla; no es ninguna tontería". Y de ahí podríamos pasar a la posible situación incómoda de que finalmente me dijera un precio mucho mayor que cualquiera que yo hubiera previsto, y en un punto en el que ya no habría una marcha atrás cómoda. En definitiva, una negligencia por su parte; con lo fácil que es hacer una web y tenerla actualizada con las cosas que tienes y sus precios. Así podría mirar quien quisiera, sin compromiso alguno, y comprar lo que le apeteciera. Tengo más amigos arquitectos-artistas y todos son un poco así. Y mira que me ofrezco a ser su marchante y a tenerles trabajando a base de látigo y con unos precios bien claros, pero no hay manera. Entre que de lo que ya les va quedando más "bonito" se cansan para empezar nuevos caminos, que no se ponen a ello con constancia y que cuando tienen algo bueno no saben ni cuánto dinero pedir por ello no hago carrera de ellos. Es que son muy tontos).

miércoles, 3 de junio de 2020

Ignominia y torpeza

Aunque ya sé que nunca aprenderemos y que siempre seremos igual de imbéciles(1), me enfado cada vez que tengo noticia de un nuevo episodio, pero es siempre el mismo.

Hoy toca hablar, de nuevo, de políticos emocionados con el arte. Pero si no entienden nada, si no saben nada, si no les importa ni un poquito. ¿Para qué destrozan? ¿Para qué ofenden? ¿Para qué vandalizan? No ayuden, por favor, pero tampoco estorben ni arruinen.

Que a los políticos no les interesa el arte, la arquitectura, el diseño ni la cultura es notorio. Ya nos hemos resignado a ello. Pero cuando se entusiasman con algo es peor; es para salir corriendo.

Ya hablé aquí del vergonzoso episodio del "vandalismo artístico" de los silos castellanos. Ahora toca cargarse el faro de Ajo (Cantabria).


En esta foto tenemos a una caterva de impresentables haciendo el ridículo y posando ante la nueva agresión que van a perpetrar. Y tan contentos. Y con esa cara tan grimosa de "¿pero no decías que no nos interesaba el arte contemporáneo?; pues aquí nos tienes".

Uno enrojece, mira hacia abajo, humillado y cansado, y dice: "No es eso. No es eso".

No se enteran de nada. En su inconcebible ignorancia omnímoda escuchan siempre al cantamañanas y nunca al artista, siempre al demagogo y nunca al riguroso, afrontan proyectos absurdos y nunca los verdaderamente válidos y necesarios. Tienen un radar infalible: Apunta siempre al revés. Si caminaran hacia el lado contrario del que les dicta su instinto acertarían siempre.

jueves, 19 de marzo de 2020

Mondrian en mi casa


Estos días de pandemia y pánico los estoy pasando en casa y en el estudio, sin salir, y me paso horas con esto enfrente:


Así que os lo voy a contar:

Es un póster del Centro Pompidou de París que muestra el cuadro New York City, de 1942, de Piet Mondrian.

El cuadro, propiedad del museo parisino, es este:

Piet Mondrian. New York City. 1942

Y ellos lo "posterizaron" añadiéndole el rótulo gordo abajo y un margen blanco alrededor. Además lo serigrafiaron con un fondo blanco impoluto y una uniformidad de color en las líneas que el cuadro de Mondrian no tiene.
Para colmo yo le añadí unas líneas grises que... Pero eso lo contaré luego. Por ahora imagináoslo sin esas líneas torcidas añadidas (cuyo origen y motivo supongo que os parecerá obvio).

martes, 24 de diciembre de 2019

Banana

Perdonadme que vuelva a sacar el tema del que ya he escrito en varias ocasiones, pero es que vuelve a estar ahí delante, y seguirá saliendo una otra vez, y volverá a haber los mismos comentarios y las mismas indignaciones. (Y yo volveré a decir lo mismo, poco más o menos).

Esta vez es que un artista ha pegado una banana a la pared con cinta americana.


Pues muy bien. Pues vale. Bueno. ¿Y qué? ¿Os ha molestado? ¿Os ha perjudicado en algo? ¿Os ha insultado? Ah, que ha insultado vuestra inteligencia, y eso sí que no vais a tolerarlo.

En mi opinión, el único problema que hay, y que es lo que da sentido tanto a la obra como a la noticia, es que LO HA VENDIDO POR 120.000 DÓLARES. Ahí está la gracia. Si no lo hubiera vendido no le habría parecido mal a nadie, pero tampoco habría llamado la atención. Todos hacemos tonterías parecidas o incluso peores, pero la diferencia es que nuestras idioteces no nos hacen ricos.

Por lo tanto, si me permitís un análisis, yo diría dos cosas: La primera es que lo que caracteriza a esa obra de arte es que la puede hacer cualquiera. Exacto. Ese es el quid: "Eso lo hago yo". Precisamente. Esa es su razón de ser y su justificación. A todos nos parece un mundo pintar Las Meninas o esculpir el David, y por eso respetamos y veneramos esas obras, y las admiramos con toda nuestra capacidad de admirar. Pero pegar una banana en la pared lo hace cualquiera. Eso es. Y el que lo haga cualquiera es, precisamente, su mejor cualidad. (En realidad es su única cualidad).

Y la segunda es que esa chorrada se pone a la venta por un precio astronómico ¡y se vende!

Pues creo que no hay más que hablar. El paradigma del arte ha cambiado, y en esta sociedad y en este momento lo único que cuenta es la venta. Fijaos en la noticia que han publicado todos los medios: La mera existencia de esta obra de arte va íntimamente asociada a su precio. Sin este, aquella no tiene sentido. En ninguna reseña se soslaya el precio. Es imposible hablar de la ocurrencia de la banana sin decirlo, porque la obra de arte consiste en la tasación. ¿Por qué ciento veinte mil dólares en vez de uno con veinte, o de un millón doscientos mil? El precio es más importante que la obra. El precio es lo único que cuenta. El precio justifica la obra. El precio ES la obra.

Cuando lo leí pensé inmediatamente que lo único sensato que podría hacer un coleccionista, un rico amante del arte, sería comprar la banana y comérsela. (Entre otras cosas porque ahí pegada no puede durar mucho sin pudrirse). Esa sería la completitud de la obra de arte: Un artista tiene una idea provocativa que consiste en fijar una banana a la pared con cinta adhesiva; esa idea se enriquece al ponerle a la chorrada un precio disparatado. Hasta ahí lo que puede hacer el autor y su galería; pero la action queda incompleta; tan solo está planteada.
Entonces llega la segunda parte (obra abierta, participación del receptor, etc), que consiste en que un coleccionista con una ingente cantidad de dinero disponible para gilipolleces (los hay) compra la obra, la saca de su contexto como objeto expuesto y venerable y se la come.

Se rompen así dos veces las estructuras semánticas. Se produce dos veces la ansiada fisión: En un primer camino, de ida, provocador, el artista saca la banana de su campo semántico de fruta alimenticia y la eleva al sagrado altar de la exposición artística. Así la descarga de su significado original y la carga de uno nuevo inesperado y dignísimo de "obra de arte". Pero después el comprador, en el camino de vuelta, la despega de la pared, la pela y se la come, restituyendo así su primer significado.
Me parece fantástico.
¿Qué ha ocurrido en todo el proceso de sacralización y desacralización? Nada. Solo han ocurrido ciento veinte mil dólares.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Mecenas

ADVERTENCIA ANTES DE EMPEZAR: Tenemos una casa muy agradable, muy bonita, muy funcional, muy de todo, pero tiene las paredes pintadas al gotelé y con diversos colores pastel. Gotelé; ¿vale? Pastel; ¿de acuerdo? Pues asumidlo. Tomad aire, relajaos; no pasa nada. Contad hasta diez y no os excitéis ni os indignéis cuando veáis las fotos que siguen. Tomaos vuestra medicación, serenaos todo lo que podáis y no me mandéis demasiado a la mierda. Muchas gracias. Dicho lo cual, empezamos:


Mi amigo Ekain Jiménez me ha llamado ya dos o tres veces "Mecenas" porque he participado mínimamente en hacer correr la voz de que estaba pintando arbolitos de Navidad para quien quisiera, y así, de algún modo bastante insignificante, le he ayudado a difundir su obra y a extender su fama. Supongo que también me lo llamará porque tengo más obra suya, como veréis a continuación.

Ojalá fuera yo de verdad su mecenas, o al menos su representante. Primero le pondría a sus obras los precios adecuados, y luego las pilas a él para que se lanzara al frenesí de la producción venal y del más vil mercantilismo. Otro gallo nos cantaría a los dos: Él gozaría del dinero, de la fama y del prestigio que su talento merece y yo de un veinte por ciento.

(Nota que viene a cuento: Ekain, además de magnífico dibujante y acuarelista, es un narrador curioso. Está liado ahora con su personaje "El hombre del sombrero", haciéndolo pasear por su mundo onírico y surrealista, y espero que pronto lo saque a la luz a este mundo nuestro, mucho más prosaico y tan necesitado).


Obviamente, le hice un pedido de arbolitos. Juro que pretendía utilizar las tarjetas (acuarelas originales) para felicitar a mis amigos, pero cuando mi mujer y yo las tuvimos en nuestras manos no fuimos capaces de deshacernos de ellas. (Tan solo regalamos una).

Hemos enmarcado los arbolitos navideños y los hemos colgado en la pared. Los he mirado con satisfacción y entonces he visto que tenemos unos cuantos dibujos y cuadros de amigos, de gente muy buena y muy entrañable, y sí que me he sentido en cierto modo no un mecenas, pero sí un hombre rico, un coleccionista de arte, un connaisseur. Tanto que voy a presumir mostrándoos parte de mis tesoros.

domingo, 1 de diciembre de 2019

El belén y el alacrán

Ayer hice un hilo improvisado en Twitter. Tan improvisado que cuando se me acababa un tuit con una frase a medias la seguía en el siguiente. No corregí nada, no releí nada. Lo escribí de un tirón.
Hoy me está vibrando y pitando el teléfono sin parar, y soy incapaz ya de dar las gracias, puntualizar algún comentario, rebatir o siquiera mirar las notificaciones. Estoy desbordado.
Las reacciones son extremas: Unos me llaman genio y otros idiota. No soy ni una cosa ni otra, pero estoy bastante más cerca de lo segundo; y no lo digo por falsa modestia, sino porque la idiotez es muchísimo más fácil y más frecuente que la genialidad, y sé positivamente que jamás llegaré ni siquiera a asomarme a nada genial, mientras que una o dos idioteces sí que hago o digo cada día.
Soy idiota, por ejemplo, porque estoy a punto de lanzar esta entrada -que pasa a limpio aquel hilo tuitero- al proceloso mundo de internet, y sé que estaría mucho más tranquilo y cómodo si no lo hiciera, pero creo que debemos decir algo ante el panorama que nos rodea, y necesito decirlo.
Soy como el alacrán del conocido cuento, que supongo que conoceréis casi todos, pero que resumo para quien no lo sepa:
Un alacrán tenía la imperiosa necesidad de cruzar un río, pero no podía hacerlo porque le era imposible nadar. Le pidió a una rana que iba a cruzar que lo montara a su lomo y lo llevara de pasajero. La rana dijo que no, que le daba miedo porque la picaría y la mataría con su veneno. Él la convenció: ¿Cómo te voy a picar? ¿No comprendes que si lo hago y mueres yo me ahogo? Al anfibio ese razonamiento le pareció irreprochable y consintió en montarlo a su espalda.
Cuando estaban en medio del río el alacrán le pegó un aguijonazo a la rana. Esta, sintiéndose morir, le preguntó asombrada por qué lo había hecho, y el alacrán, ahogándose y a punto también de expirar, le contestó: "No pude evitarlo: Es mi carácter".
Pues eso: Se ve que yo también soy un alacrán y no puedo evitarlo. La tentación es más fuerte que mi instinto de conservación. Que sea lo que Dios quiera.
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Me pregunto si me gusta este belén que acaba de montar el ayuntamiento de Barcelona en la plaza de Sant Jaume:

Imagen tomada de La Vanguardia

Me lo pregunto y en seguida me respondo que qué más da si me gusta o no. Que me guste o no me guste es completamente irrelevante; solo tiene interés para mí. En mis gustos soy soberano y, por eso mismo, nadie es quién para decirme qué me tiene que gustar y qué no. Pero, también por eso, yo tampoco soy nadie para proclamar mi gusto con afán de proselitismo ni de provocación.

Por lo tanto, como digo, que me guste no tiene ninguna importancia para nadie. Que me pregunte si me gusta creo que sí la tiene. Quiero decir: que nos estemos planteando ahora todos si nos gusta o no nos gusta tiene una importancia capital, independientemente de lo que cada uno responda. (En esto, como digo, cada uno es dueño y señor de sí mismo). Y por eso precisamente sí que me gusta, sí.

El debate, la cuestión de que esto esté coleando por ahí y haya llegado hasta mi blog es porque el ayuntamiento de Madrid ha inaugurado el otro día su belén "tradicional" en su sede de Cibeles, y los políticos de los diversos partidos se han felicitado por lo bonito que ha quedado. Pero uno de ellos, patoso por demás, ha declarado que le gusta mucho porque es "tradicional", como tiene que ser, y no como ese tan horroroso de Barcelona, que es tan feo como su alcaldesa.

Eso de que uno solo sea capaz de alabar una cosa poniendo a parir otra (y de paso el aspecto físico de alguien porque sí) dice mucho de su catadura moral y de su profundidad intelectual.

viernes, 26 de julio de 2019

Mil recopetines

El otro día os conté la insostenible condición de La Gioconda, que amenaza con matar de éxito al museo del Louvre (si es que no lo ha hecho ya), y os anuncié que había pensado una brillante solución.

Pues bien: No sé si el director del museo lee este blog, pero si lo conocéis hacedme el favor de decírselo. (Creo que el presidente de la república sí que me lee, y espero que él, bien directamente o bien a través de la ministra de cultura, tome medidas al respecto).
  
Vamos con ello: ¿Cómo resolver el problema de la incomodísima obra fetiche del museo del Louvre, permitir que sea vista con comodidad, que no interfiera con el resto de obras del museo para que también puedan ser visitadas tranquilamente y sin aglomeraciones, y todo ello no solo sin mermar, sino acrecentando el número de visitantes (y de ingresos por taquilla) de la institución?

Pues bien: Constrúyase una nueva sede en un descampado a cincuenta kilómetros de París, y una línea férrea que mande trenes lanzadera cada quince minutos.

En esa nueva sede (unos 15.000 m2 construidos) no habrá más que Giocondas. Cientos. Miles. Una de ellas será la original, que habrá sido trasladada allí, y las demás copias buenísimas, perfectas.

(Por cierto, Monsieur le Directeur, Monsieur le Président: Je suis architecte, y puedo hacer una nueva sede fantástica. No hace falta ni que la saquen a concurso. Con los truquitos esos de que al ser mía la idea yo sería el único arquitecto capaz de hacerla realidad, por aquello de la adecuación objetiva y tal, me la pueden encargar a dedo y si eso ya tal). 

La cosa es idónea para los turistas que solo quieren ver La Gioconda y no perder el tiempo con el resto del museo, pero igualmente lo es para quienes quieren ver todo lo demás sin ser arrinconados ni apabullados por los giocondamaníacos. Todo arreglado. Se puede crear todo un abanico posible de entradas: Gioconda + tren lanzadera, Gioconda + tren lanzadera + resto del Louvre, Louvre sin Gioconda y sin tren, bonos con varias combinaciones para cinco días...

Bueno: Pero aun así serán decenas de miles quienes quieran ver la Gioconda a diario. (Actualmente son unos 20.000 visitantes/día). Pues ningún problema. Ahí está la gracia de mi idea.


Los turistas, que no sabrán cuál es la auténtica, se repartirán por todo el Giocondeum y se harán selfies ante cualquiera de las Monalisas. Ninguna tendrá una cola especial; todo fluirá muy cómodamente. Algunos mirarán una, la que sea, se harán una foto ante ella y quedarán satisfechos. Otros, según su gusto y apetencia, se podrán pasar horas y horas haciéndose fotos al azar ante muchas de ellas.

Pero en ningún caso valdrá dejar un día el corte en tal Gioconda para volver en otro momento y seguir desde ese punto, y así, al cabo de unas cuantas visitas, tener la certeza de que entre los miles de fotos tienen el selfie con la auténtica. No, porque quien sabe cuál es la buena (un pequeñísimo grupo de conservadores; o tal vez incluso una sola persona) la cambiará de sitio cada día, permutándola por una cualquiera de las copias.

Cada día se podrá publicar en la web del museo, a toro pasado, dónde estuvo la Gioconda hace diez. Así, los turistas que quieran podrán buscar la fecha de su visita y saber si acertaron. Quienes no atinaran (la mayoría) podrán volver a probar fortuna en otra ocasión.

lunes, 22 de julio de 2019

El recopetín

Imaginaos una situación idílica: Tenéis suficiente dinero y tiempo libre para ir a cualquier lugar del mundo a ver y disfrutar lo que os dé la gana. Podéis montaros en un coche, en un tren, en un barco, en un avión y dirigiros a cualquier punto que se os ocurra marcar en un mapa, y ver cualquier cosa que exista.

Podéis ir al cañón del Colorado, a la estepa rusa, a la sabana africana, a las selvas de Nueva Zelanda. Podéis ver el Empire State, el monte Fuji, el Kilimanjaro, el Coliseo, la Ópera de Sidney, el Maracaná... ¿Qué elegiríais? Incluso podéis elegir varias cosas e irlas viendo ordenadamente una después de otra.

Cada uno tiene sus gustos y sus afinidades, y la prueba de ello es que todos los sitios que he dicho, y otros quinientos que dijera, están llenos de gente. Los turistas van con alegría a todos los rincones del mundo.

La cola del Everest

Pero si hay algo excelso, privilegiado, sublime, superferolítico, hipermegasensacional... en una palabra: el recopetín, es La Gioconda.

Es lo más de lo más de lo más de lo más de lo más.

-He estado en Motilla del Palancar.
-¡Que te frían un paraguas! ¡Yo he estado en el Louvre viendo La Gioconda!

No hay otra cosa como La Gioconda, ni otro pintor como... Bueno, eso ya no. (Lo aclararé en seguida).

Yo, aquí donde me veis con estas carnes tolendas que se ha de comer la tierra, he visto La Gioconda dos veces. Dos veces. La primera en 1980 (aproximadamente). Me decepcionó. Había una cola (tampoco demasiada) a la que te sumabas. Iba rapidita. En fila de a dos. Según iba llegando cada uno miraba unos pocos segundos, muy pocos, y se quitaba; de manera que la fila fluía. Cuando llegué al cuadro vi una urna con el frente de vidrio, me vi reflejado, intenté vislumbrar el cuadro que estaba al fondo de la oscura caja, no vi apenas nada (me seguía viendo yo) y me aparté. Eso fue todo. "¿Y esta es la maldita Gioconda? Pues vaya. Se ve mucho mejor en cualquier libro", me dije.

Al lado había otros dos Leonardos: La Virgen, el Niño y Santa Ana y San Juan Bautista. Colgados de la pared, sin urna, sin protección y sin nada. No los miraba nadie. NADIE. N-A-D-I-E. (Por eso he dicho antes que no hay otra obra como La Gioconda, de acuerdo, pero su autor no despierta mayor interés a la vista de lo que pasa en el museo parisino).

Iba con unos amigos. Vimos las salas egipcias, las griegas... Estuvieras donde estuvieras siempre había una flechita que indicaba "La Joconde". Si estabas viendo El escriba sentado y te decías de repente: "Quiero ver La Gioconda; ¿dónde estará?" alzabas los ojos y veías una flecha. Salías de la sala, avanzabas por un pasillo, tomabas una escalera (siempre viendo flechas, una detrás de otra), subías dos plantas, tomabas otro pasillo... Y al cabo de cuatro kilómetros encontrabas la cola de La Gioconda.

Qué aburrimiento: El museo de arte más rico y más amplio del mundo parecía no tener ninguna otra obra de interés. Quise ver los dos esclavos de Miguel Ángel y ni los vigilantes sabían dónde estaban. Al final, en una gran sala de esculturas revueltas, se cubrían de polvo y de olvido mezclados y amontonados sin que nadie los mirara.

La segunda vez que estuve en el Louvre fue hacia 1989, con mi mujer. Lo de La Gioconda estaba exactamente igual, y lo de los otros dos cuadros de Leonardo también. Los esclavos de Miguel Ángel habían mejorado muchísimo: Les habían dado una habitación propia, para ellos solos, cuyas paredes estaban paneladas con grandes reproducciones de los dibujos preparatorios. El montaje estaba precioso. En la sala estuvimos los dos solos el tiempo que quisimos, mientras que para La Gioconda tuvimos que hacer la correspondiente cola para vernos reflejados en el vidrio durante tres o cuatro segundos.

Volví una tercera vez a París hacia 2002, con mi mujer y mis hijos, pero ninguno tuvimos ya la menor gana de ver el Louvre. Nos acercamos, sí. La cola era enorme fuera de la pirámide de vidrio. No tenía sentido perder allí un día.

Pues bien: La estúpida pero aún tolerable cola ante La Gioconda que yo viví dos veces se ha convertido en esto:




No solo no puedo entenderlo, sino que me da un asco... Un asco de psicópata asesino.

viernes, 27 de julio de 2018

El espacio no cuenta

Se me ocurrió este tema para el blog y se me había olvidado.
Carla Arnal y Manuel Baena me ayudaron a recordarlo.
Por ello les dedico esta entrada.


Hace unas semanas he estado en Salamanca y he vuelto a disfrutar de sus dos catedrales. Se entra por la fachada norte (plaza de Anaya) de la catedral nueva y se pasa de esta a la vieja y después al claustro.
El claustro es, pues, la guinda final de un fantástico recorrido, la despedida, y tiene este magnífico aspecto:


Sí, bueno, claro. Le han plantado esas cabinas. Hay que entenderlo: Hay muchos turistas viendo la catedral, y han pagado -lo que les hace poseedores de derechos-, y algunos tienen que dar rienda suelta a sus apretones.
El punto rojo, en el centro del claustro, señala el emplazamiento de los urinarios.

Dejo esto aquí un ratito. Voy a perderme y a contradecirme un poco por ahí y ahora vuelvo.

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