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sábado, 7 de diciembre de 2019

Baroja, Valle Inclán y la Almudena

A David, a Agustín y a Alberto.
Es siempre un placer hablar con
ellos y escucharlos.


Hace unas semanas formé parte, con David García-Asenjo Llana, Agustín Ferrer Casas y Alberto Ruiz Colmenar, todos ellos muy buenos amigos y personas de muy fundamentado criterio, de una mesa de debate sobre "Comunicación de arquitectura en medios no especializados" dentro del Máster en Arquitectura de la Universidad Rey Juan Carlos.


No voy a haceros aquí un resumen de lo que hablamos, pero sí que lo voy a usar como base para lo que hoy quiero contar.

En la introducción, Alberto Ruiz puso un pasmoso ejemplo de la jerga que usan ciertos arquitectos (muchos, por desgracia demasiados) para hablar de sus cosas. Consistía en unas páginas de una revista de arquitectura en las que aparecía un muy buen edificio: limpio, elegante, inteligente, bien resuelto... pero con unos textos infumables, incomprensibles, estúpidos y muy groseros de los mismos arquitectos, que con esa faramalla de absurdeces pretendían explicarlo.

Hay arquitectos muy buenos, que en sus proyectos hacen alarde de tacto, potencia, talento y claridad, pero que cuando los explican lo llenan todo de farfolla, chorradas y frontoncitos. No comprendo por qué no escriben como proyectan. No entiendo que tengan dos personalidades tan diferentes. ¿En sus edificios ponen canecillos falsos, pilastras de mentira, arcos de cartón-piedra? No. ¿Entonces por qué todo su discurso está lleno de ridiculeces similares?

Siempre he creído que cuando se escribe así es porque no se tienen las ideas claras. También dijimos en aquella mesa de debate (y todos estuvimos de acuerdo) que hay una idea preestablecida de que es necesario escribir así para hacerse respetar o admitir en el círculo selecto.

En definitiva, todos los presentes propugnamos la sencillez y la claridad en la comunicación. (De hecho a mí me invitaron por cómo escribo en este blog, siempre intentando que se me entienda, en vez de querer epatar con palabrerío aparentemente culto, pero lamentable. Y sí: volvió a salir mi tabla, y no la saqué yo. En cuanto a mis ilustres compañeros, estaban allí porque siempre han dado muestras de que se explican divinamente y son grandes comunicadores y divulgadores de la arquitectura, y porque el rigor no solo no está reñido con el aburrimiento, sino que es todo lo contrario)(1).

Lo que sigue, aunque se inspira en lo que hablamos allí, son opiniones mías, y, aunque seguramente mis compañeros compartan más de una, no quiero embarcarlos ni hacerlos solidarios.

Para empezar, yo diría que cuando uno no es un brillante artista del lenguaje más le vale ser sencillo y escribir como Baroja. Pero hay algunos elegidos que tienen unas fantásticas cualidades y son exuberantes, y deben serlo, como Valle Inclán.

sábado, 21 de mayo de 2011

Las manos (1)

Iba a escribir una cosa sobre la Mano Abierta de Le Corbusier cuando he pensado que antes tendría que explicar algo sobre las manos. Empiezo por este "Las manos (1)" y ya veremos hasta dónde llego. Supongo que serán tres entregas. (Tres es un buen número).
Antes de empezar declaro que, como no soy arqueólogo, ni paleontólogo, ni nada-ólogo, ni le debo disciplina ni obediencia a nadie, me permito tomar todo lo que el mundo y la historia me ofrecen, de gratis y sin dar explicaciones, para construir hipótesis heterodoxas. Es la ventaja de no ser académico y de no tener que rendir cuentas.
(No obstante, lo que sigue está en deuda con el súper heterodoxo Oteiza (siempre) y con el Giedion de El Presente Eterno: Los Comienzos del Arte. Pero los entiendo a mi manera).

Empecemos:

Imaginad una escena de hace unas decenas de miles de años: Unos cazadores vuelven a su cueva arrastrando una pieza que han cazado (o cargando con ella). La llevan para alimentar a su clan. Vienen llenos de barro y de sangre, jadeando, exhaustos.
Al llegar a la cueva uno de ellos se apoya en la pared. Apoya su mano ensangrentada para descansar unos segundos, para tomar aire. Al retirarla, ve la marca roja de su mano. Ve su mano impresa en el muro de la cueva.


(Qué momentazo. ¿Qué os imagináis que sentiría?)
Yo me imagino que reconoce su mano. Tarda unos segundos en entenderlo: Ahí está su mano. Ahí está él.
¿Qué hará a continuación? Eso no me cuesta nada imaginarlo. Lo veo con toda claridad. Toca la piel del animal muerto, sus heridas abiertas, para volver a mancharse la mano de sangre. Y la planta en la pared una vez, y otra, y otra. (¿Habéis visto a algún niño pequeño con un sello de caucho?).
Se ve de pronto poseedor de un poder mágico. Es capaz de representarse a sí mismo en el espacio. Es capaz de señalar su "Fulano estuvo aquí" y de reconocerse. Se apodera del plano de la pared, y se apodera del espacio interior de la cueva. "Este soy yo". Es un afán de representación, de expresión, de llenar el espacio con la huella de uno mismo.
En ese "Fulano estuvo aquí" que vemos escrito en los monumentos (y en los retretes) de todo el mundo hay el mismo afán de perpetuidad que en las manos ensangrentadas.
(Ni que decir tiene que, una vez conocedor del procedimiento, el artista no necesita hacerlo con sangre, y prueba otros pigmentos más duraderos).

(También comprobamos que aunque el espeleólogo de la foto parece querer imitar el gesto con la mano izquierda, las manos impresas son derechas. Si había la misma proporción de diestros y zurdos que ahora, y todo parece indicar que sí, es más normal imprimir la mano derecha que la izquierda).
Esta es la primera fase del arte: expresivo y trágico. No quiero morir. No quiero que me olviden. Si me muero, quiero que quede una huella de mí, un recuerdo, un "José Ramón estuvo aquí". ¿No es esto todo el arte y toda la actividad humana? ¿No es esto este blog? ¡Yo, yo, yo! El Sentimiento Trágico de la Vida. ¿Qué más le da a la Torre Eiffel y a la humanidad entera que Fulano la visitara el 29-4-2005? Y, sin embargo, ahí están los miles de graffiti: "Fulano, 29-4-2005" (o lo que sea). (Tomo como ejemplo la torre Eiffel porque nunca he visto más en ningún otro sitio).