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sábado, 29 de octubre de 2022

La casa de John Wayne

A Emilio


Acabo de ver por internet esta magnífica foto de John Wayne y me he quedado loquísimo.

No sé nada de ella, y me sugiere (quiero que me sugiera) que está tumbado en el sofá de su casa, aunque bien podría ser una foto de estudio, de promoción, de publicidad o de quién sabe qué. En todo caso quiero seguir suponiendo que sí, que esa es su casa; que sí, que así vivía él en su intimidad.

Sí, ya sé que un actor tiene muchas vidas y muchas caras, pero se le ve tan natural, tan cómodo, tan en su salsa que me lo quiero creer. (Ay, si de verdad lo fuera. Yo apuesto que sí).

miércoles, 17 de julio de 2019

Vida y obra

(Nota previa: Todo lo que sigue puede ser leído como una autojustificación muy mezquina del tipo "si no he hecho nunca un gran trabajo es porque soy buena persona y prefiero la vida a la obra, prefiero ser un hombre honrado y con muchos amigos que ser un monstruo déspota". Pues bien: Nada de eso. Eso es una imbecilidad y una justificación tan idiota como la de la zorra y las uvas. Para nada.
Pero leed vosotros mismos lo que sigue y opinad).


Primero estudiando la carrera y después ya ejerciendo la profesión, he conocido a algunos arquitectos excepcionales. Los que he tratado algo más de cerca me han impresionado mucho por su capacidad de organización, de mando, de control. Unos conseguían esa rara magia de hacerse obedecer y respetar siendo afables y otros eran tiránicos, pero todos ellos se tenían que enfrentar a una horda de enemigos para lograr que su obra saliera airosa. Demasiada gente le mete mano a las obras con demasiados intereses contrapuestos (costos, rapidez, chapuza...) sin que el arquitecto pueda hacer gran cosa. Los buenos sí lo consiguen, a veces quemando las naves, los amigos y a quien se ponga por delante.

Yo he aprendido que cuando una rejilla tiene todas sus lamas paralelas es un milagro, que cuando un pasamanos de madera engarza limpiamente con los anclajes metálicos es otro, y que cuando una ventana tiene sus jambas y su dintel bien perfilados ha bajado del Olimpo el mismo Júpiter Tonante para marcarse unos fandangos. En una obra hasta la cosa más tonta y más anodina es dificilísima de conseguir.

Si un arquitecto consigue todo esto es porque es capaz de vender a su madre por la satisfacción infinita de que todos los picaportes estén a la misma altura, y de arrancarle la piel a tiras con sus propias manos a quien tuerza 0º 0' 1" una hilada de ladrillo.

Si el arquitecto no es así se lo comen. La chapuza lo invade todo y la obra fracasa. Y si los clientes dicen durante la obra: "Hemos pensado que...", hay que embadurnarlos de brea y emplumarlos en el primer momento o acabarán contigo.
(Lo normal es que sea el arquitecto el embadurnado y emplumado desde el primer día).

Al final, en la magnífica obra se ha salvado el detalle de los vierteaguas: Un detalle en el que el arquitecto ha estado empeñado en cuerpo y alma durante todo el tiempo pero cuyo sublime y delicado éxito es inapreciable por cualquier otro ser vivo.
(Y, en definitiva, un detalle que va a permanecer limpio apenas unos meses, hasta que lo "arreglen" y "mejoren" los dueños).

El arquitecto (me refiero al buen arquitecto) es, por lo tanto, un ser insomne, reconcentrado, psicótico, con instintos homicidas si se le llega a contrariar, consagrado a su obra como un samurai, asesino, traidor, canalla, infiel a todos menos a su sacrosanta obra.

No hay más remedio que ser un cabrón. Interviene tanta gente que hay que ser un tirano para que se hagan las cosas como uno quiere.

Se parece a la dirección de cine: El director de cine, como el arquitecto, sabe lo que quiere y cómo lo quiere, pero no lo puede hacer él. Se lo tienen que hacer otros, y son muchos.


Al hilo de esto, me gustaría comentar dos ejemplos: uno de Orson Welles y otro de John Ford. (El primero admiraba al segundo. El segundo no admiraba a nadie).

En una entrevista le preguntan a Welles si alguna vez contrató a algún amigo en vez de a la persona adecuada para un papel.
-¡Frecuentemente! -contesta en el acto, casi sin darle tiempo al entrevistador a terminar su pregunta.
-¿Lo lamentó?
-¡Frecuentemente!
-¿Volvería a hacerlo?
-¡Sí!


¿Por qué? Pues porque, según Welles, el arte no es lo más importante, y él valora mucho más la lealtad, la amistad, la vida.

domingo, 14 de junio de 2015

Diez películas que todo arquitecto debería ver

He visto estos días un artículo titulado "Las 23 películas que todo arquitecto debe ver" y otro titulado "10 películas que todo estudiante de arquitectura tiene que ver". Ante las dos listas he pensado lo mismo: "Menudo rollo". Yo no sería capaz de verlas todas. Me aburriría bastante.
Hay alguna que he visto y me ha gustado, pero no me atrevería a meterme entre pecho y espalda tanto documental encomiástico y monotemático. Si un arquitecto o un estudiante de arquitectura, además de la desgracia que ya lleva encima tiene que castigarse con estos filmes apañado va. Pobrecillo.
Fiel al lema de este blog, "quien sólo sabe de arquitectura no sabe de nada, ni siquiera de arquitectura", no me parece bien que los arquitectos tengamos que ver películas sólo de arquitectura y para arquitectos, leer libros sólo de arquitectura y para arquitectos, contar chistes sólo de arquitectura y para arquitectos, tener sólo amigos arquitectos y, en definitiva, no salir jamás del opresivo círculo de la arquitectura.
Por eso, yo me atrevo a proponer diez películas que creo que todo arquitecto (y todo médico, y todo sexador de pollos) debería ver. Es decir: "Diez películas que todo ser humano debería ver".
Por supuesto que todo ser humano debería ver cientos, miles de películas. Yo aquí le propongo diez que creo que no debería perderse, pero no quiero decir que estas sean las diez mejores de la historia. En otro momento podrían salir otras diez, y en otro, otras diez. Y así. De lo que sí estoy seguro es de que estas diez merecen ser vistas. Hay que verlas.
Todas son muy famosas, y seguro que ya las habéis visto. Pero si os faltan una o dos id corriendo a verlas, y si habéis visto alguna hace mucho y la tenéis borrosa, vedla otra vez.
En todo caso, no titulo esta entrada: "Las diez...", lo que parecería afirmar rotundamente que tienen que ser éstas y sólo éstas. Lo dejo en "Diez...", que significa diez entre miles. Tampoco digo: "debe ver" ni "tiene que ver", como en los dos ejemplos que he señalado al principio, sino "debería ver", que lo deja en un condicional posibilista o tal vez sólo posible. (Y en todo caso tímido).

Con mi amigo Emilio llevo hablando de cine desde que nos conocimos en la ETSAM, hace treinta y ocho años. Tenemos gustos parecidos o, por lo menos, compatibles. Durante años estuvimos pensando seriamente en escribir un guión para un corto. Pasamos mucho tiempo trabajando febrilmente de esta guisa:
-Tenemos que hacer un guión para un corto.
-Sí.
-Sobre una boda. La ceremonia, la salida de la iglesia, los invitados y el banquete.
-El banquete.
-Sí. Sobre todo el banquete.
-Tenemos que hacerlo.
-Sí.
Ese diálogo se repitió muy a menudo, pero no pasaba de ahí. No obstante, en nuestra conciencia queda la idea de que casi estuvimos a punto de escribir un guión para un corto. Sobre un banquete de boda. (Bueno, sobre una boda, pero haciendo hincapié en el banquete). Y, eso sí, de lo que estamos seguros es de que habría sido un corto buenísimo. Los dos sentimos mucho que la humanidad se lo haya perdido. Aunque todavía hay tiempo.
-Tenemos que hacer un guión para un corto.
-Sí.
Aparte de este frustrado guión (la industria del cine es muy difícil; nadie te abre puertas, sobre todo si sólo tienes hecho lo que digo), hemos pasado muchas horas hablando de cine.
Por eso, y porque me fío muchísimo de él, le he pedido que escoja diez películas según lo que estoy diciendo: Que no esté angustiado dándole vueltas, sufriendo por si se queda fuera alguna magnífica película (se tienen que quedar miles). Que no sea su lista definitiva de las diez que más le gustan. No. Sólo una lista de diez maravillosas películas.

Al cabo de unos días (se lo ha pensado bien) me ha mandado la lista, y resulta que sibilinamente ha buscado películas que sí son de arquitectura (leches). No obstante, son diez películas que todo ser humano debería ver. En cada una os transcribo entre comillas lo que me ha escrito Emilio (no se puede ser más lacónico, y encima se despide diciéndome que le ha quedado muy largo) y luego digo alguna cosilla, pero poco, porque sí que queda largo para el blog.
Me las ha dado en este orden, que creo que no implica calidad, sino que había que ponerlas en alguno.

1.- El apartamento. (The Apartment, 1960. Dir. Billy Wilder).
Me dice Emilio: "Obvio, ¿no? Y además te lo dije". Sí: Fue la única película que me dijo a bote pronto cuando le propuse esto. Pero ahora no me dice más.
Comentaré muy brevemente que esta es aparentemente una comedia, pero una de esas comedias con muy mala leche. (Recordad que Billy Wilder tenía cuchillas de afeitar en el cerebro). En realidad es un drama romántico, que habla de un pobre hombre cuya mayor pobreza consiste en someterse para medrar, como hacemos todos de una forma u otra. Hasta que se harta de ser tan miserable y se convierte en "todo un hombre".
Arquitectónicamente resalto el espacio de la oficina, sabiamente creado por el decorador Alexandre Trauner, que partió de un espacio realmente grande, pero él lo hizo inmenso a base de ir disminuyendo el tamaño de los muebles según iban formando las filas, creando así una falsa perspectiva forzada -también con el techo- muy agorafóbica, que subraya el peso insignificante del individuo en la gran compañía.
En cuanto a ser soltero y disponer de apartamento, parece la esencia de la libertad, pero aquí no es así.


miércoles, 22 de octubre de 2014

Echar el resto

Dedico esta entrada a Emilio (cómo no) y a Pedro Torrijos,
dos grandes libertyvalancianos.

Os pido que os detengáis conmigo en un detalle de la escena del velatorio de Tom Doniphon, de la película El hombre que mató a Liberty Valance, de 1962.
El senador Ransom Stoddard ha venido desde la capital al funeral de este vecino de Shinbone a quien ya nadie recuerda y a quien le van a hacer un entierro de caridad.
Pompey, el empleado, amigo y confidente de Tom, está solo en un rincón, sentado y cabizbajo. Llegan Stoddard, su esposa y Link (el antiguo Sheriff, que hoy ha hecho de cochero para el matrimonio).
Ransom Stoddard le saluda con afecto, y Pompey le mira.

Fotograma de The Man Who Shot Liberty Valance
(Clícalo para verlo más grande. Esa mirada...)

Se miran los dos. Una mirada perfecta, que dice todo lo que hay que decir y más de lo que en ese momento el espectador puede saber.
¿Cuánto vale esa mirada? Vale una escena sublime en una de las más grandes películas de todos los tiempos. ¿Y cuánto cuesta? Es una mutua mirada complejísima. ¿Cuánto cuesta? Cuesta la amistad de un hombre, o de dos, o de tres, o de los que hagan falta. Cuesta el honor y el respeto; cuesta el amor propio y cuesta la vergüenza propia y la ajena. Cuesta la traición. Cuesta el infierno. Pero ha salido perfecta y merece el precio que se haya pagado por ella.
¿Merece la pena discutir, ofender, amargar a la gente, traicionar, tiranizar, etc, por conseguir ese plano? Para John Ford sí, sin la menor duda.

No os cuento la escena, porque si a estas alturas no conocéis la película no tenéis perdón de Ford. Pero sí os pongo en situación sobre esa mirada. Stoddard es un triunfador y viene a este pueblo humilde a dar su último adiós a un buen y viejo amigo, que ha pasado los últimos años de su vida hundido en el anonimato y en la pobreza. Pompey es el ayudante-empleado (tal vez antiguo esclavo) del muerto Doniphon, que fue antaño el mejor hombre del pueblo, pero quedó opacado y arrinconado por Stoddard.
Por lo tanto, Stoddard debe saludar a Pompey con afecto, pero tal vez un puntito de superioridad vergonzante y avergonzada no estaría mal. Y Pompey debe saludar a Stoddard con respeto, pero una miajita de resquemor vendría muy bien.

Tanto James Stewart como Woody Strode eran buenísimos actores. Y no sólo se sabían el papel muy bien, sino que entendían ese matiz perfectamente. Pero Ford no se lo explicó. No era de esos que les explican matices a los actores. Prefería destrozarlos.
John Ford era famoso por sus ataques de ira, por su mala leche, por su sequedad inexpugnable. (Y sin embargo quienes le querían le querían a rabiar). Su forma de hacer cine necesitaba que en los sets de rodaje siempre hubiera tensión. A veces una tensión masticable. Él la provocaba. Bajo esa presión los actores daban lo mejor de sí mismos.
Por puro capricho, por pura broma o por puro sadismo, se las hacía pasar canutas a todos.
En el rodaje de El hombre que mató a Liberty Valance tenía una especie de "lista negra", y cada día señalaba y humillaba al último de la lista, "el del barril".
A todos les iba tocando algún que otro día estar en el barril, pero jamás le tocó a James Stewart. El que más veces estaba era John Wayne, que tenía una grandísima amistad con John Ford y no lo entendía, y le preguntaba a menudo a Stewart: "¿Cómo es que tú nunca estás en el barril?". Éste le contestaba (con cierto orgullo inexplicable): "no lo sé".

(Normal: Tom Doniphon protege al novato Stoddard, y lo ayuda, pero a la vez tiene que sentir por él una mezcla de celos y envidia, y un malestar tenso. Mientras que Stoddard es un inocente que necesita ayuda y no se da cuenta del daño que está haciendo y la envidia que está suscitando. ¿Por qué no hacer que los actores se sientan como los personajes? Así actuarán mucho mejor).

James Stewart contaba una de tantas maldades de John Ford:

Fotograma del documental Dirigida por John Ford, 1971

En la escena del funeral, que se rodó hacia el final, cuando todo estaba ya montado y listo para empezar, el director se llevó aparte a James Stewart y le hizo notar cómo iba vestido Woody.
-¿Qué te parece cómo se ha puesto para la escena? ¿No es ridículo?- le preguntó al niño bonito del rodaje, buscando la respuesta cómplice, la broma íntima, el cachondeo secreto entre ellos dos.
Stewart (dice que no sabe por qué; asegura que fue el diabólico Ford quien le insufló esa respuesta) contestó:
-Sí. Se parece al tío Remus.
(El tío Remus es un personaje folclórico popular de los Estados Unidos. Clicad el enlace. El paternalismo con que se le trata tiene algunas connotaciones racistas, como de superioridad hacia la raza negra).

¡Premio! John Ford ya tenía lo que quería.

sábado, 24 de mayo de 2014

Libros para una tarde gris

Después de unos cuantos días soleados y coloridos, hoy hace una tarde gris, húmeda, tristona. Una tarde de perros, muy fea. Y yo también me siento raro, gris, tristón. Astenia primaveral y, como de costumbre, tristeza profesional. Hay veces en que uno se cansa ya de levantar la cabeza, de pelear contra molinos de viento o, peor, contra molinos inmateriales, imaginarios, delicuescentes.
Me intento analizar. Me pregunto qué me pasa y no sé responderme. Nada. Una tarde tonta, una tarde gris. "Una mala tarde la tiene cualquiera". Ganas de hacerme un ovillo, de desaparecer por un sumidero.
Mi madre siempre me ha contado (y yo lo recuerdo muy vagamente) que cuando yo tenía uno o dos años (venga, vale, tres o cuatro) y me daba una tristura, me abrazaba a una almohada o a un cojín, me metía un pulgar en la boca, que chupaba con fruición, y el otro pulgar lo metía en una esquina de la almohada o del cojín, que hundía y hundía.
Eso, al parecer, me producía un consuelo muy agradable. Y si sollozaba o hipaba en silencio, mejor. Me debía de quedar muy a gusto. Como digo, creo recordar esa sensación. No es el cabreo iracundo, la rabieta feroz. Es la pena suave, la nostalgia, la tristeza tonta en la que de algún modo uno se compadece de sí mismo con gusto morboso y se quiere mucho dentro de su pena.
No sé si me entendéis. Cada uno es como es, y no puedo pretender que seáis tan bobos y tan poco expeditivos como yo. Espero que no hayáis tenido nunca esa sensación que no conduce a nada ni sirve para nada.
El caso es que, si le quitamos el llanto y cierto grado de la sensación de desamparo, y dejamos ese sentimiento de tristeza en un grado muy menor, os confieso que a veces me sigue dando ese venazo. Pero ya no me agarro a un cojín, ni me chupo el dedo gordo: Me pongo a hojear libros.
Especialmente libros de arquitectura. (¡Qué frikis somos los arquitectos!). Amo la arquitectura, y eso me lleva a amar las películas en las que sale arquitectura, los sellos con arquitectura, las monedas, las canciones... todo. Y, naturalmente, sobre todo los libros.


Vistas parciales de las estanterías de mi estudio

Echo una ojeada a mis estanterías y me siento acompañado. Por supuesto que no me lanzo a por los ensayos, sino a por los libros que tienen buenas fotos. El consuelo ha de ser gráfico. Busco libros pornoarquitectónicos.
Mis libros de arquitectura no me hablan tanto de cómo trabajaba tal arquitecto o de cómo se desarrolló tal movimiento arquitectónico, como de cuándo los compré, qué me pasaba entonces, qué esperaba, etc. Mis libros de arquitectura me hablan de mí.
Algunos, entrañables, me recuerdan el poco dinero que yo tenía entonces. Cómo buscaba los más baratos, cómo esperaba meses hasta reunir el poco dinero que costaban y cómo los compraba finalmente, con esfuerzo, e inmediatamente con el arrepentimiento de haberme decidido por tal libro en vez de por tal otro. (Una sensación inacabable de haber elegido mal). Libros baratos (pero que entonces me parecían tan caros), que estudiaba y copiaba hasta exprimirlos.

Mis libros de la colección Paperback, de Gustavo Gili.
Primeros años 80. El primero de todos fue el de Mies.
(Lo tengo acribillado. Y el de Corbu también).

De vez en cuando, un lujo especial, un verdadero desmadre y despiporre con el que destrozaba todos mis ahorros condensados y destilados de la paga paterna, lo que después se traducía en pasar varios fines de semana paseando con mi novia para arriba y para abajo, o (ay, Señor) dejándome invitar por ella, que tenía aún menos paga que yo.

Dos libros de lujo (del lujo que me podía permitir yo entonces).

Los libros de arquitectura son caros. Tienen muchas ilustraciones (aunque todas las de los que llevo dichos hasta ahora son en blanco y negro) y las tiradas no son precisamente las de una novela best seller. Recuerdo preguntar precios de ciertos libros en Publicaciones de la ETSAM o en el puesto de Cristina y llevarme las manos a la cabeza preguntándome si habría alguien en el mundo capaz de comprarlos. (Los futbolistas entonces no ganaban tanto como ahora, y los grandes financieros no salían en la tele presumiendo de sus beneficios y restregándoselos a la plebe).

domingo, 17 de julio de 2011

Los tres davides

No quiero dar una clase sobre historia del arte, por lo que me permito la acostumbrada ligereza expositiva, rayana en la falta de rigor.
No voy a exponer las características del primer Renacimiento, del Manierismo y del Barroco ni a ejemplificarlas con los tres magníficos davides correspondientes. Ya hay un montón de libros buenos, y esto es sólo un blog. Tan sólo voy a haceros notar un detallito que me llama mucho la atención y que me parece muy importante. Y con ese detalle hablaremos de arquitectura un día de estos.
Veamos el genial David de Donatello. Donatello busca el equilibrio clásico, la forma perfecta, y elige el  momento de reposo final. Ya ha terminado todo.
David ha terminado su tarea. Tiene la cabeza de Goliath a sus pies y casi se contonea. Se apoya en la espada del gigante, que ha usado para cortarle la cabeza, y la otra mano se la apoya coquetonamente en la cadera. Tiene una pose poco heroica, incluso poco varonil, y ese sombrerito con flores no le ayuda nada.
Su cuerpo no tiene ninguna tensión. Es un adolescente sin terminar de formarse, pero ya se adivinan los músculos del que será un atleta en un futuro. Pero por ahora es poco más que un niño.
Bella imagen, equilibrio, tensión terminada, relajamiento.

Vamos ahora al extremo opuesto. Desde el incipiente Renacimiento damos un salto de dos siglos y nos vamos al Barroco de Bernini.
Si Donatello elegía el momento tranquilo en el que todo había terminado, Bernini nos lleva al instante en el que todo está ocurriendo. El momento decisivo, de tensión total, de desgarro.
David está lanzando la piedra. Su cuerpo está tenso, proyectándose al éxito o al fracaso. Se la está jugando.
La escultura es extraordinaria. Refleja perfectamente la acción, la violencia del gesto
y la cara de determinación y de fuerza tremenda. Se muerde los labios y su mirada da miedo.
Si Donatello nos mostraba un muchachito encantador que ya había terminado, que ya había pasado el mal trago, Bernini nos pone ante los ojos un hombre hecho y derecho, en plena violencia, en plena acción brutal.

Y en medio de los dos, entre Renacimiento y Barroco, el raro Manierismo, el sutil y alambicado estar en tierra de nadie, en la cuerda floja. El momento de transición, más flojo, más ambiguo, más indefinido, en el que no hay ideales tan rotundos ni tan fáciles de entender, en el que hay mucha ambigüedad y en el que los artistas suelen hacer juegos malabares, tonterías, ejercicios de estilo sin trascendencia y sin importancia alguna.
A no ser que uno sea un genio.
Porque precisamente el genio inclasificable se mueve como un pez en estas aguas revueltas. Miguel Ángel no se ciñe ni al Renacimiento ni al Barroco. Ni a nada ni a nadie.

jueves, 26 de agosto de 2010

El hombre que no mató a Liberty Valance

(Nota previa nº1: Escribo los post en word, y estoy harto de sus correcciones automáticas y estúpidas. No es mi culpa que este programa presuntuoso y chulesco no tenga ni idea de cine ni de nada, y que sólo conozca balances contables, pero el Valance de Liberty Valance es con uve. ¡Con uve! Me lo cambia sin pedirme permiso y tengo que ir luego yo por detrás, a escondidas, volviéndolo a cambiar sin que se entere. Y las veces que se me pasa algo por alto, ¿qué? Estoy harto).
(Nota previa nº 2: No me gusta destripar las películas. Ni siquiera Psicosis –alguien habrá que aún no la haya visto todavía-. Ésta la voy a contar muy por encima, pero si no la habéis visto preferiría que no leyerais lo que sigue. Id corriendo a verla, en vez de perder el tiempo aquí).

El Hombre que Mató a Liberty Valance es una de mis diez películas favoritas, y también de mis cinco, y también de mis tres. Pero como las otras dos cambian según el momento y el estado de ánimo, y ésta permanece siempre en mi Olimpo particular, creo que puedo afirmar que es mi película favorita. La he visto más de cinco veces y menos de cincuenta, y siempre encuentro algún detalle nuevo, o, lo que es mucho mejor, me emociono confirmando los que ya me sé de memoria. Los comento siempre con mi amigo Emilio (ya hablé de él), y nos emocionamos los dos.

Tantas cosas, tantos años, tanta tiernísima desolación, tanto amoroso desamparo, no se pueden resumir en un folio, así que elijo un solo asunto.

La película es de 1962, y es de la última época de Ford. John Ford realizó los westerns más memorables, cantando la fuerza y celebrando la tosquedad de los pioneros. John Ford nos hizo reír con las meras borracheras burras de gente como Victor McLaglen (qué tío), y luego nos hacía llorar con uno de estos tipos llevando un manojo de flores secas a la tumba de su esposa, y hablando con ella de las trivialidades del día. Dos recursos muy facilones: la risa tonta causada por una pelea de borrachos y la lagrimita fácil por un contraluz y una música de fondo. Pero, amigos, eso es el cine; y Ford lo sabía controlar con mano admirable.
Y, de repente, esta película nostálgica y dulce: Los buenos tiempos se terminan, y están naciendo otros que a John Ford no le gustan, pero sabe que son más justos, y hace una película que lo muestra.